Todos conocemos aquel pasaje de la Biblia en que Jesús
atravesaba Samaria. Era mediodía, y Jesús, cansado del
camino, se sentó junto al brocal de un pozo.
Me imagino unos árboles gigantescos, que daban un estupenda
sombra, un pozo que se antojaba precisamente por el calor,
por la sed que sentía Jesús. Y, mientras sus discípulos
iban a comprar de comer, Él se quedó allí sentado.
Aquí ya hay una aplicación a nuestra vida: Jesús
sentado o, por lo menos, junto al camino de
tu vida. ¿Cuanto tiempo te habrá estado esperando Jesucristo?
¿Para qué? Para que llegues, quizás, con tu
cántaro vacío. Todos los días vas a buscar agua como
aquella mujer samaritana, una agua que, quizás, no te llena,
que no te sacia, más aun, que cada vez
te deja mas sediento. Y ya sabes lo que significa
esa agua que no te quita la sed: son todas
aquellas cosas materiales que no son Dios.
Cuando la samaritana, con
su cántaro en la cadera o en la
cabeza, se acercó al pozo, vio que había allí un
judío y, como no se trataban los samaritanos y los
judíos, pensó tomar el agua, no dirigirle ni una palabra
y regresarse a la ciudad. Por eso,
Jesús comienza un diálogo difícil, pidiéndole: “¡Dame de beber!”
La sorpresa fue mayúscula en la cara de esta
mujer. “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a
mí, que soy una mujer samaritana?” Esta expresión la podemos
nosotros traducir de esta manera: “Mira, Señor, déjame
tranquilo tal como estoy. Puede que no
ande muy bien, pero prefiero seguir así y no
complicarme la vida.
¡Dame de beber! Dios tiene sed, y
tú puedes calmar esa sed. Jesús le responde: “Si
conocieras el don de Dios y quién te pide
de beber, tú le pedirías a Él, y
Él te daría agua viva”.
Si conocieras el don
de Dios... Esta frase es muy profunda; quería decir:
No conoces. De hecho, no conocemos lo que significa
ser cristianos; pensamos que equivale a cumplir una
larga y pesada serie de mandamientos, y no a vivir
una entrañable amistad con Cristo, Dios y Hombre.
Consideramos el
cristianismo una religión aburrida y sosa, y no algo interesantísimo,
emocionante, capaz de transformar a un hombre o a una
mujer y de hacerlos profundamente felices y fuertes.
¿Cuándo llegará ese
día feliz, en que conozcamos el don de Dios? Los
que lo conocen, no lo olvidan jamás. Como decía Charles
de Foucault: “Desde que conocí a Dios, no pude menos
que entregarme a Él”. “SI conocieras...” También Jesús nos
dice esta expresión: Si conocieras quién es el que te
pide de beber. No conocemos a Cristo y,
por eso, no lo amamos; le seguimos muy a
regañadientes. Es evidente que nadie ama lo que no conoce.
A lo sumo conocemos a un Cristo de cartón, aprendido
de memoria, algo así como una pieza de museo,
un Cristo aguafiestas, poco simpático; pero ese Cristo que está
en tu mente no existe, es falso;
por eso no te mueve.
Ciertamente que el Cristo
que arrastró a San Pablo, a Santa Teresa,
a María Magdalena, a todos los santos, no
fue un Cristo de cartón, sino un Cristo vivo,
el Cristo del Evangelio: Cristo, Dios y Hombre, el que
es la medida exacta de nuestras aspiraciones, que llena
de felicidad, que le da pleno sentido a la vida;
un Cristo que es el ideal de la vida, y
será algún un día el premio, nuestro premio eterno.
Ese
Cristo se conoce o no hay nada que hacer.
Cuando se conoce verdaderamente a ese Jesús, el
hombre o mujer más vulgares y miserables se
transforman en santos. Ahí está María Magdalena, una mujer pública
convertida en santa; ahí está Agustín, aquel hombre inquieto y
vicioso que, al convertirse dijo: “Tarde te amé, ¡oh Belleza
tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”. Como diciendo:
¡Lástima de haber perdido treinta y un años sin
conocerte y sin amarte! O lo que decía el
profeta Jeremías: “Tú me sedujiste, Señor, y yo
me dejé seducir”.
