Hemos hecho los méritos suficientes para ir eternamente al infierno,
y, quizás, muchas veces. Cuantas veces Cristo crucificado nos ha
arrancado de la boca del abismo. Si queda en nosotros
un poco de gratitud, sepamos que, salvando a otros, Cristo
se siente muy bien pagado; más aún, la forma mejor
de evitar caer en ese lugar es luchar
para que otros no caigan.
¡Quién pudiera hacernos ver el dolor
eterno, la separación de Dios en la eternidad! Algún día
sabremos decir con todas las fuerzas de nuestro corazón: “¡OH
sangre bendita, clavos benditos que me libraron del eterno dolor!” El
simple hecho de pensar: para siempre... para siempre... para siempre...
Algo que comienza y nunca terminará. Hace mucho bien el
imaginarlo.
En un cursillo que culminaba con una tribuna libre salió
a decir su experiencia un señor con estas palabras: “Hace
un año, iba yo una noche no precisamente a rezar,
iba a pecar, iba a destramparme. De regreso a casa,
a altas horas de la noche, viniendo a mucha velocidad,
me di un trancazo tan fuerte que quedé en estado
de coma un mes. Si Dios no me hubiera permitido
regresar, ya estaría condenado para siempre en el infierno”... Y
no se oía ni el vuelo de una mosca.
Además, lo
que dijo era la pura verdad; pero estas cosas no
se piensan, no se quieren pensar, y por lo tanto
no existen... ¡Qué favor tan flaco nos hacen las personas
que dicen: “¡Eso es mentira!” !Que lo digan delante de
un crucifijo, delante de un Dios clavado en la cruz!
Yo
quisiera enfocar esta meditación no a la propia eternidad, sino
a la eternidad de los otros, dado que hemos dicho
que la mejor forma de salvarse es salvando a otros.
Hablemos positivamente de este tema, hablemos de la salvación de
los demás. Primero: Cristo me pide que salve almas, lo pide
muriendo en la cruz: “Tengo sed, sed de que salves
muchas almas”. El mandato supremo de Jesús ya a
punto de irse de nuevo al cielo: “Id por todo
el mundo y predicad el Evangelio a todas las criaturas”,
hoy se traduciría así: “Volved de nuevo a todos los
caminos recorridos por los primeros e vangelizadores”. Es la Nueva
Evangelización de la que habló y gritó Juan Pablo II.
Cristo
te necesita; te necesita a ti, a mí, a
todos los que estamos aquí, y nos necesita enteros: no
un tiempecito, sino todo tu tiempo; no un esfuerzo, todo
tu esfuerzo, tus fuerzas físicas, espirituales, intelectuales, etc., etc.
Cristo, recuérdalo,
te ha confiado unas almas. Guíalas, reza por ellas, motívalas,
compromételas; convierte a cada una de ellas, a su vez,
en apóstol de otros, en un salvador de otros, y
que siga la cadena... Al Cristo coronado de espinas, al
Cristo flagelado, al Cristo agonizante en la cruz,
al Cristo que tuvo tiempo para nacer en Belén por
ti, tiempo para nacer en la pobreza por ti, tiempo
para morir crucificado por ti, tú no le puedes decir:
“Yo no puedo, no sé, no tengo tiempo de salvar
a mis hermanos”. ¿Le debes mucho? ¿Le amas mucho? ¿Quieres
agradecerle? Además, la Santísima Virgen te lo pide también. Ella
también tiene sed de las almas de sus hijos. Es
una Madre que ve cómo muchos de sus hijos se
condenan para siempre. ¿La quieres mucho, le debes
mucho? Cuántas veces lo hemos dicho... Sin rubor, yo tengo
que decir que, si hoy sigo en pie, se lo
debo a una mujer, de nombre María, de la
que estoy muy orgulloso de que sea mi Madre.
Escucha su grito lastimero: “¡Ayúdame a salvar a mis
hijos, a tus hermanos!” Hay una canción que a veces
le cantamos. A mí me gusta mucho una de sus
frases que dice así: “¡Gracias, Madre, por haber dicho que
sí!”
Me gustaría, y creo que a ti también, que ella
me cantara una canción con una frase como ésta: “¡Gracias,
hijo, por haber dicho que sí!”
Cada día se llena más
el infierno de gente, también el cielo. Si es cierto
que, según se vive así, se muere, saquemos la conclusión.
