El pecado en nuestra vida. ¿Cuál ha sido nuestra respuesta
a Dios? ¿Ha sido el pecado, la rebeldía, la
desobediencia? Tenemos que hablar, no podemos menos que hacerlo, aunque
nos cueste, pues el pecado es lo peor que podemos
hacer contra Dios y lo peor que podemos hacer contra
nosotros mismos.
Con olvidarlo no se soluciona nada. Una grave enfermedad
no se cura con ignorarla o desconocerla, y el pecado
es la más grave enfermedad de los hombres, más aún,
es su muerte.
También, es necesario hablar del pecado, sobre todo
en nuestros tiempos, porque tenemos una idea tan suave, tan
inerte de lo que es verdaderamente.
Primero, ¿qué piensa mucha gente
del pecado? Tiene una idea equivocada, no le da ninguna
importancia, y por eso se peca tanto y tan descaradamente.
El pecado tiene entre nosotros carta de ciudadanía; uno más
no supone nada, ¡total! después te confiesas. Otros dicen: “¿Confesarme
yo? Si el pecado no existe, como no existe Dios,
ni existe el infierno”. A lo sumo, dicen, comete uno
errores, pero eso lo hace todo el mundo. Sí, es
cierto, el pecado no quita el apetito ni el sueño
a muchísima gente. Se ha perdido lo que
se llama el sentido del pecado.
Cuando obras en contra de
tu conciencia, se provoca un shock, una inquietud, y vienen
los remordimientos. Cuando un adolescente, por ejemplo, comete su primer
pecado contra la pureza, se impresiona, se desconcierta; algo serio
ha pasado, y pierde la espontaneidad. Con la repetición de
actos pecaminosos la conciencia se va durmiendo tanto que llega
incluso a morirse. Entonces, se traga uno los
pecados como el agua, casi sin darse cuenta.
Podríamos decir,
entonces, que hay dos clases de personas: Unas, para
quienes el pecado no cuenta nada. Otras, para quienes
el pecado cuanta algo más, incluso mucho; para los
santos, muchísimo. “¡Sabes lo que te quiero, pero preferiría verte
muerto, antes de saber que has cometido un pecado mortal!”
Palabras de Doña Blanca de Castilla a San Luis,
Rey de Francia.
Santa María Goretti, una niña italiana de unos
diez años, antes de cometer un pecado contra la
pureza, se dejó dar catorce puñaladas. Once años, en la
flor de la vida. Cuantos dirían: “¡Qué pena, qué desperdicio!”
Y, total, por no hacer lo que tantos
hacen hoy sin el menor remordimiento. Pero Dios no piensa
igual. Veamos ahora lo que piensa Dios del pecado. Eso es
lo único que nos importa saber, cómo ve Dios el
pecado, no cómo lo ve el mundo, pues no
nos va a juzgar el mundo, sino Dios.
Y ¿qué pasaría si no tiene importancia para los
hombres, para ti, y para Dios tiene mucha, muchísima? ¿Podemos
saberlo? Sí, porque lo ha revelado.
Por la forma
de castigarlo podemos saber qué piensa Dios del pecado.
Pensemos en el pecado de los ángeles. Eran seres perfectísimos
y hermosísimos; cometen un solo pecado de desobediencia; en
ese instante, Dios creó el infierno, y de ángeles, los
convirtió en demonios. Fue su primer pecado, el único pecado,
no tuvieron tiempo de cometer el segundo, y Dios no
esperó, le pareció más que suficiente el primero. Y es
que realmente es suficiente uno solo para ganar el infierno.
Si
uno no va allí después de un pecado mortal, no
es porque no haya merecido el infierno, sino porque Dios
es muy grande en su misericordia. Un pecador, de hecho,
vive ya con un pie en el infierno.
Comparemos: Ellos solamente
uno, y tú ¿cuántos? Si Dios te hubiera tratado como
a los ángeles, ¿cuánto hace que les estarías haciendo compañía?
