Tenemos que hablar ahora de los misterios de la vida
de Jesús.
Precisamente para conocer nuestro modelo, entusiasmarnos con Él
apasionadamente y decidirnos a seguirlo.
Empezamos por su
nacimiento en Belén, que es la primera etapa, maravillosa
etapa, de un amor que se encarna, que se hace
hombre como nosotros y por amor a nosotros.
Como primera idea,
pensemos que Él viene como redentor. Un redentor presupone
que hay gente que necesita ser redimida. La pregunta es,
por tanto: ¿ Necesitamos nosotros un redentor? No me
refiero a los de hace dos mil años. Hoy,
ahora, tú y yo, los hombres de hoy, ¿necesitamos un
redentor? Veámoslo, porque tú puedes decir: -Bueno, pues no tanto.
Al fin y al cabo tengo substitutos, tengo medicinas,
tengo placeres, tengo otros elementos que hasta me gustan
más...
Empecemos por ser sinceros ¿Estás espiritualmente enfermo?
¿De gravedad? ¿Te crees incurable? ¿Estás desengañado, insatisfecho,
temeroso? -No siga, padre, que de todo tengo un
poco-.
Entonces, ¿necesitamos o no ser redimidos, liberados de mil
pecados, egoísmos, soberbia, sensualidad, materialismo, etc., un largo etc.? Pues
bien, hay que llevar ante ese Niño Dios todos los
pecados, preocupaciones, temores, tristezas, desalientos, caídas, desesperanzas. Para todo hay
perdón, para todo hay solución.
Cuando uno tiene una enfermedad,
que supone grave, y va con un doctor, va sobre
todo con la duda, con el deseo de ser curado,
pero con la dolorosa duda de si podrá curarlo el
doctor. No todos los enfermos que van al hospital
o al doctor reciben la respuesta de que
su enfermedad tiene remedio sino, más bien, lo contrario: -
Vamos a hacer lo que podamos-, que es como decir:
“lo más seguro es que no podamos salvarlo”. No hay
que tener pena al ir con este médico que se
llama Jesucristo, porque es Dios, y puede curarlo todo
y sabe curar todo, más aún: quiere curar todas
tus enfermedades, y, si fuera necesario, resucitarte, cosa que no
puede hacer ningún doctor.
Vamos a Cristo Redentor. La pregunta
es: ¿Tengo miedo? ¿Quién tiene miedo de ir a
visitar a un niño, aunque ese niño sea Dios?
Está tan oculta su divinidad, su grandeza, sus
rayos, que de verdad lo único que produce ese
niño Dios es ternura.
Dios es ternura, amor y acercamiento, por
eso hay que aprovechar esa maravillosa fiesta de la Navidad
para quitarnos los andrajos y quitarnos los años, y
quitarnos la venda de los ojos, la soberbia, y
doblar la rodilla como lo hacen nuestros niños que no
tienen pena de acercarse al niño Dios. Desde mucho
tiempo ñantes andan con la ilusión de prepararle una cunita
en su alma para que ese Niño Jesús esté contento.
Si en algún momento de la vida hay que ser
niños y recuperar esa alma de niños es en esta
fiesta de Navidad. Acercarnos a Él, a ese Niño
Dios y decirle: “yo te necesito”. ¡Te necesito a gritos!
Porque vengo muy cansado de buscar por tantos caminos
y no haber encontrado. No he encontrado la verdad de
la vida y de las cosas; no he encontrado
el amor verdadero y pleno. Sí un amor humano que
de alguna manera me sirve de sostén, de apoyo, de
cierto consuelo; pero mi alma necesita más consuelo, más cariño,
más amor que el que me puede dar un ser
humano. No he encontrado la felicidad. Y vaya si
la he buscado por tantas sendas y caminos. La felicidad
que no lleva tu nombre es una mentira. Por
eso, no he encontrado la felicidad verdadera lejos de ti
o al margen de ti. Y no solo yo; yo
sé de miles de hombres que andan buscando locamente eso
que se llama la felicidad, y no la encuentran y
no la encontrarán jamás hasta que se dignen voltear la
cara hacia ti. ¡Yo te necesito, Señor!