Jesús dice: “Si conocieras...pedirías, y Él
te daría...” Le pedirías de rodillas, con
lágrimas, con angustia todos los días hasta alcanzarlo.
Pero también se puede decir: Si no conoces,
no pides, y no te dan.
Él te daría agua viva... El agua viva significa todo
lo más hermoso y todo lo más grande que podamos
tener en la vida: la gracia, la conversión, la
salvación eterna y el sentido profundo de la existencia, la
felicidad verdadera. Todo esto te interesa, es lo más importante
para ti. Pues bien, el te daría todo esto, si
conocieras el don de Dios y quién es el que
te pide de beber. Tu le pedirías a Él, y Él
te daría esa agua viva. A mí me ha tocado
en bastantes ejercicios espirituales participar en experiencias de
almas que han encontrado esa “agua viva” y así, por
ejemplo, quiero leer algún cuestionario de algunas de estas
almas que han hecho la experiencia.
Por ejemplo la de
este hombre, que escribe una carta a Dios: “Hasta
dónde tuve que llegar para voltear a ti. Cómo se
necesitó me enviaras un mensaje tan marcado para que
viera yo que lo único verdadero y valedero en
este mundo eres Tú. Cuando vi a mis ofensores dispuestos
a matarme, jamás pensé que allí estuvieras Tú. El llegar
a mí en esa forma fue algo realmente muy difícil,
muy difícil de creer. En escasos dos minutos,
lo que duró el atraco, descubrí el valor de mi
existir, que no había descubierto en treinta y un años
de vida. ¡Cuantas cosas pasaron por mi mente, en
esos dos minutos! Nunca en tan poquito tiempo
había pensado tantas cosas: el tambalear entre la posibilidad de
que me matasen o no, me golpearan, me hacieran esto
o lo otro, y dependiendo de la decisión
del asaltante, mi existir estuvo en un hilo.
Después
de que me asaltaron me quedo inmóvil con la ira
y el coraje, maquinando cómo buscar a los asaltantes y
recuperar lo robado. Pasaban los días, y aumentaba cada vez
más mi coraje, y aún no volteaba a Dios,
y, por fin, me di cuenta de que fue un
pago exageradamente bajo lo que pagué con lo que me
robaron para voltear a Dios y convertirme al Señor, y
ver lo que tengo que recuperar en forma urgente,
que es la vida de mi alma y mi
paz con Dios.
Ahora doy gracias a las personas que
me asaltaron porque me abrieron los ojos a una gran
riqueza que tenía guardada y que no se llevaron los
rateros, que es mi alma viva y mi unión con
Dios. Que gracias a esos dos minutos de incertidumbre,
pegaditos a poder morir, me cambió la
vida; pues en esos instantes vi que no
estaba listo para encontrarme con Dios, pues mis cuentas eran
únicamente saldos rojos. Dios mío, yo sé que no
permitiste que pasara nada más, porque algo quieres de mí.
Y porque seguro estoy de que me estás dando otra
oportunidad de salvar mi alma, salvar la de mis prójimos
o la de quien tenga a mi alcance. Aquí estoy
Dios mío, dispuesto a seguir tus pasos”. Desde luego
que no es nada fácil tener una experiencia de
conocimiento de Dios en un atraco. Pues bien, este hombre
la tuvo. Aquí tengo otro caso, es de una muchacha a
quien su padre había decidido correrla de su casa. En
aquel retiro había pocas; y yo les dije que lo
íbamos a suspender por esa razón; pero ellas me insistieron
tanto en que no lo suspendiera, que hicimos un trato:
“Tomen el teléfono y, si logran doblar el número -
eran seis-, podremos tener el retiro.” En la vida
he visto gente tan pegada al teléfono y con
tanta carga de motivación para invitar a otras personas. Resultaron
ser más de veinte niñas al final para el
retiro. Una de las que llegó venía acompañada de
su mamá... llorosa, y me dijo: “Padre,
a ver qué pueden hacer por mi hija, porque mi
esposo la quiere correr de la casa”. Yo le
dije: “Ud. rece, y vamos a ver qué sucede”. Fue
un retiro normal como tantos otros, en el que se
habló de Cristo, del agua viva de Cristo, en concreto
dimos esta meditación de la Samaritana, y aquí tengo las
palabras del cuestionario de salida.
