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Retiro Espiritual | tema
Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
8o. Plática
Llamamiento de Cristo. Si alguna vez lo vas a hacer, ¿por qué no ahora?
 


Estos ejercicios son un nuevo llamamiento de Cristo, una nueva oportunidad, una nueva invitación de Jesús para una vida mejor. No consideres que estos ejercicios espirituales son uno de tantos como los que has hecho en tu vida, porque Cristo nunca se repite; tiene sus sorpresas, sus gracias nuevas; es un nuevo paso de Cristo por tu vida, un llamamiento a la entrega total, a ser un apóstol más decidido, más programado; a volver a empezar una vez más, la definitiva, dejando ese lastre de mediocridad y poca generosidad que has venido quizás arrastrando.

Nunca es tarde para volver a empezar. En este sentido, les deseo que en estos ejercicios espirituales les ocurra algo que les decida, pero de verdad, algo que les tumbe del caballo de su soberbia, sensualidad, pereza, de su pesimismo.
¿Quién te llama? ¿Quién te invita? Aquel que ha dicho de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no anda en tinieblas”. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. “Soy la resurrección y la vida”. Quien puede decir estas palabras, o es un gran mentiroso, o es Dios.

“Yo soy el pan de la vida”. Creo que en medio de nosotros está uno a quien no conocemos, como no lo conocía la Samaritana. “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber; quién es el que te pide tu vida, tu corazón, todo lo que tú eres y tienes...” ¿Quién es Jesús? Aquél que puede llenar las más grandes aspiraciones de tu vida, resolver todos tus problemas; el que tiene en su mano el secreto de tu felicidad en esta vida y en la otra.

La persona que más te quiere en el mundo. Y realmente tenemos que creerlo, porque todos buscamos a esa persona; a cualquiera le interesa conocer, ver a la persona que más le quiere en el mundo, y esa persona se llama Jesucristo. Ojalá descubramos en Cristo todo esto, porque lo tiene y mucho más.

¡Señor, si es cierto que me quieres tanto, que yo lo vea, que lo sienta, que lo palpe y lo experimente; que no se me pase la vida ignorando que el Amor infinito, la Bondad infinita, la Hermosura misma me quería tanto, tanto como yo nunca me había atrevido a soñar!

Decía San Pablo con una convicción tremenda: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Ese mismo Cristo se ha dignado amarte a ti y alargarte la mano para pedirte algo: Dame tu corazón. Nos hace falta la experiencia que tuvieron los apóstoles en el Monte tabor. Decía San Pedro: “Qué bien se está aquí”. Todos hubiéramos dicho lo mismo, porque ¡claro! allí Jesús se manifestó como era, como Dios, sin el disfraz de la naturaleza humana. Y Pedro, tú y yo hubiéramos dicho lo mismo: ”¡Qué bien se está aquí!” Cuando estemos en el cielo, por misericordia de Él, lo primero que diremos será: ¡Qué bien se está aquí, y, además, para siempre!

Te llama aquél a quien han seguido y por quien han dado la vida miles y miles de santos, mártires, vírgenes, apóstoles. Siempre que bajo a las catacumbas de Roma, siente una profunda nostalgia, una gran pena y un fuerte estímulo, pensando: “Todos éstos sí, y yo todavía no; yo no soy nada, soy un mediocre. Estos dieron su vida por el mismo Cristo a quien yo sigo desde hace tiempo. ¿Qué pasa?”

Recuerdo que a Julio César ante una estatua de Alejandro Magno, en Sevilla, se le vio llorando, y le preguntaron: ¿por qué? ¿por qué ante esa estatua de Alejandro has llorado? Respuesta: “Por que él, a mis años, había conquistado el mundo, y yo todavía no he hecho ninguna conquista.”

¡Qué aleccionador es esto! Uno ve que los grandes jefes, los grandes militares tienen una persona a la que quieren imitar, que les inspira mucho. Jesús es el hombre que más inspira y más ha inspirado a millones. ¿Te inspira a ti lo que ha inspirado a los santos?

