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Retiro Espiritual | tema
Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
5o. Plática
El Obstáculo: El Pecado .“¡Se trata de algo muy serio!” Se pierde primero la tranquilidad de la conciencia.
 
El pecado en nuestra vida. ¿Cuál ha sido nuestra respuesta a Dios? ¿Ha sido el pecado, la rebeldía, la desobediencia? Tenemos que hablar, no podemos menos que hacerlo, aunque nos cueste, pues el pecado es lo peor que podemos hacer contra Dios y lo peor que podemos hacer contra nosotros mismos.

Con olvidarlo no se soluciona nada. Una grave enfermedad no se cura con ignorarla o desconocerla, y el pecado es la más grave enfermedad de los hombres, más aún, es su muerte.

También, es necesario hablar del pecado, sobre todo en nuestros tiempos, porque tenemos una idea tan suave, tan inerte de lo que es verdaderamente.

Primero, ¿qué piensa mucha gente del pecado? Tiene una idea equivocada, no le da ninguna importancia, y por eso se peca tanto y tan descaradamente. El pecado tiene entre nosotros carta de ciudadanía; uno más no supone nada, ¡total! después te confiesas. Otros dicen: “¿Confesarme yo? Si el pecado no existe, como no existe Dios, ni existe el infierno”. A lo sumo, dicen, comete uno errores, pero eso lo hace todo el mundo. Sí, es cierto, el pecado no quita el apetito ni el sueño a muchísima gente. Se ha perdido lo que se llama el sentido del pecado.

Cuando obras en contra de tu conciencia, se provoca un shock, una inquietud, y vienen los remordimientos. Cuando un adolescente, por ejemplo, comete su primer pecado contra la pureza, se impresiona, se desconcierta; algo serio ha pasado, y pierde la espontaneidad. Con la repetición de actos pecaminosos la conciencia se va durmiendo tanto que llega incluso a morirse. Entonces, se traga uno los pecados como el agua, casi sin darse cuenta.

Podríamos decir, entonces, que hay dos clases de personas: Unas, para quienes el pecado no cuenta nada. Otras, para quienes el pecado cuanta algo más, incluso mucho; para los santos, muchísimo. “¡Sabes lo que te quiero, pero preferiría verte muerto, antes de saber que has cometido un pecado mortal!” Palabras de Doña Blanca de Castilla a San Luis, Rey de Francia.

Santa María Goretti, una niña italiana de unos diez años, antes de cometer un pecado contra la pureza, se dejó dar catorce puñaladas. Once años, en la flor de la vida. Cuantos dirían: “¡Qué pena, qué desperdicio!” Y, total, por no hacer lo que tantos hacen hoy sin el menor remordimiento. Pero Dios no piensa igual.
Veamos ahora lo que piensa Dios del pecado. Eso es lo único que nos importa saber, cómo ve Dios el pecado, no cómo lo ve el mundo, pues no nos va a juzgar el mundo, sino Dios. Y ¿qué pasaría si no tiene importancia para los hombres, para ti, y para Dios tiene mucha, muchísima? ¿Podemos saberlo? Sí, porque lo ha revelado.

Por la forma de castigarlo podemos saber qué piensa Dios del pecado. Pensemos en el pecado de los ángeles. Eran seres perfectísimos y hermosísimos; cometen un solo pecado de desobediencia; en ese instante, Dios creó el infierno, y de ángeles, los convirtió en demonios. Fue su primer pecado, el único pecado, no tuvieron tiempo de cometer el segundo, y Dios no esperó, le pareció más que suficiente el primero. Y es que realmente es suficiente uno solo para ganar el infierno.

Si uno no va allí después de un pecado mortal, no es porque no haya merecido el infierno, sino porque Dios es muy grande en su misericordia. Un pecador, de hecho, vive ya con un pie en el infierno.

Comparemos: Ellos solamente uno, y tú ¿cuántos? Si Dios te hubiera tratado como a los ángeles, ¿cuánto hace que les estarías haciendo compañía? Pero Dios es muy bueno contigo.

¿Cuántas veces te habrás acostado en pecado, cuántas veces te habrás echado a la carretera con un pecado en el alma? Mueren tantos en la carretera. ¿Todos bien? ¿Tienen tiempo para arrepentirse? ¿Y, si murieron mal? ¿Por qué Dios te ha tratado tan bien a ti? ¿Acaso no se ha enterado? ¿Acaso no le duele tu pecado?