“Al salir de aquí me voy
con una profunda paz espiritual, cosa que realmente me hacía
falta; creo que será inolvidable esta experiencia, pues Dios me
llegó en el preciso momento, y he vuelto a creer
en Él.
Con respecto al fruto que me llevo, es el
de haber podido tomar una resolución que me parecía muy
difícil o, más bien, imposible. No flaquearé en lo que
he decido, pues El me brindó su ayuda y realmente
no puedo fallarle. Comenzaré una nueva vida. Yo sé que
me va a costar; me voy a tropezar con miles
de obstáculos; me voy a enfrentar nuevamente a un ambiente
horrible. Pero lucharé por salir a flote. La
forma en que Dios me ha tendido la mano me
ha emocionado muchísimo, y yo corresponderé a su bondad
para conmigo siendo un ejemplo en todo lo que me
ha enseñado. Creo que es la mínima cosa que puedo
hacer como muestra de gratitud. Me siento feliz por haber
vuelto a creer y por estar al comienzo del
buen camino nuevamente”. Obviamente el papá de esta
niña nunca la corrió de su casa. El
te daría agua viva... Pero la mujer no era fácil
de convencer ¿Dónde tienes esa Agua viva? Ella,
la Samaritana no lo creía, y tú tampoco lo crees,
y por eso te pierdes lo mejor de tu
vida. También nosotros le decimos a Cristo: “¿Dónde tienes esa
agua viva?, que equivale a decirle: ¿acaso si yo cambio
de vida, acaso si yo me hago más cristiano voy
a ser más feliz? ¡No lo creo!
Conozco lo que me puede dar la vida,
porque lo he palpado y experimentado, pero tu “agua
viva” no la he probado. ¿En dónde está?”
La mujer añadió con una cierta ironía: “¿Eres tú
más que nuestro Padre Jacob, que nos hizo este pozo
y del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?”
Nosotros le decimos a Cristo: “¿Eres tú más interesante que
las cosas humanas, que los placeres, que las drogas, que
la botella, que el dinero, que la fama? ¿Ofreces cosas
mejores que el mundo? ¡No lo creo! Porque
el mundo me da diversiones, pasatiempos, mil cosas,
dinero, poder, placer. ¿Tienes tú algo mejor?”
Jesús podría haberle respondido
que Él vivía antes que Jacob y que
podría hacer mil millones de pozos mejores que aquél.
Pero se fue por otro lado, y le dijo: “El
que beba de esta agua volverá a tener sed, pero
el que beba del agua que yo le daré, no
tendrá sed jamás; en él surgirá un manantial, una
fuente que saltará hasta la vida eterna”. Palabras
que dejaron pensando a la mujer.
El que beba de esta
agua... ¿Qué significa? Que, si sigues viviendo como
has vivido, seguirás teniendo hambre y sed. Nada
te calmará esa hambre ni esa sed. Así sucede con el
pecado: uno va feliz a su encuentro, se imagina que
va a calmar su sed, la sed de sus pasiones.
Pero, después del pecado, ¿cómo se siente? Con la amargura
dentro, el vacío, la tristeza y la desesperanza.
El hastío es el premio y el salario del pecado,
porque es muy efímero ese placer del pecado.
Y Jesús dice. “ no tendrá sed jamás...” Una de
dos: O es un gran mentiroso, y entonces dejémoslo en
paz, como a tantos y a tantos maestros de
nuestro tiempo que nos prometen el cielo, y nos dejan
después un sabor amargo en la boca y en la
vida, o realmente nos dice la verdad.
Por si acaso, ¿por qué no le damos
a Jesucristo la oportunidad de demostrarnos que realmente
tiene el “agua viva”?
