Queridos amigos:
Yo creo en la tremenda fuerza renovadora de
unos ejercicios espirituales. La experiencia de haberlos impartido en numerosas
ocasiones me lo confirma. He visto cientos de rostros radiantes
de paz y alegría después de haber hecho
esta experiencia. Espero que tú también puedas decir lo mismo
como tantos y tantas: “He encontrado a Cristo y, por
tanto, la alegría de vivir.”
Esto es una plática introductoria; es
decir, una plática para que nos pongamos de acuerdo sobre
las reglas que hay que seguir en unos ejercicios espirituales.
La
primera palabra que tengo que decirles es: ¡Felicidades por
haber entrado a esta sección! Porque cuesta tanto, se
dan tantas excusas, hay tanto miedo, tanta burla para los
que realizan unos ejercicios espirituales.
Ciertamente no se van a arrepentir.
Pero, al mismo tiempo que les felicito, como si tratase
de algo excepcional, no les felicito, porque han hecho algo
que todos debieran hacer: dedicar al menos una hora
del día a su alma, a lo único necesario.
Estos ejercicios
son unas horas para pensar en serio sobre la vida:
¿Qué piensas de tu vida hasta hoy? ¿Eres feliz
del todo? ¿Qué le falta a tu vida para ser
feliz de todo? ¿Estás aprovechando tu vida, la única,
la que estás viviendo por primera y última vez?
¿Te sientes realizado haciendo lo que haces y viviendo como
vives? ¿Qué ha pasado con tu fe, con tu
Cristo? ¿Los has perdido, acaso?
Renovarse o morir; lo
has escuchado muchas veces, y aquí también viene a
cuento esta frase: renovarte o morir. ¡Escoge! Todos necesitamos
renovarnos. Las realidades más grandes de la vida,
si no se renuevan, se refrescan, se mueren.
Tienes que cargar gasolina de vez en cuando; necesitas
repintar la casa; necesitas arreglar tantas cosas en la vida,
si no, se deterioran y se vuelven inservibles. Decía
una vez un señor: “No puedo hacer unos ejercicios espirituales
porque estoy pintando la casa”, y le preguntaron: “¿Desde cuándo
no pintas tu alma?” Y siguió un silencio...
Por desgracia
somos cristianos que creemos a medias. Creemos a medias en
Dios; nos olvidamos de aquella frase que dijo un
convertido: “Dios existe y me ama”.
No creemos en la Eucaristía
más que a medias, y por eso las misas aburridas
o las misas a las que no asistimos. Creemos poco
en la confesión. ¿Desde cuándo no te confiesas? Creemos poco
en la vida eterna: está de moda no creer
en el infierno ni en el cielo. En pocas palabras,
confiamos a medias, es decir, no nos atrevemos a
confiar en Dios, y por eso los problemas nos
ahogan; amamos a medias, vivimos un cristianismo mediocre, y por
eso no nos comprometemos en serio, no amamos a Dios
sobre todas las cosas, y menos al prójimo como a
nosotros mismos.
Como consecuencia el cristianismo no nos llena, no nos
hace felices, no nos resuelve los problemas, más
aún nos pesa mucho. La verdad es que no estamos emocionadísimos
de ser cristianos. Estamos, incluso, en grave peligro de cambiar
de religión. ¿Que no? Y no somos capaces de
trasmitir esa fe a los demás, por ejemplo a los
hijos, por que nadie da lo que no tiene.
Podríamos decir que estamos no en la religión católica
fundada por Cristo, sino en la religión de Don Aburrido.
¿Cómo es eso? Te aburres yendo a misa, te
aburres yendo a unos ejercicios espirituales, la Biblia te aburre,
te aburre o te asusta confesarte; entonces dime
cuál es esa maravillosa religión, quién la fundó. ¡Don
aburrido!
Yo te estoy predicando aquí la religión del amor, la
que fundó Jesucristo. Te reto a que te salgas de
esa secta, por decirlo así, la religión que tú te
has inventado, la aburrida, y te pases a la verdadera
religión católica, la que fundó Jesucristo, la religión de
los hombres más felices de la historia, la religión del
amor.
¿Para que sirven los ejercicios espirituales? Más que decirlo
yo, prefiero que te lo digan otros que han asistido.