Si tú no vas allí no es porque no hayas
hecho los méritos, y muchas veces, sino por un privilegio,
porque un pecador se convierte automáticamente en un condenado, a
menos que le salven. Si te indultan, no es mérito
tuyo, sino de Cristo crucificado. Somos condenados indultados. ¿Cuál sería
la mejor forma de agradecer? Salvar a otros, ayudarles a
que tomen el camino del cielo.
Nosotros ignoramos de
qué nos han librado. Para comprenderlo, deberíamos haber estado allí.
Santa Teresa vio el infierno. Ella sí sabía lo que
era: “Este era tu sitio para toda de la eternidad”.
Así le dijeron a ella. Palabras que con más razón
que a ella, nos podría decir Cristo a nosotros.
Pero, si
nosotros no vamos allí por la infinita misericordia de Dios,
otros sí irán. Hay almas que nunca disfrutarán de Dios.
Su eternidad será un sufrir sin parar, sin remedio
y desesperadamente. El cielo tendrá eternamente cerradas sus
puertas para ellos; y son aquellos que en este mundo
conocieron a Dios y no quisieron aceptarlo. Y, cuando lo
conozcan en toda su impresionante santidad y hermosura, será solo
para constatar que ese Dios, esa felicidad absoluta y total
nunca la tendrán, será para otros.
Todos los días mueren en
el mundo alrededor de doscientas mil personas: de hambre,
de ancianidad, de accidentes, en las guerras. ¡Cuántos niños
mueren de hambre cada día en el mundo! ¿Todos esos
hombres se salvan? Muchos, muchos se condenan. Hoy comenzarán muchas
almas su eternidad infeliz, hoy, y otras mañana. ¡Pobres!
Piensa que eres tú, imagina que eres tú el que
mañana te condenas para siempre.
Estas personas me están pidiendo, te
están pidiendo a gritos que les ayudes. ¿Te impresiona sentarte
junto a compañeros ateos, que viven mal, tremendamente mal, o
te da soberanamente lo mismo? ¿Haces algo por ellos? Porque
supongo que tú y yo podemos hacer mucho, salvar muchas
de esas almas, porque tienes los medios, tal vez te
sobran los medios. Cristo te ha dado la Iglesia, te
ha dado quizás una formación religiosa, te ha dado un
instrumento apostólico, te ha ayudado a ti con tantos elementos
de predestinación. Hay personas que no han entrado a la
Iglesia católica porque tú tienes la llave y no
has querido abrirles la puerta: ellos están ahí afuera esperando
que tú quieras abrirles.
Salvar una alma es el favor más
grande que le puedes hacer a una persona. Conseguirle una
eternidad feliz. Aunque lo consiguieras a una sola persona, sería
fantástico. Ojalá que en la otra vida muchas almas puedan
decirte: “¡Yo estoy aquí por ti, tú me salvaste; si
no llega a ser por ti nunca me hubiera salvado!”
Yo como sacerdote tuve esa motivación para tomar mi decisión,
cuando era un niño de diez años: la salvación
de las almas. Sí me gustaría oír que por
lo menos un alma se ha podido salvar por mi
ejemplo, por mi oración o por mi palabra. Ojalá fueran
muchas.
Cuando un santo va al cielo nunca va solo, con
él se salvan muchas almas; les esperan en el cielo
con los brazos abiertos para darles las gracias eternamente. Y
me pregunto : “¿Cómo se pueden dar las gracias a
una persona que le ha conseguido la vida eterna?”
Recuerdo el
ejemplo de Santa María Goretti, aquella niña que, antes de
fallar a su virtud de la pureza, se dejó dar
catorce puñaladas por el joven Alejandro. Y no murió en
ese momento sino en el hospital unas horas más tarde,
después de haber perdonado a su agresor. La policía cogió
a ese muchacho, y fue condenado a cadena perpetua, cárcel
de por vida.
Estando en la cárcel, recapacitando en su terrible
crimen, le entró la desesperanza, y quiso ahorcarse pero, fue
o una visión o una palabra interior de esta niña
que le decía: “¡No lo hagas, porque te irías al
infierno!” Y este joven le hizo caso, y no se
suicidó, más aún, empezó a comportarse de buena manera en
la cárcel y con ello consiguió que, después de algunos
años, lo liberaran.