Ante esa fila incontable de mártires y santos uno también tendría que llorar. Tarsicio, a los doce años, era ya mártir de la Eucaristía; san Agustín a los 31 años se decidió a ser santo, y lo fue; María Goretti a los diez años mártir de la pureza; Teresita a los 26 años muere como una religiosa santa y patrona de las misiones. Y así un número infinito de almas grandes. Tú tienes tantos años. ¿Qué eres? ¿Qué has hecho?

Por lo menos recuerdo a dos hombres que un día se hicieron la misma pregunta: Ignacio de Loyola y Francisco de Sales. Ignacio, después del sitio de Pamplona, cuando una bala de cañón le rompió la pierna, tuvo que estar en convalecencia no sé cuantos meses allí en Loyola. En la biblioteca de la casa había sólo libros de santos, a él no le gustaba leerlos, pero no tenía otra cosa que leer. Pensaba “¡Vaya locos!”. Siguió leyendo hasta decir: “Puede que no estén tan locos”.
Avanzando en la lectura llegó a la conclusión de que “el loco soy yo, no ellos”.

Y tímidamente se preguntaba: ¿podría ser yo como uno de ellos? Pero no se animaba. Poco a poco, viendo cómo otros habían pasado las mismas dificultades que él, llegó un día a decir: “Puedo ser uno de ellos y lo voy a ser”. Ése es San Ignacio de Loyola.
Si ellos hubieran pensado lo que tú a veces, que eso no es para ti, hoy no serían santos. Hubo un momento en su vida que, como tú y como yo, no eran nada; eran unos cobardes y unos mediocres; pero también hubo un día en que se decidieron, y lo lograron.

¿Llegará un día también en tu vida?
Decía Agustín a los que no se querían convertir: Si alguna vez lo vas a hacer, ¿por qué no ahora? ¿Por qué no ahora, en estos ejercicios espirituales? Ellos, tú y yo seguimos al mismo Cristo. ¿Qué pasa, entonces, que a ellos Cristo les llenaba plenamente, les enloquecía, podría pedirles lo que fuera, y a ti te dice tan poco ese Cristo? ¿Para qué quieres un Cristo que no te llena, que no te hace feliz, que no te resuelve los problemas y no te llena el corazón?

¿Quién es Jesucristo? Quiero a través de las palabras de un sacerdote santo explicar qué es, quién es Jesucristo. Dice él: “Cristo es mi Dios, mi gran amigo, mi compañero, mi padre, mi grande y único amor y la única razón de mi existencia”.

Cristo es mi Dios. El alma se pierde en ese infinito: Creador del mundo, el Señor de la historia, el amigo de los patriarcas, de los Profetas, el Redentor del mundo, ése es mi Dios.

Cristo es el rostro de Dios, el amor de Dios, el perdón, la ternura de Dios para conmigo. Cristo es mi Dios y mi todo; Él es mi herencia, mi pasión, mi destino y mi premio final en la eternidad.

Cristo es mi Dios. El Dios que encuentro por doquier: en una flor, en un amanecer, en mis hermanos, en la Eucaristía; Cristo es el Dios mío, el amor mío, la gloria mía, la felicidad mía. Sólo Él existe en mi camino; de Él vengo, hacia Él voy, y, cogido de su mano, camino por la vida hacia la patria celestial. “Sólo Dios, hijos, sólo Dios; Dios sana las heridas más dolorosas, consuela las penas más profundas, alegra los más tristes momentos de la vida. Dios comprende todo nuestro ideal, Dios embellece los campos, y hace cantar a los pajarillos. Dios es el objeto digno de nuestro amor, es amigo, padre, hermano; Dios nunca falta; Dios es fiel”.

Cristo es mi gran amigo: El amigo de mi alma; el amigo fiel de los días malos, y de los días felices. El que comparte conmigo su vida y su palabra y sus grandes anhelos, y el que alterna el amor de un Dios con el de un pobre pecador.

Él es el gran amigo, yo el pequeño embustero; Él es todo, yo no soy nada; Él es la luz, y yo la oscuridad; Él Dios, y yo su criatura; Él, el Señor, y yo su siervo. Pero es mi gran amigo: me lo ha dicho, me lo ha demostrado: yo le importo, Él me busca, Él me quiere. Cristo es mi gran amigo. Yo quiero ser su amigo, también, felizmente y para siempre.