Te
leo algún cuestionario. “Cuando me invitaron al retiro fue
una sorpresa, pues nunca había estado en uno, y me
parecía que sería como ir a un planeta fuera de
nuestra galaxia.” ¡Imagínate cómo empieza! “Tomé un día la
decisión de ir, pero casi como obligado por mis familiares
y por una persona que ha sido como el fiel
en la balanza de mi vida. Todavía ese
día, el día que comenzaba el retiro, dudé y le
dije a mi esposa: “¡No voy!” Ella me hizo
maletas... -muy bien hecho-, y tácitamente me dijo que
era por mi bien. Me di cuenta de que mi
lejanía de Dios no era más que por comodidad y
pereza y por una falsa intelectualidad juzgadora, que rompía la
humildad y aumentaba la soberbia. Sus palabras, padre, han removido
mi conciencia y han cambiado en unas horas
mi vida. Mi cambio lo sentí muy claro:
Es como si hubiera vuelto a circular la sangre por
mi cuerpo. El viernes en esos momentos de meditación
que son maravillosos, recordé un cuento del que
me platicaba mi abuela: Blas era un niño de mi
pueblo, al cual se le conocía como el “Cara sucia”,
pues nunca quería bañarse ni limpiarse. Un día, que
había llovido, se formaron charcos en las hendiduras de las
calles en las que reflejaban las imágenes. En uno de
estos Blas “Cara sucia”, que nunca se había visto en
un espejo, vio su imagen sucia y fea,
y sintiendo repugnancia por saber que el del charco era
él, inmediatamente partió a casa y,
llorando, juntó sus lágrimas al agua, y se bañó
durante mucho tiempo. Al terminar, vio que era un
niño limpio y puro, y prometió que a partir
de ese día iba a ser otro y diferente ...
A mí me pasó lo mismo ayer. Me vi reflejado
en el charco de mi vida, con mi mente
sucia y confundida pero las pláticas y el Viacrucis han
sido como el baño de Blas que han limpiado
mi conciencia y mi raciocinio. La confesión ha sido el
instrumento definitivo de mi cambio. Tenía mucho tiempo que no
lo hacía. Y por primera vez en muchas, pero
muchísimas noches, dormí sin despertar en ningún momento.”
Ahora quiero
leer el cuestionario de una muchacha que también fue
a un retiro: “Francamente salgo sorprendida de las maravillas que
ha hecho el Señor conmigo. Siento una paz interna, como
no lo había sentido más que una vez, un
entusiasmo de vivir en gracia, de ser lo más parecido
a María, sencilla, pura, generosa y cariñosa. Doy gracias
al Señor porque es bueno y misericordioso, pues he aprendido
en dos días lo que no había podido aprender en
17 años de vida que tengo. Espero ya no ser
desde ahora -y creo haberlo logrado- la niña que
era yo antes. Doy gracias al Señor porque me
ha hecho ver que estaba en la basura, me
ha dado la mano, y me ha ayudado a levantar
y volver a vivir.”
¿Para qué sirven los ejercicios espirituales,
por tanto?
Sirven para renovar, vivificar las grandes verdades de
la vida, o bien recuperarlas, si se hubieran perdido;
para refrescar las grandes motivaciones de la existencia, por
las que vale la pena vivir y sin las
cuales la vida pierde su sabor. Recuperar, por lo
tanto, la fe en Dios, en la vida, en ti
mismo; recuperar la paz y alegría, la auténtica alegría
de vivir, la felicidad de poseer a Dios. Este retiro
es la oportunidad, la gran oportunidad para ver tu pasado
y purificarlo, para ver tu presente y ordenarlo, y para
ver tu futuro y orientarlo debidamente. Tu futuro es
lo más importante de tu vida.
Y aquí te espera
Cristo; la solución de tu vida está cerca. Podría ser
la gracia más importante de tu vida. Yo no lo
puedo negar: puede depender de ella tu misma salvación eterna.
¿Quién puede decir que no? “Teme a Cristo que pasa
y que no vuelve”. He he visto tantos cambios
en los ejercicios espirituales que me considero un auténtico entusiasta
de esta experiencia espiritual.
Se viene a los mismos a curarse
de las heridas, las infidelidades, las caídas mayores
o menores, la mediocridad, la tibieza, los pecados, todo lo
que necesite curarse en la vida. Hay que dolerse
profundamente de todo ello, pero con un dolor muy sano
y esperanzado; sentir coraje, náusea hacia la mediocridad y
tibieza para extirparlas. Armarse de valor para reaccionar con más
amor y entrega que si nada de esto se hubiera
dado en tu vida.