Pero Dios es muy bueno contigo.
¿Cuántas veces te habrás acostado
en pecado, cuántas veces te habrás echado a la carretera
con un pecado en el alma? Mueren tantos en la
carretera. ¿Todos bien? ¿Tienen tiempo para arrepentirse? ¿Y, si
murieron mal? ¿Por qué Dios te ha tratado tan bien
a ti? ¿Acaso no se ha enterado? ¿Acaso no le
duele tu pecado?
El segundo pecado lo cometieron nuestros Primeros Padres,
Adán y Eva, en el Paraíso. Dios creó al hombre
por amor y lo creó para ser inmensamente feliz. Se
preocupó de darle todo, de prepararle absolutamente todo, preparó todos
los detalles, como la mujer próxima a ser madre por
vez primera: el hijo que vendrá es su ilusión, y
rodea de detalles su venida. Pero cometen un pecado, desobedecen
a Dios, y los arroja del Paraíso. Desde entonces, a
trabajar con el sudor de su frente. Entró el dolor
en el mundo y las guerras y la miseria; un
egoísmo y perversión poco menos que incurables en los hombres.
¿Que
será el pecado, cuando Dios lo castiga tan duramente? También
aquí, un solo pecado le pareció a Dios suficiente para
tamaño castigo.
Podríamos hacer una radiografía de lo que es el
pecado. Tiene tres momentos este drama: Un primer momento, en
que la caída nos parece algo fabuloso, como fuegos de
artificio; la imaginación pinta esa situación como algo maravilloso,
como algo deseable, como algo que atrae muchísimo, por ejemplo,
robar. La segunda fase es consecuencia de la primera: disfrutar
del pecado, robando, cometiendo un acto de impureza, una infidelidad,
dejándose llevar del odio, queriendo matar a otra persona:
No cabe duda que hay un disfrute, aunque perverso, en
el pecado. Luego viene el tercer paso, que es cuando
uno recapacita, cuando uno dice: ¿qué he hecho? y empieza
a sentirse mal con Dios, consigo mismo y
quizás con otras personas a las que haya afectado.
Es ¡la hora de la verdad! ¿Cuáles son las consecuencias del
pecado en tu vida? El pecado, el alejamiento voluntario de
Dios, es el que ha arrancado de
tu vida la paz y aún el buen humor.
Ha enturbiado tu mirada, porque
esos ojos tuyos, que son la ventana del alma, ya
no reflejan a Dios, porque Él no está, es un
ausente; y has ido formando ese rostro severo en el
que ha cicatrizado la tristeza.
¿Cuál es el mejor camino, el
más corto, para echar a perder la vida, para
ser infeliz? El pecado. Uno ve a los jóvenes
hambrientos, sedientos de paz, de amor, de alegría, de
felicidad. ¿Dónde van a beber? En las
aguas turbias del pecado.
Por eso vemos a tantos y
tantos jóvenes, en la primavera de la vida, tristes, amargados,
destruidos y con ganas de acabar con todo. No eres feliz,
y lo sabes, aunque trates de ocultarlo. No eres feliz
y no podrás serlo, porque has vuelto la espalda a
la fuente de la auténtica felicidad que es Dios.
E
infelices son muchos hombres y mujeres que se empeñan en
ir a beber en cisternas rotas, y dejan a Dios
que es fuente de agua viva.
El pecado, en especial, esclaviza.
¡Cuantos esclavos por ahí! Y lo peor es que el
pecado es atractivo. Así somos, uno ama su propio veneno,
su propia muerte. Y forma hábitos que se van arraigando
a la vida como la hiedra al árbol, y así,
se va fraguando una vida de pecado en pecado, hundido
en el fango.