Hay que pedir con fe y con la fuerza de
la necesidad.
Recuerdo aquel cieguecito llamado Bartimeo que pedía
limosna junto a un camino: verle la cara y verle
los ojos muertos era sentir una verdadera compasión. En
cierta ocasión oyó mucho ruido,... como de gente que
pasaba, y preguntó: -¿Qué es?, ¿Qué es?- Y tenía muy
atento el oído aunque no veía. Y le dijeron:- Bartimeo,
es que pasa Jesús-. Y ellos siguieron adelante como diciendo:
-¡Ya cállate, aguántate!- Pero él se dijo a sí
mismo: “ es mi oportunidad, ahora o nunca”; y
empezó a gritar: ¡Hijo de David, ten compasión de mí!
Así
es como hay que pedir, como Bartimeo, como uno que
está ciego, pues aunque no lo estemos físicamente, podemos
estar muy ciegos en el alma y vivir en tinieblas
internas.
¿Cómo podía el leproso a Jesús la curación?
Con pocas palabras, pero tan llenas de profundidad, de
sentido y de fe: ¡Señor, si quieres, puedes curarme! ¿Como
lo pedía, sobre todo, la mujer Sirofenicia cuando decía:
“Cura a mi hija, que está endemoniada”? Él se hizo
el desentendido. Y seguía gritando y gritando detrás de los
Apóstoles, hasta que éstos-y no precisamente por compasión- le
dijeron a Jesús: “ Cúrala ó cállala; ya nos tiene
hartos”. Así habla el egoísmo, no la compasión. Y Jesús
se detuvo y le dijo: “No está bien, -se hizo
el duro Jesús, la verdad no le salía-. Pero se
hizo el duro para probar su fe, y dijo: “
No está bien dar el pan de los hijos a
los perritos”. ¡Imagínense! ¿Si esa persona hubieras sido
tú, y te hubieran llamado así? ¡No hubieras sacado el
ladrido del perro: hubieras sacado el rugido y
la garra del león o del tigre para descuartizar a
quien te lo hubiera dicho. Y ella: ¡qué humilde, qué
maravillosa mujer!: “Sí, Señor; es cierto lo que dices, pero
también los perritos comen las migajas que caen de la
mesa de los niños. ¡Qué humildad, qué fe
que a Jesucristo le hizo exclamar en el acto: “Mira,
mujer, por esa fe y por esa humildad tu hija
ya está curada”!
¿Eres tú capaz de pedir como esa
mujer, con esa humildad, con esa insistencia, hasta obtener lo
que pides? Cristo puede curarnos, esto lo necesitamos
creer, necesitamos saberlo. Cristo puede curarte de todos tus males,
de esos males antiguos, de esos males que ya se
han hecho viejos y que están como las heridas purulentas,
Cristo puede curarte de ese mal antiguo,
puede convertir tu tristeza en alegría, tu enfermedad
en salud, tu desesperanza en una enorme confianza;
puede convertir tus tinieblas en luz. Cristo
ha sido y es para millones de seres humanos el
camino, la verdad y la vida. Lo sigue siendo para
millones, y para ti no lo es porque tú no
lo quieres, porque no has ido a pedírselo;
pero todavía estás en el camino de la vida
por donde pasa ese Jesús. ¡Grítale, como Bartimeo: “ Jesús,
Hijo de David, ten compasión de mí!
Para todos los
pecados, infidelidades y debilidades hay perdón; para todas dudas, problemas
y dificultades, los no puedo, hay respuesta y ayuda de
parte de Jesús; para todas las ilusiones muertas ¡Que
fácilmente se mueren las ilusiones! Y así, se cree que
la adolescencia es la edad para ilusionarte, para soñar,
y la edad adulta para desilusionarte, para ver cómo mueren
una a una aquellas ilusiones, aquellos amores de primavera. Así
se piensa, por desgracia. Pues bien, con Cristo todas las
ilusiones buenas y sanas, aun las más sencillas, pueden resucitar.
