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Retiro Espiritual | tema
Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
9o. Plática
Belén. ¿Quién tiene miedo de ir a visitar a un niño, aunque ese niño sea Dios?
 


Tenemos que hablar ahora de los misterios de la vida de Jesús.

Precisamente para conocer nuestro modelo, entusiasmarnos con Él apasionadamente y decidirnos a seguirlo.

Empezamos por su nacimiento en Belén, que es la primera etapa, maravillosa etapa, de un amor que se encarna, que se hace hombre como nosotros y por amor a nosotros.


Como primera idea, pensemos que Él viene como redentor. Un redentor presupone que hay gente que necesita ser redimida. La pregunta es, por tanto: ¿ Necesitamos nosotros un redentor? No me refiero a los de hace dos mil años. Hoy, ahora, tú y yo, los hombres de hoy, ¿necesitamos un redentor?
Veámoslo, porque tú puedes decir: -Bueno, pues no tanto. Al fin y al cabo tengo substitutos, tengo medicinas, tengo placeres, tengo otros elementos que hasta me gustan más...

Empecemos por ser sinceros ¿Estás espiritualmente enfermo? ¿De gravedad? ¿Te crees incurable? ¿Estás desengañado, insatisfecho, temeroso? -No siga, padre, que de todo tengo un poco-.

Entonces, ¿necesitamos o no ser redimidos, liberados de mil pecados, egoísmos, soberbia, sensualidad, materialismo, etc., un largo etc.? Pues bien, hay que llevar ante ese Niño Dios todos los pecados, preocupaciones, temores, tristezas, desalientos, caídas, desesperanzas. Para todo hay perdón, para todo hay solución.

Cuando uno tiene una enfermedad, que supone grave, y va con un doctor, va sobre todo con la duda, con el deseo de ser curado, pero con la dolorosa duda de si podrá curarlo el doctor. No todos los enfermos que van al hospital o al doctor reciben la respuesta de que su enfermedad tiene remedio sino, más bien, lo contrario: - Vamos a hacer lo que podamos-, que es como decir: “lo más seguro es que no podamos salvarlo”. No hay que tener pena al ir con este médico que se llama Jesucristo, porque es Dios, y puede curarlo todo y sabe curar todo, más aún: quiere curar todas tus enfermedades, y, si fuera necesario, resucitarte, cosa que no puede hacer ningún doctor.

Vamos a Cristo Redentor. La pregunta es: ¿Tengo miedo? ¿Quién tiene miedo de ir a visitar a un niño, aunque ese niño sea Dios? Está tan oculta su divinidad, su grandeza, sus rayos, que de verdad lo único que produce ese niño Dios es ternura.

Dios es ternura, amor y acercamiento, por eso hay que aprovechar esa maravillosa fiesta de la Navidad para quitarnos los andrajos y quitarnos los años, y quitarnos la venda de los ojos, la soberbia, y doblar la rodilla como lo hacen nuestros niños que no tienen pena de acercarse al niño Dios. Desde mucho tiempo ñantes andan con la ilusión de prepararle una cunita en su alma para que ese Niño Jesús esté contento.
Si en algún momento de la vida hay que ser niños y recuperar esa alma de niños es en esta fiesta de Navidad. Acercarnos a Él, a ese Niño Dios y decirle: “yo te necesito”.
¡Te necesito a gritos! Porque vengo muy cansado de buscar por tantos caminos y no haber encontrado. No he encontrado la verdad de la vida y de las cosas; no he encontrado el amor verdadero y pleno. Sí un amor humano que de alguna manera me sirve de sostén, de apoyo, de cierto consuelo; pero mi alma necesita más consuelo, más cariño, más amor que el que me puede dar un ser humano. No he encontrado la felicidad. Y vaya si la he buscado por tantas sendas y caminos. La felicidad que no lleva tu nombre es una mentira. Por eso, no he encontrado la felicidad verdadera lejos de ti o al margen de ti. Y no solo yo; yo sé de miles de hombres que andan buscando locamente eso que se llama la felicidad, y no la encuentran y no la encontrarán jamás hasta que se dignen voltear la cara hacia ti.

