Cristo te invita a mirar hacia adelante, a mirar el
futuro de tu vida con una gran esperanza, porque tú
eres un santo en potencia, eres un gran apóstol
en potencia. Se puede, con Cristo se puede, y Él
lo sabe muy bien. Hace falta querer, y ¿es tan
difícil querer? ¿Y el pasado? El pasado déjalo en paz.
Reúne
todas tus fuerzas y ponte a trabajar como en tus
mejores tiempos. Todos hemos tenido buenos tiempos, y lo grande
de nuestra vida es saber reeditar esos buenos tiempos.
No mirarse tanto a sí mismo. Decía San Pedro: “He
estado toda la noche pescando o tratando de pescar, y
no ha salido ni un pez, pero en tu nombre
echaré las redes”. Y ya sabemos el resultado: se llenaron
las redes y la barca de Pedro y de sus
amigos casi se hundían por la pesca. Hay que aprender
a confiar en que Cristo nos ama. Sabemos hacer muchas
cosas en la vida, pero qué poco sabemos confiar en
Dios. Todo comienza si tú quieres, todo vuelve a empezar
con la fuerza, la firmeza y con la frescura
del primer amor.
Cristo siempre nos da una nueva oportunidad.
Cristo nunca se cansará de nosotros. Nunca confiaremos lo suficiente
y, menos aún, nos pasaremos de esa confianza.
Vamos a ver
ahora eso en acción en el Evangelio contemplando una de
las páginas maravillosas de ese libro.
Recordemos en primer lugar la
parábola del Hijo Pródigo. Lo que hace el Padre y
lo que hace el hijo. El hijo menor, un día
malo, un día en que realmente no pensó como debía,
fue a pedirle a su padre la parte de la
herencia que le correspondía, y el padre les repartió
a los dos hermanos la herencia.
Y, con una alegría
muy honda pero también mala, reunió todo lo suyo y
se largó. Se fue de casa con los bolsillos repletos,
la cabeza llena de ilusiones y sintiéndose liberado, liberado de
la obediencia a su padre, y diciendo: “Soy el rey,
soy amo de mi vida, y voy a hacer lo
que yo quiera”.
Y efectivamente, se dedicó inmediatamente a despilfarrar, a
disfrutar, a gastar dinero con otros amigos -habría que
ver qué amigos- y con otras amigas. De esta forma,
en poco tiempo se quedó con el bolsillo vacío. Este
bolsillo vacío fue el que le hizo tomar decisiones que
nunca imaginó que habría de tomar. “¡Tengo hambre, tengo que
trabajar si quiero comer!” Y fue a pedir trabajo. El
trabajo que le ofrecieron fue realmente humillante; lo mandaron a
cuidar cerdos. Dice textualmente el Evangelio que deseaba llenar su
estómago con las bellotas que comían los cerdos, y nadie
se las quería dar. Y así, un día y otro,
con la cara triste y el alma llena de amargura,
con el estómago vacío. En esa situación humillante encontró la
iluminación. Encontró aquella decisión costosísima pero que le salvó
la vida. Empezó a recordar cómo en la casa de
su padre vivían todos con abundancia, incluso los trabajadores. Y
pensó: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan
en abundancia y yo me muero de hambre aquí! Volveré
a mi Padre y le diré: Ya no soy digno
de ser llamado hijo tuyo, pero admíteme por lo menos
entre tus jornaleros”. Y así, un día, empujado por la
necesidad y la nostalgia, tomó la decisión de regresar.
Le costó muchísimo, era muy dolorosa aquella llegada, aquel dejar
todo lo que había soñado, regresar triste, casi con lo
puesto, los bolsillos vacíos. Y, cuando esta llegando a la
casa, sucedió lo siguiente: El padre lo vio
y, conmovido por un amor extraordinario, corrió a su encuentro.
