Amor se escribe con sangre. Vamos ahora a llegar
a la cima del Calvario: para ver hasta dónde y
cómo te ama Dios. Allí delante del crucifijo es
donde han caído de rodillas muchísimos hombres y mujeres que
antes no daban el brazo a torcer; allí han
comprendido definitivamente el amor de Dios y desde allí,
desde el Calvario han comenzado una nueva vida,
una vida de santidad y de amor entrañable a ese
Dios crucificado. Es necesario experimentar el amor que Cristo
nos tiene, porque, después de ver morir a Cristo en
una cruz morir por nosotros, es que no podemos negarle
nada. Vamos a asistir a los últimos momentos de un
condenado a muerte. Este condenado a muerte es Dios; el
suplicio: la cruz. Pero pensemos: muerto a causa de
nuestros pecados, y en nuestro lugar, muerto por amor a
nosotros, por amor a ti, por amor a mí.
Eso
sí es amor, según sus propias palabras: “Nadie tiene más
amor que el que da la vida por sus amigos”.
Aplicándolo: Nadie tiene más amor a ti y a
mí que Él que ha dado la vida por ti
y por mí.
Comencemos por el primer cuadro de esta dolorosísima
Pasión que es su Oración en el Huerto de Getsemaní,
el momento más doloroso de toda su vida. Nos
dicen los evangelistas que esa oración fue algo muy
dramático, pues incluso llegó a sudar sangre. Es decir, que
las venas de alguna manera se reventaron por alguna parte
y a través de los poros de la piel esa
sangre se derramó sobre su túnica y sobre la tierra.
Preguntémonos con amor, con compasión verdadera, cuáles son las razonas,
las causas de ese sudor de sangre. Razones hay,
y muy serias.
La primera: perdió para siempre un apóstol,
uno de los doce que, además, fue un traidor:
Judas, y de morir, murió ahorcado. Cristo lo
vio ahorcado antes de que lo hiciera. Realmente, la
suerte final de Judas, elegida a sangre fría, fue algo
dolorosísimo para Jesús en los últimos momentos de su
vida. Y, si Judas hubiera sido solo un hombre... pero
hay una larguísima fila de judas. ¿Cuántos, desde aquel primero,
han traicionado a Jesús con un beso? Cristianos amados
por Él, como Judas, y que lo traicionaron. Hay un
dicho muy gráfico que no debemos olvidar “Todos llevamos en
los labios el beso de Judas”. Y preguntémonos con
profunda sinceridad, si no hemos hecho ese papel muchas
veces en la vida.
En segundo lugar: su mejor Apóstol,
Pedro, le niega tres veces, por si fuera poco una,
y en el momento en que más necesitaba de
su ayuda. Es verdaderamente doloroso para Jesús el que no
solamente un apóstol le traicione, sino que también le falle
este otro apóstol, Pedro, que ya había sido elegido como
su sucesor. Afortunadamente aquí las cosas se solucionaron, porque una
simple mirada de Jesús arrancó lagrimas de arrepentimiento de su
buen Simón.
En tercer lugar: Todos le abandonan en
la hora más negra y triste de su vida. Así,
Jesús sufrió lo peor, y lo sufrió sólo. Como
si en la tierra no hubiera una sola alma que
le debiese nada. Y así, se nos dice en la
Biblia:
“ Busqué quién me consolara, y no lo
hallé”. Es verdad que María le acompañó durante la
Pasión, pero esto solo sirvió para aumentar su dolor.
Porque viendo cómo sufría su Madre, Él sufría muchos más.
Vino a pedir a tu puerta una limosna de
amor, pero tal vez tú tenias ocupado tu corazón, alquilado
a las criaturas.
En cuarto lugar hay una razón muy seria
para explicar las lágrimas y el sudor de sangre
de Jesús: Todos merecíamos el infierno. Pues bien, Cristo da
el indulto a todos, nos rescata a precio de su
sangre. A pesar de ello se condenarían muchísimos, muchísimos que
pasarían delante de ese crucifijo, gritándole: “¡No nos interesa tu
perdón, quédate con tu estúpido cielo!” Es muy dolorosa
esta frase que encontramos en la Biblia: “ ¿Qué
utilidad hay en mi sangre?” Palabras de un Dios
crucificado, agonizante. ¿Qué utilidad hay en mi sangre para todos
esos que, a pesar del amor más increíble y el
sufrimiento más tremendo, han optado por seguir el camino
del infierno?
Toda la omnipotencia de un Dios, impotente
ante la condenación de tantos hombres. Porque hay que decir
que Cristo murió por todos los hombres, amó también a
todos los que irían al infierno. Le reclamaba Santa Teresa
a Jesús en relación a un familiar por el que
rezaba y no cambiaba.
Señor, ¿ no quieres que
se convierta? Respuesta de Jesús: Yo quiero, Teresa, pero
él no quiere. Cuantas veces tendrá que decir Jesús esta misma
expresión de muchas almas: ¡Yo quiero con toda la verdad
de un Dios Amor... pero ellos no quieren!
Otra razón
es la mediocridad, la infidelidad y cobardía de tantos cristianos,
religiosos y sacerdotes, sobre todo de estos últimos. Para nosotros
es esa frase de la Biblia: “Si mi enemigo me
hubiera injuriado, lo hubiera soportado, tratándose de mi enemigo,
pero eras tú, mi amigo, mi confidente, a quien me
unía una hermosa intimidad”. ¿Qué mas debía haber hecho
por ti para que fueras fiel? Esta es una pregunta
sin respuesta, porque Cristo no pudo haber hecho más
de lo que hizo. Si con esto nos conformamos, estamos
salvados; pero, si exigimos más, es que no tenemos corazón.