El segundo pecado lo cometieron nuestros Primeros Padres, Adán y Eva, en el Paraíso. Dios creó al hombre por amor y lo creó para ser inmensamente feliz. Se preocupó de darle todo, de prepararle absolutamente todo, preparó todos los detalles, como la mujer próxima a ser madre por vez primera: el hijo que vendrá es su ilusión, y rodea de detalles su venida. Pero cometen un pecado, desobedecen a Dios, y los arroja del Paraíso. Desde entonces, a trabajar con el sudor de su frente. Entró el dolor en el mundo y las guerras y la miseria; un egoísmo y perversión poco menos que incurables en los hombres.

¿Que será el pecado, cuando Dios lo castiga tan duramente? También aquí, un solo pecado le pareció a Dios suficiente para tamaño castigo.

Podríamos hacer una radiografía de lo que es el pecado. Tiene tres momentos este drama: Un primer momento, en que la caída nos parece algo fabuloso, como fuegos de artificio; la imaginación pinta esa situación como algo maravilloso, como algo deseable, como algo que atrae muchísimo, por ejemplo, robar. La segunda fase es consecuencia de la primera: disfrutar del pecado, robando, cometiendo un acto de impureza, una infidelidad, dejándose llevar del odio, queriendo matar a otra persona: No cabe duda que hay un disfrute, aunque perverso, en el pecado. Luego viene el tercer paso, que es cuando uno recapacita, cuando uno dice: ¿qué he hecho? y empieza a sentirse mal con Dios, consigo mismo y quizás con otras personas a las que haya afectado. Es ¡la hora de la verdad!
¿Cuáles son las consecuencias del pecado en tu vida? El pecado, el alejamiento voluntario de Dios, es el que ha arrancado de tu vida la paz y aún el buen humor. Ha enturbiado tu mirada, porque esos ojos tuyos, que son la ventana del alma, ya no reflejan a Dios, porque Él no está, es un ausente; y has ido formando ese rostro severo en el que ha cicatrizado la tristeza.

¿Cuál es el mejor camino, el más corto, para echar a perder la vida, para ser infeliz? El pecado. Uno ve a los jóvenes hambrientos, sedientos de paz, de amor, de alegría, de felicidad. ¿Dónde van a beber? En las aguas turbias del pecado.

Por eso vemos a tantos y tantos jóvenes, en la primavera de la vida, tristes, amargados, destruidos y con ganas de acabar con todo.
No eres feliz, y lo sabes, aunque trates de ocultarlo. No eres feliz y no podrás serlo, porque has vuelto la espalda a la fuente de la auténtica felicidad que es Dios.

E infelices son muchos hombres y mujeres que se empeñan en ir a beber en cisternas rotas, y dejan a Dios que es fuente de agua viva.

El pecado, en especial, esclaviza. ¡Cuantos esclavos por ahí! Y lo peor es que el pecado es atractivo. Así somos, uno ama su propio veneno, su propia muerte. Y forma hábitos que se van arraigando a la vida como la hiedra al árbol, y así, se va fraguando una vida de pecado en pecado, hundido en el fango.

¿Te resignas a vivir así, caído, derrotado, espiritualmente muerto, con un cadáver dentro de ti que huele mal, que cada día se corrompe más? Para vivir así no se necesita esforzarse, para ser uno más de los vencidos, de los que se arrastran. Pero, para mantenerse en pie, hay que luchar y levantarse siempre, y nunca decir: ¡No puedo!
Hay gentes que tienen tantos medios y tantas cosas: dinero, renombre, títulos, cargos. Si les falta Dios, lo único importante, lo necesario, quiere decir que no son tan ricos. Hay personas que se creen grandes y se sientes satisfechas, porque tienen todo lo que pueden desear y porque son muy hábiles para engañar al prójimo, para jugar al amor, y se divierten en grande. Si les falta Dios, son pobres hombres. El dinero no da la felicidad. Decía una joven: “Yo me sentía como un trapo sucio, sentía asco de mi misma, y alguien dentro de mí me reprobaba: “Has sido cobarde, has sido egoísta, infiel.”