¡Yo te necesito, Señor! Hay que pedir con fe y con la fuerza de la necesidad.

Recuerdo aquel cieguecito llamado Bartimeo que pedía limosna junto a un camino: verle la cara y verle los ojos muertos era sentir una verdadera compasión. En cierta ocasión oyó mucho ruido,... como de gente que pasaba, y preguntó: -¿Qué es?, ¿Qué es?- Y tenía muy atento el oído aunque no veía. Y le dijeron:- Bartimeo, es que pasa Jesús-. Y ellos siguieron adelante como diciendo: -¡Ya cállate, aguántate!- Pero él se dijo a sí mismo: “ es mi oportunidad, ahora o nunca”; y empezó a gritar: ¡Hijo de David, ten compasión de mí!

Así es como hay que pedir, como Bartimeo, como uno que está ciego, pues aunque no lo estemos físicamente, podemos estar muy ciegos en el alma y vivir en tinieblas internas.

¿Cómo podía el leproso a Jesús la curación? Con pocas palabras, pero tan llenas de profundidad, de sentido y de fe: ¡Señor, si quieres, puedes curarme! ¿Como lo pedía, sobre todo, la mujer Sirofenicia cuando decía: “Cura a mi hija, que está endemoniada”? Él se hizo el desentendido. Y seguía gritando y gritando detrás de los Apóstoles, hasta que éstos-y no precisamente por compasión- le dijeron a Jesús: “ Cúrala ó cállala; ya nos tiene hartos”. Así habla el egoísmo, no la compasión. Y Jesús se detuvo y le dijo: “No está bien, -se hizo el duro Jesús, la verdad no le salía-. Pero se hizo el duro para probar su fe, y dijo: “ No está bien dar el pan de los hijos a los perritos”. ¡Imagínense! ¿Si esa persona hubieras sido tú, y te hubieran llamado así? ¡No hubieras sacado el ladrido del perro: hubieras sacado el rugido y la garra del león o del tigre para descuartizar a quien te lo hubiera dicho. Y ella: ¡qué humilde, qué maravillosa mujer!: “Sí, Señor; es cierto lo que dices, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los niños. ¡Qué humildad, qué fe que a Jesucristo le hizo exclamar en el acto: “Mira, mujer, por esa fe y por esa humildad tu hija ya está curada”!

¿Eres tú capaz de pedir como esa mujer, con esa humildad, con esa insistencia, hasta obtener lo que pides? Cristo puede curarnos, esto lo necesitamos creer, necesitamos saberlo. Cristo puede curarte de todos tus males, de esos males antiguos, de esos males que ya se han hecho viejos y que están como las heridas purulentas, Cristo puede curarte de ese mal antiguo, puede convertir tu tristeza en alegría, tu enfermedad en salud, tu desesperanza en una enorme confianza; puede convertir tus tinieblas en luz. Cristo ha sido y es para millones de seres humanos el camino, la verdad y la vida. Lo sigue siendo para millones, y para ti no lo es porque tú no lo quieres, porque no has ido a pedírselo; pero todavía estás en el camino de la vida por donde pasa ese Jesús. ¡Grítale, como Bartimeo: “ Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!