Lo primero que hizo fue ir a casa
de la mamá de María Gorettí; era el día de
Navidad. Era ya un hombre. Al entrar dijo: -
Señora ¿Me reconoce? - No, no sé
quién es usted. - Yo soy Alejandro, el que
asesinó a su hija. Acabo de salir de la cárcel
por mi buen comportamiento; le ruego nuevamente me perdone
lo que hice. La mujer, que era muy católica, le dijo: -
Hace mucho tiempo que le he perdonado y
le he rogado a Dios por usted.- Y la
prueba de que realmente lo había perdonado es que fueron
a misa y comulgaron juntos, la mamá de
esta niña santa y el asesino de ella.
Yo ahora pienso
en lo que seguía de la historia de este hombre.
Cuando yo era un estudiante en Roma, un día,
después del desayuno leí en el periódico del Vaticano
“L°Osservatore Romano”, un artículo titulado así: “El asesino de María
Gorettí acaba de morir”. Me lo leí de corrido, porque
a mí me había impresionado mucho esta historia, incluso, había
estado en su casa y después en su Basílica cerca
de Roma. La lectura decía, en resumen, que este hombre
había ido a un convento a pedir trabajo, que había
vivido como un auténtico cristiano, y acababa de morir. Enseguida
pensé en el reencuentro del asesino y la niña
santa y pura, en el cielo. Me preguntaba: “¿Cómo
se pueden dar las gracias? ¿Con qué ojos miraría a
aquella alma inocente a la que la acuchilló catorce veces?
¿Cómo se pide perdón? El reencuentro.....”Esta niña santa logró lo
más grande que se puede lograr, llevar al cielo a
la persona que más daño le hizo. Estas maravillas suceden
en el cristianismo, en esta religión del amor, cuando
el amor llega a su culmen.
Cuando tú vayas al cielo
¿irás sólo, sola, o muy acompañado, acompañada? Es muy importante
preguntarse esto, porque tú, tal vez, eres un papá, una
mamá, has tenido hijos y, al llegar allá, preguntarás: “¿Dónde
está Juanito, donde está Paulina? ¿No están aquí mis hijos?
¿Dónde están?” No sé si empieces a decirle a
San Pedro: “Pues mire, San Pedro, le voy a
decir lo que es la adolescencia: Es una edad en
la que uno no entiende nada, a mí no me
hacían caso, pues yo les decía que fueran a misa
y no querían ir etc. ¿Le explico lo que es
la adolescencia, la adolescencia... ¿Eso es todo lo que
sabes decir?” Realmente como padre o madre ¿hiciste todo lo
que estaba en tus manos con oración, con sacrificio, con
testimonio y también con una palabra oportuna, para lograr lo
más importante para ellos, tus hijos, su salvación eterna?
¿O los alimentaste muy bien, disfrutaron de la comida,
de la bebida, de los viajes, de los juguetes, pero...
pero de fe, poco? Mucho ayuno de fe, mucha hambre
de fe, porque tú no la tenías, y no pudiste
dar lo que no poseías.
Y, ¿de qué te ha
servido dar de comer a tus hijos, y darles todos
los regalos del mundo, si no has logrado que estén
un día en el cielo con Dios? ¡De nada! Por
eso, ¿llegarás solo, sola, ó muy acompañado, acompañada?
En mi caso,
como sacerdote, sé que no podré entrar solo en el
cielo. O llevo a otras almas conmigo o para
mí no hay boleto. Lo sé, estoy perfectamente consciente de
ello.
¡Qué distintos se ven los sacrificios, el trabajo, cuando se
puede salvar un alma más! ¿Qué importa tu cansancio, tu
sufrimiento, con tal de salvar un alma? Si un día
una persona condenada pudiera decirte: “Tú me pudiste salvar,
y no te hubiera costado mucho: aquel retiro bien hecho,
aquel compromiso espiritual, ¿qué te costaba?, aquel sacrificio que rehuías,
aquel testimonio que yo quería ver en mi padre,
en mi madre o en mi amigo, aquel acto de
obediencia que no te hubiera costado mucho... pero no quisiste”.
Le responderías que no tuviste tiempo, o que no tuviste
ganas de hacerlo. ¿Qué tal, si los papeles se hubieran
cambiado? Por qué has de ser tú el afortunado,
el que ha recibido tantos dones de Dios, y él
o ella no? Porque tú eres cristiano, incluso antes
de que te dieras cuenta. Porque desde niño, niña, te
llevaron a la pila bautismal y te pusieron el sello
de cristiano, y de ahí en adelante todo el patrimonio
cristiano es tuyo: La Biblia, los sacramentos, la Iglesia, la
educación cristiana, etc. Y ¿qué tal, si Cristo te hubiera
dicho a ti: “Yo no tengo tiempo de salvarte,
no tengo ganas de venir a la tierra a
morir en una cruz por ti?”.
