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Retiro Espiritual | tema
Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
7o. Plática
Misericordia Divina. Hay que aprender a confiar en que Cristo nos ama.
 


Cristo te invita a mirar hacia adelante, a mirar el futuro de tu vida con una gran esperanza, porque tú eres un santo en potencia, eres un gran apóstol en potencia. Se puede, con Cristo se puede, y Él lo sabe muy bien. Hace falta querer, y ¿es tan difícil querer? ¿Y el pasado? El pasado déjalo en paz.

Reúne todas tus fuerzas y ponte a trabajar como en tus mejores tiempos. Todos hemos tenido buenos tiempos, y lo grande de nuestra vida es saber reeditar esos buenos tiempos. No mirarse tanto a sí mismo. Decía San Pedro: “He estado toda la noche pescando o tratando de pescar, y no ha salido ni un pez, pero en tu nombre echaré las redes”. Y ya sabemos el resultado: se llenaron las redes y la barca de Pedro y de sus amigos casi se hundían por la pesca.

Hay que aprender a confiar en que Cristo nos ama. Sabemos hacer muchas cosas en la vida, pero qué poco sabemos confiar en Dios. Todo comienza si tú quieres, todo vuelve a empezar con la fuerza, la firmeza y con la frescura del primer amor.

Cristo siempre nos da una nueva oportunidad. Cristo nunca se cansará de nosotros. Nunca confiaremos lo suficiente y, menos aún, nos pasaremos de esa confianza.

Vamos a ver ahora eso en acción en el Evangelio contemplando una de las páginas maravillosas de ese libro.

Recordemos en primer lugar la parábola del Hijo Pródigo. Lo que hace el Padre y lo que hace el hijo. El hijo menor, un día malo, un día en que realmente no pensó como debía, fue a pedirle a su padre la parte de la herencia que le correspondía, y el padre les repartió a los dos hermanos la herencia.

Y, con una alegría muy honda pero también mala, reunió todo lo suyo y se largó. Se fue de casa con los bolsillos repletos, la cabeza llena de ilusiones y sintiéndose liberado, liberado de la obediencia a su padre, y diciendo: “Soy el rey, soy amo de mi vida, y voy a hacer lo que yo quiera”.

Y efectivamente, se dedicó inmediatamente a despilfarrar, a disfrutar, a gastar dinero con otros amigos -habría que ver qué amigos- y con otras amigas. De esta forma, en poco tiempo se quedó con el bolsillo vacío. Este bolsillo vacío fue el que le hizo tomar decisiones que nunca imaginó que habría de tomar. “¡Tengo hambre, tengo que trabajar si quiero comer!” Y fue a pedir trabajo. El trabajo que le ofrecieron fue realmente humillante; lo mandaron a cuidar cerdos. Dice textualmente el Evangelio que deseaba llenar su estómago con las bellotas que comían los cerdos, y nadie se las quería dar. Y así, un día y otro, con la cara triste y el alma llena de amargura, con el estómago vacío. En esa situación humillante encontró la iluminación. Encontró aquella decisión costosísima pero que le salvó la vida. Empezó a recordar cómo en la casa de su padre vivían todos con abundancia, incluso los trabajadores. Y pensó: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan en abundancia y yo me muero de hambre aquí! Volveré a mi Padre y le diré: Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo, pero admíteme por lo menos entre tus jornaleros”. Y así, un día, empujado por la necesidad y la nostalgia, tomó la decisión de regresar.

Le costó muchísimo, era muy dolorosa aquella llegada, aquel dejar todo lo que había soñado, regresar triste, casi con lo puesto, los bolsillos vacíos. Y, cuando esta llegando a la casa, sucedió lo siguiente: El padre lo vio y, conmovido por un amor extraordinario, corrió a su encuentro. El otro empezó su discursito, pero el padre casi no le oía, simplemente lo abrazaba, lo besaba. Se dio cuenta de cómo venía: descalzo, sucio, roto; y dijo a sus criados: “¡Pronto, tráiganle un vestido nuevo, unas sandalias nuevas y pónganle un anillo en el dedo!” Con esto quería decir que lo readmitía de nuevo a la familia. Y la orden fundamental: ¡Maten al becerro gordo y hagamos una fiesta! Y la razón hermosa: “porque este hijo mío se había perdido, y lo hemos encontrado; estaba muerto, y ha resucitado.” Y empezó la fiesta.