Yo soy la resurrección y la vida de esas ilusiones;
para ti hay solución: tú tienes solución, si te acercas
a Cristo con fe. ¡Señor, si quieres, puedes curarme! Cristo
no solo puede, quiere curarte, redimirte. Para eso viene; viene
a decirte con un corazón humano que te quiere salvar,
viene a decirte que te ama, que desea sertui amigo
toda la vida.
Realmente enternece el alma ver a ese
Dios que baja a la tierra a compartir todo
lo que es un pobre ser humano. Viene a darte
su amor divino, su cielo, su Madre, la Iglesia, los
sacramentos; viene a ofrecerte una vida mucho mejor de la
que tienes, -porque tú te has resignado a la vida
que tienes, pero no es ésa la vida que
quieres-, y que quiere volverte a dar. Cristo te ama,
es tu amigo y, por eso, quiere darte el regalo
mejor, una vida infinitamente mejor. Viene a ser tu hermano,
a ser un ciudadano más entre los hombres. Se dice en
la Biblia que el Verbo se hizo carne y acampó
entre nosotros: Puso su tienda entre las nuestras. Se
refiere a aquellos pueblos nómadas donde cada familia tenía su
tienda. Pues bien, una de las tiendas es la de
Dios; de Dios que quiere estar entre nosotros como uno
más y cuya tienda es una de tantas de toda
la explanada. Quiso venir a experimentar en carne propia
lo que era pasar hambre y frío, porque Dios
nunca había pasado hambre ni había tenido frío
ni había sabido lo que era morir, hasta que un
día, por amor a ti, por amor a mí, dijo:
Voy a pasar hambre y voy a pasar frío, incluso,
voy a morir por amor.
¿Qué implicó en la práctica venir
a redimirnos? Nacer como un gitano, pertenecer a la clase
más pobre, con todo lo que lleva consigo.Tú, aunque no
seas muy rico, muy rica, has nacido con todo lo
que un niño necesita: con todo el calor, toda
la ternura; tú no has nacido debajo de un
puente o en un cueva, como nació Dios. Ganarse el
pan con el trabajo de sus manos, cumplir Él mismo
el castigo que un día impusiera al hombre; porque un
día le dijo en tono muy severo: “Ganarás el pan
con el sudor de tu frente”. ¿Quién cumplió
mejor el castigo que el mismo que lo puso?
Es emocionante ver a ese Dios convertido en un joven,
en un adulto trabajando allí en Nazareth en un taller,
con sus manos, sudando, haciendo virutas, haciendo de carpintero, es
decir ganándose el pan con el sudor de su frente.
Implicó el venir a obedecer durante 30 años a dos
criaturas. ¡Qué difícil nos resulta a nosotros obedecer! ¿Te obedecen
tus hijos? ¿Obedeces tú a tus superiores?
¿Verdad que no queremos obedecer? Dios vino a redimirnos
con su obediencia de 30 años a dos
criaturas. Por buenas que fueran... Él era muchísimo más bueno
porque era Dios.
Vivió de limosna durante tres años
¡De limosna! Y, cuando uno vive de limosna, hay días
que come y días que no come. Jesús supo
de eso.... y alargó la mano en tantas casas, y
a veces le ofrecían un mendrugo de pan que Él
saboreaba, o le daban con la puerta en
la cara. Él mismo decía: “El Hijo del Hombre
no tiene en dónde reclinar la cabeza”. Verdaderamente
espectacular para los mismos ángeles el ver a su Dios
durmiendo en el campo al raso, teniendo como almohada una
piedra.
Significó recibir bofetadas, golpes, ser escupido, coronado de espinas
-y se dice pronto esto-; significó ser azotado y muerto
en una cruz, como el esclavo más infame. Pero pensemos
no en lo terrible del sufrimiento sino en lo maravilloso
del por qué y del por quién: por ti
y por mí. Pensar en aquel Dios del Monte Sinaí,
el Dios de los truenos que espantaba a los pobres
judíos, reducido a nada, a un niño. Díganme si hay
algo más frágil, más rompible que un niño;
a eso se redujo el Dios de los ejércitos. Para ti
la Navidad debe tener un significado muy especial: pide ser
redimido, pide ser un hombre nuevo, pero debes querer ser
un hombre nuevo. Es el momento de reunir todas las
fuerzas, toda la ilusión, para comenzar el mejor año de
tu vida. Edifica sobre las ruinas quizás, pero sin desalentarte.