¿Te resignas a vivir así, caído, derrotado, espiritualmente
muerto, con un cadáver dentro de ti que huele mal,
que cada día se corrompe más? Para vivir
así no se necesita esforzarse, para ser uno más de
los vencidos, de los que se arrastran. Pero, para mantenerse
en pie, hay que luchar y levantarse siempre, y nunca
decir: ¡No puedo! Hay gentes que tienen tantos medios y tantas
cosas: dinero, renombre, títulos, cargos. Si les falta
Dios, lo único importante, lo necesario, quiere decir que no
son tan ricos. Hay personas que se creen grandes y
se sientes satisfechas, porque tienen todo lo que pueden desear
y porque son muy hábiles para engañar al prójimo, para
jugar al amor, y se divierten en grande. Si
les falta Dios, son pobres hombres. El dinero
no da la felicidad. Decía una joven: “Yo
me sentía como un trapo sucio, sentía asco de mi
misma, y alguien dentro de mí me reprobaba: “Has sido
cobarde, has sido egoísta, infiel.”
Llamó al 138 -teléfono de
la parroquia- un señor que decía desde el
otro lado: “Por favor, venga a mi casa a darme
los santos óleos, porque me estoy muriendo. Tengo un
poco de miedo de que mis hijos no le dejen
pasar, porque son ateos, pero usted haga la lucha, ¡por
favor!”El padre fue, pidiéndole a la Virgen que le
ayudara a entrar, y efectivamente logró entrar a la casa.
El señor se había levantado, estaba sentado ante una mesa,
y estuvo contando, en resumen, lo que había
sido su vida. “Padre, yo comencé vendiendo periódicos, era un
niño muy pobre, luego, ahorrando poquito a poco llegué a
hacer una fortuna, y ya ve qué tienda de
ropa tengo. ¡Soy millonario! Pues bien, después de haber
estado luchando toda la vida para obtener dinero y
lograrlo, ¿le digo una cosa? El dinero no da
la felicidad”. El padre ya lo sabía, pero, que lo
diga uno que ha estado toda la vida luchando por
el dinero, tiene su valor. Le confesó, le dio la
comunión y la unción de los enfermos, tres sacramentos
a la vez. Pecar, ofender a Dios, además, ni siquiera compensa,
no vale la pena; es un mal negocio en
el que se pierde siempre, en el que se pierde
lo mejor, porque la gracia, la amistad con Dios,
vale más que la vida y que todo. Porque arranca
de cuajo todo lo que la gracia nos da.
Hablemos de
la dimensión social del pecado. El pecado envenena el ambiente
y el aire de nuestros hogares, de nuestras calles
y ciudades, de nuestras salas de fiestas y lugares de
esparcimiento, de los cines, de los parques, de la literatura.
Somos culpables de que la Iglesia no avance. ¿Qué
va a hacer la pobre Iglesia arrastrando a tanto cristiano
muerto dentro de sí? ¿Qué puede hacer con tantas ramas
secas y podridas?
En los primeros tiempos de la Iglesia se
hacía penitencia pública, porque se sabía que el pecado no
era un asunto estrictamente personal sino de consecuencias publicas, y
había que reparar el mal públicamente también. Somos responsables de
que el mundo vaya como va. El mundo está integrado
por dos unidades: por un lado un ejercito formidable de
hombres egoístas, lujuriosos, bandidos, tibios, hipócritas, farsantes
y cobardes. En ese gran ejercito, tal vez, vamos tú
y yo. Por eso, si tú y yo con
convertimos, serán dos pecadores menos, dos hipócritas menos, dos cobardes
menos, y la Iglesia y el mundo se beneficiarán. Por
otro lado, hay una gran multitud de hombres, la de
la gente que contribuye, que es buena de cara y
de corazón, la que hace que el mundo sea todavía
amable y no un charca fangosa inhabitable.
Sumarnos a ellos, sencilla
pero realmente, aunque nos tachen de estúpidos, idealistas,
fanáticos y retrógrados. Y no esperar a mañana. ¡Hoy!