Llamó al 138 -teléfono de la parroquia- un señor que decía desde el otro lado: “Por favor, venga a mi casa a darme los santos óleos, porque me estoy muriendo. Tengo un poco de miedo de que mis hijos no le dejen pasar, porque son ateos, pero usted haga la lucha, ¡por favor!”El padre fue, pidiéndole a la Virgen que le ayudara a entrar, y efectivamente logró entrar a la casa. El señor se había levantado, estaba sentado ante una mesa, y estuvo contando, en resumen, lo que había sido su vida. “Padre, yo comencé vendiendo periódicos, era un niño muy pobre, luego, ahorrando poquito a poco llegué a hacer una fortuna, y ya ve qué tienda de ropa tengo. ¡Soy millonario! Pues bien, después de haber estado luchando toda la vida para obtener dinero y lograrlo, ¿le digo una cosa? El dinero no da la felicidad”. El padre ya lo sabía, pero, que lo diga uno que ha estado toda la vida luchando por el dinero, tiene su valor. Le confesó, le dio la comunión y la unción de los enfermos, tres sacramentos a la vez.
Pecar, ofender a Dios, además, ni siquiera compensa, no vale la pena; es un mal negocio en el que se pierde siempre, en el que se pierde lo mejor, porque la gracia, la amistad con Dios, vale más que la vida y que todo. Porque arranca de cuajo todo lo que la gracia nos da.

Hablemos de la dimensión social del pecado. El pecado envenena el ambiente y el aire de nuestros hogares, de nuestras calles y ciudades, de nuestras salas de fiestas y lugares de esparcimiento, de los cines, de los parques, de la literatura. Somos culpables de que la Iglesia no avance. ¿Qué va a hacer la pobre Iglesia arrastrando a tanto cristiano muerto dentro de sí? ¿Qué puede hacer con tantas ramas secas y podridas?

En los primeros tiempos de la Iglesia se hacía penitencia pública, porque se sabía que el pecado no era un asunto estrictamente personal sino de consecuencias publicas, y había que reparar el mal públicamente también. Somos responsables de que el mundo vaya como va. El mundo está integrado por dos unidades: por un lado un ejercito formidable de hombres egoístas, lujuriosos, bandidos, tibios, hipócritas, farsantes y cobardes. En ese gran ejercito, tal vez, vamos tú y yo. Por eso, si tú y yo con convertimos, serán dos pecadores menos, dos hipócritas menos, dos cobardes menos, y la Iglesia y el mundo se beneficiarán. Por otro lado, hay una gran multitud de hombres, la de la gente que contribuye, que es buena de cara y de corazón, la que hace que el mundo sea todavía amable y no un charca fangosa inhabitable.

Sumarnos a ellos, sencilla pero realmente, aunque nos tachen de estúpidos, idealistas, fanáticos y retrógrados. Y no esperar a mañana. ¡Hoy! No esperar a que empiecen otros, empecemos tú y yo.
¿Qué piensas ahora del pecado? No he tratado de impresionar o de inventar, sino de manifestar lo que Dios piensa del pecado de los hombres, de nuestro pecado. Si el pecado no fuera para tanto, Cristo no se hubiera hecho hombre, ni hubiera muerto en la cruz. Dios no es un exagerado. Has de pensar como Él. Por lo menos que con el pecado no se puede, no se debe jugar, porque uno se juega su salvación, y se burla de Dios.

Por eso, el que quiera todavía pensar y decir que pecar es cualquier cosa, que lo piense y lo diga delante de aquel que murió crucificado por él en su lugar. A nosotros no nos crucificaron, a nosotros no nos coronaron de espinas, no nos escupieron en la cara, no nos han clavado en una cruz, por eso podemos pensar que la cosa no tiene importancia. Pero, a Cristo sí le azotaron y le golpearon y le escupieron y le mataron por nosotros. No sé qué se pudieras sentir, si tú dieras la vida por alguien, y te dijera: “¡Tu muerte me tiene sin cuidado!”

Pues, la muerte de Cristo a muchos cristianos les tiene sin cuidado. Ni porque Dios muera por nosotros cambiamos. El Padre Maximiliano Kolbe, se ofreció a morir en lugar de otro soldado, y murió por él en la celda del hambre. Aquel soldado, ya libre, pudo muy bien decir ante el cadáver de su salvador: “¡Tu muerte me tiene sin cuidado!” Pero no lo hizo, no podía hacerlo, más aún, es fácil imaginar lo que pasó por aquel hombre cuando, a los trece días, le dijeron: “El Padre Kolbe acaba de morir”. ¡Ha muerto por mí, en mi lugar, a estas horas estaría yo muerto. Le debo la vida”.

