Estos ejercicios son un nuevo llamamiento de Cristo, una nueva
oportunidad, una nueva invitación de Jesús para una vida mejor.
No consideres que estos ejercicios espirituales son uno de tantos
como los que has hecho en tu vida, porque Cristo
nunca se repite; tiene sus sorpresas, sus gracias nuevas; es
un nuevo paso de Cristo por tu vida, un llamamiento
a la entrega total, a ser un apóstol más decidido,
más programado; a volver a empezar una vez más, la
definitiva, dejando ese lastre de mediocridad y poca generosidad que
has venido quizás arrastrando.
Nunca es tarde para volver a
empezar. En este sentido, les deseo que en estos ejercicios
espirituales les ocurra algo que les decida, pero de verdad,
algo que les tumbe del caballo de su soberbia,
sensualidad, pereza, de su pesimismo. ¿Quién te llama? ¿Quién te invita?
Aquel que ha dicho de sí mismo: “Yo soy
la luz del mundo. El que me sigue no anda
en tinieblas”. “Yo soy el camino, la verdad y
la vida”. “Soy la resurrección y la vida”. Quien puede
decir estas palabras, o es un gran mentiroso, o es
Dios.
“Yo soy el pan de la vida”. Creo que
en medio de nosotros está uno a quien no conocemos,
como no lo conocía la Samaritana. “Si conocieras el don
de Dios y quién es el que te pide de
beber; quién es el que te pide tu vida, tu
corazón, todo lo que tú eres y tienes...” ¿Quién
es Jesús? Aquél que puede llenar las más grandes aspiraciones
de tu vida, resolver todos tus problemas; el que tiene
en su mano el secreto de tu felicidad en esta
vida y en la otra.
La persona que más te quiere
en el mundo. Y realmente tenemos que creerlo, porque todos
buscamos a esa persona; a cualquiera le interesa conocer, ver
a la persona que más le quiere en el mundo,
y esa persona se llama Jesucristo. Ojalá descubramos en
Cristo todo esto, porque lo tiene y mucho más.
¡Señor, si
es cierto que me quieres tanto, que yo lo vea,
que lo sienta, que lo palpe y lo experimente;
que no se me pase la vida ignorando que el
Amor infinito, la Bondad infinita, la Hermosura misma me quería
tanto, tanto como yo nunca me había atrevido a soñar!
Decía
San Pablo con una convicción tremenda: “Me amó y se
entregó a la muerte por mí”. Ese mismo Cristo se
ha dignado amarte a ti y alargarte la mano
para pedirte algo: Dame tu corazón. Nos hace falta la
experiencia que tuvieron los apóstoles en el Monte tabor. Decía
San Pedro: “Qué bien se está aquí”. Todos hubiéramos dicho
lo mismo, porque ¡claro! allí Jesús se manifestó como era,
como Dios, sin el disfraz de la naturaleza humana. Y
Pedro, tú y yo hubiéramos dicho lo mismo: ”¡Qué bien
se está aquí!” Cuando estemos en el cielo, por misericordia
de Él, lo primero que diremos será: ¡Qué bien se
está aquí, y, además, para siempre!
Te llama aquél a quien
han seguido y por quien han dado la vida miles
y miles de santos, mártires, vírgenes, apóstoles. Siempre que bajo
a las catacumbas de Roma, siente una profunda nostalgia, una
gran pena y un fuerte estímulo, pensando: “Todos éstos sí,
y yo todavía no; yo no soy nada, soy un
mediocre. Estos dieron su vida por el mismo Cristo
a quien yo sigo desde hace tiempo. ¿Qué pasa?” Recuerdo
que a Julio César ante una estatua de Alejandro Magno,
en Sevilla, se le vio llorando, y le preguntaron: ¿por
qué? ¿por qué ante esa estatua de Alejandro has llorado?
Respuesta: “Por que él, a mis años, había conquistado el
mundo, y yo todavía no he hecho ninguna conquista.”
¡Qué aleccionador
es esto! Uno ve que los grandes jefes, los grandes
militares tienen una persona a la que quieren imitar, que
les inspira mucho. Jesús es el hombre que más inspira
y más ha inspirado a millones. ¿Te inspira a ti
lo que ha inspirado a los santos? Ante esa fila
incontable de mártires y santos uno también tendría que llorar.