No esperar a que empiecen otros, empecemos
tú y yo. ¿Qué piensas ahora del pecado? No he
tratado de impresionar o de inventar, sino de manifestar
lo que Dios piensa del pecado de los hombres, de
nuestro pecado. Si el pecado no fuera para tanto, Cristo
no se hubiera hecho hombre, ni hubiera muerto en la
cruz. Dios no es un exagerado. Has de pensar como
Él. Por lo menos que con el pecado no se
puede, no se debe jugar, porque uno se juega su
salvación, y se burla de Dios.
Por eso, el que quiera
todavía pensar y decir que pecar es cualquier cosa, que
lo piense y lo diga delante de aquel que murió
crucificado por él en su lugar. A nosotros no
nos crucificaron, a nosotros no nos coronaron de espinas, no
nos escupieron en la cara, no nos han clavado en
una cruz, por eso podemos pensar que la cosa no
tiene importancia. Pero, a Cristo sí le azotaron y le
golpearon y le escupieron y le mataron por nosotros. No
sé qué se pudieras sentir, si tú dieras la vida
por alguien, y te dijera: “¡Tu muerte me tiene sin
cuidado!”
Pues, la muerte de Cristo a muchos cristianos les
tiene sin cuidado. Ni porque Dios muera por nosotros cambiamos.
El Padre Maximiliano Kolbe, se ofreció a morir en lugar
de otro soldado, y murió por él en la celda
del hambre. Aquel soldado, ya libre, pudo muy bien decir
ante el cadáver de su salvador: “¡Tu muerte me tiene
sin cuidado!” Pero no lo hizo, no podía hacerlo,
más aún, es fácil imaginar lo que pasó por aquel
hombre cuando, a los trece días, le dijeron: “El
Padre Kolbe acaba de morir”. ¡Ha muerto por mí, en
mi lugar, a estas horas estaría yo muerto. Le
debo la vida”.
Tú le debes a Cristo la vida eterna,
que vale más que esta vida de acá, pero
puedes olvidarte de esto, porque cuando uno tiene muchos
asuntos, lo olvida. Por eso, alguien tiene que
venir recordarte que Dios ha muerto por ti en una
cruz.
Pero, no porque tú lo olvides o lo ignores, dejará
de ser eternamente cierto que se ofreció a morir por
ti. Fue hace dos mil años, en la tarde del
Viernes Santo. ¡Olvídalo si quieres, pero así fue! ¿Qué será
el pecado, cuando Dios no perdonó a su propio Hijo,
sino que lo dejó morir en una cruz? Ante el
pecado Dios estaba ante una alternativa: la muerte de
su Hijo Jesús, o el infierno eterno para el
pecador. Eligió la muerte de su Hijo
Jesús. Yo creo que bien podemos decirle a Cristo: Nadie
me ha tratado mejor que tú, y a nadie he
tratado peor que a ti. Y Él decirnos a
nosotros: ¿Quién te ha amado más que yo? ¿Por cuál
de mis beneficios me maltratas? Tengo espinas en la cabeza
que llevan tu nombre. Tu recuerdo estará indeleble en mi
memoria porque, recordar los momentos más duros de mi vida
terrena, es recordarte a ti. Al recordar mi pasión y
la muerte, no puedo menos que pensar en ti. Pero
mi recuerdo es sin odio y sin enojo, porque mi
amor a ti es mayor que mi dolor. Es por
eso, que quisiera ofrecerte un remedio para tu pecado: Tú
con tus lágrimas y arrepentimiento y yo con mi sangre
vamos a borrar esas manchas de tu vida y a
reconstruirla.
Y, si Cristo te dice eso, yo te digo esto
otro de San Agustín: “Si lo vas a hacer alguna
vez, ¿por qué no ahora? Y, si ahora no, ¿por
qué dices que alguna vez lo harás?” Si Cristo
en la cruz no te mueve, dime, ¿qué cosa te
podrá mover? Como decía el poeta en forma muy
hermosa:
“No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me
tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por
eso de ofenderte.