Ahora vamos a hacer un pequeño diagnóstico
de cómo llegas a estos ejercicios espirituales: ¿Estás enfermo; incluso
te consideras enfermo de gravedad, incurable? ¿Es una enfermedad crónica,
constante, constantes recaídas, que te van acabando, que te van
matando? Hay que tener valor para reconocer que estás enfermo
de estas cosas, y querer curarte. Siempre hay tiempo
de volver a empezar. La ventaja es que Cristo
es aquí el médico, y puede curar todo. Gritarle como
el leproso: “Señor, si quieres, puedes curarme”.
¿Cómo estás: Quizás
desengañado de ti mismo, sientes que no tienes remedio,
lo has intentado tantas veces...? Pues, intenta otra vez. Aún
no lo has intentado de seguro con todas tus fuerzas.
¿Te acuerdas de GenGis Kan, aquel gran conquistador de
China? En sus primeras batallas tuvo muchos reveses. En cierta
ocasión estaba en su tienda muy triste y mirando con
sus ojos al vacío, y se fijó en una hormiguita
que subía por el hilo de la tienda y que
se caía una, dos, hasta días veces se cayó; pero
la hormiguita seguía intentándolo, hasta que, por fin, subió al
techo de la tienda, que parece era su objetivo.
Y en ese momento le vino una luz a
este hombre: “Voy a intentarlo otra vez, como la hormiga”,
y efectivamente, al intentarlo, conquistó China.
Así nos pasa a
nosotros muchas veces: no lo hemos intentado con todas las
fuerzas, y creemos que no podemos.
¿Estás desengañado, quizás, de Dios
y de la religión? Puede ser que no conozcas bien
a Dios o que tengas una idea inexacta de la
religión del amor, la religión que ha hecho y sigue
haciendo millones de felices. Obviamente con la condición de tomarla
en serio. ¿Estás decepcionado de los demás? ¿De la
vida? Tienes que saber que la vida sonríe a quien
la trata bien.
Quizás tu problema es que estás insatisfecho por
la vaciedad de tu vida, por esa mediocridad que produce
malestar. Yo la llamaría insatisfacción provechosa porque lo malo es
que no te preocupe, que te dé lo mismo. Porque
de una gran insatisfacción puede surgir un gran propósito y
un gran cambio en la vida.
O estás atormentado por remordimientos,
dudas, egoísmos, miedos económicos, familiares, etc, etc. O bien,
temeroso. Tal vez éste es el diagnóstico más exacto:
con miedo de enfrentarte a Dios y reconocer que
has sido, tal vez, un hipócrita, un cuentista.
Desde luego hay
que tener la certeza de que es un doloroso pero
muy positivo encuentro con Dios. Temeroso de enfrentarte a
ti mismo, de ver tu vida manchada, mediocre, vacía. La
verdad es que cuesta reconocerlo a cualquiera. Miedo de ir
con los padres, de decir lo que tienes que decir,
por ejemplo, en la confesión, quizás decir lo que
nunca has dicho. ¿Qué va a pensar de mí? ¡Cuantas
cosas les hacen pensar a los padres! O miedo
al futuro. Decía alguien: “Todas las noches antes de
acostarme lloro por esa fe que no tengo.” Este hombre
indiscutiblemente tenía miedo de perder lo poquito que le
quedaba de fe, y por tanto, del sentido de su
vida.
Avanzando en esta charla, yo quisiera recalcar esta frase: “No
importa cómo estás, si quieres cambiar” . Lo importante es
que has entrado, y esto significa muchas cosas importantes: Que,
aunque te duela, quieres saber la verdad de tu vida;
que quieres renovarte; que quieres cambiar; que quieres volver a
empezar, dejando atrás lo que pasó. Con Cristo todo se
puede remediar mientras dura la vida. “Venid a mí -decía
Él- todos los que andáis fatigados y agobiados, y
yo os ayudaré.” Esta promesa es fabulosa, es gratis, la
ofrece Dios que no puede engañarnos; nos la dice no
un psicólogo bienintencionado sino el que lo puede todo, el
mismo Jesús.
Vienes enfermo, pero con ansias de salud; triste, quizás,
pero con hambre de felicidad; insatisfecho del rendimiento
de tu vida, pero con ganas de dar la medida;
frío y tibio, pero con ansias de calentarte; a lo
mejor vienes fervoroso, y con ganas de aumentar el fervor.
Recomendaciones
¿Cómo estar en ejercicios espirituales? Voy a
darles una serie de recomendaciones que son como una metodología
para que los ejercicios espirituales produzcan los frutos que
han producido en otros:
Hay que dejar las prisas, el sueño,
los celulares, todo lo que me conecte con la problemática
de la ciudad, y entrar sin nada, entrar tú solo.