Y luego nos cuenta el Evangelio la llegada del hermano mayor que se enoja, que no quiere entrar, y el padre le dice las mismas palabras: “Deberías alegrarte, porque ese hermano tuyo se había perdido, y lo hemos encontrado; había muerto y ha resucitado”.
Este es el autorretrato de Dios pintado nada menos que por su propio Hijo, que es quien mejor lo conoce. Por lo tanto, cuando uno quiere ver el rostro de Dios, el corazón de Dios, debe asomarse a esa parábola del Hijo Pródigo, y allí verá, como en un espejo magnifico, cómo piensa y cómo ama ese Padre Celestial.

Exactamente lo mismo hace contigo. ¡Qué bien has hecho el hijo pródigo; con cuanta ilusión te largaste de la casa! Te fuiste y creías que ibas a ser muy feliz, y en realidad has sido un perfecto desgraciado; has criado puercos, es decir, has alimentado tus pasiones desordenadas, y tú también has padecido un hambre terrible y, quizás, en algún momento de lucidez, has recordado aquellos tiempos hermosos, tiempos en los que eras amigo de Dios, en los que eras feliz, y te han entrado ganas de regresar; y eso es un deseo magnífico. Allí, cuando uno cuida a los puercos, cuando sufre, cuando siente hambre, allí puede encontrar la mano amorosa de Dios, su voz que te dice: ¿Por qué no regresas? Y, si decides regresar, será una decisión maravillosa, la mejor que puedas tomar; regresar a Dios, regresar a la vida de antaño, regresar a la autentica felicidad. Sucederá lo mismo, el mismo abrazo, el mismo beso del Padre, que dirá también: pónganle un anillo al dedo y una túnica nueva y unas sandalias nuevas, y hagamos una gran fiesta, porque este hijo mío estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y lo hemos encontrado.

Dice Jesús que en el cielo hay más alegría por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. ¡Que fiesta, que abrazo, que alegría! ¡Y tú no se la quieres dar!
Vayamos a un segundo cuadro, el pasaje de Zaqueo. Zaqueo era un hombre pequeño de estatura, que por pura curiosidad quería saber quién era aquel hombre tan famoso, Jesús. Y, cuando entraba Él con una gran multitud en la ciudad de Jericó, se subió a un arbolito, a un sicómoro, precisamente para poderlo ver; era pura curiosidad. ¿Qué sucedió? La muchedumbre al verlo en alto, lo maldijo, le escupió como a un perro muerto.

Jesús podía haber dado un rodeo para evitarse complicaciones; podía haber pasado debajo del árbol, y no mirarle. Pero Jesús pasó cerca de él y le llamó por su nombre: “Zaqueo, baja pronto, porque quiero hospedarme en tu casa”. La invitación le llenó de tanta satisfacción a Zaqueo, que corrió, efectivamente, a su casa y mandó preparar un auténtico banquete con invitación para todos sus amigos y los que quisieran entrar. Entonces, fue la gente la que empezó a murmurar de Jesús: ¡Va a comer con un pecador! Ya ven que cuando uno murmura de los hijos, acaba murmurando del padre de ellos, y así, el que ofende, el que tira piedras a sus hermanos, también un día las tirará al rostro de Dios.

Por eso, los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo son inseparables; no se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y el que ama al prójimo no puede menos que amar a Dios.

Estando a la mesa, Zaqueo estaba tan feliz -me lo imagino todo coloradote, contento, con unos ojos brillantes, chispeantes- que de repente manda callar a todos y dice a Jesús: “Estoy tan contento de que hayas venida a mi casa que voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, -admiración y murmullos entre los comensales- y si a alguno le he robado -¿a cuántos no les habría robado?- le voy a devolver cuatro veces más”.

Esto era extraordinario, porque Zaqueo era un avaro y, cuando decía estas cosas, estaba realmente cambiado y convertido. ¡Y todo por una simple invitación a comer! Cuánta enseñanza tenemos aquí para aquellos predicadores, que, incluso, maldicen a los ricos, que los ponen en evidencia. Yo me preguntaría: ¿de dónde han sacado esa enseñanza? No ciertamente de Jesús.