Tú le debes a Cristo la vida eterna, que vale más que esta vida de acá, pero puedes olvidarte de esto, porque cuando uno tiene muchos asuntos, lo olvida. Por eso, alguien tiene que venir recordarte que Dios ha muerto por ti en una cruz.

Pero, no porque tú lo olvides o lo ignores, dejará de ser eternamente cierto que se ofreció a morir por ti. Fue hace dos mil años, en la tarde del Viernes Santo. ¡Olvídalo si quieres, pero así fue!
¿Qué será el pecado, cuando Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo dejó morir en una cruz? Ante el pecado Dios estaba ante una alternativa: la muerte de su Hijo Jesús, o el infierno eterno para el pecador. Eligió la muerte de su Hijo Jesús. Yo creo que bien podemos decirle a Cristo: Nadie me ha tratado mejor que tú, y a nadie he tratado peor que a ti. Y Él decirnos a nosotros: ¿Quién te ha amado más que yo? ¿Por cuál de mis beneficios me maltratas? Tengo espinas en la cabeza que llevan tu nombre. Tu recuerdo estará indeleble en mi memoria porque, recordar los momentos más duros de mi vida terrena, es recordarte a ti. Al recordar mi pasión y la muerte, no puedo menos que pensar en ti. Pero mi recuerdo es sin odio y sin enojo, porque mi amor a ti es mayor que mi dolor. Es por eso, que quisiera ofrecerte un remedio para tu pecado: Tú con tus lágrimas y arrepentimiento y yo con mi sangre vamos a borrar esas manchas de tu vida y a reconstruirla.

Y, si Cristo te dice eso, yo te digo esto otro de San Agustín: “Si lo vas a hacer alguna vez, ¿por qué no ahora? Y, si ahora no, ¿por qué dices que alguna vez lo harás?” Si Cristo en la cruz no te mueve, dime, ¿qué cosa te podrá mover? Como decía el poeta en forma muy hermosa:

“No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido,
para dejar por eso de ofenderte.

¡Tu me mueves, Señor! Muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
¡Muéveme ver tu cuerpo tan herido!
Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
Pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero, te quisiera”.

Veamos ahora de una manera sintética lo que se pierde con el pecado, para ver si, de esta forma, logramos recapacitar y decir: “¡Se trata de algo muy serio!” De menos a más, con el pecado mortal se pierde primero la tranquilidad de la conciencia.

Esto es ya muy importante, porque la felicidad antes que nada tiene un presupuesto, tiene una raíz, que es esa paz interior del corazón. Cuando no existe, está presente el mal humor, la impaciencia; los remordimientos te persiguen; ni tienes paz ni dejas que la tengan los demás. La paz es necesaria, no podemos darnos el lujo de perderla, porque nuestra vida se enturbia, se vuelve triste.

Y así, los jóvenes, los pobres jóvenes de hoy, quieren ser felices, pero clavan un puñal a su propia felicidad, al dedicarse a buscarla en el pecado, en la borrachera, en el sexo vivido libremente, en la pachanga, en la droga y otras cosas. ¡Pobres jóvenes, infelices! ¿Por qué hay tantos suicidios en la juventud? Más ahora que nunca, el pecado lleva a la destrucción de la propia vida.

En segundo lugar, perdemos con el pecado mortal todos los méritos que tenemos. Es como tener una alcancía donde en vez de depositar monedas, depositamos méritos de tipo espiritual que nos van a servir para el cielo. Se pierden todos los méritos de la vida, es decir, como si en la vida no hubiéramos hecho ningún acto bueno. De todo eso que con tanto esfuerzo he ido adquiriendo, me quedo en cero ante Dios, no tengo nada; de nada me sirvió luchar, trabajar, sacrificarme. Obviamente, al recuperar la gracia a través de la confesión, también se recuperan esos méritos.

Tercero: Perdemos la gracia de Dios, que es lo más grande que llevamos encima. La vida divina que Dios te ha dado, esa gracia que te hace hijo de Dios, templo vivo del Espíritu Santo, heredero de una eternidad feliz, esa gracia para ti ya no existe, eres un templo profanado y tu amistad con Dios se ha deshecho. Si supiéramos lo que es la gracia, jamás la perderíamos, y, además, no nos costaría mucho trabajo.