¡Tu me mueves, Señor! Muéveme el verte clavado en
una cruz y escarnecido, ¡Muéveme ver tu cuerpo tan herido! Muévenme
tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y
en tal manera, que, aunque no hubiera cielo yo te amara, y,
aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar
porque te quiera, Pues, aunque lo que espero no esperara, lo mismo
que te quiero, te quisiera”.
Veamos ahora de una manera sintética
lo que se pierde con el pecado, para ver si,
de esta forma, logramos recapacitar y decir: “¡Se trata
de algo muy serio!” De menos a más, con el
pecado mortal se pierde primero la tranquilidad de la conciencia.
Esto es ya muy importante, porque la felicidad antes que
nada tiene un presupuesto, tiene una raíz, que es esa
paz interior del corazón. Cuando no existe, está presente
el mal humor, la impaciencia; los remordimientos te persiguen;
ni tienes paz ni dejas que la tengan los demás.
La paz es necesaria, no podemos darnos el lujo
de perderla, porque nuestra vida se enturbia, se vuelve triste.
Y así, los jóvenes, los pobres jóvenes de hoy,
quieren ser felices, pero clavan un puñal a su propia
felicidad, al dedicarse a buscarla en el pecado, en la
borrachera, en el sexo vivido libremente, en la pachanga, en
la droga y otras cosas. ¡Pobres jóvenes, infelices! ¿Por
qué hay tantos suicidios en la juventud? Más ahora que
nunca, el pecado lleva a la destrucción de la propia
vida.
En segundo lugar, perdemos con el pecado mortal todos los
méritos que tenemos. Es como tener una alcancía
donde en vez de depositar monedas, depositamos méritos de tipo
espiritual que nos van a servir para el cielo. Se
pierden todos los méritos de la vida, es decir, como
si en la vida no hubiéramos hecho ningún acto bueno.
De todo eso que con tanto esfuerzo he ido adquiriendo,
me quedo en cero ante Dios, no tengo nada; de
nada me sirvió luchar, trabajar, sacrificarme. Obviamente, al recuperar la
gracia a través de la confesión, también se recuperan esos
méritos.
Tercero: Perdemos la gracia de Dios, que es lo
más grande que llevamos encima. La vida divina que Dios
te ha dado, esa gracia que te hace hijo de
Dios, templo vivo del Espíritu Santo, heredero de una
eternidad feliz, esa gracia para ti ya no existe, eres
un templo profanado y tu amistad con Dios
se ha deshecho. Si supiéramos lo que es la gracia,
jamás la perderíamos, y, además, no nos costaría mucho trabajo.
Cuarto:
Perdemos el cielo... pero, ¿ sabes tú lo que pierdes,
sabes lo que es el cielo? Yo sé que
San Pablo, después de haber visto el cielo, sabía lo
que significaba perderlo. Yo sé que los demonios, que eran
antes ángeles y conocieron la existencia del cielo, saben lo
que han perdido mejor que nadie, mejor que tú. Saben
lo que han perdido; por eso esa rabia infernal que
tienen contra Dios. Contra Él no pueden nada, pero sí
pueden contra los hijos de Dios, y arrastrar al infierno
a muchísima gente. Y, si tú no te cuidas,
tratarán de llevarte con ellos al infierno por toda la
eternidad.
¿Entendemos lo que significa una eternidad feliz perdida, definitivamente perdida?
Decía Jesús a sus apóstoles “No debéis alegraros de que
habéis curado enfermos, o resucitado muertos; alegraos más bien de
que vuestros nombres están escritos en el cielo”. Cambiando en
sentido contrario la frase: “Si por algo podéis estar
tristes, es por que vuestros nombres están tachados en la
lista del cielo”. Obviamente, ¿quién va a tacharte de esa
lista? No será Jesucristo; Él te apuntó allí. Tampoco será
el demonio, porque no puede. Serás tú solo, tú te
tacharás de la lista, haciéndole caso al diablo y rechazando
a Dios. Pecar es como gritar: “Bórrenme de la
lista”. Y, entonces, esas puertas del cielo se cierran para
ti a cal y canto, y las puertas del infierno
se abren. ¿Sabemos lo que es perder el cielo?
