Esta primera meditación trata sobre la creación. Dios es amor,
por eso es mi creador. Y me creó porque
me quiere, sólo por eso. Y no me pidió
permiso, no se aconsejó con nadie. De ahí que la
decisión más importante en mi vida, que es mi existencia,
depende sólo y exclusivamente de Dios: Existo y existiré porque
Dios lo quiso. Fue una decisión de amor: He vivido,
por tanto, veinte, treinta, cuarenta o más años sumergido
en el amor eterno de Dios. Jack Loew, convertido, decía esto:
“La realidad más radiante de mi vida es ésta:
Dios existe y me ama”. Tú puedes
decir con idéntica verdad la misma frase a la hora
levantarte y a cualquier hora del día: “ Dios existe
y me ama”. Cuando estás alegre, ahí es más
fácil, pero también cuando estás en problemas, en dificultades. Que
esa frase te dé seguridad, te de fuerza: Dios
existe y te ama.
Crear para Dios es amar. En la
Biblia se leen estas palabras claras: “No odias nada
de lo que has creado” y entre esas cosas o
personas que ha creado estás tú; por lo tanto puedes
estar absolutamente seguro de que Dios a ti no solo
no te odia, sino que te ama, aunque tú
no le correspondas. Vivir para para ti, para mí, es
ser amado. Además, tienes que pensar que Él te creó para
algo muy importante...No para el egoísmo, tampoco para la mediocridad,
menos aun para la desdicha. Ciertamente tú puedes ser
un egoísta pero porque tú lo decides, torciendo
el plan de Dios. Puedes ser un mediocre, incluso
puedes ser una persona desdichada, triste, pero habría que preguntarse:
¿Es de Dios la culpa de que no seas
feliz o de quién es?
Te creó, además, para
ser santo. Se nos dice en la carta a los
Efesios, en el capítulo primero, del versículo 4 al 5:
“Él nos eligió en Cristo antes de crear
el mundo -¡fíjense desde
cuando!- para que fuéramos santos e
irreprochables ante sus ojos, por el amor, y determinó, porque
así lo quiso Él, que por medio de Jesucristo fuéramos
sus hijos”.
¡Qué maravillosa forma de decirlo de San Pablo!
Él determinó crearnos pero no solo determinó, quiso, se
propuso que fuéramos sus hijos. Y la persona que
nos lo dijo -y de una manera firme y clara-
fue su propio hijo Jesucristo, al enseñarnos a rezar
así: “Padre Nuestro que estás en el cielo...” Te creó
para ser santo; puedes serlo. Es relativamente fácil cuando uno
se decide a serlo. ¡Claro que es
difícil cuando uno no se convence o no
se anima a ser santo!
Te creó para ser un apóstol
de los grandes. Créelo, porque te da las herramientas, te
da las cualidades, las oportunidades de oro. En el
Concilio Vaticano Segundo se nos ha recordado, -porque
se nos había olvidado- que todos podemos y debemos
ser santos y ser apóstoles, entendiendo como apostolado hacer
el bien a los hermanos.
Te creó para ser feliz aquí
y allá. Si yo no eres feliz, tendrás que preguntarte:
“¿Es porque Dios me ha creado para ser un infeliz
o es porque yo, contraviniendo su plan, me he resignado
a ser infeliz? “ Te creó para ser útil, para hacer
algo útil. Si resultas ser un inútil, para ser sincero,
tendrás que reconocer que es tu culpa, no culpa de
Dios.
Bien, a estas alturas de la vida, ¿cómo has realizado
el sueño de Dios? Es una pregunta fuerte,
pero sería bueno contestarla. Si necesitas llorar, ¡llora! Pero
convierte esas lagrimas en coraje, en decisión, en
esperanza infinita. Estás muy a tiempo de realizar el sueño
de Dios y el tuyo.