Cuarto: Perdemos el cielo... pero, ¿ sabes tú lo que pierdes, sabes lo que es el cielo? Yo sé que San Pablo, después de haber visto el cielo, sabía lo que significaba perderlo. Yo sé que los demonios, que eran antes ángeles y conocieron la existencia del cielo, saben lo que han perdido mejor que nadie, mejor que tú. Saben lo que han perdido; por eso esa rabia infernal que tienen contra Dios. Contra Él no pueden nada, pero sí pueden contra los hijos de Dios, y arrastrar al infierno a muchísima gente. Y, si tú no te cuidas, tratarán de llevarte con ellos al infierno por toda la eternidad.

¿Entendemos lo que significa una eternidad feliz perdida, definitivamente perdida? Decía Jesús a sus apóstoles “No debéis alegraros de que habéis curado enfermos, o resucitado muertos; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo”. Cambiando en sentido contrario la frase: “Si por algo podéis estar tristes, es por que vuestros nombres están tachados en la lista del cielo”. Obviamente, ¿quién va a tacharte de esa lista? No será Jesucristo; Él te apuntó allí. Tampoco será el demonio, porque no puede. Serás tú solo, tú te tacharás de la lista, haciéndole caso al diablo y rechazando a Dios. Pecar es como gritar: “Bórrenme de la lista”. Y, entonces, esas puertas del cielo se cierran para ti a cal y canto, y las puertas del infierno se abren. ¿Sabemos lo que es perder el cielo?

Por último, perdemos al mismo Dios. Aquí sí que se pierde todo. Se pierde lo mejor. Es apostarlo todo, y perderlo todo. Si no te arrepientes, escucharás un día aquellas terribles palabras: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”. Palabras dichas por Jesús, palabras que están en el Evangelio.

¡Qué contradicción más tonta, más absurda y dramática: El infierno no existe! Estas palabras no son de un predicador exaltado, son palabras de Dios, del manso y dulce Jesús. Y tener que decirlas a unas almas por las que dio su vida y su sangre debe ser algo muy dramático. Entre Dios y tú ya no hay nada, ni lo habrá jamás. Dios para ti no es nada, y tú para Él tampoco. Por eso, si bien se entienden estas cosas, hay que decir como los santos: “Antes morir, y morir mil veces, que pecar”

Podríamos, como contrapartida, preguntarnos: ¿Y qué se gana? Si todo esto es lo que se pierde, ¿qué es lo que se gana? Nada de nada, de nada; no vale la pena: es lo menos que se puede decir.

Recuerdo el pasaje de Esaú y el plato de lentejas: “Venía del campo muerto de hambre, y olió un guiso de lentejas. Con el hambre que traía, se acercó suplicando a los siervos de Jacob que le dieran algo de aquellas lentejas. Ellos le dijeron:” Sí, pero a condición de que firmes aquí de que renuncias a tu primogenitura”. Y él, aunque fuera arrastrado por el hambre, cometió la estupidez de su vida: ¡Firmó la renuncia a su primogenitura! Después de saciado, volvería el hambre de nuevo y, entonces, estaría sin lentejas y sin su patrimonio.
Eso es lo que nos deja el pecado, más hambre de la que teníamos al principio, y esto, después de haber apostado todo, y haberlo perdido todo. Porque perder a Dios ¡eso sí que es perderlo todo!

Por último, pensemos que, para valorar realmente lo que es el pecado, hay que mirar a un Crucifijo. Ese Crucifijo para mí representa al Hijo de Dios clavado de pies y manos, coronado de espinas, después de haber sido flagelado cruelmente, después de haber sido golpeado, escupido, humillado como un gusano. Uno se pregunta: Esa muerte tan humillante del Hijo de Dios ¿para qué? Para librarme de algo que no existe. ¿Por qué se tomó tan en serio Dios las cosas? Él no es un exagerado.