Tarsicio, a los doce años, era ya mártir de
la Eucaristía; san Agustín a los 31 años se decidió
a ser santo, y lo fue; María Goretti a los
diez años mártir de la pureza; Teresita a los 26
años muere como una religiosa santa y patrona de
las misiones. Y así un número infinito de almas grandes.
Tú tienes tantos años. ¿Qué eres? ¿Qué has hecho?
Por lo
menos recuerdo a dos hombres que un día se hicieron
la misma pregunta: Ignacio de Loyola y Francisco de Sales.
Ignacio, después del sitio de Pamplona, cuando una bala de
cañón le rompió la pierna, tuvo que estar en convalecencia
no sé cuantos meses allí en Loyola. En la biblioteca
de la casa había sólo libros de santos, a
él no le gustaba leerlos, pero no tenía otra cosa
que leer. Pensaba “¡Vaya locos!”. Siguió leyendo hasta decir: “Puede
que no estén tan locos”. Avanzando en la lectura llegó
a la conclusión de que “el loco soy yo, no
ellos”. Y tímidamente se preguntaba: ¿podría ser yo como
uno de ellos? Pero no se animaba. Poco a poco,
viendo cómo otros habían pasado las mismas dificultades que él,
llegó un día a decir: “Puedo ser uno de ellos
y lo voy a ser”. Ése es San Ignacio de
Loyola. Si ellos hubieran pensado lo que tú a veces, que
eso no es para ti, hoy no serían santos.
Hubo un momento en su vida que, como tú y
como yo, no eran nada; eran unos cobardes y unos
mediocres; pero también hubo un día en que se decidieron,
y lo lograron.
¿Llegará un día también en tu vida?
Decía Agustín a los que no se querían convertir: Si
alguna vez lo vas a hacer, ¿por qué no ahora?
¿Por qué no ahora, en estos ejercicios espirituales? Ellos, tú
y yo seguimos al mismo Cristo. ¿Qué pasa, entonces, que
a ellos Cristo les llenaba plenamente, les enloquecía, podría pedirles
lo que fuera, y a ti te dice tan poco
ese Cristo? ¿Para qué quieres un Cristo que no te
llena, que no te hace feliz, que no te resuelve
los problemas y no te llena el corazón?
¿Quién es
Jesucristo? Quiero a través de las palabras de un sacerdote
santo explicar qué es, quién es Jesucristo. Dice él: “Cristo
es mi Dios, mi gran amigo, mi compañero, mi padre,
mi grande y único amor y la única razón de
mi existencia”.
Cristo es mi Dios. El alma se pierde
en ese infinito: Creador del mundo, el Señor de la
historia, el amigo de los patriarcas, de los Profetas, el
Redentor del mundo, ése es mi Dios.
Cristo es
el rostro de Dios, el amor de Dios, el perdón,
la ternura de Dios para conmigo. Cristo es mi
Dios y mi todo; Él es mi herencia, mi pasión,
mi destino y mi premio final en la eternidad.
Cristo
es mi Dios. El Dios que encuentro por doquier:
en una flor, en un amanecer, en mis hermanos, en
la Eucaristía; Cristo es el Dios mío, el amor mío,
la gloria mía, la felicidad mía. Sólo Él existe en
mi camino; de Él vengo, hacia Él voy, y, cogido
de su mano, camino por la vida hacia la patria
celestial. “Sólo Dios, hijos, sólo Dios; Dios sana las heridas
más dolorosas, consuela las penas más profundas, alegra los más
tristes momentos de la vida. Dios comprende todo nuestro ideal,
Dios embellece los campos, y hace cantar a los pajarillos.
Dios es el objeto digno de nuestro amor, es amigo,
padre, hermano; Dios nunca falta; Dios es fiel”.
Cristo es mi
gran amigo: El amigo de mi alma; el amigo fiel
de los días malos, y de los días felices. El
que comparte conmigo su vida y su palabra y sus
grandes anhelos, y el que alterna el amor de
un Dios con el de un pobre pecador.
Él es el
gran amigo, yo el pequeño embustero; Él es todo, yo
no soy nada; Él es la luz, y yo la
oscuridad; Él Dios, y yo su criatura; Él, el Señor,
y yo su siervo. Pero es mi gran amigo:
me lo ha dicho, me lo ha demostrado: yo le
importo, Él me busca, Él me quiere. Cristo es mi
gran amigo. Yo quiero ser su amigo, también, felizmente
y para siempre.