Quiero citar aquí unas palabras
hermosas de un hombre santo, precisamente
hablando de los ejercicios espirituales: Dios es lo único
necesario en la vida humana, es el único ser
que pasa el test de nuestros anhelos de eternidad,
el que siempre está ahí, permanece, queda fijo, inmutable,
a salvo del paso del tiempo. Dios es hacia
donde mira toda alma que busca su salvación. Por lo
mismo nada vale tanto como el invertir aquí abajo
en la fidelidad a ese Dios mediante la total
sumisión a su querer. Todo cuanto no sea esto es
echar en saco roto. “Me dejaron a mí, fuente
de aguas vivas, y se acabaron cisternas rotas que
no pueden contener el agua”. Si poseer a Dios es
el fin, buscarlo es el quehacer de la vida. Pero
a Dios sólo le encuentra el que le ama,
y la experiencia del amor puro a Dios es la
experiencia del puro olvido de uno mismo. Se trata de
ser libre para servir a Dios y a los
demás con la única libertad interior del hombre respecto a
si mismo. El gran error de nuestras vidas es
vivir desorientados, engañados creyendo que vamos siguiendo un sentido,
cuando en realidad cada día nos alejamos más del verdadero
sentido: Dios. El que anda fuera del camino, cuanto
más corre, tanto mas se va alejando del término”.
Gracias
debería ser una de las palabras más repetidas, más
maravillosas que deberíamos decir a cada hora: Gracias al amanecer,
gracias al mediodía, gracias al atardecer; gracias por los días
pasados; gracias por este día, y gracias, también, por los
días porvenir. ¡Qué suerte, qué alegría ser de Dios, pertenecerle,
servir a tan gran Señor, amar a tan magnífico Padre;
poderle decir desde el corazón: “Soy de Dios felizmente
y para siempre”.
Dios es amor, por eso es tu Redentor:
El amor que renueva su alianza contigo. Con la desobediencia
y el pecado mataste aquel amor primero y te apuntaste
con los condenados al infierno; perdiste el cielo,
perdiste a Dios, perdiste todo; y
estabas, como dice el profeta Oseas, a la orilla
del camino revolcándote en tu propia sangre;
pero pasó junto al camino de tu vida el Redentor
con su cruz a cuestas y se compadeció de tu
dolor, de tu desventura y te lavó con su
sangre y con su gracia.
Cuando te creó sus manos estaban
sanas y enteras; ahora están sangrantes, su corazón abierto, sus
pies atravesados. Cristo lleva tus pecados, tu dolor, tu desventura
en sus cinco heridas. Esas cinco heridas son el el
precio que ha pagado por ti; son la prueba imborrable
del amor que te tiene. Créelo, cree en el amor
de Cristo, y no podrás ser un mediocre, un pecador,
sino un santo. El ejemplo de santa Teresa es muy claro.
Recordemos brevemente lo que le sucedió: Era una religiosa
que vestía el hábito de Carmelita en el convento
de la Encarnación, en Ávila. A veces se
dice: “ Si está en un convento, será santa”.
Pero, por lo visto, era bastante mediocre. Y, como Dios
sabía que podía sacar de ella una santa, le hizo
pasar una experiencia fuerte, le permitió ver el infierno. Ella
comentó: “No me morí porque Dios no lo quiso.” Me
dijo: “Fíjate en ese lugar concreto del infierno”.Yo pregunté: ¿Por
qué, Señor? “Porque ese iba a ser tu sitio para
toda la eternidad, si hubieras ido como ibas”.
Ella, obviamente,
no podía decir lo que hoy dicen muchos: que el
infierno no existe, y, como lo dicen ellos, pues, no
existe. En su convento, en unos de los pasillos, había
una imagen de Cristo flagelado. Por allí pasaba todos los
días como si nada, pero ese día
no pudo seguir adelante; se detuvo ante la estatua, diciendo:
“Ahora comprendo de qué me has librado y cuál
ha sido el precio que has pagado, es decir,
cuanto me amas”. Y, a renglón seguido, añadió: “Desde
ese día me decidí a ser santa”. Hoy es Santa
Teresa de Jesús. Es decir, cuando ella comprendió el amor
que Dios le tenía, cambió radicalmente; y esto mismo
sucede, o no sucede en nuestra vida. Si hay un
día en que sentimos, comprendemos, experimentamos cuanto nos ama Dios,
seremos capaces, como ella y muchos otros, de decir:
desde hoy me decido a ser santo, a ser
un apóstol, a cambiar radicalmente de vida.