Cristo es mi compañero. Siempre hemos caminado juntos, codo con codo, a veces cargándome, cuando ya no podía seguirle. Él ha secado mis lágrimas, ha lavado mis pies polvorientos; mi dura existencia se ha vuelto más llevadora por su dulce compañía. Hemos sufrido juntos todos los Getzemanís y Calvarios. Yo he querido ayudarle con la cruz, pero ha sido Él quien se ha convertido en mi gran Cirineo. Juntos también hemos vivido los triunfos de su Iglesia; juntos hemos caído en el mismo surco, para también florecer juntos en esa Iglesia que es suya y es mía al mismo tiempo.

Cristo es mi Padre: la palabra grande que hace explotar el corazón del hombre y que enternece el corazón de Dios. ¡Padre santo, Padre mío! Me das la vida, el cariño, la ternura del mejor de los padres. Yo soy el hijo pródigo, pero el hijo amado, acariciado y protegido por mi Padre Dios.

“Te amo y me estremezco en mi pequeñez, porque me has amado desde el principio de todo tiempo, con un amor determinado, personal, enclavado en un mundo sangrante, a pesar de la pobreza de mis dones”. Padre nuestro, Padre mío que estás en los cielos y en mi vida, en mis dolores y alegrías, sobre todo en mis dolores.

Cristo es mi grande y único amor: Hay en mi vida un gran amor, un único amor que se llama Jesucristo; un amor más fuerte que la muerte, un amor que nació en la niñez, que creció incontenible con el paso de los años hasta convertirse en la pasión de mi vida. ¿Quién me arrancará del amor a Cristo? Y nos sigue diciendo este hombre santo: “Quisiera que Dios repitiera con ustedes lo que hizo conmigo: pues antes de que pudiera defenderme contra el hechizo de su llamado, contra su amor devorador, caí sojuzgado”.

Termina diciendo: Cristo es la única razón de mi existencia. Sin Él mi vida no tendría ningún sentido, ninguna utilidad. La vida sin Cristo no me interesa, no me importa, no la quiero, no me sirve. Pero con Él mi vida será llegar a un puerto deseado, una felicidad completa, una plenitud, una aventura incomparable. La razón, el porqué de mi vida, de mis dolores, alegrías, triunfos, fracasos, incluso de mi salud y enfermedad, se llama también Cristo. Él es la única razón de mi existencia.

Si Cristo es, de verdad, tu Dios, tu amigo, tu compañero, tu Padre, tu grande y único amor, y la única razón de tu existencia, es que realmente lo conoces. ¿Quien te invita, pues? Este Jesucristo.

¿A qué te llama?, ¿a qué te invita? Aquí descubrimos, también, en la invitación lo más grande, lo más maravilloso a lo que nos puedan invitar; me invita a realizar la empresa más grande: la conquista de mí mismo y la conquista de los demás hombres, es decir, a ser santo y salvar almas.

No hay misión más alta, más bella, más entrañable que ésa.¿Qué quisieras haber sido tú a la hora de la muerte? Porque, si estas cosas las dices hoy a la gente, se ríen de ti. ¿De modo que ser santo y salvar almas es lo más importante en la vida? No me interesa.
En esta tarea de ser santos y salvar almas, han dado su vida los valores auténticos de la humanidad: esos hombres y mujeres cuyos nombres están escritos con letras de oro en el cielo. Tú y yo tenemos un puesto al lado de ellos. Muchos no comprenden esta misión y la dejan y la tiran. ¡Pobres engañados!

Ojalá que no te pase a ti, porque puede ser que cambies algún día lo que vale por lo que brilla. ¿Quieres buscar un dueño que te pague mejor? Serás grande si tú quieres, porque tienes la mejor misión. ¿A quién vas a envidiar? El día que esos pobres que han dejado a Cristo, se enteren de lo que se perdieron, no van a tener lágrimas suficientes para llorar su torpeza. Y, si ese pobre eres tú... Recuerda que Cristo te necesita. ¿Cómo decírtelo?

En tercer lugar, vamos a pensar un poco en las condiciones que nos pone Cristo; dos condiciones básicamente: La primera: seguridad en el triunfo; seguridad en el éxito: en tu éxito personal y completo como hombre, como apóstol y como todo. El que sigue a Cristo fielmente, triunfa siempre aún medio de los fracasos, es un hombre realizado, entero, feliz; como, por el contrario, el cristiano que se busca a sí mismo siempre fracasa en medio de los triunfos externos. Pronto se queda sin Dios y sin almas, y realmente su vida se convierte en una triste historia.