Tú que le has dado la
oportunidad a la botella, al sexo, a la droga, a
la pachanga, al dinero, al poder, ¿por
qué no le das a Jesucristo, al menos una
vez, la oportunidad de que te hable, de
que te haga sentir y experimentar lo del “agua viva”?
Los santos son los que realmente nos podrían decir qué
es el agua viva. Son los que la han experimentado,
los que la han probado.
Pensemos en San Pablo:
“Para mí el vivir es Cristo y el morir
una ganancia”. Pensemos en estas otras palabras: “Cristo es mi
Dios, mi gran amigo, mi compañero, mi padre, mi grande
y único amor y la única razón de mi existencia”.
Ante
estas palabras de Jesús, parece que la mujer se ablanda
un poco, porque le responde de esta forma: “-Dame, Señor,
de esa agua para que no vuelva a tener sed-.”Si
conocieras, pedirías... Ya está pidiendo. ¡Cómo han cambiado las cosas
en el curso de la conversación! ¡Qué distancia desde aquella
pregunta displicente: “¿Cómo tú siendo judío, -un tú despectivo-
me pides de beber a mí, que soy una mujer
samaritana?”, hasta esta petición respetuosa en que
le llama “Señor”! Es ya un alma abierta, dispuesta
a la sinceridad y a la disponibilidad. Entonces puede hablar
nuestro Señor. Ojalá tú también tengas la sinceridad, costosa sinceridad,
de decir a Cristo: Dame Señor, también a mí
de esa agua para que no vuelva a tener sed.
Es verdad, Señor, que se vuelve a tener sed,
siempre que se bebe en otras fuentes. Por eso vengo
en estos ejercicios a ti Cristo, sediento de paz, sediento
de amor, de felicidad, de vida eterna; y es una
sed incontenible que me da fiebre. Vengo cansado de
buscar inútilmente por otros caminos. No he encontrado la verdad
de la vida y de las cosas. No he encontrado
el amor verdadero ni el sentido de la vida
ni la felicidad lejos de ti.
Aquí tengo otro testimonio, verdaderamente
aleccionador, que les quiero leer: “Señor y Padre mío, te
doy gracias por haberte encontrado, por haber visto tu luz
en mi camino que tan oscuro estaba, por haber dado
agua a mi alma que tan sedienta de amor estaba.
Señor, te busqué muchas veces, y me venía el desencanto,
porque no buscada en donde debía. Puse mi amor en
cosas y personas, y solo vacío sentí. Pero Tú
me diste la gracia de poder escucharte, decir mi nombre
y seguirte; me quitaste mi ceguera, y te encontré en
mi corazón. Allí estuviste siempre, y yo no me di
cuenta. Contesté a tu llamado más tarde de lo que
hubiera querido. ¡Cuanta soledad, cuanto resentimiento, cuanta falta de amor,
cuanta desesperanza, cuanta inseguridad, cuanto dolor y remordimiento me hubiera
ahorrado! Por eso hoy, Señor, te doy las gracias, porque,
aunque sea al final de mi vida, Tú me esperaste
para que te siguiera; y no cambio mi presente
ni mi radiante juventud por mis canas. Porque joven me
sentía más vieja que hoy. Porque hoy hay luz, esperanza
en mi vida. Porque ya nada me puede seducir, si
no es tu amor tan fiel, tan grande, que me
lleva a caminar junto a ti hacia el Padre. Mi
vida anterior no era vida, vegetaba, era espectadora de la
vida; dependía mi risa y mis lágrimas de las acciones
de los demás, y yo no vivía. No tenia vida
propia, pero Tú, Señor, no te diste por vencido y
volviste a tocar mi corazón, y por fin te escuché.
Gracias, Señor”. Y añade al final: “Padre, si mi Dios
no me hubiera prometido la vida eterna, con esta paz
y este amor que me da, me serían suficientes.”
Son palabras
hermosas, palabras salidas del corazón, por lo tanto, verdaderas. Cuando
hay esta sinceridad con Jesucristo entonces puede ocurrir el milagro;
puede surgir la fuente de “agua viva” en este momento.
