Podríamos titular esta charla como “Lo único necesario”. En
una ocasión, nos narra el Evangelio, Jesús estaba hospedado en
casa de unos amigos, que eran tres hermanos: Lázaro, Marta
y María. María, era la Magdalena que, por estar recién
convertida, se encontraba fuera de casa, platicando, o más bien
escuchando embelesada. a Nuestro Señor.
Precisamente es lo que les
sucede a los grandes convertidos, que es una experiencia tan
fuerte, que la quieren alargar lo más posible.
Su hermana Marta era la típica mujer
hacendosa que se preocupa, de corazón, de dar el mejor
recibimiento a un huésped, en este caso un huésped tan
importante como era Jesús, el Hijo de Dios. Pero,
se daba cuenta de que no alcanzaba, y en un
momento dado salió, y le dijo a
Jesús, - en plan de confianza – “¿Jesús,
te da lo mismo que esté yo con todo el
quehacer de la casa y mi hermana aquí sin hacer
nada? ¡Dile que me ayude!
Cuando uno lo lee, esperaría como
respuesta natural: “¡Ay!, perdónanos, María, en verdad nos hemos
olvidado de ti, y estás con todo el trajín de
la casa. A ver, María, ve a ayudar, incluso,
si quieres, yo ayudo también. -“No, no, ¡Tú no,
Señor!”- En el fondo equivalía a decir: “Mi hermanita está
aquí de floja.”
Jesús, con una amable sonrisa en su rostro,
dijo estas palabras: “Marta, Marta, te preocupas de demasiadas
cosas. Hay una sola cosa necesaria. María ha escogido la
mejor parte que no le será quitada”.
Pobre Marta, se quedó
un poquito corrida; pero, hay que entender lo que quiso
decir Jesús. Jesús, elevó la conversación a un nivel trascendente
Le dijo: “Mira, me da mucho gusto que, cuando vengo
a su casa, traten de darme una acogida tan buena,
y no me puedo quejar, son mis mejores amigos, pero...
hay algo que me importa muchísimo más que tener una
buena comida, un reposo adecuado, etc. y es que
tú, María y todo el mundo, escuchen el mensaje de
salvación para el que yo he venido”.
Hay una sola cosa
necesaria. ¿A qué se refería Jesús? : a la salvación
eterna de las almas. En alguna ocasión ya había
dicho Él: “Yo no he venido a ser servido sino
a servir, y a dar la vida por la salvación
de los hombres”.
Respecto de lo único necesario, vamos a decir
algunas cosas importantes. La primera es que Dios quiere que
todos obtengan lo único necesario, que todos se salven.
Dios no quiere que su cielo quede vacío. Dios no
quiere verte a ti, ni a mí ni a nadie
fuera de ese lugar. Si te ha creado
por amor, es por que quiere que lo ames eternamente
en el cielo, y que seas amado por Él eternamente
allí.
La prueba de que quiere salvarte es que sientes, por
dentro, una inquietud, un deseo de cambiar, de mejorar, de
superarte. Yo diría, incluso, que cuando sientes remordimientos es porque
Dios te está llamando. El remordimiento, como la misma palabra
lo dice, duele, molesta, y uno no quisiera sentirlo; el
remordimiento es como el amor herido, ofendido, que reclama, que
llama la atención para que se le haga caso.
Por
eso, cuando uno se porta mal, siente ese remordimiento, siente
cómo ese Dios por amor le llama, nos llama, para
que volvamos nuevamente con El. Bien, lo que sería
preocupante es que nunca, en ningún momento, tampoco en estos
ejercicios, sintieras dentro de ti esa espinita o ese remordimiento,
esa inquietud de superarte. Entonces, sí podríamos decir que ya
no le importas a Dios. Mientras sientas interiormente eso, es
buena señal.
Ahora bien, Dios quiere salvarnos a todos, pero no
a la fuerza. Siempre dice Él: “si quieres, si
quieres”; es como decir también: “si no quieres, ¡pues, ni
hablar!” A empujones no entrará nadie al cielo. Uno tiene
que decirle a Dios claramente, que no le quede ninguna
duda, que uno quiere estar en el cielo con Él
eternamente.