Con la ayuda de ese Redentor puedes, sí puedes.
Desde esta Navidad, desde mañana, todo será distinto, todo
en tu vida será mejor, más luminoso, más alegre, más
hermoso. Di que ya te hartaste de vivir como
has vivido. Ahora empieza de otra manera, comenza una nueva
vida a los pies de ese Niño de Belén.
¿Quieres alinearte
con las almas grandes? No quieres seguir formando parte del
triste cortejo de las almas cobardes, grises, mediocres;
quieres resucitar, sentir en todo tu ser la vida,
las ganas de vivir; no te resignas a morir;
quieres vivir, luchar, levantarte siempre. Todo esto te lo dice
y te lo inspira ese Niño Dios que te
dirá, cuando sea adulto: “Soy la resurrección y la vida”.
“Soy tu resurrección y tu vida”. Vuelve a
empezar, por tanto; ahora sí, sin permitirte cansancios, derrotas, desalientos;
porque eso, ya lo has visto, no te llena.
Brinda por ese Dios que no trae propaganda, palabras,
promesas vacías, brinda por ese Redentor que, frente a la
grave enfermedad del hombre se arriesga a morir de
esa enfermedad, y nos cura. Brinda por ese Dios
que sigue esperando en el hombre, que vuelve otra vez
en esta Navidad a invitarle a subir a la cumbre.
Ese Dios, ese Redentor, ese Niño de Belén es tuyo.
Si
alguna vez de niño, de joven o de adulto viviste
una Navidad auténticamente feliz, en paz con Dios, contigo mismo
y con los demás, ésta puede ser igual o
tal vez mejor. Y en este sentido les deseo a
cada uno de ustedes que están en estos ejercicios la
verdadera Navidad, que es aquella en la Dios es aceptado
dentro de la propia casa. Dios es para ti
sólo esa noche, Dios es para ti solo toda la
vida. En Navidad Cristo te tiende la mano de amigo,
de Redentor, de Padre. Cristo siempre estará contigo en las
buenas y en las malas: “Tu tierra será mi tierra,
tu Dios será mi Dios, mi cielo será el tuyo”.
Salí por los caminos del mundo buscando un ser
que me quisiera mucho, un ser que me quisiera más
que nadie. Lo encontré en una cueva, era un niño
pequeño, eras Tú, mi Señor. Tú eres mi amor largamente
soñado, mi amor eterno, mi más grande amor. Dejé a
la puerta del portal todas mis cosas, dejé mi
sucia vestidura, dejé todos los otros amores. Me pasé sin
nada. Entré en la cueva, tomé en
mis brazos lo más grande que quiero tener, mi
Dios y mi todo.
Me amaste, Señor, me quieres: Tú has
apostado por mí todo: Tú mismo te has ofrecido. Hoy
he comprendido cuanto me quieres.
Yo que tantas veces he dudado,
ya no dudo, Yo que tantas veces te he traicionado,
ya no más. Yo que mil veces me siento infeliz,
turbado, angustiado, nunca más. Tú eres mi respuesta. Tú
eres la luz que ilumina mi senda. Tú eres desde
hoy la alegría de mi corazón. Tú siempre estarás conmigo;
yo también quiero estar contigo. Tú me pides que
sea santo; te lo prometo. Quieres de mí un apóstol,
un hombre de tu Reino, una mujer de tu Reino;
aquí estoy.