El otro empezó su discursito, pero el padre casi no
le oía, simplemente lo abrazaba, lo besaba. Se dio cuenta
de cómo venía: descalzo, sucio, roto; y dijo a sus
criados: “¡Pronto, tráiganle un vestido nuevo, unas sandalias nuevas y
pónganle un anillo en el dedo!” Con esto quería decir
que lo readmitía de nuevo a la familia. Y la
orden fundamental: ¡Maten al becerro gordo y hagamos una fiesta!
Y la razón hermosa: “porque este hijo mío se había
perdido, y lo hemos encontrado; estaba muerto, y ha resucitado.”
Y empezó la fiesta.
Y luego nos cuenta el Evangelio
la llegada del hermano mayor que se enoja, que no
quiere entrar, y el padre le dice las mismas palabras:
“Deberías alegrarte, porque ese hermano tuyo se había perdido, y
lo hemos encontrado; había muerto y ha resucitado”. Este
es el autorretrato de Dios pintado nada menos que por
su propio Hijo, que es quien mejor lo conoce. Por
lo tanto, cuando uno quiere ver el rostro de Dios,
el corazón de Dios, debe asomarse a esa parábola del
Hijo Pródigo, y allí verá, como en un espejo magnifico,
cómo piensa y cómo ama ese Padre Celestial.
Exactamente lo
mismo hace contigo. ¡Qué bien has hecho el hijo pródigo;
con cuanta ilusión te largaste de la casa! Te fuiste
y creías que ibas a ser muy feliz, y en
realidad has sido un perfecto desgraciado; has criado puercos, es
decir, has alimentado tus pasiones desordenadas, y tú también has
padecido un hambre terrible y, quizás, en algún momento de
lucidez, has recordado aquellos tiempos hermosos, tiempos en los que
eras amigo de Dios, en los que eras feliz, y
te han entrado ganas de regresar; y eso es un
deseo magnífico. Allí, cuando uno cuida a los puercos, cuando
sufre, cuando siente hambre, allí puede encontrar la mano amorosa
de Dios, su voz que te dice: ¿Por qué no
regresas? Y, si decides regresar, será una decisión maravillosa, la
mejor que puedas tomar; regresar a Dios, regresar a la
vida de antaño, regresar a la autentica felicidad. Sucederá lo
mismo, el mismo abrazo, el mismo beso del Padre, que
dirá también: pónganle un anillo al dedo y una túnica
nueva y unas sandalias nuevas, y hagamos una gran fiesta,
porque este hijo mío estaba muerto, y ha vuelto a
la vida; estaba perdido, y lo hemos encontrado.
Dice Jesús que
en el cielo hay más alegría por un pecador que
se convierte, que por noventa y nueve justos que no
necesitan convertirse. ¡Que fiesta, que abrazo, que alegría! ¡Y tú
no se la quieres dar! Vayamos a un segundo cuadro, el
pasaje de Zaqueo. Zaqueo era un hombre pequeño de estatura,
que por pura curiosidad quería saber quién era aquel hombre
tan famoso, Jesús. Y, cuando entraba Él con una
gran multitud en la ciudad de Jericó, se subió a
un arbolito, a un sicómoro, precisamente para poderlo ver; era
pura curiosidad. ¿Qué sucedió? La muchedumbre al verlo en alto,
lo maldijo, le escupió como a un perro muerto.
Jesús podía haber dado un rodeo para evitarse complicaciones; podía
haber pasado debajo del árbol, y no mirarle. Pero Jesús
pasó cerca de él y le llamó por su nombre:
“Zaqueo, baja pronto, porque quiero hospedarme en tu casa”. La
invitación le llenó de tanta satisfacción a Zaqueo, que corrió,
efectivamente, a su casa y mandó preparar un auténtico banquete
con invitación para todos sus amigos y los que quisieran
entrar. Entonces, fue la gente la que empezó a murmurar
de Jesús: ¡Va a comer con un pecador!
Ya ven que cuando uno murmura de los hijos, acaba
murmurando del padre de ellos, y así, el que ofende,
el que tira piedras a sus hermanos, también un día
las tirará al rostro de Dios.
Por eso, los dos mandamientos
del amor a Dios y al prójimo son inseparables; no
se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y
el que ama al prójimo no puede menos que amar
a Dios.
