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Aprende a orar | sección
Habla con Dios | categoría
Oración de Abandono | tema
Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net
4. Acercate a Dios con un corazón de discípulo
En la oración, acercate más a Dios que no te aparta del mundo real, sino que te hace más presente dentro de él.
 
4.  Acercate a Dios con un corazón de discípulo
4. Acercate a Dios con un corazón de discípulo


Acércate a la experiencia de Elías en Horeb con un corazón de discípulo. Participarás en su intimidad con Dios.
En la contemplación, estáte atento para que no dejes en la sombra algunos aspectos del misterio de Dios que se te presentan a veces como inconciliables. Así el sentido de su santidad debe acompañarse de la experiencia de su intimidad. Has percibido ya la intimidad que se daba entre Moisés y Yavé; acompañando a Elías al monte Horeb participarás de su intimidad con Dios.

Estos hombres de la Biblia, Abraham, Moisés y Elías no son personajes del pasado, son nuestros padres en la fe, los santos del Antiguo Testamento. Puedes pues pedirles que ejerzan su paternidad espiritual para contigo. Así Abraham te conseguirá la gracia de enraizar tu vida en la fe a la Palabra de Dios. Acércate también a la vida íntima de Elías con un corazón de discípulo. Es el padre de los contemplativos que viven sin descanso a la búsqueda de Dios. Te puede comunicar una parte de ese fuego interior que le consumía por Yavé: "Ardo en celo por Yavé, Dios Sebaot" (1 Re 19, 14).

Coloca esta experiencia en el conjunto de las teofanías. En este mismo lugar, Dios ha revelado su nombre a Moisés, es decir su ser íntimo. Le ha dado la Ley y la Alianza. En un ambiente terrorífico de truenos y rayos, ha manifestado su santidad. Pero hay que dejar atrás estas manifestaciones violentas para descubrir su presencia espiritual en la intimidad y la dulzura.

Elías es el que está en pie ante Dios para servirle (cfr. 1 Re 17, 1). Ha trabajado mucho por su Reino. Es un corazón apostólico lleno de celo por la casa de Yavé. Pero Elías prefiere decir: "Dios ante cuyo rostro yo estoy en pie." Tú también, te consumes por la misión, pero Dios no necesita tus servicios. El único servicio que espera de ti, es la atención y la presencia. Quiere que estés en pie ante él. "Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y por la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios". (2 Mac 15, 14).
Dios ha puesto sus delicias en estar contigo, "mis delicias están con los hijos de los hombres". (Prov 8, 31), y espera que tú te quedes con él. Orar es perder gratuitamente tu tiempo ante él. Es una gracia el estar contento con él y percibir su presencia.

Antes de revelarse a Elías, Dios le hace pasar al desierto, en la soledad, el renunciamiento, la fatiga y el desaliento. Elías experimenta el sentimiento de fracaso que vives tan a menudo en tu corazón de hombre y de apóstol: "No soy mejor que mis hermanos". Por eso Santiago establece el paralelismo con nosotros: "Elías era un hombre de igual condición que nosotros" (Sant 5, 17).

Al final de este largo camino por el desierto, camino doloroso, Elías hará la experiencia de la intimidad de un Dios muy cercano. Expón tu rostro fatigado al soplo impalpable de esta brisa que expresa, en cuanto puede hacerlo un símbolo, la espiritualidad y la dulzura de Dios.
A Elías se le concede, en un encuentro vivo, una revelación complementaria del ser de Dios. El es no solamente el Altísimo, el Omnipotente, sino el Dios presente en esta intimidad que es lo propio del Espíritu. La oración debe hacerte gustar efectiva
mente esta presencia de Dios. ¿Es su palabra, más dulce a tu paladar que la miel a tus labios? Tus ojos y tu corazón de hombre deben ver y saborear lo bueno que es Dios: "Tu palabra es la alegría de mi corazón" (Sal 119, 111).

Sólo la plenitud de esta revelación en el Evangelio te dirá hasta donde llega esta intimidad: en la Santísima Trinidad, se da esa íntima comunión de las tres Personas divinas que se acogen y se dan mutuamente. En la medida que escuchas y guardas la palabra de Jesús, permaneces en este movimiento de comunión y la Trinidad está presente en ti. Ilumina esta teofanía con la enseñanza de san Juan:

Aquel día no me preguntaréis nada. Yo os aseguro: lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará. (Jn 16, 23).
Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mi no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por si mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mi. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mi, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y así seréis mis discípulos. Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado a que vayáis y deis fruto y un fruto que permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros. (Jn 15, 1-17).

Como Jacob, tú puedes decir: "¡Así pues, está Yavé en este lugar y yo no lo sabia!" (Gn 28, 16). En la oración, baja cada vez más profundamente a esta morada de Dios que no te aparta del mundo real, sino que te hace más presente a él. Cuando vuelvas en medio de tus hermanos, contemplarás este misterio en su corazón y caminarás en la presencia del Señor en el país de los vivos.




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