Jesús le dice lo siguiente: parece como que cambia de
conversación, pero ya veremos que no: “Anda, llama a
tu marido y ven acá”.
Cristo va al grano, a
su problema, para darle solución. Era como decirle: “Mira, mujer,
te voy a dar el agua viva, como me lo
has pedido, pero hay un obstáculo.” Y por eso toca
el punto del matrimonio. Ella dice: “No tengo marido”, y
no añade más. Jesús le completa la situación: “Has dicho
la verdad. Has tenido cinco maridos, y el que ahora
vive contigo no es tu marido”.
¡Qué ojos pondría
la samaritana al escuchar estas palabras! En seguida añade:
“Veo que eres un profeta”. ¡Fíjense cómo ha cambiado de
un tú despectivo a llamarle Señor respetuosamente; ahora sabe que
es un profeta, y aun queda más.
Ella, al sentir que
le tocan el punto que le dolía, se cierra,
y dice: “Señor, tengo una duda de fe. Ustedes dicen
que hay que adorar a Dios en el templo de
Jerusalén, y nosotros aquí, en el Monte Garizín
- ¿Dónde hay que adorar a Dios?- Jesús mansamente
le responde así: -“Mira, Dios está en todas partes,
y lo puedes adorar en el templo de Jerusalén, en
este monte, en tu casa, en todas partes.”- Otra duda: -“
Yo sé que el Mesías está por llegar. Cuando Él
venga, nos dirá todo lo que tenemos que hacer.”- Antes
de amalizar lo que Jesús le contesta quiero explicar la
manera como nosotros le decimos palabras parecidas: “Yo sé que
mi vida no anda muy bien, y no precisamente
en cuanto al matrimonio, sino en otras cosillas...
pero cuando venga el Mesías... Es decir: Mira, ahora soy
joven; ya asentaré la cabeza cuando me case. Y,
si ya me he casado, pues ya asentaré la cabeza
después de muchos años, cuando sea abuelo, pero de
momento, de momento, no! Sí voy a cambiar, voy a
hacerlo, pero ahora no!” Ese es el engaño con el
que el demonio nos convence.
No nos dice: “No lo
hagas”, sino simplemente: “Espérate un poco, no te lo tomes
tan en serio; ya lo harás, hay tiempo para todo”.
Y te lo crees. Mientras tanto, él se da tiempo...
y luego procurará que sea un no rotundo a la
gracia.
Ante este comentario de la mujer sobre el Mesías,
Jesús le dice: “¿Quieres conocer al Mesías?” De
veras, cualquier mujer samaritana o judía quisiera conocerlo. Por eso,
así termina la conversación de Jesús con ella: “El Mesías
es el que está hablando contigo”. Ella se quedó
materialmente sin voz, pensando: “Con razón se sabe mi vida,
y conoce lo de mi matrimonio y todo lo demás.
Y he estado hablando con el Mesías, y no le
quería dar ni un vaso de agua”.
Y ¿qué hace? Había
ido por agua, y deja el cántaro en el pozo
y corre, corre a la ciudad: Algo urgente,
importante, tiene que decir, y comenta a gritos a todas
las personas: ¡Vengan a ver a un hombre que
me ha dicho todo lo que he hecho! ¿No será
acaso el Mesías? Vemos cómo una persona, cuando está convencida,
arrastra y convence. No era ninguna santa, pero cómo hablaría
del Mesías que, efectivamente, se trajo a toda la ciudad.
Y Jesucristo, que iba de paso, tuvo que quedarse dos
días con los samaritanos. Porque le suplicaron y lo consiguieron
que les platicara de la Buena Nueva, durante dos días.
Jesús
lo hizo, además, con mucho gusto, porque el problema para
Jesús no es que haya personas, como tú y como
yo y como otros que le digan: quédate, quédate
con nosotros, platícanos, háblanos, si a eso vienes. El verdadero
problema está en cerrarle la puerta, en pasar de largo,
en decirle: “no nos importas, no nos interesas”.