Estando a la mesa, Zaqueo estaba tan feliz
-me lo imagino todo coloradote, contento, con unos ojos brillantes,
chispeantes- que de repente manda callar a todos y dice
a Jesús: “Estoy tan contento de que hayas venida a
mi casa que voy a dar la mitad de mis
bienes a los pobres,
-admiración y
murmullos entre los comensales- y si a alguno
le he robado -¿a cuántos no les habría robado?- le
voy a devolver cuatro veces más”.
Esto era extraordinario, porque Zaqueo
era un avaro y, cuando decía estas cosas, estaba
realmente cambiado y convertido. ¡Y todo por una simple invitación
a comer! Cuánta enseñanza tenemos aquí para aquellos predicadores, que,
incluso, maldicen a los ricos, que los ponen en
evidencia. Yo me preguntaría: ¿de dónde han sacado esa enseñanza?
No ciertamente de Jesús. Jesús dio como consigna para
salvar a los ricos: “Hay que llegarles por el corazón,
no maldiciendo su conducta”. Hallándose Jesús en casa de Lázaro
con sus dos hermanas, María quiso hacerle un agasajo y,
según la costumbre de la época, tomó un pomo de
perfume de nardo verdaderamente precioso, y muy caro, y lo
derramó sobre los pies de Jesús. A nosotros nos parece
un gesto curioso, era típico de la época. El perfume
llenó la casa y los apóstoles empezaron a pensar: “Eso
se podría haber vendido por mucho dinero. Judas calculó el
precio: “¡Se podría haber vendido este perfume por trescientos denarios
y haberlo dado a los pobres!” ¡Qué bonito suena eso!
Parece una escena muy moderna que se ha dado también
aquí. Y el bueno de san Juan explica: “Esto lo
decía no porque le interesaran los pobres, sino porque era
ladrón y teniendo la bolsa hurtaba lo que caía en
ella”.
Si a mí me dijeran que la Madre Teresa de
Calcuta amaba a los pobres, lo creo; si a mí
me dijeran que tantos buenos hombres y mujeres que
se desviven por los más necesitados aman a los
pobres, les creo; pero, yo no creo a muchos otros
que se adornan con la causa de los pobres y
que van a muchos congresos para hablar del asunto, y
los pobres les tienen sin cuidado.
En tu caso, Jesús también
quiere invitarse a tu mesa, a la mesa de tu
vida, para que sientas lo que es un Dios sentado
junto a ti, amándote; y ojalá tú también, como Zaqueo,
puedas decirle cosas semejantes que te salgan del corazón: “Señor,
estoy tan contento de que hayas venido a mi vida
y la hayas llenado de perdón, de amor y de
misericordia, que voy a dar la mitad de mis bienes
a los pobres, voy a hacer apostolado, voy a cambiar,
voy a pasarme a tus filas”.
En estos ejercicios realmente Él
te ha invitado a la mesa de su palabra, de
sus gracias, de su Sagrario. Hoy ha llegado también la
salvación a tu casa, a tu vida, como le dijo
a Zaqueo. Y que Dios pueda decirte esas palabras es
algo verdaderamente trascendente: “¡Hoy ha llegado la salvación a esta
casa!” Cuántas veces he escuchado estas palabras de Jesús
dichas a un alma durante los ejercicios, y he visto
los ojos de alegría y el rostro feliz, con lágrimas,
y cómo un alma se transformaba.
Un tercer pasaje sería el
del buen ladrón. Recuerden aquellos dos ladrones que iban con
Jesús al Calvario: Los dos maldecían, los dos decían improperios
y pensaban que Jesús era un tonto, o poco menos
que eso; Jesús soporta en silencio y con misericordia los
insultos, le mueve poco a poco el corazón. Este hombre
era testigo de lo que allí ocurría. No cabe duda
que ver a la Virgen María encontrándose con su Hijo
Jesús era para partir el corazón más duro, y efectivamente
eso sucedió.