Jesús dio como consigna para salvar a los ricos: “Hay que llegarles por el corazón, no maldiciendo su conducta”. Hallándose Jesús en casa de Lázaro con sus dos hermanas, María quiso hacerle un agasajo y, según la costumbre de la época, tomó un pomo de perfume de nardo verdaderamente precioso, y muy caro, y lo derramó sobre los pies de Jesús. A nosotros nos parece un gesto curioso, era típico de la época. El perfume llenó la casa y los apóstoles empezaron a pensar: “Eso se podría haber vendido por mucho dinero. Judas calculó el precio: “¡Se podría haber vendido este perfume por trescientos denarios y haberlo dado a los pobres!” ¡Qué bonito suena eso! Parece una escena muy moderna que se ha dado también aquí. Y el bueno de san Juan explica: “Esto lo decía no porque le interesaran los pobres, sino porque era ladrón y teniendo la bolsa hurtaba lo que caía en ella”.

Si a mí me dijeran que la Madre Teresa de Calcuta amaba a los pobres, lo creo; si a mí me dijeran que tantos buenos hombres y mujeres que se desviven por los más necesitados aman a los pobres, les creo; pero, yo no creo a muchos otros que se adornan con la causa de los pobres y que van a muchos congresos para hablar del asunto, y los pobres les tienen sin cuidado.

En tu caso, Jesús también quiere invitarse a tu mesa, a la mesa de tu vida, para que sientas lo que es un Dios sentado junto a ti, amándote; y ojalá tú también, como Zaqueo, puedas decirle cosas semejantes que te salgan del corazón: “Señor, estoy tan contento de que hayas venido a mi vida y la hayas llenado de perdón, de amor y de misericordia, que voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, voy a hacer apostolado, voy a cambiar, voy a pasarme a tus filas”.

En estos ejercicios realmente Él te ha invitado a la mesa de su palabra, de sus gracias, de su Sagrario. Hoy ha llegado también la salvación a tu casa, a tu vida, como le dijo a Zaqueo. Y que Dios pueda decirte esas palabras es algo verdaderamente trascendente: “¡Hoy ha llegado la salvación a esta casa!” Cuántas veces he escuchado estas palabras de Jesús dichas a un alma durante los ejercicios, y he visto los ojos de alegría y el rostro feliz, con lágrimas, y cómo un alma se transformaba.

Un tercer pasaje sería el del buen ladrón. Recuerden aquellos dos ladrones que iban con Jesús al Calvario: Los dos maldecían, los dos decían improperios y pensaban que Jesús era un tonto, o poco menos que eso; Jesús soporta en silencio y con misericordia los insultos, le mueve poco a poco el corazón. Este hombre era testigo de lo que allí ocurría. No cabe duda que ver a la Virgen María encontrándose con su Hijo Jesús era para partir el corazón más duro, y efectivamente eso sucedió.

Ver a Jesús con aquella paciencia heroica, aguantando todos aquellos insultos de la plebe podía convencer a alguien y este alguien fue este malhechor. Para tomar vuelo, primero se encaró con su compañero diciéndole: “Cállate la boca; tú y yo merecemos todo esto, pero Él no”, Luego se animó a mirar a Jesús para hacerle esta súplica: -no cabe duda que fue la oración y las palabras más maravillosas que salieron de aquella boca pecadora- “Señor, acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino” -. No sé cuanto tiempo pasó hasta que llegó la respuesta de Jesús; posiblemente un segundo, porque la misericordia estaba totalmente abierta a trasmitirse a los pecadores. Y, mirándole con una ternura infinita al mismo tiempo que con un dolor inmenso, le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Hoy, no mañana. Estarás conmigo: en el sentido de amistad, de cercanía, de estar con la persona que le hablaba. En el Paraíso, es decir, en el cielo.
Y sabemos que este hombre ganó el cielo, lo robó durante las últimas horas de su vida. Adivinó la misericordia de Dios, adivinó que Dios lo podría perdonar, y no se equivocó.

¡Lástima del otro que podía haber hecho después la misma petición, sabiendo cómo le había respondido Jesús, y podía también haberle dicho: “Acuérdate también de mí, Señor, cuando estés en tu Reino”. De seguro hubiera recibido la misma respuesta: “Tú también estarás conmigo en el Paraíso”.
Con qué satisfacción hubiera ido Cristo a la muerte llevándose a sus dos compañeros de suplicio a la felicidad eterna. Pero solo se llevó a uno, y se quedó con las ganas de llevarse al otro.

¿No sucederá así con la humanidad? ¿No sucederá que algunos, aunque sea al final, tienen ese poco de humildad y arrepentimiento para pedir esa gracia, y la obtienen, y se van al cielo? Pero otros, ni siquiera al final, son capaces de doblar la rodilla, el alma, para decir: ¡Acuérdate de mí!