La segunda condición: Un premio eterno: “Vosotros que me habéis seguido, recibiréis el ciento por uno en esta vida y luego la vida eterna”. Promesas dichas por Dios.

¿Has experimentado en esta vida el ciento por uno de lo que has dado? ¡Buena señal! Siempre sale uno ganando. Y, total, ¿qué es lo que damos? ¡Qué poco inteligentes somos, porque nos fijamos en lo que nos cuesta y no en lo que se nos da, que es infinitamente más! Pablo sufrió por Cristo cien veces más que nosotros y fue testigo ocular del cielo, y no pudo decir más que esto: “Después de ver el cielo, todo lo que se sufre en este mundo es nada, es juego de niños”. ¡Cuantos sacrificios haces a veces por cosas que valen muchísimo menos!

¿Cuál será tu respuesta a ese Cristo? ¿Quién puede decir que no a ese Cristo con esas condiciones y con esos regalos? Probablemente tú ya le has dado esa respuesta el día de tu bautismo, pero conviene volvérselo a decir: “No me arrepiento de ese sí que te di un día; lo sigo diciendo cada vez con más convencimiento, con más ganas, con más amor”. Y, si no he cumplido mi palabra, es tiempo de renovar ese sí, de pedir perdón y volver a empezar.

Cristo espera tu respuesta. ¿Serás tú de los que algún día dé la espalda a Cristo? ¿de los que, habiendo cogido en sus manos lo más grande, lo más grande del mundo, vayas a buscar otras cosas en los muladares de este mundo? ¿Habiendo tenido las manos y el corazón de Cristo para ti, para siempre, las vas a perder por cobardía o pereza? ¡Mira bien lo que haces, no te vayas a arrepentir!
Hoy todo es esperanza.. Cristo te ama mucho, lo sabe. Tú puedes; también lo sabes porque, cuando te lo has propuesto, lo has logrado. Sabes que puedes. “Cuenta conmigo” o “sigue contando conmigo.” es la única respuesta.

Yo quisiera continuar con este tema del llamamiento de Cristo pensando que Él te ama infinitamente, personalmente, tiernamente, con hechos. Vamos a platicar de esto para que nuestra respuesta no solo sea fácil, sino gustosa y entrañable.

Te ama infinitamente, siempre y sin medida: desde antes de nacer... y quiere seguir amándote por toda la eternidad, a menos que tú claves un puñal en ese amor. ¡Te ama cuando le eres fiel y te ama cuando le ofendes! Cuando estás alegre y cuando estás triste: más que un amigo, el más fiel de todos; más que una madre, la mejor de todas. Más que un esposo... más que nadie, y eso no hace falta decirlo, sino sentirlo; porque el día que cualquier ser humano, aunque sea el hombre o la mujer más miserable, experimenta que Dios le ama más que nadie, su vida no podrá jamás ser la misma.

Te ama personalmente, como eres. Él comprende tu forma de ser; te ama como si fueras la única persona en el mundo. Si existieras tú solo en el mundo, no te amaría más que ahora. A ninguna persona ama en la forma particular en que te quiere a ti, porque no hay dos amores iguales.

Te ama tiernamente, delicadamente. ¿Quién ha curado las heridas de tu alma con más amor, con manos más maternales que Cristo? Hablo de heridas, hablo de turbación, desaliento, pecado, desesperanza. ¿Quién te ha regalado la paz de la conciencia tras las buenas confesiones, tan dulce y limpia como el cielo azul? ¿Quién te ha otorgado ese deseo tan grande y profundo de luchar por algo en tu vida, de realizarte como el hombre o la mujer auténticos? ¿Nunca lo has sentido? ¿La gracia de sentirlo cerca, presente como la fuente que apaga la sed, como el amigo que escucha, que comprende, que perdona, que anima a seguir adelante?