La vida que repartí entre tantas criaturas, hoy
es toda tuya. Ya no lloro, ya no temo al
futuro: Tú eres mi espléndido futuro. Desde que bajaste a
la tierra, hiciste de la vida humana una aventura:
ser cristiano, ser un hombre, una mujer de tu Reino
es una aventura apasionante. Y voy a hacer
de mi vida una aventura apasionante. Al decirte que te
quiero hoy como a nadie, te digo que quiero
con la misma fuerza tus amores: Quiero a tu padre,
porque Tú me lo has dado. Quiero a tu madre
que ya no solo es tuya; es mía también. Quiero
a la Iglesia como te quiero a ti, porque es
una obra tuya maravillosa; quiero a las almas por
que son tuyas y son mías, pues diste por ellas
un precio muy alto. Si obras son amores, muy grande
debe ser tu amor por ellas. Hoy entro en tu
cueva; quiero arrodillarme junto a ti a reparar lo
que ha sido mi vida. Tu pesebre, tus pajas, hieren
la carne muelle de mi sensualidad. Tu amor me
golpea, tu amor me pone de rodillas. ¡Gracias, Amor! ¡Gracias,
Jesús!
Y no quiero terminar sin dedicar una palabra al
segundo personaje que interviene en este misterio: María Santísima.
Un día...
llamaron a la puerta de una casita de Nazaret. La
niña abrió la puerta y escuchó al mensajero que
le pedía de parte de Dios: -“Se solicita una
Madre para el Redentor de los hombres”.- -¿Aceptas ser su
madre?- San Bernardo nos pinta esta escena, diciendo: Alrededor
de la casita de Nazareth estaban todos los hombres,
todos encadenados y todos condenados a la eterna perdición. Y,
al ver como ella reflexionaba prudentemente, le dicen: -¡Responde pronto,
y estaremos libres. No seas demasiado prudente, porque ahora
urge la redención.- Y la
respuesta fue: -“ He
aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu
palabra “.- Y en ese momento, se cayeron las cadenas
de las manos y las cadenas de los pies y
las cadenas del cuello. Y hoy te cantamos a ti,
Madre bendita: ¡Gracias, Madre, por haber dicho que sí!
Hoy todos los hombres agradecen ese sí que nos
salvó de lo peor. Yo me uno a ese coro
de voces que claman: ¡Gracias!
Están tocando también a la puerta
de nuestro corazón; Dios nos pide una limosna: Déjame nacer
en ti, encarnarme en ti; déjame vivir en ti,
trabajar, amar a través de ti. Déjame seguir redimiendo a
la humanidad, a través de tu persona.
Hemos oído la petición
de Cristo. Tu respuesta y la mía a Cristo, harán
felices a miles, salvaran del infierno a miles de
almas. La felicidad del sí a Cristo y del sí
a los hombres la experimentarás sobre todo cuando Él
te diga: ¡Gracias, siervo bueno y fiel! y cuando miles
de almas te digan: ¡Gracias por haber dicho que sí!
Esas almas te dirán un día en el cielo: “Estamos
aquí por que tú nos ayudaste a salvar”
¡Gracias, Madre, por haber dicho que sí!, frase que
en esta Navidad debemos repetir con mucha frecuencia y
con mucha gratitud. Podríamos todavía seguir reflexionando en este maravilloso
misterio de la Navidad, para aprender otras lecciones, lecciones austeras
y difíciles. Porque hay allí muchas ausencias.
Jesús se dio el lujo de no tener nada; dio
un puntapié a todas las riquezas. Realmente Dios es un
pobre mendigo. El contraste brutal con nosotros:
Queremos vivir en la
zona residencial, tener carrazos, tener tiendas, vaciarlas,
tener los bolsillos llenos de dinero; y, si no
lo tenemos, seguimos con hambre y sed de más y
más, nunca nos saciamos. Jesús quiso compartir todas las miserias
humanas –amar es compartir-, y todo ello para enriquecernos
con su pobreza. Y esa maravillosa pobreza del Hijo de
Dios nos grita hasta qué punto es verdadero el amor
que nos tiene. No un amor de palabras, aunque
fueran palabras hermosas, un amor de realidades mucho más hermosas,
porque las realidades son irrefutables, como lo es
ese amor de Jesús a nosotros. Nosotros no sabemos lo
que es pasar hambre, ni pedir de puerta en puerta.