Ver a Jesús con aquella paciencia heroica, aguantando todos
aquellos insultos de la plebe podía convencer a alguien y
este alguien fue este malhechor. Para tomar vuelo, primero se
encaró con su compañero diciéndole: “Cállate la boca; tú y
yo merecemos todo esto, pero Él no”, Luego se animó
a mirar a Jesús para hacerle esta súplica: -no
cabe duda que fue la oración y las palabras más
maravillosas que salieron de aquella boca pecadora- “Señor, acuérdate
de mí, cuando estés en tu Reino” -. No
sé cuanto tiempo pasó hasta que llegó la respuesta de
Jesús; posiblemente un segundo, porque la misericordia estaba totalmente abierta
a trasmitirse a los pecadores. Y, mirándole con una ternura
infinita al mismo tiempo que con un dolor inmenso, le
dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Hoy, no mañana. Estarás
conmigo: en el sentido de amistad, de cercanía, de estar
con la persona que le hablaba. En el Paraíso, es
decir, en el cielo. Y sabemos que este hombre ganó
el cielo, lo robó durante las últimas horas de su
vida. Adivinó la misericordia de Dios, adivinó que Dios
lo podría perdonar, y no se equivocó.
¡Lástima del otro
que podía haber hecho después la misma petición, sabiendo cómo
le había respondido Jesús, y podía también haberle dicho: “Acuérdate
también de mí, Señor, cuando estés en tu Reino”. De
seguro hubiera recibido la misma respuesta: “Tú también estarás conmigo
en el Paraíso”. Con qué satisfacción hubiera ido Cristo a la
muerte llevándose a sus dos compañeros de suplicio a la
felicidad eterna. Pero solo se llevó a uno, y
se quedó con las ganas de llevarse al otro.
¿No
sucederá así con la humanidad? ¿No sucederá que algunos, aunque
sea al final, tienen ese poco de humildad y arrepentimiento
para pedir esa gracia, y la obtienen, y se van
al cielo? Pero otros, ni siquiera al final, son capaces
de doblar la rodilla, el alma, para decir: ¡Acuérdate de
mí!
Tú sabes que cuentas con ese amor de Jesucristo
toda la vida hasta el último instante. Tú sabrás lo
que haces; tu sabrás si vas a ser capaz algún
día de doblar la rodilla y decir: “me
arrepiento”, y de pedir como aquel ladrón: “acuérdate de mí
cuando estés en tu Reino.”
Otro caso es el del apóstol
Pedro. Fíjense lo que significa que el Vicario de Cristo
le niegue públicamente tres veces; eso lo hizo Pedro, llevado
por el temor porque había una criada y unos hombres
allí a la lumbre, y no eran ni siquiera soldados.
Jesús le dirige una mirada. ¡Qué habría en
aquella mirada, cuanto amor, cuanto dolor, cuanta misericordia, cuanto anhelo
de recuperar a su Apóstol! Esa mirada le cayó a
Pedro como un chubasco, como una tormenta que descargara
agua sobre su alma, y salió fuera y lloró su
pecado amargamente como un niño.
Podía haberle dicho Jesús: “Me
has fallado demasiado, Pedro, y ya no puedes seguir como
mi primer Vicario; voy a dar ese cargo a Juan
que ha sido bastante más fiel que tú...y no pasó
eso. Le exigió solamente una penitencia muy simple: Preguntarle tres
veces ¿Me amas?, y escucharle tres veces “Tú sabes que
te quiero”. Después de cada respuesta Jesús añadía: “Apacienta mis
ovejas”, que era como decir: “ te reconfirmo en el
cargo de pastor”.
Él pide solamente amor y lo pide -da
la impresión- como un mendigo. Pide tu amor, y yo
me pregunto: ¿Qué vale tu amor para Dios? Pero yo
no soy nadie para decir lo que vale, porque Dios
te lo pide, lo mendiga, lo suplica, y debe ser
terrible no darle ese amor, ese amor verdaderamente pobre, a
Dios que es el Amor con mayúscula.
