Los santos son los hombres y mujeres más inteligentes, o
los que han usado mejor la inteligencia; los que han
realizado un negocio redondo, los que han logrado lo único
necesario. Recordemos las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve
al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?
O estas otras: “ Buscad primero el Reino de Dios
y su justicia, y todo lo demás se os dará
por añadidura”. Los santos son los que han obtenido el
ciento por uno y la vida eterna en grado perfecto.
Ahora
bien, ¿en qué consiste la santidad? Algunos se imaginan que
la santidad es algo tan complicado que necesitan muchas horas
para entender la respuesta, por eso, a propósito, yo voy
a dar una respuesta bien sencilla: Consiste en tirarle al
diez. Una alumna de un colegio de México un día estaba
muy feliz con sus compañeras. La causa era que se
había sacado un seis. Ella se sentía casi como Einstein
por haber obtenido esa calificación. Y yo le dije: “te
doy mi pésame”. Contrariada, me preguntó: “¿Por qué ?” “Pues,
porque has pasado con lo mínimo, y considero que esas
personas merecen un pésame”.
Otra vez, en ese mismo colegio, otra
alumna de segundo de secundaria lloraba a lágrima viva. Me
acerqué para preguntarle cuál era la causa. Respuesta: “Es que
la maestra me ha puesto un nueve, y yo
me merecía un diez”.Ya, en principio, me gustaron más esas
lágrimas que la alegría de la otra alumna. Y le
dije: “Mira, ve con la maestra, y pídele que te
permita revisar el examen; y, tal vez, te ponga un
diez”. Así lo hizo. La maestra vio que
no estaba bien corregido el examen, y le dio un
diez. ¡Me gusta la gente que le tira al diez!
Y a Dios, más que a nadie, le gusta esta
gente.
Los santos han explicado en qué consiste la santidad a
su modo, a su manera muy simpática y muy
atractiva. Santa Teresita del Niño Jesús decía: “Consiste en hacer
extraordinariamente bien y por amor lo ordinario”. ¡Eso lo podemos
hacer cualquiera de nosotros!
San Agustín, el de las frases lapidarias,
decía: “Ama y haz lo que quieras”. Es decir, si
el amor es verdadero, no te puede permitir que te
desvíes del camino. No puede permitir que seas un mediocre,
no puede permitir que vayas en contra del amor, en
contra de Dios. El amor, si es verdadero, te arrastra
y te lleva, por necesidad, a la cumbre.
Un sacerdote santo
decía: “Cristo es mi Dios, mi gran amigo, mi compañero,
mi Padre, mi grande y único amor y la única
razón de mi existencia” .
En una empresa se busca la
excelencia; en cambio, en la vida cristiana -y a veces
en la vida consagrada- se conforma uno con la supervivencia,
con lo justo. ¡Qué poco hay que hacer para que
a uno lo tachen de fanático, de exagerado, de loco
y cosas semejantes!
Pensemos que, al final de la vida, lo
único que se queda es lo que hayamos hecho por
Dios y por los hermanos; lo que tengamos de santos.
Todo lo demás desaparece.
Ser santo significa llevar el cristianismo hasta
sus últimas consecuencias. Cumplir en línea de máxima tus deberes
de estado, tu vida familiar, tu profesión, etc. El no
conformarse con ser bueno, sino ser de los mejores. Sentir
asco de ese cristianismo semi-podrido de misa dominguera y nada
más. Ser como aquellos primeros cristianos. Ser santo significa tener una
jerarquía de valores: en primer lugar Dios, pero en serio,
no de labios para afuera; destronar el egoísmo que suele
estar dentro de nosotros, con dos servidores muy fieles:
Don Orgullo y Doña Sensualidad.
Cumplir perfectamente y por amor la
misión que Dios te ha dado: Su Voluntad Santísima. Por otra
parte, la santidad obliga a todos, o dicho más positivamente,
la posibilidad de ser santos es de todos, de todo
el que quiera. En primer lugar, por ser hijo de
Dios. El parentesco obliga. Dios quiere que seas santo. “Sed
perfectos, es decir, santos, como es perfecto vuestro Padre Celestial”.