“¡Padre! ¿Pero usted cree que alguien no quiera ir al
cielo?” Hay que decírselo a Dios con hechos, no
con palabras, pues Él mismo recalcaba: “No todo el que
dice: ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los cielos,
sino el que hace la voluntad de mi Padre que
está en los cielos”. Por lo tanto, con hechos y
no con palabras, hay que decirle a Dios: “¡quiero ir
al cielo!”. Ahora bien, tus hechos, tu vida, tus obras,
¿qué le dicen a Dios?: ¿que sí quieres, que
no quieres, o que a ratos quieres y a ratos
no; no se sabe.
¿Qué es salvarse? Podemos decirlo positiva y
negativamente. Negativamente: Es librarse de eso que hoy muchos
no están de acuerdo en creer: el infierno, una infelicidad
eterna. A este respecto, yo les hago una pequeña reflexión:
“Cuando contemplo el crucifijo, veo al Hijo de Dios
clavado en la cruz, muerto, después de haber sido flagelado
de una forma bárbara y cruel, coronado de espinas,
humillado. Porque lo escupieron, se rieron de Él, lo
convirtieron en un guiñapo. Pues bien, esa muerte tan
humillante y tan horrible fue inútil, la más inútil,
porque fue para librarnos de algo que no existe!”
Podríamos recordar
lo que una mamá le decía a su niño chiquito
cuando no quería que fuera a un lugar peligroso: Le
decía que había un ogro que se comía a los
niños, y él se lo tomaba tan en serio que
se ponía a temblar. Pero ella, seguro que, por dentro,
se reía: “ya lo engañé”. Entonces, lo del
infierno es como el ogro -¿verdad?- para asustarnos, para que
nos portemos bien. ¡Pero no existe!
Cuando contemplo el crucifijo, miro
su rostro y me impacta el tremendo amor de Dios,
y por otro lado siento un profundo temor al infierno.
Cuando Dios se tomó tan en serio las cosas, ¿creen
que fue por algo que no existe? Piensa lo
que quieras. También mi oficio desaparecería, pues, si al
fin y al cabo todos nos vamos a ir al
cielo, yo me dedicaría a otra cosa.
Positivamente. Significa lo
contrario, conseguir una felicidad eterna maravillosa, increíble, como no
nos la podemos imaginar. Creo que ninguno de ustedes
ni ha visto el cielo para que nos lo cuente
y nos emocione..., ni ha visto el infierno para que
nos dé un buen susto. Entonces, vamos a entrevistar
a dos personajes que vieron, uno el cielo y
otro el infierno.
Ya contamos en la meditación anterior, cómo
Santa Teresa vio el infierno. Pues bien, a eso me
refiero. Librarnos, como ella se libró, de esa eternidad separada
de Dios, en una absoluta desesperanza, sin amor. Así
lo definía ella: “El infierno es el lugar donde no
se ama”.
En relación al cielo, vamos a preguntar a
San Pablo, porque él, en una de sus cartas, nos
dice que vio el cielo, incluso el tercer cielo. O
sea que en el cielo hay grados de felicidad. Cuando
yo supe que San Pablo había visto el cielo, fui
a leer sus cartas, Pero me llevé una decepción, porque
dice que “ni el ojo vio, ni el oído oyó,
ni podemos saber lo que Dios nos tiene preparado”.
Quería decir que las palabras humanas no pueden describir el
cielo: Pero sí se entiende una frase suya: “Después de
ver el cielo, todo lo que se sufre en este
mundo es juego de niños, es nada en comparación”.
Vamos ahora
a contemplar la escena del juicio universal, contada
por San Mateo en el Capitulo XXV. Es una especie
de reportaje que les narra Jesús: Toda la humanidad reunida.
¡Imagínense la cantidad de personas que vamos a ser! Se
nos dice que unos estarán a la derecha y otros
a la izquierda.
Tú yo estaremos allí presentes. En la mente
de todos anidará un solo pensamiento: “¿Me salvé o no
me salvé?” No nos va a importar cuantos hay,
cuantos no hay, sino si estamos a la derecha o
estamos a la izquierda. Cada uno debe preguntarse: “¿Dónde estaré?”