Recuerda que hubo
un momento en Getzemaní en que ese Jesús casi agonizante,
sudando sangre, le pedía a su Padre, cuando veía que
se le echaba encima la cruz y todos los sufrimientos:
“¡Padre, si es posible aparta de mí la pasión!” Para
que veas si a Cristo le costó o no le
costó, y si tuvo que hacer una decisión heroica,
que le costó sangre, para salvarte.
Y luego tú y luego
yo decimos: “¡Ay! No tengo tiempo, no tengo ganas de
hacer nada!” Pero Cristo sí tuvo tiempo, sí tuvo ganas
de venir a salvarte y ¡qué bueno que así fue! El
día que vayas al cielo, repito, ¿irás solo o muy
acompañado? Aún quedan preguntas: ¿dónde está tú mamá, tú papá,
tus hermanos, tus amigas, tus hijos? No lo sé. A
ver qué razón vas a dar.
A veces Dios permite ver
si salvamos a alguien. Un obispo fue a visitar un
convento de monjitas; les celebró misa y, a la hora
de repartir la comunión, sintió que se desmayaba, que se
caía, pero se recuperó y siguió repartiendo la comunión. Al
final de la misa le dijo a la superiora: “Me
gustaría saludar a todas las hermanas”. Las reunieron. El obispo
estaba bien nervioso, fijándose en todas las monjitas, como pensando:
“aquí falta alguien”, y le dice a la Superiora: “¿No
falta alguna religiosa?” Ésta le respondió: “Creo que no, pero,
de todas formas, vamos a buscar”. Fueron a buscar a
una monjita muy mayor que se había ido a
su trabajo en el jardín después de la Misa. La
mandaron llamar y le dijeron: “El señor obispo quiere
saludarnos a todas”.
Cuando el Obispo la vio, dijo: “Madre,
por algo le decía yo que faltaba alguien. Les
voy a contar un secreto que no he contado a
nadie: Cuando yo era joven, sentía que Dios me llamaba
y me decía: “vete al seminario”, pero yo, oídos cerrados.
Y un día, estando en una fiesta, en un baile
muy divertido, no sé qué fue, pero vi la cara
de una mujer que me dijo muy seria: “Tienes que
irte al seminario”. Me llevé un susto tan grande que
me lo tomé en serio y fui al seminario.
Me he ordenado sacerdote y hoy soy obispo. Pues bien,
viniendo hoy a su convento, he vuelto a ver
la cara de aquella mujer, y es esta religiosa”.
La monjita
se quedó un poco estremecida, asustada, porque todas las hermanas
la miraban, y preguntaban: “¿Usted, hermana, qué ha hecho?” Ella
respondía: “Yo, yo, nada. Bueno, todos los días pido por
las vocaciones sacerdotales”.
Dios le hizo ver a este obispo, por
si se sentía muy obispo, a quién le debía su
vocación y la perseverancia en ella. Yo a veces me
he puesto a pensar: “¿Quiénes serán esas benditas personas, perdidas
quién sabe por dónde, que piden por los sacerdotes, y
a quienes yo un día tendré que decirles: ¡Gracias!
porque me ayudaron a salvarme?” La misma Santa Teresa, o
Teresita, como la llamamos, cuenta en su autobiografía, en la
Historia de un Alma, un caso como éste: “Había
un matón que había ajusticiado a tres personas de la
nobleza. Lo arrestaron y lo condenaron a la guillotina”. Entonces
Teresita tendría alrededor de catorce años, y ya desde entonces
manifestaba un gran deseo de salvar almas. Se enteró de
lo sucedido y fue a decirle a Jesús: “¡Ay! Dios
mío, este pobre pecador se va a ir al infierno
por lo que ha hecho, pues no quiere arrepentirse.
Por favor, pídeme lo que quieras, pero haz que este
hombre se vaya al cielo! Y además, dame
una señal”. Y como ella tenía una confianza verdaderamente de
niña en Jesús, esperó pacientemente lo que iba a pasar. El
día que lo llevaban a la muerte había allí un
sacerdote con su sotana y un cinturón del que colgaba
una cadena con un crucifijo. Estaba allí, por si se
quería confesar. ¿El otro? ¡Para nada! Como una tapia. Y
el pobre sacerdote pensaba: “¡No hay nada que hacer!” Un
poco antes de ser ajusticiado, de pronto, el hombre se
acerca al sacerdote, toma aquel crucifijo y lo besa bañado
en lágrimas ¡Ésa era la señal, la señal que
había pedido esta niña santa! Esta niña santa cuyos restos
pasaron no hace mucho tiempo por México, y
que es patrona de las Misiones.