Y quisiera ahora detenerme
en el pasaje de María Magdalena: porque en él se
manifiesta de forma muy especial la misericordia de Dios. Cualquiera
puede contar la historia de una mujer de mala vida.
Eso era María Magdalena. Probablemente -y sin probablemente- ella de
chica fue buena, y empezó por los caminos el amor,
como todas las mujeres y todos los hombres; empezó amando
y terminó pecando; porque es tan fácil dar un traspié.
Sin duda, si hubiera habido concursos de belleza, ella hubiera
ganado alguno: el de Miss. Magdala, por ejemplo. Y, claro,
se sentía muy admirada y muy envidiada, y mucha gente
la seguía; engatusó a muchos hombres con los cuales ofendió
a Dios.
Pero la belleza pasa, como las flores, y no
me extraña que, cuando ella ya no era tan joven
y veía que otras bellezas más frescas la superaban y
le ganaban la clientela, empezara a sentirse mal consigo misma.
No me extraña que pasara por su mente la idea
del suicidio, como ha pasado, por ejemplo, con muchas personas
famosas, artistas, que han terminado así, dándose un tiro, colgándose
o simplemente tomándose unas pastillas para acabar con todo.
Un día escuchó un chisme, el chisme de la mujer
adúltera. Brevemente nos lo cuenta el Evangelio de San Juan.
Los fariseos, siempre eran ellos, toman a una mujer sorprendida
en adulterio, se la llevan allí como si fuera un
perro o un trapo, y le dicen: “Maestro, traemos aquí
un caso muy grave: esta mujer ha sido sorprendida en
adulterio, y tú sabes que Moisés mandó apedrear a estas
mujeres, ¿qué es lo que tú dictaminas? Jesús se hizo
el desentendido, como algunos alumnos en la clase, se puso
a escribir quién sabe qué cosa en la tierra, y
le dijeron: “No te hagas el distraído. ¿Qué dices?” Jesús
respondió nada más así: “El que esté libre de pecado,
que tire la primera piedra”, y siguió escribiendo en el
suelo. Y lástima de cámara in fraganti para captar la
escena, pues empezaron a marcharse todos, comenzando por los más
viejos, los que más pecados tenían, y al final se
quedó ella sola con Jesús. -“¿Dónde están tus acusadores? ¿Nadie
te ha condenado?- - Nadie, señor-. Y le dice
Jesús: -“Yo tampoco te condeno, vete y no vuelvas a
pecar”-. No le dice: “No has hecho nada, todo ha
sido por amor; no pasa nada”, sino “ no vuelvas
a pecar, pero yo no te condeno”.
No me extraña que
fueran del mismo club estas dos mujeres. Al encontrarse, María
Magdalena vio en el rostro de su amiga una alegría
nueva; y le dijo: -“¿Qué te pasa? ¿Has usado
un nuevo shampoo?- -¡No! Simplemente te quiero decir una cosa:
¿No has sabido de una mujer a quienes los fariseos
querían apedrear...?- María comentó: -¡No me digas! ¿Tú eres esa
mujer?- - ¡La misma!- -Y mira, María, te recomiendo que
vayas con Jesús de Nazaret; yo ya dejé esa
vida, no puedo seguir; me dijo: ¡No vuelvas a pecar!
Yo tampoco te condeno”. María, hazme caso, ahora sí
como buena amiga.-
Ella quedó muy inquieta. No me extraña que
fuera a oír a Jesús cuando predicaba a la gente,
quedándose en la última fila con la cara cubierta. Jesús,
que sabía que allí había una futura santa, seguramente habló
del Hijo Pródigo o de la e la Oveja perdida,
y le llegó al corazón.
Y así, un día que
a Jesús le habían invitado a comer en casa de
un fariseo, llamado Simón, de pronto abre la puerta, entra
y va a donde esta Jesús; rompe a llorar, abre
un frasco de perfume precioso que traía, le unge los
pies, los seca con la cabellera, los besa, y no
dice más. Ella no hacía sino llorar, y llorar.
De allí viene el dicho de llorar como una Magdalena.