Palabras de su propio Hijo Jesús. San Pablo decía a
los primeros cristianos: “Ésta es la voluntad de Dios, vuestra
santificación.” Si soy consagrado o sacerdote, con mucha más razón:
soy todo de Dios, sólo de Dios, siempre de Dios.
Si
no eres santo, no le eches la culpa a nadie.
Yo sé, estoy convencido, de que lo más terrible que
pudiera pasarme es llegar al final de la vida, presentarme
ante Dios, mirarle a los ojos, y darme cuenta de
que pude ser santo, de que fue relativamente fácil, y
no lo fui.
Entiendo que para decidirse, para ser santo, hay
que tener una experiencia fuerte, y una experiencia fuerte pueden
ser unos ejercicios espirituales hechos a conciencia. ¿Cómo se consigue la
santidad? Podríamos decir que es fácil y que es
difícil, nunca imposible. Subiendo los escalones siguientes:
Primer escalón: Salir
del pecado mortal. Vivir habitualmente en gracia y amistad con
Dios.
Segundo escalón: El abandono de la mediocridad, los pecados
veniales, las faltas deliberadas, el cristianismo light que abunda muchísimo
en nuestro tiempo.
Tercer escalón: Un conocimiento, amor e
imitación progresiva de Jesucristo. En definitiva, ser
santo es ser una copia de Cristo.
Cuarto escalón: Vivir
cada vez de forma más alta, de forma más entrañable
los dos mandamientos del amor: Amar a Dios con
todo el corazón y amar al prójimo como a
uno mismo.
Podría tener uno la idea de que ser santo
es, sí muy interesante, pero poco atractivo. Por eso, uno
ni se lo plantea: “¿Ser santo yo? ¡Hábleme de otras
cosas!”
Ser santo es algo sumamente atractivo, es amar apasionadamente a
los hombres y a Dios, y por amor cumplir
su voluntad. Esta es la forma más alta de vivir
y esto es lo que nos pide la religión del
amor, la religión católica. Pero, ¿qué hemos hecho de la
religión del amor? Los cristianos han vaciado la religión
del amor para quedarse con los Mandamientos y les resulta
aburrida, pesada, inaguantable; y nosotros con la vida consagrada podríamos
hacer lo mismo. Y ¿qué somos, qué queda de nosotros
si nos falta el amor en la vida cristiana y
en la vida consagrada?
“Antes de que pudiera defenderme contra el
hechizo de su llamado, contra su amor devorador, caí sojuzgado”.
Así de expresaba un hombre santo. Hace falta sentir
lo que sentía San Pablo cuando decía: “Me amó y
se entregó a la muerte por mí”.
Yendo a lo práctico
¿cómo se fabrica un santo? ¿Cómo se hace uno santo?
Tiene que haber mucha vida de oración, una oración jugosa,
rica, apasionante, oración de los enamorados, porque
orar es amar y ser amado. Tiene que darse una
vida de sacramentos frecuente y fervorosa, la reflexión de la
palabra de Dios, que es un auténtico alimento para el
alma en busca de la santidad.
El cumplimiento lo más perfectamente
posible de los deberes de estado por amor a Dios,
como el ser un marido excelente, un padre fantástico, una
educador de sus hijos, pero con excelencia. Si es profesionista,
ser honrado, justo, caritativo con apertura social, ser un hombre
que busca la salvación de sus hermanos, ayudarles desde lo
humano hasta lo más espiritual.
Un santo posee como propias muchas
virtudes: la humildad, la sinceridad, la caridad,
la honradez, la fidelidad, etc. “Pues me
lo va poniendo cada vez más difícil, Padre, yo no
soy casi nada de eso. ¿Cómo voy a ser santo?”
Voy a darte unas ideas o motivaciones que te pueden
ayudar a querer ser santo.