Para todos los pecados, infidelidades y debilidades hay perdón; para todas dudas, problemas y dificultades, los no puedo, hay respuesta y ayuda de parte de Jesús; para todas las ilusiones muertas ¡Que fácilmente se mueren las ilusiones! Y así, se cree que la adolescencia es la edad para ilusionarte, para soñar, y la edad adulta para desilusionarte, para ver cómo mueren una a una aquellas ilusiones, aquellos amores de primavera. Así se piensa, por desgracia. Pues bien, con Cristo todas las ilusiones buenas y sanas, aun las más sencillas, pueden resucitar. Yo soy la resurrección y la vida de esas ilusiones; para ti hay solución: tú tienes solución, si te acercas a Cristo con fe. ¡Señor, si quieres, puedes curarme! Cristo no solo puede, quiere curarte, redimirte. Para eso viene; viene a decirte con un corazón humano que te quiere salvar, viene a decirte que te ama, que desea sertui amigo toda la vida.

Realmente enternece el alma ver a ese Dios que baja a la tierra a compartir todo lo que es un pobre ser humano. Viene a darte su amor divino, su cielo, su Madre, la Iglesia, los sacramentos; viene a ofrecerte una vida mucho mejor de la que tienes, -porque tú te has resignado a la vida que tienes, pero no es ésa la vida que quieres-, y que quiere volverte a dar. Cristo te ama, es tu amigo y, por eso, quiere darte el regalo mejor, una vida infinitamente mejor. Viene a ser tu hermano, a ser un ciudadano más entre los hombres.

Se dice en la Biblia que el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros: Puso su tienda entre las nuestras. Se refiere a aquellos pueblos nómadas donde cada familia tenía su tienda. Pues bien, una de las tiendas es la de Dios; de Dios que quiere estar entre nosotros como uno más y cuya tienda es una de tantas de toda la explanada. Quiso venir a experimentar en carne propia lo que era pasar hambre y frío, porque Dios nunca había pasado hambre ni había tenido frío ni había sabido lo que era morir, hasta que un día, por amor a ti, por amor a mí, dijo: Voy a pasar hambre y voy a pasar frío, incluso, voy a morir por amor.

¿Qué implicó en la práctica venir a redimirnos? Nacer como un gitano, pertenecer a la clase más pobre, con todo lo que lleva consigo.Tú, aunque no seas muy rico, muy rica, has nacido con todo lo que un niño necesita: con todo el calor, toda la ternura; tú no has nacido debajo de un puente o en un cueva, como nació Dios.

Ganarse el pan con el trabajo de sus manos, cumplir Él mismo el castigo que un día impusiera al hombre; porque un día le dijo en tono muy severo: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. ¿Quién cumplió mejor el castigo que el mismo que lo puso? Es emocionante ver a ese Dios convertido en un joven, en un adulto trabajando allí en Nazareth en un taller, con sus manos, sudando, haciendo virutas, haciendo de carpintero, es decir ganándose el pan con el sudor de su frente.

Implicó el venir a obedecer durante 30 años a dos criaturas. ¡Qué difícil nos resulta a nosotros obedecer! ¿Te obedecen tus hijos? ¿Obedeces tú a tus superiores? ¿Verdad que no queremos obedecer? Dios vino a redimirnos con su obediencia de 30 años a dos criaturas. Por buenas que fueran... Él era muchísimo más bueno porque era Dios.

Vivió de limosna durante tres años ¡De
limosna! Y, cuando uno vive de limosna, hay días que come y días que no come. Jesús supo de eso.... y alargó la mano en tantas casas, y a veces le ofrecían un mendrugo de pan que Él saboreaba, o le daban con la puerta en la cara. Él mismo decía: “El Hijo del Hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”. Verdaderamente espectacular para los mismos ángeles el ver a su Dios durmiendo en el campo al raso, teniendo como almohada una piedra.

Significó recibir bofetadas, golpes, ser escupido, coronado de espinas -y se dice pronto esto-; significó ser azotado y muerto en una cruz, como el esclavo más infame. Pero pensemos no en lo terrible del sufrimiento sino en lo maravilloso del por qué y del por quién: por ti y por mí. Pensar en aquel Dios del Monte Sinaí, el Dios de los truenos que espantaba a los pobres judíos, reducido a nada, a un niño. Díganme si hay algo más frágil, más rompible que un niño; a eso se redujo el Dios de los ejércitos.