Y
el escándalo que se armó. Simón pensó en sus adentros:
“Si éste fuera profeta, sabría que clase de mujer lo
está tocando, porque es una pecadora.” Jesús, que leía los
pensamientos, le dijo: -“Simón, tengo algo que decirte”-. El otro
muy modosito le contestó: -“ Dime, Señor...”- Le cuenta un
cuento inocente pero que llevaba curva... -“Mira, tengo por ahí
una cuestión que no acabo de entender; había un señor
que tenía dos deudores, uno le debía 500 denarios y
otro le debía 50. Y un día que andaba de
buenas, dijo:” No me deben nada, rompan las facturas y
váyanse tranquilos.” ¿Quién de los dos estará mas agradecido?” Si
a un niño de preprimaria le hubieran hecho la pregunta,
hubiera respondido bien. Él respondió: -“Supongo que aquél a quien
perdonaron más”.- -“Has respondido muy bien”-. Y ahora viene la
curva... -“¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa, y
no me diste agua para los pies, y ella, en
cambio, ella la mala, la pecadora, ha lavado mis pies
con sus lágrimas...- Ya cambió de color el bueno de
Simón. Segundo detalle de cortesía que él no había hecho:
-” Tú no me diste el beso de paz en
la cara, ella en cambio ha besado mis pies”.- Tercer
detalle: -“No me has dado un perfume -como se solía
hacer-; ella en cambio ha ungido mis pies con
ungüento. Por lo cual te digo: se le perdonan sus
muchos pecados -yo los conozco muy bien- porque ha amado
mucho”.-
Y, dirigiéndose a ella, le dijo estas palabras, maravillosas palabras,
dichas por Dios: “Tu fe te ha salvado, tus pecados
están perdonados”. Y la mujer se fue, y se fue
con diez años menos, con una alegría infantil, pensando: “¡Cuanta
razón tenía mi amiga! ¡Qué bueno que he estado con
Jesús¡ Nunca jamás volveré a ser la misma. No quiero
ser la misma, comienzo una nueva vida”.
Yo he escuchado esta
mismas palabras tantas veces, y las he escuchado con una
inmensa alegría interior.
¿Qué hace Jesús? Tres cosas. Primera: perdona. Y
perdonar para Dios es la cosa más maravillosa y divina.
Segunda: defiende al pecador. Si alguien se hubiera atrevido a
correr a esta mujer, le hubiera dicho Jesús: “A
ver, Inocencio, ven acá, que te voy a decir los
pecados de tu infancia, de tu adolescencia, de tu juventud
y de tu edad adulta”. Por eso nadie se atrevió.
Y tercera: rehabilita al pecador, es decir, como si nada
hubiera pasado.
Ciertamente María Magdalena le pudo decir: “¿Señor, me permites,
ir en tu Iglesia en primera fila? Jesús le hubiera
dicho: “Recuerda lo que has sido; sí te admito en
mi Iglesia... pero en la última fila, y que nadie
lo note”. No, Jesús le dijo: “¿Te atreves, quieres ir
en primera fila? ¡Tienes mi permiso!”
Este permiso se lo
ha dado a miles de hombres y mujeres que fueron
primero grandísimos pecadores. A Dios no se le cae la
cara de vergüenza de presumir que tiene como grandes amigos
a personas que fueron ladrones, prostitutas, avaros como Zaqueo, como
María Magdalena y otros; y ha sacado de ellos unas
joyas de hombres y mujeres realmente envidiables.
¿Qué hace María Magdalena?
María Magdalena primero había dedicado los dones que Dios
le había obsequiado: su belleza, su inteligencia, sus mañas femeninas,
todo para pecar, para ofender a Dios. Si Dios la
hubiera hecho coja, manca, leprosa, etc. no hubiera podido ofenderlo.
Y aquí viene un recuerdo para las mujeres y también
para los hombres ante la constatación de sus cualidades físicas,
intelectuales, humanas y espirituales ¿Cómo reaccionas? ¿Das las gracias? ¿O
Utilizas esos dones para ofender a quien te los dio?