El ser santo es el mejor
modo de ser feliz. ¿Te gusta? El mejor
modo y, yo diría, el único. El verdadero, el
auténtico camino para ser feliz. Las Bienaventuranzas son el camino
hacia la felicidad. Allí están escritos como en tablas de
bronce los ocho caminos de la verdadera felicidad. Podríamos resumir
los ocho en uno solo: Bienaventurados los santos, porque serán
felices.
Allí a los santos se les llama así: pobres
de espíritu, mansos, los que lloran, los que tienen hambre
y sed de justicia, los limpios de corazón y los
que sufren persecución por causa de la justicia.
¡Dios es la
felicidad! Como los santos son sus amigos, participan de su
felicidad, por eso son bienaventurados. Al apartarte de Dios, lo
primero que entra en tu vida es la tristeza, la
amargura y su cortejo de males: desesperanza, indiferencia, hastío, etc. Al
aproximarte a Dios lo primero que ha vuelto a tu
vida es la alegría; pero si ese acercamiento fuera más
profundo, te sentirías la mujer o el hombre más feliz
del mundo. ¡Busca la santidad y serás feliz! Pero, además, la
santidad es el mejor modo de valer para algo y
para alguien, es decir, para Dios y para los demás.
“¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo
si al final pierde el alma?” Poco a poco pero
inexorablemente todas las cosa buenas de este mundo se marchitan.
Lo único que resiste el paso del tiempo, no se
olvida, no se pudre, no se deteriora es el amor
de Dios, es la santidad.
¡Atesorad tesoros en el cielo que
es donde duran! La juventud del cuerpo se va... se
es joven un momento; luego viene la edad adulta, pero
también esta edad deja paso a la última etapa, la
vejez, y la vejez a la muerte.
Si yo quiero realmente
valer para algo y para alguien, no solo por un
momento sino eternamente, debo ser santo. A veces uno sueña con
ser útil, realmente no quisiera pasar por este mundo como
un bulto facturado. Quisiera ser un hombre de bien, una
mujer de bien ¿cómo lo consigo? ¿Cómo puedo realmente ser
una persona útil a los demás?”. ¡Sé santo! Y
serás lo más útil posible.
En tercer lugar: ser santo es
el mejor modo de ayudar a los demás. Hay muchas
hambres en el mundo, pero el hambre de Dios es
la más terrible. Millones de seres humanos agonizan en su
espíritu muertos en vida; te piden una limosna; no de
dinero, que puede sobrarles; no de placeres, que pueden
estar hartos: una limosna de Dios, de paz, de sentido
de la vida, una limosna de felicidad espiritual. Los santos
son los grandes bienhechores de la humanidad: llenos de Dios,
lo reparten a manos llenas. Juan Pablo II es un santo,
por eso su sola presencia alegra las almas que lo
ven y lo escuchan. Estás invitado a hacer lo mismo.
Si alguna vez has pensado en ayudar a este pobre
mundo, no hay manera más eficaz que siendo santo, repartiendo
a Dios, repartiendo amor y felicidad a otros.
Lo que debe
México al indio Juan Diego, creo que nadie lo puede
pesar. Lo que el mundo debe a Juan Pablo
II menos todavía. ¿Se puede medir el bien que hizo
San Francisco de Asís, Santo Domingo, Santa Teresa,
Santa Teresita, la Madre Teresa de Calcuta? Es incalculable.
Los grandes
bienhechores de la humanidad son los santos. El pecado no
da miedo. La mediocridad no asusta, en cambio la santidad
da terror, pero es el mejor riego.
Preguntemos a los santos
lo que ellos fueron e hicieron. Recordemos que el primero
de Noviembre es la fiesta de todos esos campeones. Uno
de Noviembre, fiesta de muchos, muchos valientes, valientes que ganaron
a pulso un galardón eterno. Quiero encontrarme un día en
la fila de bienaventurados que van llenando los escaños de
la Gloria. Son de todas las edades, de todos los
tiempos y aún no concluyen las entradas. Todavía hay tiempo
de alcanzar un lugar, mi lugar, mi escaño vacío que
me espera.