Tú sabes que cuentas con ese amor de Jesucristo toda la vida hasta el último instante. Tú sabrás lo que haces; tu sabrás si vas a ser capaz algún día de doblar la rodilla y decir: “me arrepiento”, y de pedir como aquel ladrón: “acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.”

Otro caso es el del apóstol Pedro. Fíjense lo que significa que el Vicario de Cristo le niegue públicamente tres veces; eso lo hizo Pedro, llevado por el temor porque había una criada y unos hombres allí a la lumbre, y no eran ni siquiera soldados.

Jesús le dirige una mirada. ¡Qué habría en aquella mirada, cuanto amor, cuanto dolor, cuanta misericordia, cuanto anhelo de recuperar a su Apóstol! Esa mirada le cayó a Pedro como un chubasco, como una tormenta que descargara agua sobre su alma, y salió fuera y lloró su pecado amargamente como un niño.

Podía haberle dicho Jesús: “Me has fallado demasiado, Pedro, y ya no puedes seguir como mi primer Vicario; voy a dar ese cargo a Juan que ha sido bastante más fiel que tú...y no pasó eso. Le exigió solamente una penitencia muy simple: Preguntarle tres veces ¿Me amas?, y escucharle tres veces “Tú sabes que te quiero”. Después de cada respuesta Jesús añadía: “Apacienta mis ovejas”, que era como decir: “ te reconfirmo en el cargo de pastor”.

Él pide solamente amor y lo pide -da la impresión- como un mendigo. Pide tu amor, y yo me pregunto: ¿Qué vale tu amor para Dios? Pero yo no soy nadie para decir lo que vale, porque Dios te lo pide, lo mendiga, lo suplica, y debe ser terrible no darle ese amor, ese amor verdaderamente pobre, a Dios que es el Amor con mayúscula.

Y quisiera ahora detenerme en el pasaje de María Magdalena: porque en él se manifiesta de forma muy especial la misericordia de Dios. Cualquiera puede contar la historia de una mujer de mala vida. Eso era María Magdalena. Probablemente -y sin probablemente- ella de chica fue buena, y empezó por los caminos el amor, como todas las mujeres y todos los hombres; empezó amando y terminó pecando; porque es tan fácil dar un traspié. Sin duda, si hubiera habido concursos de belleza, ella hubiera ganado alguno: el de Miss. Magdala, por ejemplo. Y, claro, se sentía muy admirada y muy envidiada, y mucha gente la seguía; engatusó a muchos hombres con los cuales ofendió a Dios.

Pero la belleza pasa, como las flores, y no me extraña que, cuando ella ya no era tan joven y veía que otras bellezas más frescas la superaban y le ganaban la clientela, empezara a sentirse mal consigo misma. No me extraña que pasara por su mente la idea del suicidio, como ha pasado, por ejemplo, con muchas personas famosas, artistas, que han terminado así, dándose un tiro, colgándose o simplemente tomándose unas pastillas para acabar con todo.

Un día escuchó un chisme, el chisme de la mujer adúltera. Brevemente nos lo cuenta el Evangelio de San Juan. Los fariseos, siempre eran ellos, toman a una mujer sorprendida en adulterio, se la llevan allí como si fuera un perro o un trapo, y le dicen: “Maestro, traemos aquí un caso muy grave: esta mujer ha sido sorprendida en adulterio, y tú sabes que Moisés mandó apedrear a estas mujeres, ¿qué es lo que tú dictaminas? Jesús se hizo el desentendido, como algunos alumnos en la clase, se puso a escribir quién sabe qué cosa en la tierra, y le dijeron: “No te hagas el distraído. ¿Qué dices?” Jesús respondió nada más así: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, y siguió escribiendo en el suelo. Y lástima de cámara in fraganti para captar la escena, pues empezaron a marcharse todos, comenzando por los más viejos, los que más pecados tenían, y al final se quedó ella sola con Jesús. -“¿Dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?- - Nadie, señor-. Y le dice Jesús: -“Yo tampoco te condeno, vete y no vuelvas a pecar”-. No le dice: “No has hecho nada, todo ha sido por amor; no pasa nada”, sino “ no vuelvas a pecar, pero yo no te condeno”.