Y no para asustarse tontamente. Porque no se
trata de eso, sino simplemente de adivinar, con tu vida
de hoy, dónde estarás el día de mañana, en ese
momento. Se podrían ofrecer cuatro preguntas a modo de test
para adivinar de alguna forma si ese día estarás a
la derecha o a la izquierda. Ahí van las cuatro
preguntas: Primera: ¿Qué te dice tu pasado? Por pasado entendemos
tu vida desde que tenías uso de razón, siete u
ocho años, hasta finales del año anterior. Ese período será
para unos más corto, para otros ya bastante largo. Si
una persona que no te conoce viera el vídeo de
tu vida pasada, ¿qué podría concluir?: Esta persona, tal como
ha vivido, sí se va al cielo, o no se
va al cielo, o no se sabe, porque parece
que a veces sí quiere y a veces no, no
se sabe. Puede suceder cualquiera de las dos cosas.
¿Qué
te dice tu pasado? Es importante consultar a ese período
de vida ya vivido. A veces uno tiene que
reconocer que ha bajado hasta donde nunca pensó, o positivamente,
que ha subido hasta donde nunca creyó llegar. En
realidad, si viéramos en una pantalla de televisión, en la
mitad de ésta nuestro mejor día, y en la otra
mitad nuestro peor día, nos asustaríamos de las dos cosas:
Hasta dónde hemos subido y hasta dónde hemos bajado.
¿Qué te dice tu presente? Por presente, tomemos este año
en curso que estamos viviendo, aunque no está todavía completo.
Por ser el presente, aunque sea muy breve, es muy
sintomático, porque es la vida que estás viviendo ahora.
¿Cómo estás
viviendo? ¿Podrías decir que este año es el mejor año
de tu vida? ¿O tendrías que decir: ¡El peor
de todos! O ni bueno ni malo, un año
mediocre. Tal como vas, ¿no hay problemas para estar
ese día a la derecha, o sí los hay? Uno
debe sacar la conclusión.
¿Qué te dice tu futuro ?
¿Cómo se puede adivinar el futuro? ¡Muy fácil! Si
tú tienes unos hijos, unos nietos en primaria, y ves
que desde primer año sacan dieces, sabes que los seguirán
sacando. A la inversa, aunque sea tu hijo o tu
nieto, si pasa siempre con reprobados, no crees que saque
dieces ahora. Porque lo lógico es que siga con las
mismas notas. A menos que haga un esfuerzo muy, muy
notable, que se da en pocos casos.
Por lo tanto, mirando
al presente y al pasado, si has vivido como un
santo, una santa, lo lógico es que lo sigas siendo,
a menos que haya un cataclismo. Y, si has vivido
como un pecador o un mediocre, lo normal es que
lo sigas siendo, a menos que haya un cambio muy
fuerte. Yo he visto algunos cambios así de fuertes,
justo en unos ejercicios espirituales como éstos, en los que
se ha dado un parteaguas y donde una vida que
iba directamente a la izquierda viró valientemente a la derecha,
y sigue hacia la derecha.
Cuarta pregunta: ¿Qué te dice
tu ambiente? Por ambiente tomemos algo muy amplio: todo lo
que es tu entorno social, familiar, desde la persona con
la que te has casado, esa mujer o ese hombre,
tu familia política, tus amistades, fiestas, viajes, lecturas, televisión; todo
lo que de alguna manera te afecta. ¿Puedes
decir que, con ese ambiente, te estás mejorando cada vez,
enderezando el rumbo hacia la vida eterna feliz, o, al
contrario; aunque tenías buenas ideas y te educaron cristianamente, con
esas amistades, lecturas, viajes y televisión, cada vez
te desvías más hacia la eternidad infeliz? Por eso,
es importante la pregunta: “¿Qué te dice tu ambiente?” Cuántas
veces se encuentra uno a personas que han dado un
cambio positivo por sus amigos, sus amigas, el ambiente, o
una lectura, o unos ejercicios espirituales; y también un cambio
negativo, cumpliéndose aquel dicho de: “¡Dime con quién andas y
te diré quién eres!”
Con estas cuatro preguntas puede cada uno
sacar la conclusión. Tal como vas, si no cambias,
llegarás al infierno o, tal como vas, Dios mediante y
con su gracia, podrás estar ese día a la derecha.
