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Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net 16. El amor de Dios se plasma en Jesucristo
Es preciso que este conocimiento de la presencia de Cristo eche profundas raíces en ti.
16. El amor de Dios se plasma en Jesucristo
Dios no se ha contentado con decirte que te amaba;
un día en el tiempo, se ha hecho hombre: un
ser como tú, de carne consciente y de sangre.
No
necesitas haber hecho estudios superiores para comprender lo que es
un hombre. Basta que te sientas vivir, amar y llorar.
Un hombre nace, vive y pasa por la tierra, y
es Dios: Jesús de Nazaret, hijo de María, hijo de
Dios. Si tienes alguna experiencia del Dios tres veces santo,
no puedes menos de maravillarte, asombrarte, pasmarte ante este misterio
de Jesús.
Es un ser que es enteramente Dios, sin ninguna
reserva ni matiz. Es un ser que es enteramente hombre,
sin ninguna reserva y sin ninguna merma de su humanidad:
"No es tan sólo un hombre que nace en Belén,
que trabaja en Nazaret, habla a las multitudes en Palestina,
que grita de miedo en Getsemaní, que muere en Jerusalén:
es Dios que nace, trabaja, habla, grita y muere" ..
Jesús realiza el enlace de Dios con el hombre y
del hombre con Dios. Y para ello le basta existir,
no necesita hacer más. Es ciertamente el amor de Dios
para contigo lo que se plasma en Jesucristo.
Recibe en
tu corazón al Verbo encarnado y escudriña sin descanso el
misterio de su persona. Pídele a menudo que te sumerja
en el corazón de Dios y en el corazón del
hombre. Cuando tocas a Jesucristo por la fe, descubres la
verdadera dimensión de tu ser de hombre transformado en casa
de Dios.
Desde que Cristo ha plantado su tienda en medio
de nosotros, algo ha cambiado radicalmente en el corazón del
mundo. La humanidad ha entrado en Dios y Dios ha
penetrado en la realidad terrestre hasta el corazón del cosmos.
En Jesucristo, la presencia de Dios irradia al centro del
mundo, pero sobre todo al corazón del hombre. No se
puede ya hablar de Dios sin hablar del hombre, ni
hablar del hombre sin nombrar a Dios. Por eso ningún
hombre nace sin Cristo", dirá san Jerónimo.
No llegarás a tu
plena realización como hombre si no te insertas cada día
más profundamente en el misterio del hombre perfecto que es
Cristo, y por él en el misterio trinitario. En Jesús,
encuentras no solamente al Padre, sino que entras en comunión
con todos tus hermanos en sus aspiraciones hacia Dios.
Muy a
menudo, contrapones oración y vida, servicio de Dios y servicio
a los hombres, contemplación y acción. El día que hayas
logrado todas las dimensiones del misterio de Cristo, dejará de
haber oposición. Desde que Dios ha encontrado al hombre en
Jesucristo, ya no hay nada profano (etimológicamente: pro-fanum = delante
del templo, fuera del templo), puesto que Dios ha salido
precisamente del Templo, de su “morada celeste”, para vivir en
el corazón de su creación. Está ahí presente y vivo
en esa masa de lo cotidiano que tú modelas con
más o menos éxito. Viviendo en plenitud tu tarea de
cada día y tu relación con los demás, te incorporas
sin cesar a Cristo y por él al Padre. Ahora
debes encontrar a Jesús en tu vida de cada día,
en tu trabajo diario, en el amor a tu hermano.
En
la oración, arrodíllate en presencia del Padre y con una
súplica que no cese nunca, pídele que comprendas que "Cristo
habita en tu corazón por la fe" (Ef. 3 ,17).
Cree en su presencia en ti, dice la Regla de
Taizé, aunque no experimentes ninguna resonancia sensible. Utiliza todos los
requisitos de tu persona para elevar esta oración al Padre
pues debes ser habitado por el Espíritu de Jesús. Luego,
al mismo tiempo, el Espíritu Santo te dará luz y
fuerza para comprender "cuál es la anchura y la longitud,
la altura y la profundidad, y conocer el amor de
Cristo, que excede a todo conocimiento" (Ef 3, 18-19).
Es preciso
que este conocimiento de la presencia de Cristo eche profundas
raíces en ti. Es el único objeto y el único
fin de la oración. Si pasases todo el tiempo de
tu oración pidiendo esta gracia, aceptarías los puntos de vista
de Dios sobre ti. Sábete que esto que pides así
con esta insistencia responde al deseo del Padre. El Padre
espera que tengas tus manos abiertas y suplicantes para depositar
en ellas a su Hijo.
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