Yo quisiera darte algunos consejos de cómo empezar a
ser santo. Sin complicarte mucho la vida, se llega a
la cumbre dando el primer paso y luego el segundo,
hasta el último paso que es ya la cumbre.
De la misma forma a ser santo se comienza
el día que uno quiere serlo y da el primer
paso que es fácil y sencillo; luego el segundo y
así sucesivamente. Un día le tocará dar el ultimo paso,
llegando a la cumbre de la santidad.
Por ejemplo con la
técnica del sí, en vez del no. Un sí a
Cristo, un sí a las almas, un sí a la
Iglesia. Un sí de Cristo, que ha sido para mí
un sí divino de amor, de entrega hasta la muerte
de cruz. No es tan difícil dar una respuesta de
amor a una persona que me ha dado tanto a
mí. El nos amó primero, decía San Juan, no fuimos
nosotros los que le amamos primero a El. Un sí
a las almas, a las personas: Ofreciendo una sonrisa, ofreciendo
un consejo, una limosna, una oración, ofreciendo una buena amistad,
ofreciéndoles el amor de Dios a través de nuestra persona.
Un sí a la Iglesia. Cuánto necesita hoy la Iglesia,
que es la continuadora de Cristo en la historia,
de personas como tú y como yo, que sepamos ser
auténticos cristianos, que nos quitemos la careta de hipocresía y
seamos simplemente eso, cristianos.
Entonces, ¿qué pasará? Descubrirás maravillas, sabrás lo
que es la vida, se acabará por fin esa especie
de sobrevivencia. Incluso, cambiarás de carácter. A veces el carácter,
con una vida mediocre como fermento, se vuelve agrio, se
vuelve triste, impaciente, y, al contrario, el carácter y el
rostro se vuelven alegres, felices, -diría yo, mirables- cuando damos
un sí a Cristo, a las almas y a los
demás. Es una manera fácil de ser felices.
Y digo fácil porque siempre hay gente que no está
de acuerdo. Bueno, el reto es: “Haz la prueba siquiera
una vez para ver si es cierto; si no te
convence, ¡olvídalo! Pero por lo menos date una oportunidad.
Un sí a Cristo”, ¿qué quiere decir? Cumplir su voluntad.
Un
sí a las almas! Alguien definió a un cristiano como
un ser a quien le han sido confiados todos los
hombres. ¡Qué hermosa misión, qué hermosa definición de un cristiano!
Un
sí a la Iglesia. La Iglesia necesita tu sí, tu
entrega, como la de aquellos primeros cristianos. Con aquellos primeros
cristianos daba gusto pertenecer a esta religión. Hoy sigue dando
gusto, pero tiene uno que cerrar los ojos a tantos
malos ejemplos, sobre todo a tantas caras tristes de cristianos.
Hemos
dicho la técnica del sí. Ahora la técnica del entregarse
totalmente. Sin reservas, sin cálculos. Vivir lo que significa ser
de Cristo felizmente y para siempre comenzando desde este mundo.
¿Qué te puede pasar si te entregas del todo? Lo
único que te puede pasar es que seas más feliz
y que vivas una vida infinitamente mejor de la
que has vivido hasta ahora. En tercer lugar la técnica de
jamás desanimarte. Como ven, estamos hablando de cosas asequibles
no de grandes complicaciones teóricas. Simplemente no desanimarte jamás;
promételo, aunque caigas muchas veces; levántate siempre. En realidad un
santo no es el que nunca cae, sino el que
siempre se levanta. Nunca te darás por vencido; siempre seguirás
luchando, porque el fracaso verdadero comienza cuando se deja
de luchar.
Cuarto, la técnica de comenzar cada nuevo día. En
realidad ustedes ven que Dios nos ha dado la
vida en pequeñas raciones, raciones de veinticuatro horas de las
cuales nos ha dicho: “¡a la cama, a dormir a
descansar la tercera parte, y a trabajar las otras horas”.
Durante la noche podríamos decir que nos morimos por un
largo rato porque realmente estamos tan inconscientes.