Saquemos
algunas conclusiones: El asunto más importante de la vida es
exactamente éste: ¡Me salvé o no me salvé! Por eso
Jesús le contestó a Marta de esta manera solemne. Pero
esa respuesta iba para Marta y para todos los demás,
para todos nosotros: “Te preocupas de demasiadas cosas. Hay
una sola cosa necesaria: tú salvación eterna”.
Nadie va a resolver
por ti este asunto. Yo he escuchado a algunos hombres
muy seguros: “ Mi esposa es muy santa y ella
se va a ir al cielo y jalará de mí,
de los hijos y de toda la familia...”
¡Eso no es cierto! Porque ella y otras
personas podrán pedir por ti, podrán darte buen testimonio, pero
tú tienes que decir: ¡quiero! Te pongo un ejemplo del
mismo Evangelio. Junto a Jesús, rumbo al Calvario, iban dos
bandidos: Dimas y Gestas. Los dos iban maldiciendo, los dos
eran unos ladrones, posiblemente hasta asesinos. De pronto, uno de
los dos le dice a Jesús: “Señor, acuérdate de mí
cuando estés en tu Reino”. Jesús, olvidando reproches que le
podía haber reclamado, le dijo simplemente: “Hoy estarás conmigo en
el Paraíso”.
Uno se pregunta: ¿Se puede en el último
momento cambiar? ¡Se puede! Y ahí esta el caso. La
palabra de Jesús no puede fallar: “Hoy estarás conmigo en
el Paraíso”. Pero, ¿y el otro? Es una reflexión que
se hace San Agustín: ¿Por qué uno sí y el
otro no? Ahí vemos claramente, cómo la misma gracia que
recibió uno la pudo haber recibido el otro. Uno
la acepta y el otro la rechaza.
Este asunto mucha gente
no se lo plantea, y como no se lo plantea,
cree que no existe el problema. Pues bien, uno
durante la vida, olvidándose de Dios, puede reírse de la
religión o simplemente despreocuparse, por estar zambullido en los asuntos
terrenos: el dinero, el poder, el triunfo, etc. Llega la
muerte, ¿y qué sucede? Algo que no se había planteado.
Allí están con números rojos, porque directamente se van
con Dios que les va a hacer esta pregunta: “¿Qué
hiciste de tu vida?”. Sacando las conclusiones de tu pasado
y de tu vida, la conclusión es: ¡No te has
salvado!
La misericordia de Dios es más grande de lo que
tú y el más optimista puedan imaginar, pero también Dios
es justo, y no le da lo mismo que luchemos,
que nos esforcemos, o que digamos que el
infierno no existe, y que nos vamos a salvar, aunque
nos comportemos como nos dé la gana. Eso es reírse
de Dios, y en la Biblia está escrito que
de Dios nadie se ríe.
Por tanto, uno se tiene que
hacer en la vida esta pregunta, -no cuando ya no
hay remedio, sino antes, cuando se puede remediar todo-:
¿me salvaré ó no me salvaré? Y no para ponerse
tontamente triste o nervioso. Porque tú, si quieres, te vas
a salvar; pero, si no quieres, no te vas a
salvar.
Repito que aquí no se trata de palabras: ¡Hechos! Te
pongo el ejemplo de dos personas: grandes pecadores; uno se
arrepiente y se confiesa, y se arrepiente y vuelve a
caer, y vuelve a arrepentirse, y vuelve a caer, y
está el pobre cayéndo y levantándose. El otro, igual de
pecador, dice: “¿Confesarme yo? ¡Para nada! ¿Yo, arrepentirme? ¡No
lo necesito! Me importa muy poco la religión.” Aparentemente
es la misma situación, los dos son grandes pecadores, pero
Dios ve en el primero una lucha, un esfuerzo, se
arrepiente, vuelve a caer y se vuelve a levantar; al
otro, no le importa; por lo tanto, hay una
gran diferencia, y Dios la conoce.
Ante la pregunta:¿Me salvaré o
no me salvaré? podría haber estas respuestas: ¡No me salvaré!
El que lo diga es porque ha olvidado la misericordia
de Dios, se ha desesperado totalmente. Por lo tanto no
es una respuesta cristiana. Entonces la otra: ¡Sí me salvaré!
Sería una respuesta presuntuosa y muy peligrosa. Los santos son
personas tan humildes y tan prudentes que no opinan así.