No me extraña que fueran del mismo club estas dos mujeres. Al encontrarse, María Magdalena vio en el rostro de su amiga una alegría nueva; y le dijo: -“¿Qué te pasa? ¿Has usado un nuevo shampoo?- -¡No! Simplemente te quiero decir una cosa: ¿No has sabido de una mujer a quienes los fariseos querían apedrear...?- María comentó: -¡No me digas! ¿Tú eres esa mujer?- - ¡La misma!- -Y mira, María, te recomiendo que vayas con Jesús de Nazaret; yo ya dejé esa vida, no puedo seguir; me dijo: ¡No vuelvas a pecar! Yo tampoco te condeno”. María, hazme caso, ahora sí como buena amiga.-

Ella quedó muy inquieta. No me extraña que fuera a oír a Jesús cuando predicaba a la gente, quedándose en la última fila con la cara cubierta. Jesús, que sabía que allí había una futura santa, seguramente habló del Hijo Pródigo o de la e la Oveja perdida, y le llegó al corazón.

Y así, un día que a Jesús le habían invitado a comer en casa de un fariseo, llamado Simón, de pronto abre la puerta, entra y va a donde esta Jesús; rompe a llorar, abre un frasco de perfume precioso que traía, le unge los pies, los seca con la cabellera, los besa, y no dice más. Ella no hacía sino llorar, y llorar. De allí viene el dicho de llorar como una Magdalena.

Y el escándalo que se armó. Simón pensó en sus adentros: “Si éste fuera profeta, sabría que clase de mujer lo está tocando, porque es una pecadora.” Jesús, que leía los pensamientos, le dijo: -“Simón, tengo algo que decirte”-. El otro muy modosito le contestó: -“ Dime, Señor...”- Le cuenta un cuento inocente pero que llevaba curva... -“Mira, tengo por ahí una cuestión que no acabo de entender; había un señor que tenía dos deudores, uno le debía 500 denarios y otro le debía 50. Y un día que andaba de buenas, dijo:” No me deben nada, rompan las facturas y váyanse tranquilos.” ¿Quién de los dos estará mas agradecido?” Si a un niño de preprimaria le hubieran hecho la pregunta, hubiera respondido bien. Él respondió: -“Supongo que aquél a quien perdonaron más”.- -“Has respondido muy bien”-. Y ahora viene la curva... -“¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para los pies, y ella, en cambio, ella la mala, la pecadora, ha lavado mis pies con sus lágrimas...- Ya cambió de color el bueno de Simón. Segundo detalle de cortesía que él no había hecho: -” Tú no me diste el beso de paz en la cara, ella en cambio ha besado mis pies”.- Tercer detalle: -“No me has dado un perfume -como se solía hacer-; ella en cambio ha ungido mis pies con ungüento. Por lo cual te digo: se le perdonan sus muchos pecados -yo los conozco muy bien- porque ha amado mucho”.-

Y, dirigiéndose a ella, le dijo estas palabras, maravillosas palabras, dichas por Dios: “Tu fe te ha salvado, tus pecados están perdonados”. Y la mujer se fue, y se fue con diez años menos, con una alegría infantil, pensando: “¡Cuanta razón tenía mi amiga! ¡Qué bueno que he estado con Jesús¡ Nunca jamás volveré a ser la misma. No quiero ser la misma, comienzo una nueva vida”.

Yo he escuchado esta mismas palabras tantas veces, y las he escuchado con una inmensa alegría interior.

¿Qué hace Jesús? Tres cosas. Primera: perdona. Y perdonar para Dios es la cosa más maravillosa y divina. Segunda: defiende al pecador. Si alguien se hubiera atrevido a correr a esta mujer, le hubiera dicho Jesús: “A ver, Inocencio, ven acá, que te voy a decir los pecados de tu infancia, de tu adolescencia, de tu juventud y de tu edad adulta”. Por eso nadie se atrevió. Y tercera: rehabilita al pecador, es decir, como si nada hubiera pasado.

Ciertamente María Magdalena le pudo decir: “¿Señor, me permites, ir en tu Iglesia en primera fila? Jesús le hubiera dicho: “Recuerda lo que has sido; sí te admito en mi Iglesia... pero en la última fila, y que nadie lo note”. No, Jesús le dijo: “¿Te atreves, quieres ir en primera fila? ¡Tienes mi permiso!”

Este permiso se lo ha dado a miles de hombres y mujeres que fueron primero grandísimos pecadores. A Dios no se le cae la cara de vergüenza de presumir que tiene como grandes amigos a personas que fueron ladrones, prostitutas, avaros como Zaqueo, como María Magdalena y otros; y ha sacado de ellos unas joyas de hombres y mujeres realmente envidiables.