Y se
quedó el Mesías. Y oyéndole personalmente los samaritanos se
entusiasmaron con Él, creyeron en Él, y le decían luego
a la mujer: “Ya no creemos por tus palabras, porque
nosotros hemos oído, y sabemos que El es el salvador
del mundo”.
Pudiera ser que tu conversación con Jesucristo llegara, si
le dejas, hasta ese momento, en el que tú descubres
en Él, al poseedor del “agua viva”, al que
tiene en su mano tu felicidad, tu realización, tu verdadera
salud espiritual; que lo descubrieras como tu verdad, tu vida,
tu camino y, entonces, harías exactamente lo mismo: dejar el
cántaro. ¿Qué te importa el cántaro vacío de la vida,
cuando has descubierto algo mucho mejor? Entre una
vida que es más un sobrevivir que vivir y una
calidad de vida, uno escoge la calidad de vida. Y,
si ve que Jesucristo es el que tiene esa
calidad de vida, no se le despega, le dice: “Quédate”,
le dice: “Dame también de esa “agua viva” para
que no vuelva a tener sed”. Además de dejar
el cántaro, tú también irías a comunicar esta experiencia a
otras personas, porque es una experiencia tan grande, tan
hermosa, tan gratificante que no te la puedes quedar, como
ella tampoco se la pudo quedar, e irías a
decir a muchos otros: ”Vengan, vengan, tuve esta experiencia, ojalá
Uds. también la tengan”.
Primero te mirarán como a
un loco o a una loca; después te dirán lo
mismo que le decían a ella. Ojalá también me lo
digas a mí:” Mire, padre, usted me entusiasmó con su
charla, con sus reflexiones sobre Cristo, pero ahora yo
he escuchado su voz, he sentido su amor, he probado
su “agua viva”, y Cristo es todo lo que
usted nos dijo y muchísimo más. Yo preferiría que
me dijeran eso. No que yo les he convencido, sino
que ustedes se han convencido probando el “agua viva”
de Jesús. El día que tú conozcas así a Cristo, te
pasará lo mismo: dejarás tu cántaro -¿qué te
importa ya?- y correrás a buscar a otros para que
vayan a El.
Tratemos ahora de explicar un poco
qué significa el “agua viva” que en definitiva,
no es otra cosa que la gracia santificante: En primer
lugar nos hacemos la pregunta: ¿Qué significa vivir en gracia
de Dios? ¿Qué es la gracia? ¿Cuál es la diferencia
entre un cristiano que vive en gracia de Dios
y otro que está en pecado mortal? La gracia
es una participación real de la naturaleza divina, algo
que nos diviniza y nos hace semejantes a Dios. Pongamos
una comparación: un hierro metido en el fuego se pone
al rojo vivo: adquiere la forma de ser del mismo
fuego. Pues bien, la gracia hace que nosotros nos asemejemos
a Dios y vivamos una vida parecida a la de
Dios: Un injerto de la vida divina en nosotros que
hace circular la vida de Dios en nuestra alma.
Si estás en gracia, circula en ti la vida de
Dios, tu alma tiene vida. Si estás en pecado, tu
alma no tiene vida, no circula por ti la vida
divina. De ahí la inmensa diferencia que existe entre dos
hombres de los cuales uno vive en gracia de Dios
y el otro no. Por fuera, quizás no se perciba
mucho la diferencia, pero por dentro, en lo íntimo del
alma, la diferencia es total. Tú mismo puedes observar
y sentir que eres bien distinto cuando vives en gracia
que cuando vives en pecado. Eres otro hombre, otra mujer
La diferencia es tan grande como el color blanco y
el color negro, como la vida y la muerte.
¿Por qué
tantos cristianos que no viven en gracia de Dios?
¿Por qué pierden tan fácilmente esa vida divina?
Porque no conocen su valor. Lo que no
se conoce no se ama, no se valora. ¡Si conocieras
el don de Dios! Para un cristiano lo primero y
fundamental es vivir en gracia de Dios, lo primero es
vivir. Sin esto seremos cristianos de carnet, de bautizo, de
museo. El termómetro del verdadero cristianismo es el porcentaje
de cristianos que viven en gracia de Dios. Y,
puesto que es una vida, la gracia debe ser habitual,
permanente, porque es vida. La gracia de Dios no es
como un vestido de bodas, que se usa un día
y luego se guarda. Desgraciadamente muchos la toman así, como
algo extraordinario, y no debe ser : vivir en gracia
de Dios debe ser lo ordinario y lo normal para
un cristiano, debe ser lo más común para ti. Lo
extraordinario, lo raro, debe ser el pecado en tu vida.
