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Autor: Jorge Molino | Fuente: Catholic.net 7. Cuando Dios te ama, cambia lo más profundo de tu ser
El amor de Dios para contigo es una palabra eficaz, operante, que transforma lo más profundo de tu ser.
7. Cuando Dios te ama, cambia lo más profundo de tu ser
Cuando Dios te ama, te cambia en lo más profundo
de tu ser.
¿Has realizado la experiencia de una amistad verdadera?
Te ahogas bajo tu piel y gritas para que te
llamen por tu nombre. Necesitas que otro te encuentre para
que llegues a ser tú mismo. El día en que
recibas la gracia de un afecto verdadero, cambiarás, te transformarás
en lo más profundo de tu persona. Cuando un ser
de carne y hueso entra en tu vida, la cambia
de arriba abajo y le da un sentido nuevo. Has
encontrado a uno que ha venido a tu encuentro y
te ha dicho palabras que piden una respuesta y cambian
toda tu vida. Continúas con tus problemas y tus dificultades
pero las miras de otra manera: es aquello que hacía
exclamar a una muchacha: "Amar, no sirve para nada, pero
lo cambia todo!"
Lo mismo ocurre cuando Dios te encuentra y
te dirige una palabra de amistad. El amor de Dios
es tan fuerte, tan poderoso, que es capaz de devolverte
la virginidad del corazón. Acuérdate del profeta Oseas y de
su mujer prostituta. San Agustín hablará del amor virginizante de
Dios. Dios no te ama porque eres atractivo, sino te
ama para que lo seas. Puedes cambiar, cambias, porque él,
Dios, te ha encontrado, te ha interpelado, porque su mismo
amor te ha cambiado.
El amor de Dios para contigo no
es una palabra llana, es una palabra que realiza lo
que contiene. Es eficaz, operante. Lo mismo que el encuentro
con otro te cambia, el encuentro con el Dios de
Jesucristo te transforma en lo más profundo de tu ser.
Entre el Dios trinitario y tú, la alianza es tan
total, tan íntima, tan concreta que en adelante es imposible
hablar de él sin hablar al mismo tiempo de ti.
Entre
tú y yo, dice Dios, hay un vínculo que nada
podrá destruir. Soy tu Dios y tú eres mi hijo.
Pondremos en común, yo mi eternidad, mi vida y mi
santidad, tú lo tuyo de cada día, tu vida terrena
y tu pobreza.
Tu existencia va a unirse a la
mía y no nos separaremos jamás pues soy Dios y
nunca jamás me arrepentiré de mi alianza. En cierta manera,
nuestros destinos están ligados el uno al otro. Es el
Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, como es
el Dios de cada uno de nuestros nombres propios, queriendo
dar a entender con ello que liga su vida a
la nuestra.
Entre tú y yo, se da una comunidad de
ser en la que echa sus raíces una comunidad de
mirada y de amor. Esta alianza será realizada perfectamente sobre
todo en Jesucristo. Baja a lo profundo de tu corazón
para descubrir en él, como en su fuente, esa corriente
de vida trinitaria que riega toda tu persona. Deja que
esta vida divina te invada y te conduzca al seno
del Padre, bajo la acción del Espíritu de Cristo.
En esta
certeza de que eres el aliado de Dios es donde
echa raíces profundas tu oración. No es una escalada vertical
lo que te hará alcanzar a Dios en una extensión
sin esperanza. Es la toma de conciencia, lúcida y pobre,
sabrosa y a menudo desgarradora, de que Dios te ha
elegido gratuitamente y ha querido ligar su destino al tuyo:
"No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos
se ha ligado Yavé a vosotros y os ha elegido,
pues sois el menos numeroso de todos los pueblos, sino
por el amor que os tiene." (Dt 7, 7-8).
La oración
es ese momento privilegiado en el que contemplas el amor
del Padre que te engendra a la vida filial. Libera
al hijo de Dios cautivo en el fondo de tu
ser y permítele que se desarrolle libremente en ti. Entonces
no tendrás necesidad de buscar ideas o palabras para exteriorizar
tu oración. Te bastará el existir como hijo de Dios
y tu mismo ser será una oración.
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