Cristo es mi compañero. Siempre hemos caminado juntos,
codo con codo, a veces cargándome, cuando ya no
podía seguirle. Él ha secado mis lágrimas, ha lavado
mis pies polvorientos; mi dura existencia se ha vuelto
más llevadora por su dulce compañía. Hemos sufrido juntos todos
los Getzemanís y Calvarios. Yo he querido ayudarle con la
cruz, pero ha sido Él quien se ha convertido en
mi gran Cirineo. Juntos también hemos vivido los triunfos de
su Iglesia; juntos hemos caído en el mismo surco, para
también florecer juntos en esa Iglesia que es suya y
es mía al mismo tiempo.
Cristo es mi Padre:
la palabra grande que hace explotar el corazón del hombre
y que enternece el corazón de Dios. ¡Padre santo, Padre
mío! Me das la vida, el cariño, la ternura del
mejor de los padres. Yo soy el hijo pródigo, pero
el hijo amado, acariciado y protegido por mi Padre Dios.
“Te amo y me estremezco en mi pequeñez, porque
me has amado desde el principio de todo tiempo, con
un amor determinado, personal, enclavado en un mundo sangrante, a
pesar de la pobreza de mis dones”. Padre nuestro, Padre
mío que estás en los cielos y en mi vida,
en mis dolores y alegrías, sobre todo en mis dolores.
Cristo
es mi grande y único amor: Hay en mi vida
un gran amor, un único amor que se llama Jesucristo;
un amor más fuerte que la muerte, un amor que
nació en la niñez, que creció incontenible con el paso
de los años hasta convertirse en la pasión de mi
vida. ¿Quién me arrancará del amor a Cristo? Y nos
sigue diciendo este hombre santo: “Quisiera que Dios repitiera con
ustedes lo que hizo conmigo: pues antes de que pudiera
defenderme contra el hechizo de su llamado, contra su amor
devorador, caí sojuzgado”. Termina diciendo: Cristo es la única razón
de mi existencia. Sin Él mi vida no tendría ningún
sentido, ninguna utilidad. La vida sin Cristo no me interesa,
no me importa, no la quiero, no me sirve. Pero
con Él mi vida será llegar a un puerto deseado,
una felicidad completa, una plenitud, una aventura incomparable. La razón,
el porqué de mi vida, de mis dolores, alegrías, triunfos,
fracasos, incluso de mi salud y enfermedad, se llama también
Cristo. Él es la única razón de mi existencia.
Si Cristo
es, de verdad, tu Dios, tu amigo, tu compañero, tu
Padre, tu grande y único amor, y la única razón
de tu existencia, es que realmente lo conoces. ¿Quien te
invita, pues? Este Jesucristo.
¿A qué te llama?, ¿a qué te
invita? Aquí descubrimos, también, en la invitación lo más grande,
lo más maravilloso a lo que nos puedan invitar; me
invita a realizar la empresa más grande: la conquista de
mí mismo y la conquista de los demás hombres, es
decir, a ser santo y salvar almas.
No hay misión más
alta, más bella, más entrañable que ésa.¿Qué quisieras haber sido
tú a la hora de la muerte? Porque, si estas
cosas las dices hoy a la gente, se ríen de
ti. ¿De modo que ser santo y salvar almas es
lo más importante en la vida? No me interesa. En esta
tarea de ser santos y salvar almas, han dado su
vida los valores auténticos de la humanidad: esos hombres y
mujeres cuyos nombres están escritos con letras de oro en
el cielo. Tú y yo tenemos un puesto al lado
de ellos. Muchos no comprenden esta misión y la dejan
y la tiran. ¡Pobres engañados!
Ojalá que no te pase
a ti, porque puede ser que cambies algún día lo
que vale por lo que brilla. ¿Quieres buscar un dueño
que te pague mejor? Serás grande si tú quieres, porque
tienes la mejor misión. ¿A quién vas a envidiar?
El día que esos pobres que han dejado a
Cristo, se enteren de lo que se perdieron, no van
a tener lágrimas suficientes para llorar su torpeza. Y, si
ese pobre eres tú... Recuerda que Cristo te necesita. ¿Cómo
decírtelo?
En tercer lugar, vamos a pensar un poco en
las condiciones que nos pone Cristo; dos condiciones básicamente: La
primera: seguridad en el triunfo; seguridad en el éxito: en
tu éxito personal y completo como hombre, como apóstol y
como todo. El que sigue a Cristo fielmente, triunfa siempre
aún medio de los fracasos, es un hombre realizado, entero,
feliz; como, por el contrario, el cristiano que se busca
a sí mismo siempre fracasa en medio de los triunfos
externos. Pronto se queda sin Dios y sin almas, y
realmente su vida se convierte en una triste historia.