Si eres capaz
de amar, de comprender el amor, todo es posible al
que ama. Si no eres capaz de amar, de
comprender el amor, serás un eterno mediocre. Los santos,
los de ayer y los de hoy, los de siempre,
son pobres seres humanos llenos de defectos, pero que han
comprendido el amor. Y cito aquí
a uno de esos hombres santos: “Se es fiel sólo
por amor; se es auténticamente feliz sólo en el amor;
se es idéntico -en el sentido de auténtico-, sólo amando”.
La
muerte de Jesús, tu Redentor, fue tu vida; su sangre
lavó tus pecados; sus azotes, espinas y salivazos curaron,
o debieron haber curado, tu soberbia. Si te hacen un favor,
espontáneamente dices: ¡Gracias! Si el favor es muy grande, no
te basta con dar las gracias. ¿Por qué con Cristo
debemos hacer una excepción? Si comprendiéramos cuánto nos ama
Jesucristo, deberíamos vivir toda la vida de rodillas, dando
gracias, llorando de felicidad y de gratitud. Pero,
a base de recibir dones y más dones, nos volvemos
de piedra, con una ingratitud realmente inexplicable. Yo me pregunto
si será tan difícil amar locamente, entrañablemente, apasionadamente
a un Dios que me ama desde siempre y para
siempre; que murió crucificado por mí, flagelado, coronado de espinas
por mí; que me dio a su misma Madre y
se dio a sí mismo en la Eucaristía.
Dios es
amor, y por eso es mi padre. El mejor de
los padres. La oración del “Padre Nuestro”, rezada en su
máxima intensidad, provoca o provocaría la muerte por felicidad.
Tengo un Padre en los cielos que me ama
con un amor eterno. “¿Puede una madre olvidarse de su
hijo, del fruto de sus entrañas?” -Pregunta Dios- “Pues,
si ella se olvidara, yo nunca te olvidaré.” ¿Por qué
esta realidad, la más grande, la más hermosa, la más
entrañable de la vida, la olvidamos? Considero que la
desgracia más grande del mundo consiste en ignorar este amor.
A nosotros que nos consideramos católicos, cristianos, se nos
ha olvidado la esencia, se nos ha olvidado lo que
es la religión del amor, y no tanto de nuestro
amor al prójimo, sino del amor de Dios a nosotros.
El amar sería la consecuencia. Yo, que soy amado infinitamente
por Dios, quiero amar a ese Dios y a mis
hermanos.
Los cristianos han vaciado la religión del amor para quedarse
con la religión de los mandamientos, del aburrimiento y no
sé de qué otras cosas, y ¡claro! les resulta pesada,
aburrida, inaguantable. También nosotros en la vida religiosa o sacerdotal
podríamos hacer lo mismo. Y ¿qué queda de nuestra vida
cristiana, cuando se va el amor; qué queda de
nuestra vida consagrada, cuando se va el amor? En
una ocasión preguntó a Jesús un doctor de la ley,
por lo tanto, una persona seria, formada: “¿Cuál es el
primer mandamiento de la religión, de tu religión?” Jesús respondió:
“ El primer mandamiento es: Amarás al Señor, tu
Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma,
con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.
No le
habían preguntado el segundo, pero Él se adelantó a decir:
“El segundo mandamiento es semejante al primero: “Amarás a tu
prójimo como a ti mismo”. Y todavía redondeó la respuesta,
diciendo: “En estos dos mandamientos está toda mi religión”.