Pongo el caso de San Pablo: “¡No vaya a ser
que yo ayude a otros a salvarse, y yo no
me salve; por eso me sacrifico, me esfuerzo y
lucho!” Uno diría: “San Pablo, pero ¿cómo dices semejantes cosas?
Él prefería -si ustedes quieren- pasarse de humilde,
pasarse de prudente. Igual que otros se pasan
de imprudentes y de desprevenidos. Yo ya había oído a
un sacerdote que conozco y que para mí es un
gran santo: “Todos los días pido la gracia de la
perseverancia final”. Entonces, ¿qué vamos a hacer nosotros que
no somos santos? ¿Nunca pedirla, nunca esforzarnos, creer que nos
la van a dar gratis? ¡Eso no es cierto! Entonces, ¿cuál
es la respuesta? La única es: “No sé si
me salvaré”, que quiere decir: “quiero salvarme, voy a luchar,
confío en Dios, voy a poner los medios, pero no
tengo el boleto ahora en la mano; lo iré ganando
poco a poco con mi esfuerzo o con mi arrepentimiento,
con mis deseos de cambio, con mis sacrificios espirituales, con
mis obras de caridad, con mi apostolado, etc. Si yo me
quiero salvar, ¿qué debo hacer? Antes de responder, te
felicito porque ya dices: quiero salvarme. Porque hay muchos a
quienes, si les haces la pregunta, quién sabe que te
van a responder; a lo mejor se ríen, a lo
mejor dicen: “Por qué me preguntas eso?” Es una tontería. Medios
hay. Lo primero, tomarse en serio la salvación eterna: No
puede uno jugar con lo más importante. Y no empecemos
como aquel señor que decía: “Yo me voy a arrepentir,
cuando me vaya a morir”. Bueno, se ve que este
señor sabe cuándo se va a morir y ha puesto
en su agenda: ¡tal día! Y no dos días, ocho
días antes irá a ejercicios espirituales, para prepararse a la
buena muerte. Eso suponiendo que supiera el día de su
muerte.
Y en ese caso, ¿para qué es la vida? ¿para
echarla toda a perder menos el último pedacito? ¿Para eso
es la vida? Por lo tanto, tomar en serio, y
tomar en serio significa evitar el pecado, luchar para evitar
el pecado. Porque uno puede decir: “Es que soy débil
y caigo”. ¿Y no hay un sacramento -que
por desgracia está hoy muy abandonado- que se llama
la confesión, que la inventó el mismo Jesucristo para decirnos:
“El que caiga allí tiene forma de levantarse, el que
me ofenda tiene manera de ser perdonado?” ¡Cuántos bendicen
desde el cielo ese maravilloso sacramento de la misericordia! Porque
gracias a él están allá. Porque se podría decir que
sí hay santos que no han cometido nunca un pecado
mortal, pero serán los menos; la mayoría tenemos que pasar
por el sacramento de la misericordia, si algún día queremos
estar en el cielo.
La segunda forma de conseguir el cielo
sería esta: Confiar, confiar, y confiar absolutamente en Jesucristo Crucificado
y en María Santísima, nuestra Madre. Un Dios
que ha muerto crucificado por mí, para salvarme, ¿qué no
estará dispuesto a hacer para lograr esa salvación?¨ Pero siempre
y cuando yo le deje... ¿Ustedes creen que a Jesucristo
le faltaron ganas de salvar a Judas, siendo uno de
sus doce íntimos? Lo vemos en el Evangelio: ¡Cuantos medios
le ofrece para salvarse, hasta el último instante! Y Judas
nunca, ni en los últimos momentos, aceptó. He ahí un
caso dramático que nos tiene que hacer pensar. Porque
Pedro lo negó, pero se arrepintió, y no pasó
nada, siguió siendo el primer Papa. Algunos atacan diciendo: “Algunos
Papas han fallado”. Pues bien, el primero -y no elegido
en cónclave sino a dedo por Cristo- le falla
de una manera terrible, negándolo en público tres veces;
pero aquél hombre tenía capacidad de arrepentimiento, y lloró su
pecado. Jesús le perdona y le restituye en el puesto.
De esa manera nos quería decir: “Trabajo con hombres
débiles, no busco que sean impecables, sino que sean humildes,
que tengan capacidad de arrepentimiento, y con esto pueden
trabajar conmigo”.