Al menos para
muchos, despertar por la mañana equivale a una auténtica resurrección
y algunos todavía necesitan una hora más para
acabar de resucitar, van como sonámbulos cuando se levantan.
Empezar cada
día con un entusiasmo grandísimo, comenzar por saltar de la
cama y decir: “Gracias, Dios mío, por darme un nuevo
día de vida”. Ganar, aprovechar, capitalizar los minutos de esa
preciosa, corta vida que es un día.
Al llegar a la
noche dormir lo más profundamente posible, morirme lo mas
profundamente posible, para al día siguiente despertar como nuevo. Si
uno vive así la vida, es relativamente fácil perseverar y
ser santo. Te lo demuestro: . Si tú al levantarte puedes hacerte
esta pregunta: “¿Puedo hoy, solo hoy portarme bien; desde ahora
hasta la puesta del sol, hasta que me vaya a
acostar”? Cualquiera puede decir: Bueno, si es un día ¡claro
que puedo! Eso es lo que tienes que hacer. ¿Pero
mañana? Mañana no ha llegado. ¿Ayer? Ayer ya pasó.
Hoy, vive hoy, aprovéchalo. No en vano decía Jesús:
“Bástale a cada día su afán”. Quería que nos concentráramos
en vivir este día dejando en las manos de Dios
los días pasados y los días que están por venir.
Proponerte un mes, un año diferente, un año feliz. Porque
es feliz el que se lo propone. Un año lleno
de trabajo, lleno de entusiasmo, de realizaciones, de oraciones, en
definitiva de santidad. Un año fiel, lo que se dice
fiel, diferente; querer que sea distinto. En los otros años
hubo pereza, egoísmo, falta de caridad, vida espiritual floja, tiquismiquis
y melindres. Que sea el año de tu capitulación a
Dios, el año de tu perfecta integración al cristianismo, el
año en que por fin saldrá de tu interior ese
santo o santa que llevas dentro, el año en que
amarás a Jesucristo como jamás lo habías hecho, el año
en que no vas a calcular, a criticar, a dudar
o a mirar atrás sino a echarte al agua, a
colaborar, a vivir de fe, a darte a Cristo y
a los demás. “¡Ya me harté de ser un egoísta!”
Esto alguna vez en la vida hay que decirlo y
gritarlo desde el fondo del corazón. “Ya me harté de
ser un egoísta, un soberbio, un vanidoso, un hombre a
media hasta o una mujer a media hasta. Que sea
un año diferente, voy a verme y sentirme distinto”.
Dios te
ama con predilección. Quien se mira a sí mismo amado
por Dios con predilección, se quiere más a sí mismo,
quiere más la vida y siente una furia de la
buena de aprovecharla.
Soy una persona privilegiada, elegida, estoy muy feliz
de ser lo que soy: cristiano, y de estar donde
estoy, donde Dios me ha puesto en este mundo. Voy
a ver a la Iglesia y todo lo que la
circunda con pasión, como una aventura apasionante en la que
yo tengo un puesto privilegiado. Voy a realizar una
gran misión. ¡Quiero realizarla! Amo apasionadamente esa misión, un apostolado
dentro de ese Reino de Jesucristo. ¡Quiero ser otro, distinto!
Quiero amar como nunca; voy a cumplir mi misión como
no la había cumplido nunca. Voy a sentirme feliz y
realizado, también, como nunca lo había sentido antes, diferente. Porque
ya me harté de ser lo que he sido:
el inconstante que nunca termina las tareas; el hombre o
la mujer floja que se queja de todos los sacrificios
e incomodidades; el sentimental y la sentimental que anda en
crisis cada lunes; el superestrella y la superestrella que
se cree tantas cosas; el hombre y la mujer calculadores
que piensan, vacilan y no se lanzan, todo lo dejan
para mañana; el mediocre o la mediocre que se entrega
con medias tintas.... ¡Ya no quiero seguir siendo el mismo!