La segunda
condición: Un premio eterno: “Vosotros que me habéis seguido, recibiréis
el ciento por uno en esta vida y luego la
vida eterna”. Promesas dichas por Dios.
¿Has experimentado en esta vida
el ciento por uno de lo que has dado? ¡Buena
señal! Siempre sale uno ganando. Y, total, ¿qué es lo
que damos? ¡Qué poco inteligentes somos, porque nos fijamos en
lo que nos cuesta y no en lo que se
nos da, que es infinitamente más! Pablo sufrió por Cristo
cien veces más que nosotros y fue testigo ocular del
cielo, y no pudo decir más que esto: “Después de
ver el cielo, todo lo que se sufre en este
mundo es nada, es juego de niños”. ¡Cuantos sacrificios haces
a veces por cosas que valen muchísimo menos!
¿Cuál será
tu respuesta a ese Cristo? ¿Quién puede decir que no
a ese Cristo con esas condiciones y con esos regalos?
Probablemente tú ya le has dado esa respuesta el día
de tu bautismo, pero conviene volvérselo a decir: “No me
arrepiento de ese sí que te di un día; lo
sigo diciendo cada vez con más convencimiento, con más ganas,
con más amor”. Y, si no he cumplido mi palabra,
es tiempo de renovar ese sí, de pedir perdón y
volver a empezar.
Cristo espera tu respuesta. ¿Serás tú de los
que algún día dé la espalda a Cristo? ¿de
los que, habiendo cogido en sus manos lo más grande,
lo más grande del mundo, vayas a buscar otras cosas
en los muladares de este mundo? ¿Habiendo tenido las manos
y el corazón de Cristo para ti, para siempre, las
vas a perder por cobardía o pereza? ¡Mira bien lo
que haces, no te vayas a arrepentir! Hoy todo es
esperanza.. Cristo te ama mucho, lo sabe. Tú puedes;
también lo sabes porque, cuando te lo has propuesto, lo
has logrado. Sabes que puedes. “Cuenta conmigo” o “sigue contando
conmigo.” es la única respuesta.
Yo quisiera continuar con este tema
del llamamiento de Cristo pensando que Él te ama infinitamente,
personalmente, tiernamente, con hechos. Vamos a platicar de esto para
que nuestra respuesta no solo sea fácil, sino gustosa y
entrañable. Te ama infinitamente, siempre y sin medida: desde antes
de nacer... y quiere seguir amándote por toda la eternidad,
a menos que tú claves un puñal en ese amor.
¡Te ama cuando le eres fiel y te ama
cuando le ofendes! Cuando estás alegre y cuando estás triste:
más que un amigo, el más fiel de todos; más
que una madre, la mejor de todas. Más que un
esposo... más que nadie, y eso no hace falta decirlo,
sino sentirlo; porque el día que cualquier ser humano,
aunque sea el hombre o la mujer más miserable, experimenta
que Dios le ama más que nadie, su vida no
podrá jamás ser la misma.
Te ama personalmente, como eres. Él
comprende tu forma de ser; te ama como si fueras
la única persona en el mundo. Si existieras tú solo
en el mundo, no te amaría más que ahora. A
ninguna persona ama en la forma particular en que te
quiere a ti, porque no hay dos amores iguales.
Te
ama tiernamente, delicadamente. ¿Quién ha curado las heridas de tu
alma con más amor, con manos más maternales que Cristo?
Hablo de heridas, hablo de turbación, desaliento, pecado, desesperanza. ¿Quién
te ha regalado la paz de la conciencia tras las
buenas confesiones, tan dulce y limpia como el cielo azul?
¿Quién te ha otorgado ese deseo tan grande y profundo
de luchar por algo en tu vida, de realizarte como
el hombre o la mujer auténticos? ¿Nunca lo
has sentido? ¿La gracia de sentirlo cerca, presente como la
fuente que apaga la sed, como el amigo que escucha,
que comprende, que perdona, que anima a seguir adelante?
Y
es un amor demostrado con hechos, un amor de realidades.