¿Qué hace María Magdalena? María Magdalena primero había dedicado los dones que Dios le había obsequiado: su belleza, su inteligencia, sus mañas femeninas, todo para pecar, para ofender a Dios. Si Dios la hubiera hecho coja, manca, leprosa, etc. no hubiera podido ofenderlo. Y aquí viene un recuerdo para las mujeres y también para los hombres ante la constatación de sus cualidades físicas, intelectuales, humanas y espirituales ¿Cómo reaccionas? ¿Das las gracias? ¿O Utilizas esos dones para ofender a quien te los dio?

Ahora estaba utilizando esos mismos dones para amor a Dios: Su perfumería: ahora ya no la utiliza por vanidad; ahora está ungiendo los pies de Jesús, del Salvador. Aquellos labios que habían dado tantos besos pecaminosos estaban ahora besando los pies más maravillosos que han pisado nuestros caminos, los del Hijo de Dios: aquellos pies que serían después clavados en una cruz por aquellos fariseos que se atrevían a tirar piedras a las adúlteras y tirar piedras al mismo Dios. Su cabellera que había sido pura vanidad, ahora no le importó utilizarla como una toalla para secar los pies de Jesús. Y, sobre todo, su corazón, que había amado tanto pero tan mal, de ahora en adelante se dedicaría a amar a Dios y a los hombres con aquella fuerza y más aún, de la forma más pura, como una auténtica santa.

¡Claro! Simón de esto no entendía nada, criticaba este gesto, ¿pero qué entendía él? Jesús veía a esta pecadora que le decía: “¡Mira, Señor, nosotros los pecadores te necesitamos; yo vengo en representación de todos y de todas las que te han ofendido, y vengo a besar esos pies que luego van a atravesar unos clavos, y vengo a ungirlos para la sepultura y vengo a besarlos! ¿Cómo podía Dios, que ve los corazones, rechazar un acto de amor tan puro, tan maravilloso que nunca tendrían Simón y sus compañeros? Y por eso le dice: “ Tu fe te ha salvado; se le perdonan sus muchos pecados porque ha amado mucho”. Esta es la reacción de Jesús.

Debo ser capaz de decirle: “¡Te amo! ¡Te amo locamente, agradecidamente, Jesucristo! Porque me has amado desde siempre, de forma personal e infinita; porque me has perdonado todo; porque eres verdaderamente una misericordia maravillosa! Y debo preguntarle a Zaqueo, a María Magdalena: ¿Qué viste? ¿Qué sentiste? ¡OH felices..! Señor, hazme sentir lo mismo; omnipotente ante las dificultades, decidido hasta la muerte, infinitamente feliz de tu amor; y hazme sentir un total rechazo a una vida sin amor, que eso es la vida de pecado.
No quiero sentir lo que sintió Tomás, tu apóstol, cuando decía: “Si no meto mis manos.., si no meto mis dedos...”, sino lo que sintió el mismo apóstol cuando dijo, de rodillas, estas otras palabras: “Señor mío y Dios mío”. Déjame tocar tus llagas, la herida de tu costado, no porque me falte fe, sino para comprobar que no eres de cartón o de espuma, sino de carne y hueso, y que tienes un corazón que late de amor por mí.

Yo necesito experimentarte, Señor, como la verdad de mi vida, la alegría de mi juventud, el amor más entrañable que se ha cruzado en mi camino. Yo necesito saber, al menos una vez en la vida, lo que es creer en ti como Tomás, para decirte con la misma fuerza que él: “Señor mío y Dios mío”. Yo necesito aquellas lágrimas de María Magdalena mientras lavaba tus pies; necesito sentirme perdonado como ella; necesito experimentar el rechazo más absoluto hacia una vida de pecado, tibieza y apatía; y, sobre todo, experimentar un deseo infinito, total, eterno, de amarte, de cambiar, de ser distinto.

María deseó ardientemente ser aquella mujer santa que logró ser después. Quiero desear ardientemente ser ese cristiano, ese apóstol que tu soñaste y yo también sueño, para luego serlo, para luego realizarlo. Necesito tener la generosidad de Zaqueo cuando decía: doy la mitad de mis bienes a los pobres. ¿Qué se siente cuando uno dice cosas semejantes? O mejor aun, ¿qué hay que experimentar y vivir, y sentir para poder decir cosas semejantes también yo?





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