Por último,
perdemos al mismo Dios. Aquí sí que se pierde todo.
Se pierde lo mejor. Es apostarlo todo, y perderlo todo.
Si no te arrepientes, escucharás un día aquellas terribles
palabras: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”. Palabras
dichas por Jesús, palabras que están en el Evangelio.
¡Qué contradicción
más tonta, más absurda y dramática: El infierno no existe!
Estas palabras no son de un predicador exaltado, son palabras
de Dios, del manso y dulce Jesús. Y tener
que decirlas a unas almas por las que dio su
vida y su sangre debe ser algo muy dramático.
Entre Dios y tú ya no hay nada, ni lo
habrá jamás. Dios para ti no es nada, y tú
para Él tampoco. Por eso, si bien se entienden estas
cosas, hay que decir como los santos: “Antes morir, y
morir mil veces, que pecar”
Podríamos, como contrapartida, preguntarnos: ¿Y
qué se gana? Si todo esto es lo que se
pierde, ¿qué es lo que se gana? Nada de
nada, de nada; no vale la pena: es lo
menos que se puede decir.
Recuerdo el pasaje de Esaú y
el plato de lentejas: “Venía del campo muerto de hambre,
y olió un guiso de lentejas. Con el hambre que
traía, se acercó suplicando a los siervos de Jacob que
le dieran algo de aquellas lentejas. Ellos le dijeron:” Sí,
pero a condición de que firmes aquí de que renuncias
a tu primogenitura”. Y él, aunque fuera arrastrado por el
hambre, cometió la estupidez de su vida: ¡Firmó la renuncia
a su primogenitura! Después de saciado, volvería el hambre de
nuevo y, entonces, estaría sin lentejas y sin su patrimonio. Eso
es lo que nos deja el pecado, más hambre de
la que teníamos al principio, y esto, después de haber
apostado todo, y haberlo perdido todo. Porque perder a
Dios ¡eso sí que es perderlo todo!
Por último, pensemos que,
para valorar realmente lo que es el pecado, hay que
mirar a un Crucifijo. Ese Crucifijo para mí representa al
Hijo de Dios clavado de pies y manos, coronado de
espinas, después de haber sido flagelado cruelmente, después de haber
sido golpeado, escupido, humillado como un gusano. Uno se pregunta:
Esa muerte tan humillante del Hijo de Dios ¿para
qué? Para librarme de algo que no existe. ¿Por
qué se tomó tan en serio Dios las cosas? Él
no es un exagerado.
Quiero hacer unas reflexiones finales que considero
importantes: El problema del pecado en nuestro tiempo es que
atrae muchísimo, y así, ocurre lo que decía Papini, este
converso italiano: “Oh dulce pecado, ¡qué rico me sabes cuando
te como, pero qué arteramente me matas! Veneno maldito, no
matas al primer golpe, pues el primer golpe es sabroso,
y se acepta con ansia; pero matas al segundo golpe,
después de saciado”. El veneno produce la muerte de
la paz del alma, mata la amistad con Dios, mata
todo. Viendo el fruto en el árbol, ¡qué rico pareces,
qué ansia de comerlo! Pero después de comido quemas las
entrañas. Eres el engaño perfecto: Prometes felicidad, placer sin fin,
pero luego engañas con el engaño más perverso. Pero
el hombre no aprende; prefiere decir: “Te perdono la
muerte que me das y el engaño que me haces
por lo bien que me sabes”. Igual que el borrachito
que se muere de cirrosis pero no resiste la botella,
y, sabiendo que el beber lo va matando, le perdona
la muerte que le procura, por lo dulce que le
sabe.