Me decido a comenzar de nuevo mi vida,
mi entrada al Reino de Jesús, a su Iglesia. Voy
a estrenar una nueva vida, con alegría de vivir, de
vivir para algo, vivir para alguien: para Jesús de Nazareth.
Voy a estrenar un nuevo corazón.
¿Qué hermoso es esto!
Un corazón puro, un corazón amoroso, un corazón generoso, un
corazón entregado. Que sirva el corazón para lo que fue
hecho: para amar, no para llenarse de lo contrario, del
vinagre del odio, del rencor y de la desesperanza. Que
todo el corazón sea para Cristo, sea para los
demás. Dejaré de tener un corazón envejecido, lleno de egoísmo
y sensualidad.
Ojalá que estas ideas te sirvan, no digo para
llegar a la cima sino para dar el primer paso;
después vendrá el segundo y el tercero. Así se han
hecho santos miles y millones de hombres y mujeres. Un
día decidieron, un día dieron el paso, el bendito primer
paso que les llevó a la cumbre de la santidad.
Pensemos,
por último, en los modelos. Los hay para todos los
gustos, en todos los lugares, en todos los tiempos y
en cualquier edad de la vida. Llevamos el nombre de
uno o una que lo fue. Los vemos muy subidos
en su pedestal, como al alpinista en la cumbre,
pero empezaron la escalada desde el valle en el que
todos vivimos. Todos empezamos desde el mismo lugar la subida,
pero a medida que crece la altura, empiezan a destacarse;
algunos empiezan a toser, se paran a contemplar el paisaje,
les entra el mal de montaña, sienten nostalgia del valle
y dan media vuelta a casita. Unos cuantos siguen subiendo,
son ellos, los que son como todos, pero quieren
ser diferentes. Los que eran igual que nosotros, igual de
malos, de tontos, de mediocres, de pecadores, tal vez hasta
peores que nosotros, pero que un día cambiaron. Un día
dieron el primer paso que les llevaría a las cumbres,
un día creyeron, como San Pablo decía: “Sé en quien
he creído y estoy muy tranquilo”. Ellos y ellas también
supieron de pecados y amarguras, así como de miserias terribles;
tuvieron épocas fatales como las nuestras y peores que las
nuestras ... porque, ¿se imaginan a Pablito de Tarso a
los veinte años con un ejército de gamberros persiguiendo a
los cristianos, encarcelándolos? ¡Cuantos insultos y blasfemias lanzaría contra el
crucificado del Calvario y contra sus secuaces, a los cuales
no solo les manifestaba el odio de palabra sino
con hechos, metiéndolos a la cárcel aunque fueran mujeres o
niños! Recordemos como disfrutó de la muerte del primer mártir
de la cristiandad. Por ser menor de edad no podía
tirar piedras, no lo permitía la ley, pero les
dijo a los apedreadores: “¡Déjenme sus mantos, yo se los
cuido, para que puedan tirar con más fuerza las piedras”.
Y vio cómo aquel pobre hombre empezaba a sangrar
de los ojos, de la cabeza, de la boca, de
todo el cuerpo, y veía con gusto como se llenaba
de sangre, y como respiraba jadeando, y como, por fin,
cayó muerto. ¡Este era San Pablo! ¡Estaban machacando a pedradas
aquel cristiano y él estaba allí echando porras! Y dicen
Los Hechos que se alegró mucho de aquella muerte. ¡Que
frase! ¡Pobre Esteban!
Pablo era un violento. Cristo tuvo que usar
medios un poco violentos con él, tirarlo del caballo,
dejarlo ciego y decirle: “Es duro dar coces contra el
aguijón”. Pero, ¿qué le sucedió a aquel hombre? Primero Cristo
era un maldito para él, después se aplicó el epíteto
a sí mismo porque se llama aborto. “¡Soy un aborto!”
Y Cristo se convirtió en la persona más amada
del mundo.