Nunca debieras de cometerlo, pero, si tienes la desgracia de
caer, debes liberarte de él cuanto antes.
Decíamos antes que
no se estima suficientemente la gracia de Dios porque
no se conoce bien lo que es. Veamos ahora los
efectos que produce en nuestra vida esta gracia de Dios.
¿Qué
es lo que sucede en nosotros, cuando vivimos en gracia
santificante? En primer lugar nos hace hijos de Dios, nos
eleva a esa categoría; y esto no es un
decir, es una realidad. El evangelista San Juan lo afirma
rotundamente: “ nos llamamos y somos hijos de Dios”. Por
eso podemos llamar a Dios ¡Padre! con toda verdad
y con toda alegría.
En segundo lugar la gracia hace que
habite en nuestra alma el mismo Dios. Cristo lo prometió
claramente: “ Si alguno me ama, que equivale a decir:
si alguno vive en gracia de Dios, guardará mi
palabra, y vendremos a él y haremos en él nuestra
morada”. Decía San Pablo a los cristianos de Corinto:
“¿ No sabéis que sois templos de Dios, y que
el Espíritu Santo habita en vosotros?” Cuando un cristiano toma
conciencia de esta realidad, respeta su cuerpo y el de
los otros, porque se considera a sí mismo y a
los demás como templos vivos donde habita Dios. El pecado
es una profanación de ese templo.
La
belleza de un alma en gracia de Dios es maravillosa;
mucho más grande que la belleza del cuerpo. A
veces van juntos la belleza del cuerpo y la belleza
del alma en la misma persona, pero con frecuencia a
un rostro hermoso no corresponde un alma en gracia de
Dios, y entonces la misma belleza humana pierde categoría,
se desfigura, porque unos ojos tristes, los ojos de un
alma en pecado, no pueden ser unos ojos hermosos. No
podemos dejar de traslucir hacia fuera lo que llevamos dentro.
El que lleva a Dios dentro de su
alma lo irradia, lo exterioriza, se nota; y se
nota, también, cuando Dios está ausente de nuestro corazón. Se
suele decir que los ojos son la ventana del alma,
y es muy cierto: Unos ojos limpios, puros, alegres hablan
de Dios, del Dios que está dentro. Unos ojos tristes,
cansados turbios, dicen que les falta Dios.
La gracia -decíamos-
nos hace hijos del Padre celestial y templos vivos de
Dios. También nos hace amigos de Cristo y ¡qué
amigo es Cristo! Cristo es el amigo fiel, el amigo
que perdona, que olvida y rehabilita. Cristo nunca traiciona, es
siempre fiel. Y Cristo no roba a nadie, ni a
los jóvenes ni a los adultos, como algunos piensan, nada
de lo que hay de grande, de noble y
hermoso en la juventud y en la vida. ¡Todo lo
contrario! Cristo sólo nos prohíbe hacer lo que es
para nosotros positivo mal; Cristo te dice: “No peques, porque
serás infeliz”. Cristo no te prohíbe que ames;
te pide que ames de verdad, que te diviertas
sanamente, que busques la verdadera felicidad.
Solamente quien es amigo
de Cristo, puede encontrar el auténtico amor y la única
felicidad verdadera. Porque Cristo es el hombre perfecto al mismo
tiempo que es Dios. La gracia de Dios nos hace
también herederos del cielo con Cristo: El que vive en
gracia de Dios está con un pie en el cielo.
Bastaría un empujoncito para entrar; tenemos el boleto de entrada.