¡Qué difícil es amar con realidades! Pues Cristo te ama
así. Cristo te ha dado la Iglesia, esa madre que
te ha regalado la vida, la gracia, la fe y
los sacramentos; recuerda que en el bautismo te hicieron hijo
de Dios y heredero de una eterna felicidad. En la
Iglesia recibes el perdón, la Eucaristía, la bendición de tu
amor humano.
El amor de Cristo con hechos: ¡ una cruz
! Sangre fresca que mana de su cabeza, de
sus manos benditas, de sus pies! Un río de sangre
divina para purificar el río sucio y negro de tus
pecados y egoísmos.
Él mismo dijo: “Nadie tiene más amor que
el que da la vida por sus amigos”. Ahí lo
tienes en la cima del Calvario, colgado de cuatro heridas
abiertas en carne viva. La cabeza doblada hacia el suelo,
la cara ensangrentada que, para darle un beso, te mancharías
de sangre. Aquellas manos que han creado el mundo, las
estrellas, los amaneceres y las flores; las manos que te
han creado a ti, cosidas con clavos a un madero;
y esos ojos divinos, los más dulces, los más
hermosos, los ojos que te han mirado con más ternura,
con más amor que ningunos otros ojos, ahora
muertos. Ahora son los ojos más tristes que se conocen.
Amor se escribe con sangre! Amor de realidades el de
Cristo, amor tremendo, amor auténtico, amor para ti, todo entero
para ti. Infeliz, si no comprendes, si no correspondes a
ese amor que jamás encontrarás en nadie. Tú buscador, buscadora
de amor, hambriento de amor. Si algo vas a
darle, que sea hoy ante la cruz.
Cristo te ama con
realidades: La Eucaristía. El amor prisionero, el amor tras las
rejas de la indiferencia más aplastante y un olvido que
no tiene nombre. Cristo esperando años, esperando siglos a que
tú vinieras a dirigirle una mirada, a dirigirle una palabra
como ésta: “Te quiero, Señor; te quiero mucho, te quiero
más que a nadie”.
Podríamos decir que es la fiesta del
amor todos los días del año, porque todos los días
son días del amor de Dios. ¿Vendrás a mirarlo? ¿Vendrás
a decirle alguna palabra? ¿Cuantos regalos de índole personal habría
que añadir en tu vida? Cuantas veces de forma espontánea
has tenido que decir: “Dios me ha consentido demasiado!” que
es como decir: “Dios te ha amado demasiado”.
Cristo espera de
ti una respuesta, una respuesta de amor. ¿Un amor infinito?
Es evidente no puedes; pero sí puedes amarlo mucho más
de lo que hasta aquí y hasta ahora le has
amado. Un amor personal: Si Él te quiere como eres
tú, quiérelo como es Él. Un amor tierno, toda la
ternura de tu corazón que es grande. Y un amor
de realidades. Amor con amor se paga.
Recuerdo, a
este respecto, unas palabras que por venir de quien vienen
-es decir de un convertido- tienen una importancia especial: Decía
así Giovanni Papini: “¡Jesús, Tú ves cuan grande es nuestra
pobreza. No puedes dejar de reconocer cuan improrrogable es nuestra
necesidad, cuan dura y verdadera nuestra angustia, nuestra indigencia, nuestra
esperanza. Sabes cuanto necesitamos de una intervención tuya, cuan necesario
nos es tu retorno! Tenemos necesidad de ti, de ti
solo, de ti y de nadie más. Solamente Tú que
nos amas puedes sentir hacia todos nosotros, los que padecemos,
la compasión que cada uno siente de sí mismo.
Tú solo puedes medir cuan grande, inconmensurablemente grande es la
necesidad que hay de ti en este mundo, en esta
hora del mundo. Ningún otro, ninguno de tantos como viven,
ninguno de los que duermen en el fango de la
gloria, puede darnos a los necesitados, a los que
estamos sumidos en atroz penuria, en la miseria más grande
de todas, la del alma, el bien que salva”.
Todos tienen
necesidad de ti, incluso los que no lo saben, y
los que no lo saben mucho más que aquellos que
lo saben. Tú sabes cuan grande es precisamente en estos
tiempos la necesidad de tu mirada y de tu palabra,
tu sabes bien que una mirada tuya puede conmover y
cambiar nuestras almas; que tu voz puede sacarnos del estiércol
de nuestra miseria. Tú sabes mejor que nosotros, mucho más
profundamente que nosotros, que tu presencia es urgente e inaplazable
en esta edad que no te conoce.
Preguntas o comentarios al autor P. Mariano
de Blas LC
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