Ahora estaba utilizando esos mismos dones para amor a Dios:
Su perfumería: ahora ya no la utiliza por vanidad; ahora
está ungiendo los pies de Jesús, del Salvador. Aquellos labios
que habían dado tantos besos pecaminosos estaban ahora besando los
pies más maravillosos que han pisado nuestros caminos, los del
Hijo de Dios: aquellos pies que serían después clavados en
una cruz por aquellos fariseos que se atrevían a
tirar piedras a las adúlteras y tirar piedras al mismo
Dios. Su cabellera que había sido pura vanidad, ahora no
le importó utilizarla como una toalla para secar los pies
de Jesús. Y, sobre todo, su corazón, que había amado
tanto pero tan mal, de ahora en adelante se dedicaría
a amar a Dios y a los hombres con aquella
fuerza y más aún, de la forma más pura, como
una auténtica santa.
¡Claro! Simón de esto no entendía nada, criticaba
este gesto, ¿pero qué entendía él? Jesús veía a
esta pecadora que le decía: “¡Mira, Señor, nosotros los pecadores
te necesitamos; yo vengo en representación de todos y de
todas las que te han ofendido, y vengo
a besar esos pies que luego van a atravesar unos
clavos, y vengo a ungirlos para la sepultura y vengo
a besarlos! ¿Cómo podía Dios, que ve los corazones,
rechazar un acto de amor tan puro, tan maravilloso que
nunca tendrían Simón y sus compañeros? Y por eso
le dice: “ Tu fe te ha salvado; se le
perdonan sus muchos pecados porque ha amado mucho”. Esta
es la reacción de Jesús.
Debo ser capaz de decirle: “¡Te
amo! ¡Te amo locamente, agradecidamente, Jesucristo! Porque me has amado
desde siempre, de forma personal e infinita; porque me has
perdonado todo; porque eres verdaderamente una misericordia maravillosa! Y
debo preguntarle a Zaqueo, a María Magdalena: ¿Qué viste? ¿Qué
sentiste? ¡OH felices..! Señor, hazme sentir lo mismo; omnipotente
ante las dificultades, decidido hasta la muerte, infinitamente feliz de
tu amor; y hazme sentir un total rechazo a
una vida sin amor, que eso es la vida de
pecado. No quiero sentir lo que sintió Tomás, tu apóstol, cuando
decía: “Si no meto mis manos.., si no meto mis
dedos...”, sino lo que sintió el mismo apóstol cuando dijo,
de rodillas, estas otras palabras: “Señor mío y Dios mío”.
Déjame tocar tus llagas, la herida de tu costado, no
porque me falte fe, sino para comprobar que no eres
de cartón o de espuma, sino de carne y hueso,
y que tienes un corazón que late de amor
por mí.
Yo necesito experimentarte, Señor, como la verdad de
mi vida, la alegría de mi juventud, el amor más
entrañable que se ha cruzado en mi camino. Yo
necesito saber, al menos una vez en la vida, lo
que es creer en ti como Tomás, para decirte con
la misma fuerza que él: “Señor mío y Dios mío”.
Yo necesito aquellas lágrimas de María Magdalena mientras lavaba tus
pies; necesito sentirme perdonado como ella; necesito experimentar el rechazo
más absoluto hacia una vida de pecado, tibieza y
apatía; y, sobre todo, experimentar un deseo infinito, total,
eterno, de amarte, de cambiar, de ser distinto.
María
deseó ardientemente ser aquella mujer santa que logró ser
después. Quiero desear ardientemente ser ese cristiano, ese apóstol que
tu soñaste y yo también sueño, para luego serlo, para
luego realizarlo. Necesito tener la generosidad de Zaqueo cuando decía:
doy la mitad de mis bienes a los pobres. ¿Qué
se siente cuando uno dice cosas semejantes? O mejor aun,
¿qué hay que experimentar y vivir, y sentir para poder
decir cosas semejantes también yo?
Preguntas o comentarios al autor P. Mariano de
Blas LC
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