No hay
más; los dos mandamientos, los únicos dichos por Jesús son:
Amarás, amarás. Por lo tanto Él fundó la
religión del amor. Donde hay dos enamorados, ¿hay aburrimiento, hay
ganas de acortar el tiempo, hay tristeza, o qué
hay? Entonces, si nosotros no somos felices, no estamos realmente
encantados en nuestra religión católica, de cristianos nos queda la
pura fachada y la boleta de bautizo.
Se nos ha olvidado
lo más importante, lo que los santos han defendido hasta
con la sangre. Porque debemos de saber una cosa:
Los santos son como nosotros, pero el amor se les
ha clavado en el alma, en la sangre y, por
eso, son lo que son.
Yo estoy convencido de que tú
y yo, aunque seamos unos pobres seres humanos, si ese
amor se clava en nuestro corazón también seremos santos.
Tengo un
Padre en los cielos, un Padre que sigue todos mis
pasos por la tierra, un Padre que ha orado
por mí cuando hice de hijo pródigo, un Padre
que me ha dado tantos dones que ya no los
recuerdo, y de los recordados muy pocos he sabido agradecer. Dios
es mi Padre. Antes de hablar de cómo debe portarse
un hijo, hay que estar seguro de esto: de que
Dios es mi Padre.
Disfrutarlo, agradecerlo y morirse de felicidad.
Somos hijos de Dios cada uno de ustedes y yo.
No nos miremos la cara, las manos o el
alma, porque no lo merecemos. Pero Él nos puede decir:
”No les pido que lo merezcan, sino que lo acepten”.
No busquemos en nosotros mismos ninguna razón o huella para
demostrarlo, sino en ese corazón enorme, maravilloso, amorosísimo de Dios
Padre.
Con qué ternura decía San Juan: “Mirad qué amor nos
ha tenido el Padre que no sólo nos llamamos, sino
que somos hijos de Dios”.
Manifestarle una confianza sin límites,
esperándolo todo de Él; manifestarle un amor sin
medida. Dios busca, Dios espera nuestro pobre amor pero lo
busca como una fidelidad a su voluntad semejante a la
de Jesús. Así debemos proceder. ¡Qué felices seríamos, si cada
día, cada hora y durante toda la existencia, sintiéramos a
Dios como un verdadero Padre!
Cuando Santa Teresa rezaba el Padre
Nuestro, se detenía, se quedaba extasiada con esas dos palabras:,
“Padre nuestro, Padre mío”, y se abismaba en la
contemplación y la maravilla de lo que esto representa, y
no podía seguir...
Recuerdo estas palabras de un hombre santo:
“Antes de que pudiera defenderme contra el hechizo de su
llamado, contra su amor devorador, caí sojuzgado”, o estas otras:
“Cristo es mi Dios, mi gran amigo, mi
compañero, mi Padre, mi grande y único amor y la
única razón de mi existencia”. San Pablo
era un cristiano verdadero porque era
un enamorado: “Cristo me amó y se entregó
a la muerte por mí”.
Debemos pensar que, si no amamos,
hacemos inútil tanto sufrir, tanto soñar, y tanto amar de
Dios a la humanidad. Hacemos inútil su
sangre derramada, hacemos inútil el amor
más perfecto, damos la espalda a aquél que es el
Amor.
¡Gracias, por haberme amado como nadie, sabiendo que iba a
ser tantas veces ingrato, indiferente, y gracias, porque no
te has arrepentido, y porque, después de meses y
de años, sigues mendigando mi pobre e insignificante amor!
“¿Quién soy yo para que me pidas y me
exijas que te ame con todo mi corazón, con toda
mi alma, con toda mi mente y con todas mis
fuerzas’ ¿Quién soy yo?” Así se preguntaba San
Agustín y también nos preguntamos cada uno de
nosotros; por lo menos yo me lo pregunto. ¿Quién
soy yo, Señor, para que me pidas ese amor, y
te pones bien triste si no te amo? ¿Quién soy
yo?