Nuevamente, como en el caso
de María Goretti, me imagino a este hombre llegando al
cielo, y preguntando: “¿Qué hago aquí? Creo que me he
equivocado de lugar”. -“No, no, está usted bien”- -“Pero,¿ a
quién se lo debo?”- Seguro que san Pedro le habrá
dicho: “¿Ve usted a aquella niña, Teresita, que
es muy amiga de Jesús? Pues esa niña ha
logrado que Dios le perdone, y que esté usted aquí
en el cielo”.
¿Cuántas sorpresas de estas habrá en la otra
vida? Yo estoy viendo con los ojos y
con la imaginación a Dios diciéndole a algunos papás:
“¿Ve usted a ese niño, a esta niña? -“Sí, es
mi hijo Pepito, mi hija Juanita...”- -Pues aquí, delante de mis
ángeles, dele las gracias, porque está en el cielo gracias
a su hijo, a su hija. El me pidió tanto,
con tanta ternura y persistencia la conversión de su padre
que me arrancó esta gracia.” Yo sé que muchos niños
y niñas van a llevar al cielo a sus
papás. Me acuerdo de un niño de Chetumal que, hace
años, era mi acólito; siete años tenía, llegaba a la
misa con mucha devoción, y comulgaba con gran respeto. Un
día llegó a la parroquia un señor como de dos
metros de alto, agarrado del sombrero y bien temeroso, y
me dijo:
- ¿Usted es el Párroco? - ¡A sus órdenes! - ¿Le
puedo robar unos minutos para hablar con usted? - ¡Claro que
sí! - Le vengo a hablar de Pepito... - Y
le pregunté: - ¿Usted es su papá? - ¡Sí! Me ha
dicho que le ayuda en las misas de las cinco
de la tarde. - Sí, en verdad es un angelito. -
Pues mire, le vengo a hablar de él. Yo
sospeché que había hecho alguna travesura, pero no. Dijo:
- “¡Travesuras no, padre! Lo que pasa es que me
ha dicho: “Papi, ¿por qué no vas a misa?
¿Por qué no te confiesas? Me lo ha repetido
tantas veces que en dos ocasiones le he dado una
bofetada. Y mire, me quema la mano, padre, porque es
mi hijo, es un inocente, tiene además la razón...
Así que, si no tiene inconveniente, padre, vengo a confesarme,
tengo ocho años que no piso una Iglesia”.
Y yo pensé
en aquel niño, en aquel apóstol medio mártir conversando en
la comunión: “¡Ay! Diosito, hoy me pegó mi papá, pero
no importa, te lo ofrezco para que un día
sea tu amigo como yo!” ¡Cuántos casos de estos
yo les podría contar a ustedes!
Recuerdo que en otra ciudad,
hablando con un señor bastante joven, me decía esto:
- “Mire, padre, mi esposa y yo de jóvenes no
recibimos formación religiosa alguna, pero, desde que nuestro hijo esta
yendo a su colegio, nos está enseñando a rezar”.
Yo pensé que debía ser de Secundaria. Seguimos hablando y
hablando, y volvió a decir: - Mire, que nos enseña
a rezar el niño. - Y ¿cuántos años tiene el
niño? - Cuatro años, padre. - ¿Qué? ¿Cuatro años? ¡Claro! El niño
nunca había oído hablar de Dios en su casa, ni
rezar. Llegaba al colegio y la Miss. de Moral le
hablaba de Diosito, de rezar a la Virgen. Llegaba a
casa y decía: - “Papi, mami, ¿por qué no rezamos?” -
¡Pues, ponte a rezar! ¿Se imaginan a Dios y a
los ángeles viendo aquella escena: un niño de cuatro años
rezando y haciendo rezar a sus papás? Y hablando con
la esposa, decía: “Sí, padre, el otro día estaba con
la radio puesta, y me dijo: “Mami, no hemos rezado
el Rosario”. Bajé la radio, y nos pusimos a rezar”.