La tercera forma es -no sé si te ha
ocurrido- ayudar a otros para que vayan al cielo. Cuando
uno consigue x boletos de un grupo es muy
fácil que le regalen en la propia agencia su
boleto. De seguro que has viajado alguna vez gratis,
de esa manera. Es decir, tú trabajas para la compañía,
la compañía trabaja para ti. Si tú trabajas por la
compañía del Reino de los cielos llevando no a
Europa sino a la vida eterna a muchas almas, no
te va a decir Dios: “¡Pues, lo siento mucho, tú
trajiste mucha gente pero te quedas fuera!” No, más bien,
te dirá: “Tú pasa primero, tú has traído muchas
almas, que es lo que a mí más me interesa.
¡Pasa tú primero!” Lo triste sería que, al llegar allá,
te digan: “¿Tú, a quién salvaste?” -A nadie.- En mi
caso, como sacerdote, si voy solo, no hay boleto, porque
supuestamente me hice sacerdote para salvar a otros. Si no
los salvo, me van a decir: “¡A cualquier otro sitio,
pero no al cielo!”. Y, por eso, me hago esta
reflexión: Ojalá que esta predicación de ejercicios espirituales, que va
con la buena intención de ayudar a otros a ir
al cielo, a mí me ayude un poquito para facilitar
mi boleto a la vida eterna.
Por lo tanto, ¿cómo salvar
a otros? ¿Sabes rezar por los demás, sabes hacer sacrificios
por los demás?, ¿sabes dar buen testimonio de fe, de
caridad, de bondad con los demás?, ¿sabes hacer algún tipo
de apostolado, dar catequesis, algo con lo que ayudes a
tus hermanos?
Podrías reprobar el examen del Juicio Universal: “Tuve
hambre y me diste de comer, tuve sed y me
diste de beber”, o aprobarlo. Por lo tanto, los
que se preocupan por los demás van asegurando su boleto
para la vida eterna.
Quisiera terminar con unas frases del
mismo Jesús, que remachan y recalcan esta idea. Con esto
se demuestra que la frase de lo único necesario no
fue una frase que se le ocurrió a Jesús en
ese momento para salvar la situación de Marta y María,
es algo que llevaba en el corazón como Dios y
como hombre, y tanto que a Él le costó su
vida, una vida que fue terriblemente truncada en un madero,
en una cruz. “¿De qué le sirve al hombre
ganar todo el mundo si pierde su alma?” Es la
misma frase dicha de otra manera: “Si pierde uno lo
necesario, ¿de qué le sirve tener todo lo demás”? Y
esta otra frase también de Él: “Buscad primero el Reino
de Dios y su justicia, y todo lo demás
se os dará por añadidura” .
Como conclusión quiero referirme a
un caso que le sucedió a un sacerdote. Una niña
le dijo un día: “¿Puede ir a atender a
mi papá?” Fue. El señor estaba muy alegre, a pesar
de encontrarse en terapia intensiva. El sacerdote iba de negro
y los doctores y enfermeras iban de blanco. Sabía desde
el primer instante quién era y a qué iba.
Hablaron de
todas las tonterías de las que se puede hablar con
un enfermo grave: de la ONU, de Estados Unidos,
no sé cuantas cosas, y, al final -pues invitan
también a los sacerdotes a salir- él, por
si no se había dado cuenta, le dijo: “Bueno, si
algo se le ofrece, aquí estoy...” El enfermo repuso: “Mire,
yo me siento muy bien, creo que saldré del hospital,
y luego hablamos”. El sacerdote no podía obligar a un
enfermo a hacer lo que debía hacer. Se fue,
lo encomendó a Dios. Pasó un mes, y nunca le
llamó. Regresó al hospital, y ese mismo día murió. Yo
sé que la misericordia de Dios es infinitamente más grande
de lo que tú o yo podemos imaginar, pero la
duda de si esa persona realmente alcanzó a arrepentirse, no
se la quita nadie.
Por eso, el “después hablamos” ... ese
“después” puede ser la guillotina que de un tajo parta
la vida en dos, puede ser la propia condena
a muerte. “Después hablamos”...
Preguntas o comentarios al autor P. Mariano de Blas
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