Y es un amor demostrado con hechos, un amor de realidades. ¡Qué difícil es amar con realidades! Pues Cristo te ama así.
Cristo te ha dado la Iglesia, esa madre que te ha regalado la vida, la gracia, la fe y los sacramentos; recuerda que en el bautismo te hicieron hijo de Dios y heredero de una eterna felicidad. En la Iglesia recibes el perdón, la Eucaristía, la bendición de tu amor humano.

El amor de Cristo con hechos: ¡ una cruz ! Sangre fresca que mana de su cabeza, de sus manos benditas, de sus pies! Un río de sangre divina para purificar el río sucio y negro de tus pecados y egoísmos.

Él mismo dijo: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”. Ahí lo tienes en la cima del Calvario, colgado de cuatro heridas abiertas en carne viva. La cabeza doblada hacia el suelo, la cara ensangrentada que, para darle un beso, te mancharías de sangre. Aquellas manos que han creado el mundo, las estrellas, los amaneceres y las flores; las manos que te han creado a ti, cosidas con clavos a un madero; y esos ojos divinos, los más dulces, los más hermosos, los ojos que te han mirado con más ternura, con más amor que ningunos otros ojos, ahora muertos. Ahora son los ojos más tristes que se conocen.

Amor se escribe con sangre! Amor de realidades el de Cristo, amor tremendo, amor auténtico, amor para ti, todo entero para ti. Infeliz, si no comprendes, si no correspondes a ese amor que jamás encontrarás en nadie. Tú buscador, buscadora de amor, hambriento de amor. Si algo vas a darle, que sea hoy ante la cruz.

Cristo te ama con realidades: La Eucaristía. El amor prisionero, el amor tras las rejas de la indiferencia más aplastante y un olvido que no tiene nombre. Cristo esperando años, esperando siglos a que tú vinieras a dirigirle una mirada, a dirigirle una palabra como ésta: “Te quiero, Señor; te quiero mucho, te quiero más que a nadie”.

Podríamos decir que es la fiesta del amor todos los días del año, porque todos los días son días del amor de Dios. ¿Vendrás a mirarlo? ¿Vendrás a decirle alguna palabra? ¿Cuantos regalos de índole personal habría que añadir en tu vida? Cuantas veces de forma espontánea has tenido que decir: “Dios me ha consentido demasiado!” que es como decir: “Dios te ha amado demasiado”.

Cristo espera de ti una respuesta, una respuesta de amor. ¿Un amor infinito? Es evidente no puedes; pero sí puedes amarlo mucho más de lo que hasta aquí y hasta ahora le has amado. Un amor personal: Si Él te quiere como eres tú, quiérelo como es Él. Un amor tierno, toda la ternura de tu corazón que es grande. Y un amor de realidades. Amor con amor se paga.

Recuerdo, a este respecto, unas palabras que por venir de quien vienen -es decir de un convertido- tienen una importancia especial: Decía así Giovanni Papini: “¡Jesús, Tú ves cuan grande es nuestra pobreza. No puedes dejar de reconocer cuan improrrogable es nuestra necesidad, cuan dura y verdadera nuestra angustia, nuestra indigencia, nuestra esperanza. Sabes cuanto necesitamos de una intervención tuya, cuan necesario nos es tu retorno! Tenemos necesidad de ti, de ti solo, de ti y de nadie más. Solamente Tú que nos amas puedes sentir hacia todos nosotros, los que padecemos, la compasión que cada uno siente de sí mismo. Tú solo puedes medir cuan grande, inconmensurablemente grande es la necesidad que hay de ti en este mundo, en esta hora del mundo. Ningún otro, ninguno de tantos como viven, ninguno de los que duermen en el fango de la gloria, puede darnos a los necesitados, a los que estamos sumidos en atroz penuria, en la miseria más grande de todas, la del alma, el bien que salva”.

Todos tienen necesidad de ti, incluso los que no lo saben, y los que no lo saben mucho más que aquellos que lo saben. Tú sabes cuan grande es precisamente en estos tiempos la necesidad de tu mirada y de tu palabra, tu sabes bien que una mirada tuya puede conmover y cambiar nuestras almas; que tu voz puede sacarnos del estiércol de nuestra miseria. Tú sabes mejor que nosotros, mucho más profundamente que nosotros, que tu presencia es urgente e inaplazable en esta edad que no te conoce.







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