Quiero hacer unas reflexiones finales que considero importantes: El problema del pecado en nuestro tiempo es que atrae muchísimo, y así, ocurre lo que decía Papini, este converso italiano: “Oh dulce pecado, ¡qué rico me sabes cuando te como, pero qué arteramente me matas! Veneno maldito, no matas al primer golpe, pues el primer golpe es sabroso, y se acepta con ansia; pero matas al segundo golpe, después de saciado”. El veneno produce la muerte de la paz del alma, mata la amistad con Dios, mata todo. Viendo el fruto en el árbol, ¡qué rico pareces, qué ansia de comerlo! Pero después de comido quemas las entrañas. Eres el engaño perfecto: Prometes felicidad, placer sin fin, pero luego engañas con el engaño más perverso. Pero el hombre no aprende; prefiere decir: “Te perdono la muerte que me das y el engaño que me haces por lo bien que me sabes”. Igual que el borrachito que se muere de cirrosis pero no resiste la botella, y, sabiendo que el beber lo va matando, le perdona la muerte que le procura, por lo dulce que le sabe.

Terrible situación del hombre que sabe lo que le envenena y sabe lo que le conviene; lo que le conviene lo rechaza y lo que le envenena lo acepta. ¡La vida amarga, la dulce muerte! Amar el veneno y odiar la salud. “¡OH dulce pecado, te perdono la muerte que me procuras, por lo dulce que me sabes!” Ese es el drama de muchas personas que, tal vez teóricamente saben que el pecado es algo muy grave, pero les sabe muy rico. Deberíamos encontrar unas motivaciones que nos den fuerzas para decir no al pecado. Hoy día es muy difícil, porque en todas partes está como amo y señor, se presenta como el rey, como la maravilla del universo, atractivo, gustoso, retador.
Saber decir: ¡Por la Santísima Virgen, por mi Madre bendita, no al pecado! ¡ No a la tibieza, a la mediocridad! Porque es mi madre. Porque Ella quiere que sea un gran santo, y no puedo defraudarla. No puede tener al mismo tiempo un hijo santo y pecador. Porque me quiere muchísimo, y no puede verme muerto por el pecado. Porque Ella sí sabe lo terrible que es. Contempló el primer crucifijo, la obra maestra del pecado, en el Calvario; sintió lo que es el pecado, cuando una espada atravesó su alma, y sabe lo que es pecado, cuando uno de sus hijos se condena para siempre. Mis pecados no sólo han crucificado al Hijo de Dios, han partido también el corazón de una madre, María.

¡Por Cristo crucificado, no al pecado! Porque mis pecados le han puesto así. Hay azotes que llevan mi nombre; hay espinas que son mías; yo lo crucifiqué con mis pecados, y no debo volverlo a hacer. Porque mirándole agonizar en la cruz, no puedo decir: “peco, y no pasa nada.” Porque me ha perdonado todo, y no tengo derecho a seguir ofendiéndolo. Porque no puedo seguir lastimando al amor más grande de mi vida.
¡Por las almas a mi confiadas, no al pecado! Porque, si yo peco, no las podré arrebatar del abismo; solo si soy santo. Porque me piden a gritos: “Sálvanos”. Porque el día que yo recibí el bautismo, me comprometí con ellas. Tú me hacías cristiano, Señor, para que yo después ayudara a otros a serlo también y tomar el camino del cielo.
Pero no puedo acabar esta meditación sin esta última reflexión: Porque, si uno de veras recapacita en lo que es el pecado, puede entrar en el túnel de la desesperanza y decir: no tengo perdón de Dios. El amor de Cristo es más grande. Esto es lo que afirmarían más fuertemente los grandes pecadores perdonados y convertidos.

San Pedro negó a Cristo tres veces públicamente, y fue perdonado ¡Que poca penitencia le exigieron! Tres veces: “¡Tú sabes que te quiero!” Agustín cometió muchos y gravísimos pecados, y está perdonado: Es un gran santo. María Magdalena fue una pecadora pública, una prostituta, y con el mismo amor con que pecó, purificado, se convirtió en una gran santa.

Judas tenía perdón, Cristo le perdonó, pero Judas no quiso confiar. “He entregado sangre inocente, ¡demasiado pecado, pecado que no tiene perdón!”. Pero se equivocaba. ¡Sí tenía perdón!

Te equivocas, cuando crees que tú tampoco tienes perdón, porque algún pecado tuyo ha superado con mucho la medida. Tienes solamente que pedir, con humildad, perdón.
El amor de Cristo ha superado todas las marcas; la misericordia de Cristo no tiene orillas ni fronteras; es mayor, infinitamente mayor que todos los pecados que has cometido y que puedas cometer en el futuro. Si desconfías, te equivocas, como se equivocó Judas, Si confías, aciertas como ese innumerable ejercito de pecadores convertidos.



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