Claro, cada misterio para él era de un Ave María,
pero a la Virgen María le agradaba más este misterio
de un Ave María que las diez que muchos rezan
distraídamente. Ha sido el Apóstol más chiquito. Un día
fui al colegio, y le dije a la Directora: “Sin
decirle para qué, presénteme a este niño, pues me
quiero cuadrar”. Y allí lo tuve delante de mí,
un niño de tan solo cuatro años, pero un niño
que enseñaba a rezar a sus padres.
¡El mundo al
revés! Los padres deben educar a los hijos, sobre todo
en la religión. Pues ahora, no se sabe quién enseña
a quién. Yo al menos tengo no menos de treinta
o cuarenta casos de niños y niñas que han llevado
a sus papás a la Iglesia a rezar, a retiros.
Algunos papás han escrito una carta a su hijo dándoles
las gracias.
Si eres agradecido y, si Dios a ti te
libra del eterno dolor, ¿no podrías, no querrías hacer algo
por alguno de tus hermanos? Y, si eres alguno de
esos padres, madres de familia, ¡piénsalo! Si tú no salvas
a tus hijos, ¿quién los va a salvar: el chofer,
la criada? Tienen un solo padre y una sola madre,
y eres tú.
Por otra parte, el que salva un alma
salva la suya propia. Trabajar para los demás es la
mejor manera de trabajar para sí mismo, como la manera
de ser infeliz es ser un egoísta. Salva a los
demás, y te salvarás a ti mismo. Capta a otros
para el Reino de Dios, y te darán el boleto
gratis a ti. Por eso, podríamos concluir de esta manera:
O salvamos almas, o no haremos nada, no
seremos nada en la vida.
Quiero concluir con una petición: “Vengo
a pedirte una limosna a ti que puedes dármela, en
nombre de miles de jóvenes que no han sido tan
afortunados como tú, en nombre de cientos de muchachos y
de niños entre los doce y veinticinco años que intentaron
suicidarse y en nombre de los cientos de chicos y
chicas que no solo lo intentaron sino que se quitaron
la vida. Dame una limosna de esperanza para los
cientos de jóvenes entre los doce y veinticinco años, que
un día me han dicho llorando de desesperación: ¡No encuentro
sentido a mi vida!” Un muchacho de catorce años me
dijo un día: “¡Me quiero morir!”
Una limosnita de caridad
para los miles de gentes que no creen en Dios,
que no creen en nada, que viven sin ilusión, gente
sin esperanza que caminan por ahí sin rumbo. Una
limosnita, por amor de Dios. No te pido que me
des todo lo que tienes, dame un poquito de lo
que te sobra, las migajas de tu fe, de tu
esperanza, de tu ideal. Te pido una limosna en memoria
de los que han muerto en pecado mortal y se
han condenado para siempre. No te la pido para ellos,
ya que les llegaría demasiado tarde; te pido una
limosna de oración para los que están en la fila.
Una limosna para los que, hartos de la vida, se
la arrancaron violentamente, porque nadie les tendió la mano
a tiempo. Sé que estas muy ocupado, sé que tienes
muchas cosas que hacer; tan solo dame un minuto de
tu tiempo, una sonrisa, una palabra de aliento. Tú que
pareces feliz, dime: ¿crees que puedo ser feliz en este
mundo? Tú que te sientes tan sereno, ¿cómo le haces?
Tú que hablas de un Dios que te alegra
la vida, ¿podrá alegrar también la mía? Tú que pareces
tener un por qué vivir, ¿no quieres dármelo a mí?
Pero date prisa, porque ya estoy harto de seguir viviendo,
de seguir pudriéndome en esta vida sin sentido y, posiblemente,
si tardas, ya me habré ido al otro lado.
Una limosna
pequeña. Mira esta mano extendida, es mi mano, pero esta
mano representa a muchas manos, por ejemplo, la de aquel
que dijo: “Y sigo pensando en un Cristo Místico,
compuesto por cada uno de mis hermanos, y escucho
su voz que clama: “Tengo hambre y no me das
de comer, hambre de Dios. Tengo sed y no me
das de beber, sed de vida eterna. Estoy desnudo y
no me vistes, no me defiendes de mis enemigos. Y
me convenzo de que esta hambre de Dios puede convertirse
en desesperación, esta sed puede convertirse en rabioso frenesí, esta
desnudez puede llegar a ser muerte”.
Y, si das esa
limosna, en nombre de Dios y en nombre de todos
esos infelices, ¡gracias, muchas gracias! El mundo, tú mundo está
lleno de desgraciados, hambrientos, tristes, desesperados. ¡Una limosna por
amor de Dios para un desgraciado!”
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