Es necesario de alguna manera experimentar este amor; es una
gracia que hay que pedir; es una gracia que hay
que tener, si es que de verdad queremos cambiar, ser
santos, y queremos dejar para siempre la mediocridad.
Una religión fundada
por el Hijo de Dios, un Hijo de Dios humillado,
flagelado, coronado de espinas y muerto en una cruz, para
salvar a sus seguidores, sólo puede vivirse con pasión de
amor. Jesús no es un filósofo, Jesús
no es un intelectual, que predicó pacíficamente unos principios como
otros filósofos y que los dejó para los que quisieran
oírlos y practicarlos. Jesús -y en esto se diferencia radicalmente
a todos los fundadores de religiones- es el Hijo de
Dios, no un simple hombre, pero, además, para fundar su
religión, no lo hizo con un libro, Él no escribió.
Lo escribieron los discípulos. Él la fundó con una sangre
en un patíbulo, clavado en una cruz para salvar,
para dar la vida a sus cristianos: Ésta es la
gran diferencia del cristianismo, y, por eso, la religión católica
o se vive con pasión, o no se
vive. Nosotros, los cristianos, hemos querido descoyuntar esa religión
queriendo hacer nuestros caprichos, nuestros gustos, y tener una pintadita,
un barniz de católicos, y por eso, sigue siendo verdad
para muchos de nosotros el ataque que Nietzsche dirigía a
los cristianos: “No se les nota rostro de resucitados.”
Y uno
tiene que plantearse severamente: ¿De qué me sirve ser católico?
¿De qué me sirve ese Cristo? ¿De
qué me sirven las misas y los sacramentos y las
predicaciones, si no hay diferencia con otros? ¿Si sigo
criticando como los otros? ¿Si soy un pecador empedernido
como los otros hombres, o, tal vez, más que los
otros? Para tener solamente fachada de católico, sería
mejor declararme no cristiano, y, cuando tuviera fuerzas, ganas, ánimo
de serlo de verdad, entrar y decir : Ahora sí
voy a amar a Dios sobre todas las cosas y
a mi prójimo como a mí mismo.
¿Por qué hay tantos
cristianos que se pasan a las sectas? Y habrá
más porque hay muy pocos que están decididos a amar
de esa manera, a comprometerse de esa manera. Quisieran un
cristianismo domesticado, un evangelio de bolsillo: chiquitito y hecho a
su medida. Pero Jesús inventó un Evangelio maravilloso, un estilo
de vida maravilloso, pero nunca fácil, y hoy nos
gusta lo fácil, lo light. Por eso, nos tenemos
que plantear severamente, concienzudamente: ¿Quiero ser un cristiano auténtico, al
estilo de lo que Cristo quiere o prefiero ser cualquier
otra cosa con una fachada de cristiano?
Para concluir, quisiera, de
una manera viva, leer un cuestionario de una persona,
en concreto, una muchacha que vivía ese cristianismo
light o menos que light, pero hizo la experiencia
de María Magdalena, de Zaqueo. Aquí están sus palabras: “Antes
de ir a aquel retiro, mi vida era horrible. La
estaba llevando de tal forma que era, en verdad, de
dar tristeza: Era una niña con tan solo 16 años,
y ya sin alegrías ni ilusiones, ya decepcionada de la
vida”. Hoy día hay miles de niños y niñas
como ésta. “Pero era obvio: llegó el día en que
me sentí asqueada de todo, y empecé a
sentir un vacío enorme: algo me hacía falta.” Aquí
hay un punto ya de reconocimiento: necesita algo y
obviamente va en busca de llenar ese vacío. “
Pensé que ese vacío lo llenarían las fiestas, conocer
niños nuevos, etc. Acababa de terminar con mi novio, -por
lo tanto andaba en crisis sentimental- y así lo hice.
Salí mucho, conocí a miles de niños, pero yo seguía
igual. Antes los estudios me llenaban bastante, pero en
esos momentos nada llenaba aquel vacío tan horrible. ¡Era
desesperante! Nada me gustaba”. Esto lo pone con letras grandes.