Para ti la Navidad debe tener un significado muy especial: pide ser redimido, pide ser un hombre nuevo, pero debes querer ser un hombre nuevo. Es el momento de reunir todas las fuerzas, toda la ilusión, para comenzar el mejor año de tu vida. Edifica sobre las ruinas quizás, pero sin desalentarte. Con la ayuda de ese Redentor puedes, sí puedes.

Desde esta Navidad, desde mañana, todo será distinto, todo en tu vida será mejor, más luminoso, más alegre, más hermoso. Di que ya te hartaste de vivir como has vivido. Ahora empieza de otra manera, comenza una nueva vida a los pies de ese Niño de Belén.

¿Quieres alinearte con las almas grandes? No quieres seguir formando parte del triste cortejo de las almas cobardes, grises, mediocres; quieres resucitar, sentir en todo tu ser la vida, las ganas de vivir; no te resignas a morir; quieres vivir, luchar, levantarte siempre. Todo esto te lo dice y te lo inspira ese Niño Dios que te dirá, cuando sea adulto: “Soy la resurrección y la vida”. “Soy tu resurrección y tu vida”. Vuelve a empezar, por tanto; ahora sí, sin permitirte cansancios, derrotas, desalientos; porque eso, ya lo has visto, no te llena.

Brinda por ese Dios que no trae propaganda, palabras, promesas vacías, brinda por ese Redentor que, frente a la grave enfermedad del hombre se arriesga a morir de esa enfermedad, y nos cura. Brinda por ese Dios que sigue esperando en el hombre, que vuelve otra vez en esta Navidad a invitarle a subir a la cumbre. Ese Dios, ese Redentor, ese Niño de Belén es tuyo.

Si alguna vez de niño, de joven o de adulto viviste una Navidad auténticamente feliz, en paz con Dios, contigo mismo y con los demás, ésta puede ser igual o tal vez mejor. Y en este sentido les deseo a cada uno de ustedes que están en estos ejercicios la verdadera Navidad, que es aquella en la Dios es aceptado dentro de la propia casa.
Dios es para ti sólo esa noche, Dios es para ti solo toda la vida. En Navidad Cristo te tiende la mano de amigo, de Redentor, de Padre. Cristo siempre estará contigo en las buenas y en las malas: “Tu tierra será mi tierra, tu Dios será mi Dios, mi cielo será el tuyo”.

Salí por los caminos del mundo buscando un ser que me quisiera mucho, un ser que me quisiera más que nadie. Lo encontré en una cueva, era un niño pequeño, eras Tú, mi Señor.

Tú eres mi amor largamente soñado, mi amor eterno, mi más grande amor. Dejé a la puerta del portal todas mis cosas, dejé mi sucia vestidura, dejé todos los otros amores. Me pasé sin nada. Entré en la cueva, tomé en mis brazos lo más grande que quiero tener, mi Dios y mi todo.

Me amaste, Señor, me quieres: Tú has apostado por mí todo: Tú mismo te has ofrecido. Hoy he comprendido cuanto me quieres.

Yo que tantas veces he dudado, ya no dudo, Yo que tantas veces te he traicionado, ya no más. Yo que mil veces me siento infeliz, turbado, angustiado, nunca más. Tú eres mi respuesta. Tú eres la luz que ilumina mi senda. Tú eres desde hoy la alegría de mi corazón. Tú siempre estarás conmigo; yo también quiero estar contigo. Tú me pides que sea santo; te lo prometo. Quieres de mí un apóstol, un hombre de tu Reino, una mujer de tu Reino; aquí estoy.

La vida que repartí entre tantas criaturas, hoy es toda tuya. Ya no lloro, ya no temo al futuro: Tú eres mi espléndido futuro. Desde que bajaste a la tierra, hiciste de la vida humana una aventura: ser cristiano, ser un hombre, una mujer de tu Reino es una aventura apasionante. Y voy a hacer de mi vida una aventura apasionante.