Son unas horas para pensar en serio sobre tu vida.
Y los protagonistas de estos días serán Dios y tú.
Convencido de que, si tú sales renovado, fervoroso, todo el
resto de tu vida cambiará. Y debes de pensar
que tu alma debe ser lo primero y que, para
lo que es fundamental en la vida, siempre hay tiempo.
Hay
que empezar desde el principio con toda el alma,
removiendo obstáculos, flojedad, cansancios, prejuicios, miedos, lo que sea;
en concreto desterrar los prejuicios que traes en la mente,
como aquél de la galaxia; que el director de ejercicios
espirituales habla así o no me convence o sí me
convence. Tú escucha sus palabras, que son palabras a través
de las cuales te habla Dios. Y sobre todo
el prejuicio peor: que ya has hecho otros ejercicios espirituales,
ya los conoces, que tú eres bueno, y que al
leerlos simplemente quieres darte una afeitadita...
Hay que tener alma
de niño, hay que hacer la oración como en la
época en que la hiciste bien, quizás en otros ejercicios,
quizás en otro momento de tu vida, y entrar del
todo: Una decisión plena; procura tenerla rápido; sumérgete, arriésgate, lánzate;
lo único que te puede suceder es que te cures,
que te reanimes.
Además, estás tú sólo, como en un desierto,
como en un paraje solitario, a solas con Dios. ¡OH
silencio bendito que ha arrancado de las almas santas audacias!
Pablo de Tarso necesitó retirarse a un desierto
después de convertido. Cristo estuvo cuarenta días en el desierto
antes de empezar su vida pública. Yo tengo predilección
por estos retiros: se ve por un lado la miseria
humana y por otro la grandeza de Dios y, si
ambos se encuentran, surge el milagro.
Si hablas, y sigues lo
mismo; si te distraes, y no pasa nada; si no
haces caso a Dios, y sales amargado, culpa tuya entera.
Querer
salir otro, distinto, nuevo, limpio, alegre, decidido... Pero
necesitas quererlo, pelearlo, pedirlo; así salen todos los que han
hecho estos retiros con sinceridad y sin medias tintas.
Reglas
para obtener los frutos del retiro
El fruto de unos ejercicios
espirituales no se improvisa, y yo aquí quiero recalcar
seriamente cuatro reglas sin las cuales no puedo asegurar el
fruto:
Primero: Silencio; y no pongas cara rara. Es una utopía
hacerlo sin silencio. Ya sabemos que es una cosa que
cuesta, y más a las mujeres, pero es necesario: te
renueva, te enriquece. ¿Puedes o no puedes? Te reto y
te sigo retando. Hacer unos ejercicios espirituales hablando es una
santa manera de perder el tiempo.
Segunda regla: Oración: que significa
hablar mucho, sinceramente, de corazón, con Dios. Las
ideas no entran en la cabeza sino a golpes de
oración. Pedir mucho a Dios que se nos graven
como fuego en el alma. Estos ejercicios serán lo
que sea tu oración. Su hondura será la hondura
de tu trato con Dios. Recordar los días en que
la oración te quemaba, y vencías todos los enemigos. Cuando
tenías un gran problema, dime si hablabas con Dios o
te distraías. Hacer tus oraciones como en tus mejores tiempos,
encontrar el gusto por la oración, disfrutar la intimidad con
Dios. Porque orar es amar y ser amado.
Tercera regla: Generosidad:
firmar en blanco. ¿Qué quieres que haga, Señor? Evidentemente que
Dios te va a pedir algo, algo importante. Si no
te pide nada, es que no le importas a Dios.
Y
añadiría una cuarta regla como recomendación, que consiste en mantener
la paz y la serenidad durante todo el tiempo. El
demonio intentará robártela y, si te la roba, estás perdido.
No te dejes. Dios ciertamente te pedirá cosas difíciles, pero
nunca te pedirá que pierdas la paz.
¿Cómo vas a
salir?