Y aquí vean cómo interviene Dios: “Llegó el día en
que Dios me llegó directamente -recuerdo que fue por
sus amigas que habían hecho un retiro como éste, y
venían radiantes de felicidad-. La reacción de ella había sido
burlarse de ellas, decirles que se iban al convento; les
hizo llorar de coraje.
“Entonces Dios me llegó directamente, porque decir
que nunca me había buscado sería una mentira; me
insistió, y mucho, pero yo preferí vivir mi
vida sin Él”. Uno podría preguntarse: ¿Por qué?: No lo
necesito, me estorba, no me interesa, hay cosas mucho más
interesantes, Dios es un aburrido, los jóvenes no necesitamos de
la religión, etc. “Pero, como decía, me habló; me hizo ver
directamente que ahora tenía nuevamente los dos mismos caminos
que ya antes había tenido: con Él o sin Él.
obviamente esta vez escogí con Él”. Ahora
vamos a ver cómo le va: “Fui a hablar con
el padre y, después de insistirle mucho, me dejó ir.
Fue el día de mi cumpleaños, por eso digo que
yo nací a los 17 años. ¡Qué día tan increíble!
Volví a nacer, pero con la conciencia de que tenía
mucho que hacer. Y así empezó mi cielo, que hasta
ahora sigo viviendo y nadie ha podido convertírmelo
en infierno. Es algo maravilloso, porque desde que fui, todo
es diferente. Cristo me ha dado un ideal por
el cual vivir” -¡Vean cómo habla de Cristo, antes no
quería saber nada!- “Antes estudiaba por un MB, ahora estudio
por Cristo; antes me reía, pero por tonterías, ahora
porque sé que cuento con Cristo; antes era una niña
responsable, pero sólo ante mí misma, ahora lo soy sobre
todo ante Cristo; antes lloraba, y ahora también lloro; antes,
por falta de Cristo, y ahora porque lo adoro, es
decir, de felicidad.
¡Claro! He tenido problemas. Pero con Cristo
todo lo he podido solucionar: ahora hasta los problemas los
veo como una bendición, porque he aprendido a exigirme.
No sé cómo explicarle, solo me sale decir que es
extraordinario. Para mí Cristo lo es todo, y, si a
mí me dijeran: déjalo, preferiría morirme en ese momento, ya
que sin Él me perdería, no sabría qué hacer: perdería
a Cristo, y, por tanto, mi felicidad. ¿Por quién lucharía,
entonces? ¿Por mí? ¿Para qué...?”
Esta persona fue a unos ejercicios
espirituales con otras chicas. Es un caso realmente típico de
lo que es un cristiano light antes de conocer: Odian
lo que no conocen, desprecian lo que ignoran, lo rechazan
incluso cuando lo ven en el rostro de sus mismas
amigas; lo dejan, no les importa, y, cuando aceptan con
una cierta humildad acercarse a Dios, ahí está el
resultado.
¿Quién de ustedes quiere tener una experiencia semejante? Porque Cristo
sigue siendo el mismo que conquista corazones y les llena
de felicidad.
Recuerdo aquella expresión de San Agustín: “Nos has
hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón estará insatisfecho hasta
que descanse en ti”. “Nos has hecho Señor para ti”:
es decir, que somos de ti por criaturas para
amarte servirte y poseerte; somos de ti por el bautismo:
hijos de Dios, y en el caso nuestro: somos
de ti por la consagración, por ser sacerdotes y religiosos.
Darnos
totalmente. Somos para Dios. El honor más grande del mundo
consiste en ser servidores de Dios. Por algo se dice
que “servir a Dios es reinar”. El hecho de que
Él se haya interesado, Él haya pedido,
buscado, el que tú le intereses, que te
necesite para lo que a Él más le importa, dime
si esto no es un grandísimo honor. Nos pide
amor. Cuando el joven rico se fue, causó en Cristo enorme
tristeza y con razón. Si te dedicas a tu egoísmo
¡estás perdido, definitivamente perdido, sin luz, sin paz, sin ilusiones,
sin nada! Por eso, debemos concluir que amar a Dios
y cumplir su voluntad es lo único necesario.