Al decirte que te quiero hoy como a nadie, te digo que quiero con la misma fuerza tus amores: Quiero a tu padre, porque Tú me lo has dado. Quiero a tu madre que ya no solo es tuya; es mía también. Quiero a la Iglesia como te quiero a ti, porque es una obra tuya maravillosa; quiero a las almas por que son tuyas y son mías, pues diste por ellas un precio muy alto. Si obras son amores, muy grande debe ser tu amor por ellas.

Hoy entro en tu cueva; quiero arrodillarme junto a ti a reparar lo que ha sido mi vida. Tu pesebre, tus pajas, hieren la carne muelle de mi sensualidad. Tu amor me golpea, tu amor me pone de rodillas. ¡Gracias, Amor! ¡Gracias, Jesús!

Y no quiero terminar sin dedicar una palabra al segundo personaje que interviene en este misterio: María Santísima.

Un día... llamaron a la puerta de una casita de Nazaret. La niña abrió la puerta y escuchó al mensajero que le pedía de parte de Dios: -“Se solicita una Madre para el Redentor de los hombres”.- -¿Aceptas ser su madre?- San Bernardo nos pinta esta escena, diciendo: Alrededor de la casita de Nazareth estaban todos los hombres, todos encadenados y todos condenados a la eterna perdición. Y, al ver como ella reflexionaba prudentemente, le dicen: -¡Responde pronto, y estaremos libres. No seas demasiado prudente, porque ahora urge la redención.- Y la respuesta fue: -“ He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra “.- Y en ese momento, se cayeron las cadenas de las manos y las cadenas de los pies y las cadenas del cuello. Y hoy te cantamos a ti, Madre bendita: ¡Gracias, Madre, por haber dicho que sí! Hoy todos los hombres agradecen ese sí que nos salvó de lo peor. Yo me uno a ese coro de voces que claman: ¡Gracias!

Están tocando también a la puerta de nuestro corazón; Dios nos pide una limosna: Déjame nacer en ti, encarnarme en ti; déjame vivir en ti, trabajar, amar a través de ti. Déjame seguir redimiendo a la humanidad, a través de tu persona.

Hemos oído la petición de Cristo. Tu respuesta y la mía a Cristo, harán felices a miles, salvaran del infierno a miles de almas. La felicidad del sí a Cristo y del sí a los hombres la experimentarás sobre todo cuando Él te diga: ¡Gracias, siervo bueno y fiel! y cuando miles de almas te digan: ¡Gracias por haber dicho que sí! Esas almas te dirán un día en el cielo: “Estamos aquí por que tú nos ayudaste a salvar”

¡Gracias, Madre, por haber dicho que sí!, frase que en esta Navidad debemos repetir con mucha frecuencia y con mucha gratitud.
Podríamos todavía seguir reflexionando en este maravilloso misterio de la Navidad, para aprender otras lecciones, lecciones austeras y difíciles. Porque hay allí muchas ausencias. Jesús se dio el lujo de no tener nada; dio un puntapié a todas las riquezas. Realmente Dios es un pobre mendigo. El contraste brutal con nosotros:

Queremos vivir en la zona residencial, tener carrazos, tener tiendas, vaciarlas, tener los bolsillos llenos de dinero; y, si no lo tenemos, seguimos con hambre y sed de más y más, nunca nos saciamos. Jesús quiso compartir todas las miserias humanas –amar es compartir-, y todo ello para enriquecernos con su pobreza. Y esa maravillosa pobreza del Hijo de Dios nos grita hasta qué punto es verdadero el amor que nos tiene. No un amor de palabras, aunque fueran palabras hermosas, un amor de realidades mucho más hermosas, porque las realidades son irrefutables, como lo es ese amor de Jesús a nosotros. Nosotros no sabemos lo que es pasar hambre, ni pedir de puerta en puerta. Cristo sí sabe lo que es eso, sabe lo que es sonrojarse y recibir un portazo, incluso un insulto por amor a mí. ¿Me lo imagino pidiendo limosna por amor a mí? Y, cuando luego Él viene a pedirme una limosna de amor, ¿cómo le respondo: “Mañana le abriremos, para lo mismo responder mañana”? Puso su tienda entre las nuestras despojándose de su divinidad ¿Qué quedaba de ese Dios grandioso en aquel pobre niño que se moría de frío en aquella cueva? ¿Que quedaba de aquel Dios? Se despojó totalmente, y parecía un simple niño. Todo esto para enseñarnos que la riqueza verdadera es Dios, es la vida eterna. Como diría más tarde a los Apóstoles: “Alegraos, más bien, de que vuestros nombres están escritos en el cielo”. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? O esta otra: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Diría más tarde: “Bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados, felices”. Él vivió primero, y más que nadie, la bienaventuranza de los pobres de espíritu, que consiste en estar desprendidos de todo y poseer solamente una riqueza: Dios.
Esta es la felicidad de los pobres de espíritu, de la que saben muy poco o nada la mayoría de los hombres, que nada más buscan tener, y poseer, y nunca se cansan de tener.

¿Quiénes son esos bienaventurados? Los que en Dios tienen toda su esperanza y no en las cosas del mundo: El Señor es mi herencia.

Cuantas almas buenas y santas han caminado por esos mundos sin alforjas, sin dinero, sin dos túnicas, apoyados únicamente en Dios, y son bienaventuradas. Les sobra felicidad para repartir. Yo pienso, por ejemplo, en una Madre Teresa de Calcuta; la veo reflejada dentro de esta bienaventuranza de los pobres de espíritu. Y ya ven que no sólo se ha ganado la simpatía de Dios sino aun la simpatía de los hombres, porque cuando ella llegó con su monjas a hacer un convento, ninguna puerta se le cerró, ni en Estados Unidos ni en Cuba, en ningún sitio. Es una felicidad ¡claro! del otro lado, del otro mundo: es abrir la ventana maravillosa del más allá.

Decía San Ignacio. ¡Que pobre me parece la tierra, cuando contemplo el cielo! Apliquemos todo esto a nuestra vida real. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo? Pienso en tantos hombres famosos, ricos y millonarios que se mueren de tristeza. “Mi Dios y mi todo”: felicidad que no necesita de compensaciones humanas ni de añadiduras substanciales.

El Dios que alegra mi juventud, y, al decir Dios, decimos también mi vida cristiana, mi trabajo apostólico, mi vida familiar, matrimonial al estilo de Dios: me siento realizado, útil, feliz.

No aspirar a cargos, puestos, títulos y alabanzas; arrancar de la vida despiadadamente todas las concupiscencias, la vanidad -¿presumir de qué?- la sensualidad y su secuela de vicios, como son la pereza, la cobardía, la ambición de poseer cosas y más cosas. Nada tengo, nada es mío, todo es prestado. “Quien a Dios tiene -decía Santa Teresa- nada le falta. Sólo Dios basta.”

Sería hermoso terminar con aquellas palabras realmente bellas y bien sentidas de San Francisco de Asís. Aquí tenemos a uno de los pobres de espíritu que son bienaventurados, quizás a uno de los mejores. Así le rezaba a Dios: “Señor, hazme instrumento de tu paz; donde haya odio, que siembre tu amor, donde haya injurias, perdón; donde haya dudas, fe; donde haya desesperación, esperanza; donde haya tristeza, alegría. Oh divino Maestro, concédeme que no busque ser consolado sino consolar; no ser comprendido sino comprender; no ser amado sino amar, pues es dando como recibimos, es perdonando como somos perdonados, es muriendo como nacemos a la vida eterna”.





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