Tengo otro cuestionario que me gustaría que leas “He
dejado que pasen los días antes de decidirme a escribir
esta carta, pues después del retiro al que asistí, pensé
que el efecto iba a pasar pronto. Pensé, también, que
el bienestar y alegría que he obtenido en mi
reencuentro con Cristo iban a ser pasajeros, pero ha sido
todo lo contrario: han pasado los días, y mi
amor y mi fe han crecido de forma impresionante. Después
del retiro nunca volveré a ser la misma, no
quiero volver a ser la misma. He comprendido que, al
estar llena de Dios, todo lo demás resulta fácil. Me
encanta la canción que se canta en misa y que
dice: “Buscad primero el Reino de Dios y su
justicia, y todo lo demás se os dará por
añadidura”. Ha mejorado mi vida en todos los aspectos, después
de buscar mejorarla por muchos otros medios. Quizás pueda pensar
que estoy loca, pero para mí, mi reencuentro
con Cristo fue como el reencuentro con un gran amor,
el primero y el único que puede avasallar con
tanta intensidad y que en mi ceguera, egoísmo y
racionalismo podía haber dejado de lado. Debo también confesarle
que al retiro acudí con pocas expectativas; iba con el
clásico “a ver qué sale...” pero es lo mejor que
me pudo suceder. No digo que yo sea de lo
mejor, soy menos que nada, pero diariamente al único que
trato de no fallarle es a Cristo y pues
con eso todos van de gane, hasta mi esposo,
que ha sido el más beneficiado con el retiro.”
Primero. Puedes
salir orientado, sabiendo lo que Dios quiere de ti, cuál
es tu misión en la vida. Ya el saber cuál
es su camino, cuál es su misión, es una cosa
fantástica, porque muchos no lo saben.
Segundo: Motivados, es decir, con
deseos de cambiar, felices, nuevos, limpios. Y, en tercer lugar,
decididos. Decididos a luchar, a cambiar, con unos propósitos muy
firmes. Lo mejor de tu vida está por verse. ¿De veras
lo crees? Ya has hecho algo bueno, y Dios
lo sabe, pero puedes hacer mucho más, y a eso
debes aspirar. El retiro es una fuente de renovación
y rejuvenecimiento espiritual; aprovéchala. A cuantos hombres y mujeres he
visto renacer en los retiros. Si sientes deseos intensos de
cambiar, de ser otro, de ser distinto, déjate inundar
de esa luz y de esa gracia.
Obviamente, hay que vigilar
a los enemigos: el cansancio físico y emocional, el desgaste
espiritual, las pocas ganas. Se te perdona esto. Basta con
que quieras que te motiven, y no pongas obstáculo.
¿Estás enojado contra algo o contra alguien? Ya sabes
que el que se enoja pierde; no te conviene. Parte
en mil pedazos el enojo, como Moisés rompió las
dos tablas en las laderas del Monte Sinaí. Que
sientes rutina, mediocridad, tibieza. Pero, entonces, ¿quieres morir o vivir?
¿Quieres vivir como un leproso, canceroso, tu vida? ¿o
quieres vivir en plenitud? ¿Quieres alargar la náusea, el purgatorio
de tu vida? ¡Claro que no!
Entonces a hacer
los ejercicios con fuerza, como si de ellos dependiera tu
salvación eterna. ¿Quién no quiere irse al cielo; quién no
quiere ser santo; quién no quiere salvar miles de
personas; quién se resigna a ser un semi-hombre, semi-mujer, un
semi-cristiano, semi-apóstol? ¡Qué triste forma de vivir!
Por otra parte, hay
que hacer alianzas con los amigos: en primer lugar con
María Santísima. Cuentas con su ayuda y protección maternal desde
el mismo instante en que empieza el retiro hasta el
final. ¿Sabes que tú le caes muy bien a la
Virgen? ¿Cómo lo puedo saber? Por que eres su
hijo o su hija, y los hijos a una
buena madre siempre le caen bien.
Tienes a Jesús en la
Eucaristía. Que tu ida a la capilla sea un acto
de amor, de agradecimiento, de fe, de algo positivo. Reencuéntrate
con ese amigo, al que quizás le has dado la
espalda. Él nos decía: “Yo estoy con vosotros, contigo,
todos los días de tu vida”. ¿Por qué te empeñas
en no creerlo?
Luego están los padres de tu parroquia. Todas
sus limitaciones no podrán impedir que representen a Dios para
ti, y te ayuden de manera muy eficaz.
Como conclusión; ¿Por
qué no pueden ser estos ejercicios espirituales la experiencia
más grande de tu vida? Son unas horas de gloria,
junto a la fuente de aguas vivas que ha beneficiado
a tantos y tantos.
Llegas, como la samaritana, con tu
cántaro vacío, medio vacío, o por lo menos no del
todo lleno. ¿No quieres terminar con tu cántaro lleno de
amor, de alegría, lleno de fe, de generosidad;
con cara y alma de resucitado?
Preguntas o comentarios al autor P. Mariano
de Blas LC
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