Si en este momento estás en gracia de Dios, piensa
que el cielo es para ti. Si Dios te llama,
allá vas con toda seguridad; pero, si estás en pecado,
piensa que el cielo no es para ti, mientras
no recuperes la gracia de Dios. Un hombre que vive
habitualmente en pecado, se puede decir que prácticamente está condenado,
que ya vive en el infierno, que su lugar está
allí; sólo le falta entrar. La muerte fija definitivamente
la posición que se tiene en ese momento. Estás en
gracia de Dios: estás definitivamente salvado. Mueres en pecado mortal,
estás definitivamente condenado. Ya no se puede cambiar de
rumbo: por toda la eternidad seguirán así las cosas. De
ahí la gran pregunta que debes hacerte a ti mismo.
¿Estás en gracia de Dios? ¿Si?
¿No? Si tienes que responder que no, tu
negocio principal anda mal. Y ¿de qué me sirve
que todas las demás cosas vayan bien? “¿De qué le
sirve al hombre ganar todo el mundo? -dice Jesús- si
al fin pierde su alma?”
La gracia de Dios
nos hace capaces de adquirir méritos sobrenaturales; en pecado no
se puede merecer nada, no hay entradas.
Aunque hagas cosas buenas,
no te sirven de nada, porque estando en pecado no
puedes merecer nada delante de Dios. Por eso, ¡cuantas páginas
en blanco, quizás, cuantos días de tu vida desperdiciados
en los que no ha entrado en tu alcancía sobrenatural
ningún mérito! En gracia de Dios todo lo bueno
que haces te sirve para merecer, te hace espiritualmente millonario.
Aún las cosas más ordinarias, tales como el comer, dormir
y el descansar son fuente de méritos incontables. ¡Qué bien
entendía esto aquel anciano que, cuando le preguntaban cuantos años
tenía, daba como respuesta: ”Tengo cinco años”, pues el resto
de su vida la había pasado en el pecado. Aquí
lo importante es que la vida se vive una sola
vez. Una vez se vive la niñez y la juventud,
y el tiempo para merecer es bien corto. Los años
pasan demasiado veloces. Aprovechemos el tiempo para que no nos
suceda esa terrible cosa de llegar a la hora
de nuestra muerte con las manos vacías. Muchos podrán decir:
“Eso de vivir en gracia de Dios es muy hermoso,
muy grande, pero es una utopía, eso es imposible”.
Para responder a esta dificultad bastaría con saber que hay
muchos cristianos que viven habitualmente en gracia de Dios: Hay
hombres, mujeres, niños, muchachos, muchachas que viven habitualmente en
amistad con Dios. Si ellos pueden, quiere decir que se
puede. Si ellos pueden, ¿por qué no vas a poder
tú? Ciertamente quien vive alejado de los sacramentos, quien
casi nunca se confiesa ni comulga ni va a misa,
quien no sabe o no quiere sacrificarse un poquito, no
lo puede conseguir. Pero, en este caso, no digas que
no puedes, sino que no quieres.
Es difícil, pero en gracia
de Dios se vive mejor. Lo que vale cuesta. Y,
porque somos débiles, podemos caer. Pero es propio del que
cae levantarse. Lo importante es no seguir tirado en el
suelo.
He aquí unas reflexiones en torno a la
vida de gracia santificante, en torno a la realidad más
grande y hermosa que se puede vivir en la tierra.
Eres y te llamas hijo de Dios. Dios vive dentro
de ti mismo como en su propia casa. Sí, tu
cuerpo es un templo vivo donde habita Dios. Eres
amigo del mejor de los amigos, de Cristo. Tu patria
y tu tierra es el cielo donde vivirás feliz eternamente.
Todas las cosas que haces en tu vida
diaria son una fuente incontable de méritos sobrenaturales; todo esto
porque vives en gracia de Dios. Si vives en pecado
mortal te pierdes todo esto; si recuperas la gracia de
Dios, recuperas todo esto. ¿Estarás perdiendo miserablemente los años
de tu vida? ¿Estarás ganado todo el mundo, y perdiendo
tu alma? Y Dios ha dicho: “¿De qué le
sirve al hombre ganar todo el mundo, si al fin
pierde su alma?”
Preguntas
o comentarios al autor P. Mariano de Blas LC
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