Cristo sí sabe lo que es eso, sabe lo que
es sonrojarse y recibir un portazo, incluso un insulto por
amor a mí. ¿Me lo imagino pidiendo limosna por amor
a mí? Y, cuando luego Él viene
a pedirme una limosna de amor, ¿cómo le respondo:
“Mañana le abriremos, para lo mismo responder mañana”?
Puso su tienda entre las nuestras despojándose de su divinidad
¿Qué quedaba de ese Dios grandioso en aquel pobre niño
que se moría de frío en aquella cueva? ¿Que quedaba
de aquel Dios? Se despojó totalmente, y parecía un simple
niño. Todo esto para enseñarnos que la riqueza verdadera es
Dios, es la vida eterna. Como diría más tarde
a los Apóstoles: “Alegraos, más bien, de que vuestros nombres
están escritos en el cielo”. ¿De qué le
sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde
su alma? O esta otra: “No sólo de
pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale
de la boca de Dios”.
Diría más tarde: “Bienaventurados los
pobres de espíritu, bienaventurados, felices”. Él vivió primero, y más
que nadie, la bienaventuranza de los pobres de espíritu, que
consiste en estar desprendidos de todo y poseer solamente
una riqueza: Dios. Esta es la felicidad de los pobres de
espíritu, de la que saben muy poco o nada la
mayoría de los hombres, que nada más buscan tener, y
poseer, y nunca se cansan de tener.
¿Quiénes son esos bienaventurados?
Los que en Dios tienen toda su esperanza y no
en las cosas del mundo: El Señor es
mi herencia.
Cuantas almas buenas y santas han
caminado por esos mundos sin alforjas, sin dinero, sin dos
túnicas, apoyados únicamente en Dios, y son bienaventuradas.
Les sobra felicidad para repartir. Yo pienso, por ejemplo, en
una Madre Teresa de Calcuta; la veo reflejada
dentro de esta bienaventuranza de los pobres de espíritu. Y
ya ven que no sólo se ha ganado la
simpatía de Dios sino aun la simpatía de los hombres,
porque cuando ella llegó con su monjas a hacer un
convento, ninguna puerta se le cerró, ni en
Estados Unidos ni en Cuba, en ningún
sitio. Es una felicidad ¡claro! del otro
lado, del otro mundo: es abrir la ventana maravillosa del
más allá.
Decía San Ignacio. ¡Que pobre me parece la
tierra, cuando contemplo el cielo! Apliquemos todo esto
a nuestra vida real. ¿De qué le sirve al hombre
ganar todo el mundo? Pienso en tantos hombres
famosos, ricos y millonarios que se mueren de tristeza. “Mi
Dios y mi todo”: felicidad que no necesita de compensaciones
humanas ni de añadiduras substanciales.
El Dios que alegra mi juventud,
y, al decir Dios, decimos también mi vida cristiana, mi
trabajo apostólico, mi vida familiar, matrimonial
al estilo de Dios: me siento realizado, útil, feliz.
No aspirar a cargos, puestos, títulos y alabanzas;
arrancar de la vida despiadadamente todas las concupiscencias, la vanidad
-¿presumir de qué?- la sensualidad y su secuela de vicios,
como son la pereza, la cobardía, la ambición
de poseer cosas y más cosas. Nada tengo, nada es
mío, todo es prestado. “Quien a Dios
tiene -decía Santa Teresa- nada le falta. Sólo Dios basta.”
Sería
hermoso terminar con aquellas palabras realmente bellas y bien sentidas
de San Francisco de Asís. Aquí tenemos a uno de
los pobres de espíritu que son bienaventurados, quizás a
uno de los mejores. Así le rezaba a Dios: “Señor,
hazme instrumento de tu paz; donde haya odio, que siembre
tu amor, donde haya injurias, perdón; donde haya dudas, fe;
donde haya desesperación, esperanza; donde haya tristeza, alegría. Oh divino
Maestro, concédeme que no busque ser consolado sino consolar; no
ser comprendido sino comprender; no ser amado sino amar, pues
es dando como recibimos, es perdonando como somos perdonados,
es muriendo como nacemos a la vida eterna”.
Preguntas o comentarios al autor P.
Mariano de Blas LC
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