La frase sigue
diciendo: “Y nuestro corazón está inquieto...” Nuestra historia lo grita.
Así estuvo San Agustín, Margarita de Cortona y tantos
otros. Recordemos los remordimientos por el pecado que sentía Caín.
Nosotros experimentamos la vida vacía y sin sentido, la
falta de alegría y realización. Nada llena: ni el sexo,
ni las drogas, ni el dinero, la
fama, los viajes, nada! Es el hueso dislocado;
es el pez fuera del agua; es el pájaro
tras las rejas de la jaula.
Esa inquietud y falta de
paz total nos tiene que empujar a una entrega mayor
y para toda la vida: Una gran insatisfacción puede convertirse
en una entrega definitiva. ¿Qué es lo que te frena
o te ata todavía? Pídele a Dios que te dé
la gracia de que esa atadura se rompa para
siempre.
Y termina la frase: “Hasta que descanse en ti”:
hasta que te entregues del todo, dejando barcos, quemándolos, cruzando
la raya. ¿Qué cosas te detienen para esa entrega?
¿Has pensado, has creído en la felicidad de darse totalmente,
felizmente y para siempre? El joven rico no sabía de
esto, se fue con sus riquezas, y perdió a Cristo...
Al final de la vida, aparte de haber perdido a
Cristo, perdió también las riquezas; se quedó sin nada. En
cambio, Pedro y los demás que le siguieron, se quedaron
con Cristo y con el ciento por uno. Allí mismo
San Pedro en esa escena del joven rico hace la
pregunta trascendente: “Nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido,
¿qué va a suceder? Jesús aprovecha ese momento solemne
para decirle a Pedro y a los otros Once, a
ti y a todo el que quisiera oír, esta palabras:
“Todo el que me siga y sea fiel a mi
evangelio recibirá el ciento por uno en esta vida
en padres, madres, hijos, campos, etc., en todo
lo que haya dejado, con persecuciones, y después la
vida eterna.” La promesa de Jesús era tan clara, tan
contundente que Pedro, el que solía preguntar más de una
vez, allí no preguntó más.
Ciento por uno y la vida
eterna. Debió de pensar: “¡Negocio redondo! Por eso, en
aquella ocasión en que muchos de los discípulos querían marcharse
porque habian interpretado mal la Eucaristía, les hace esta
pregunta a los doce: ”¿También vosotros queréis marcharos? Pedro fue
el que respondió con estas palabras: “¿A quién iremos, Señor,
si Tú tienes palabara de vida eterna? Que era como
decir: Yo no entiendo mucho de Teología de
la Eucaristía, pero lo que conozco de ti hace que
me quede para siempre. Y gracias a eso salvó la
situación de los otros apóstoles, por lo menos de
diez de ellos. Porque Judas ya se había pasado al
otro bando.
“Hasta que descanse en ti...
hasta que se entregue totalmente a ti, Esta
es una forma de vivir apasionante. ¿Qué importa el frío,
el calor, los sufrimientos, las humillaciones? ¡El amor lo
puede todo, lo transforma todo! Lo que vuelve la vida
aburrida, monótona y cansada es la falta de fuego, de
amor. Cuesta más; a veces, mucho, pero compensa totalmente.
Y,
en vez de andar pensando tanto y tanto en lo
que cuesta, en lo difícil, en lo que dejamos,
¿por qué no pensar en lo hermosa y apasionante que
es esa vida?
La abnegación es bendita. “La vida del alma,
minuto a minuto, es siempre bella, preciosa y emocionante, cualquiera
que sea la condición del cuerpo ¡Ningún precio es suficiente
para pagar la amistad con Jesús!”
Preguntas o comentarios al autor P.
Mariano de Blas LC
|
|