Un día dio el primer paso con aquellas palabras:
“¡Señor, qué quieres que haga!” De ahí que no importa de
dónde se sale, dónde se comienza, sino dónde se termina,
a dónde se quiere llegar. Tú no has descabezado cristianos
ni los has metido a la cárcel. Saliste, quizás, de
una familia cristiana, pero ¿hasta dónde has subido? Él empezó
desde muy abajo, de anti-cristiano rabioso, subió hasta ser uno
de los mejores cristianos y uno de los más grandes
santos.
Nosotros hemos empezado desde más arriba, pero hemos quedado muy
atrás de él. Por eso no importa lo que hayas
hecho o dejado de hacer antes de hoy, lo
que importa es lo que estás determinado a hacer desde
hoy en adelante.
A veces nos angustiamos, nos entristecemos casi
nos morimos pensando en nuestra vida pasada, la dichosa vida
pasada, y estamos dando vueltas y vueltas a la
noria como ese pobre burrito al que le tapan los
ojos para no ver, le atan a una
noria y allí se pasa dando vueltas y vueltas sobre
el mismo sitio, realmente caminando kilómetros, pero sin moverse del
sitio. Es la forma más inútil de caminar. El
pobre burrito al final del día está cansadísimo de todo
lo que ha caminado, y sigue en el mismo sitio.
¡Cuánto nos parecemos a veces -con perdón- al burrito de
la noria! Y concluimos que no
podremos nunca, porque hemos sido lo que hemos
sido. Pablo concluyó al revés que nosotros: “¡He sido
un malvado, por consiguiente debo y puedo
ser un gran santo!” Nosotros hemos sido unos mediocres, por
consiguiente nunca podremos ser santos. “ Padre, es que el
refrán lo dice: El que mal empieza, mal acaba, y
yo ya empecé mal”.
En el campo de la santidad este
refrán no se cumple. La mitad de los santos
han empezado mal, algunos muy mal, no podían haber empezado
peor, y son santos. La diferencia está en esto solo:
Ellos quisieron ser santos, tuvieron fe; nosotros no queremos, no
tenemos esa fe.
El que quiere, puede; está bien demostrado, pero,
¿qué es eso que nosotros hacemos? Suspirar por la santidad,
desearla inefablemente, pero rehuir el esfuerzo, el sacrificio. Querer es
mandar al diablo todos esos tiquismiquis, esos miedos, perezas, sentimentalismos,
y agarrar la cruz con amor, con generosidad, con alegría.
Querer... En la vida de estos hombres y mujeres fieles a
su vocación hubo un día grande en que tomaron
su decisión. Y esa decisión era hasta la muerte. Y
esa entrega rompió, de una vez por todas, los melindres,
las vanidades, las medias tintas. Ellos se lo plantearon
crudamente, valientemente: O todo o todo; o sí o
sí.
Un amor apasionado los arrastró a esa aventura apasionante de
la santidad; una voluntad de acero ayudó a la consumación
de la tarea. Y ahí los tenemos, santos, porque quisieron.
¿Y tú? ¿Qué necesitas para realizar la misma aventura? ¿Medios?
Hay medios de sobra. Tienes medios de sobra.
Ponte a recordar:
Tienes la Iglesia, los sacramentos, la palabra de Dios; tienes
hoy movimientos por todas partes; al lado de los que
dan mal testimonio, tienes también gente que da buen ejemplo,
gente buena, gente que anima, a veces muy cerca de
ti. Tienes a la Santísima Virgen como Madre de tu
santidad, tienes tantas gracias personales, tienes unos ejercicios espirituales como
éstos.
Ojalá Dios quiera que, si los escuchas, algo te
pase y comiences a dar el primer paso hacia la
santidad.
Por eso, digo: ¿Medios? ¡Hay medios de sobra! ¿Tiempo? ¡Tienes
todo el necesario. Santa Teresa de Jesús decía que para
ser santo no se necesita mucho tiempo, sino mucha intensidad
en el querer. Tiempo, por tanto, tienes todo el necesario,
pero falta algo, querer... El día que tú quieras... Pero,
¿querrás algún día?...
Preguntas o comentarios al autor P. Mariano de Blas LC
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