Terrible situación del hombre que sabe lo que le envenena
y sabe lo que le conviene; lo que le conviene
lo rechaza y lo que le envenena lo
acepta. ¡La vida amarga, la dulce muerte! Amar el veneno
y odiar la salud. “¡OH dulce pecado, te perdono
la muerte que me procuras, por lo dulce que me
sabes!” Ese es el drama de muchas personas que, tal
vez teóricamente saben que el pecado es algo muy grave,
pero les sabe muy rico. Deberíamos
encontrar unas motivaciones que nos den fuerzas para decir
no al pecado. Hoy día es muy difícil, porque en
todas partes está como amo y señor, se presenta como
el rey, como la maravilla del universo, atractivo, gustoso, retador. Saber
decir: ¡Por la Santísima Virgen, por mi Madre bendita, no
al pecado! ¡ No a la tibieza, a la mediocridad!
Porque es mi madre. Porque Ella quiere que sea un
gran santo, y no puedo defraudarla. No puede tener al
mismo tiempo un hijo santo y pecador. Porque me quiere
muchísimo, y no puede verme muerto por el pecado. Porque
Ella sí sabe lo terrible que es. Contempló el primer
crucifijo, la obra maestra del pecado, en el Calvario; sintió
lo que es el pecado, cuando una espada atravesó su
alma, y sabe lo que es pecado, cuando uno de
sus hijos se condena para siempre. Mis pecados no sólo
han crucificado al Hijo de Dios, han partido también el
corazón de una madre, María.
¡Por Cristo crucificado, no al pecado!
Porque mis pecados le han puesto así. Hay azotes que
llevan mi nombre; hay espinas que son mías; yo lo
crucifiqué con mis pecados, y no debo volverlo a hacer.
Porque mirándole agonizar en la cruz, no puedo decir: “peco,
y no pasa nada.” Porque me ha perdonado todo, y
no tengo derecho a seguir ofendiéndolo. Porque no puedo seguir
lastimando al amor más grande de mi vida. ¡Por las almas
a mi confiadas, no al pecado! Porque, si yo peco,
no las podré arrebatar del abismo; solo si soy santo.
Porque me piden a gritos: “Sálvanos”. Porque el día que
yo recibí el bautismo, me comprometí con ellas. Tú me
hacías cristiano, Señor, para que yo después ayudara a otros
a serlo también y tomar el camino del cielo. Pero
no puedo acabar esta meditación sin esta última reflexión: Porque,
si uno de veras recapacita en lo que es el
pecado, puede entrar en el túnel de la desesperanza y
decir: no tengo perdón de Dios. El amor de
Cristo es más grande. Esto es lo que afirmarían más
fuertemente los grandes pecadores perdonados y convertidos.
San Pedro negó a
Cristo tres veces públicamente, y fue perdonado ¡Que poca penitencia
le exigieron! Tres veces: “¡Tú sabes que te quiero!” Agustín
cometió muchos y gravísimos pecados, y está perdonado: Es un
gran santo. María Magdalena fue una pecadora pública, una
prostituta, y con el mismo amor con que pecó,
purificado, se convirtió en una gran santa.
Judas tenía perdón,
Cristo le perdonó, pero Judas no quiso confiar. “He entregado
sangre inocente, ¡demasiado pecado, pecado que no tiene perdón!”. Pero
se equivocaba. ¡Sí tenía perdón!
Te equivocas, cuando crees que tú
tampoco tienes perdón, porque algún pecado tuyo ha superado con
mucho la medida. Tienes solamente que pedir, con humildad,
perdón. El amor de Cristo ha superado todas las marcas;
la misericordia de Cristo no tiene orillas ni fronteras; es
mayor, infinitamente mayor que todos los pecados que has cometido
y que puedas cometer en el futuro. Si desconfías,
te equivocas, como se equivocó Judas, Si confías, aciertas como
ese innumerable ejercito de pecadores convertidos.
Preguntas o comentarios al autor P. Mariano
de Blas LC
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