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Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net 17. Conoces tus faltas, pero no tienes sentido del pecado
Esto es obra de una revelación de Dios. Antes de pensar en examinarte, piensa sobre todo en orar.
17. Conoces tus faltas, pero no tienes sentido del pecado
Tal vez conoces muy bien tus faltas, pero no por
ello tienes sentido del pecado. Esto es obra de una
revelación de Dios. Antes de pensar en examinarte, piensa sobre
todo en orar.
Ahora comprendes mejor que el verdadero conocimiento de
Dios es obra de una revelación. No se consigue al
final de un caminar intelectual, sino por la humilde postración
de tu ser ante el rostro del Dios Santo. Como
dice Karl Rahner, "si tu teología deja de ser una
teología de rodillas, en el sentido de que debe ser
la teología de un hombre que ora, para extraviarse por
los senderos del intelectualismo, se degradará en diletantismo de burgueses
retrasados".
Lo mismo sucede en el conocimiento del pecado. Puedes tener
conciencia perfecta de las faltas cometidas, es decir de las
faltas a una regla o a un orden establecido, pero
no por ello tienes sentido del pecado. Este descubrimiento de
tus faltas engendra en ti la mala conciencia o el
sentimiento de culpabilidad pero no el verdadero arrepentimiento.
Para que tengas
el verdadero sentido del pecado, tienes que descubrirte en relación
con Dios. Y así como la oración es una presencia
de Dios, el pecado aparece como una ausencia, un rechazo
para aceptar a Dios, un obstáculo a su amor. No
puedes pues tener el verdadero conocimiento de tu pecado si
Dios no te lo revela, lo mismo que el verdadero
conocimiento de Dios es obra de su gracia.
Ves así cómo
se establece una primera ley espiritual: cuando quieras descubrir tu
pecado, importa menos el examinarte que el orar intensamente: "Señor,
que te conozca a Ti y me conozca a mí
". Lo que pides entonces al Señor, no es tan
sólo el hacer un cómputo exacto de tus faltas como
si hicieses la lista de tus transgresiones al código de
circulación -esto es obra de la razón- sino que le
pides el conocimiento sobrenatural de una realidad oculta. Sabes muy
bien que confesar tu pecado no es decírselo a un
sacerdote para que lo sepa, sino que es confesarte a
Dios que primero se ha confesado a ti declarándote su
amor.
Pides a Dios que te haga experimentar con todas las
fuerzas de tu ser lo lejos que estás de él.
En sí, el pecado no es una realidad objetiva, no
es un quebrantamiento de una ley que llevaría consigo, como
consecuencia, la privación de la gracia; es el hombre ante
Dios en actitud de ruptura, de rechazo o de distensión.
El pecador es aquel que vuelve la espalda a Dios
y rechaza recibir de él su ser. Por el mismo
hecho del pecado, ya no está presente a sí mismo,
y por eso el pecado es también una desintegración de
la naturaleza humana. Como el hijo pródigo, el pecador se
aleja del Padre y se va a un país lejano
para gozar egoístamente de los bienes recibidos sin hacer referencia
de ellos al dador.
En vez de utilizar sus bienes
para entrar en comunión, los hace servir para su provecho.
El pecador es pues un extraviado, lejos de Dios, en
el exilio. Está fuera de la verdad pues para él
ser auténtico es estar en comunión con el Padre. Y, el
drama del pecador, es que no sufre por ello y
ni siquiera tiene conciencia de ello; al contrario, tiene la
impresión de una cierta felicidad. El día en que sus
ojos se abren al amor del Padre es cuando el
hijo pródigo descubre la profundidad de su miseria, pues el
pecado no solamente le ha separado del Padre, le ha
apartado también de sí mismo y de la comunidad de
sus hermanos. El pecado abre en ti una rotura que
engendra el sufrimiento y la muerte. Como dice Gabriel Marcel,
"estamos en un mundo roto".
En el fondo, al presentarte ante
Dios, te pareces a un ciego. Como el salmista, reconoces
humildemente que te has alejado de él, rompiendo una relación
de amor: "Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo
malo a tus ojos cometí" (Sal 51, 6). Más profundamente
todavía, no confiesas tan sólo actos sino un estado de
pecador: "Mira que en culpa yo nací, pecador me concibió
mi madre" (Sal 51, 7). Pero no conoces tu verdadero
pecado que no es forzosamente el pecado de debilidad que
confiesas y lloras, sino el pecado profundo que amas y
llamas con un nombre tranquilizador: "De las faltas ocultas declárame
inocente" (Sal 19, 13).
En la luz de su amor, Dios
rasgará tus ojos cegados y te infligirá la dolorosa revelación
de tu pecado. Es un desgarrón mucho más doloroso y
más profundo que todos los escrúpulos y sentimientos de culpabilidad.
Ora todo el tiempo que sea necesario para recibir esta
revelación, que reconocerás en la paz austera que engendra en
ti. El sentimiento de tu pecado es siempre doloroso, pero
va acompañado de confianza en el amor misericordioso de Dios
que perdona. Ojalá pudieses recibir este conocimiento íntimo de tu
pecado que hacia llorar a los mayores santos.
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