Lo condenan a muerte injustamente. Él veía anticipadamente esta condena,
y era el hombre, aparte de Dios, más inocente
de todos, el verdadero hombre inocente, el único. Pues
bien, condenarán a muerte injustamente al que es la Vida,
al que ha dado la vida a todos los seres.
Además,
hay que añadir aquella bofetada en público, dada por
un vil servidor de Caifás. Y hay que decir que
esa bofetada al rostro de Dios nadie se la quita.
Podía Él haber aniquilado a aquel siervo; sin embargo la
Dulzura infinita, la Misericordia infinita nada más balbucea: “
Si he hablado mal, dime en qué está lo malo,
y, si no... ¿por qué me pegas?” Esta expresión cuantas
veces nos la dice Jesús a ti y a mí?
¿Por qué me pegas? El escupirle la cara, ¡La cara
de Dios! Escupir al rostro de Dios es una
cosa tremenda, abominable. Podía haber dicho: “hasta aquí; eso no
lo tolero!” Dejó pasar todo: lo abofetearon, lo escupieron, lo
coronaron de espinas, se rieron, se burlaron, le vendaron los
ojos. Y aquí viene la frase de San Agustín que,
reflexionando, exclama:¿ Por qué quiso sufrir tanta humillación? Pues,
para que no nos quedaran dudas de que nos amaba
de verdad. Dice textualmente: “Si mi soberbia no se cura
con esta medicina, no tiene remedio”. Los ángeles estuvieron presentes
en su nacimiento y cantaron el Gloria. Debemos estar seguros
de que estuvieron también en su Pasión y en
su muerte, con un silencio de respeto
y, sobre todo, de admiración!
Ellos sí comprendían cuánto
amaba Dios a los hombres. Mudos de terror debían de
estar, porque ellos sí sabían quién era aquel a
quien estaban golpeando, escupiendo: Era el Verbo Eterno.
Pero todavía
se siguen acumulando humillaciones: Lo visten de loco, le
prefieren a Barrabas, -bandido número uno- y, para completar la
ignominia, le dan la muerte de un esclavo entre dos
malhechores. Pensando en los sufrimientos de Cristo, se arruga el
corazón. Pero, al considerar que todo eso lo ha sufrido
Cristo por mí, por este pobre hombre que soy yo,
por amor a mí, no hace falta mucha nobleza para
decirle:”Señor, ¿qué te puedo negar?” Aquí es donde, al fin,
se han doblado muchas almas que no se querían doblar,
y han dado el gran viraje de su vida. Uno
de ellos, llamado Pablo de Tarso, decía así: “Me
amó y se entregó a la muerte por mí”.
Nuestro Señor
le decía a Santa Gertrudis estas palabras que conviene
meditar pausadamente: “Cuando los hombres contemplan el crucifijo, debería pensar
cada uno en su corazón que le dirijo estas tiernas
palabras: “Si fuera necesario para salvarte, volvería a soportar de
buena gana, por ti solo, todo lo que sufrí por
el mundo entero...”
Esto es demasiado, y es demasiado verdad. Ahora
hagamos alguna pequeña oración, digámosle algo. No podemos quedar callados,
mudos, ante ese Dios que esta allí pasando la hora
más dura de su vida en Getsemaní , sudando sangre.
Hemos dado las razones del sudor de sangre: Digámosle
algo. Yo al menos pido una limosna de amor para
ese Cristo que llora y suda sangre en el Huerto,
una limosna de amor. ¿Quién de ustedes quiere decirle,
con toda la sinceridad de su corazón: “Te amo,
Jesús, con todo mi corazón, te amo con toda mi
alma, te amo, Jesús, con toda mi mente; te amo,
te amo con todas mis fuerzas. ¿Quién quiere ser
el ángel que le consuele? ¿Quién quiere ser la Verónica
que le limpie la sangre de su rostro?
Se necesitan varias Verónicas, porque la sangre brota de nuevo.
Jesucristo,
te veo tan triste... pero esta noche no estás solo.
Quiero ofrecerte el fervor de estos ejercicios, las almas
blancas por las confesiones sinceras de estos ejercitantes que se
han reunido este Jueves santo para estar contigo, por amor;
te ofrezco sus propósitos valientes, su amor sincero En esta
noche no estás solo; estás rodeado de tus almas fieles;
sabes que cuentas con su amor y fidelidad
ahora y siempre.
Cada una quiere decirte algo,
Señor. “Me acerco a ti, Señor, quiero estar muy cerca
de ti en esta hora tristísima de Getsemaní, la hora
más triste de tu vida. ¡Hoy no tienes mucho amor,
eres todo amor y todo dolor para mí. Pero esa
sangre, Jesús, me ha lavado. Tu sangre no será inútil
para mí.
¿Qué se siente al tener miedo? Eres un
valiente, Jesús. Sudas sangre, y dices sí.
Tienes razón, es
muy duro y amargo ese cáliz, los azotes, la corona,
la cruz, Jesús, pero, si no vas a la pasión,
¿quién me librará del infierno? ¿Sabes? Yo también tengo miedo,
miedo de sufrir, de salvar almas, de crucificar mi
orgullo y sensualidad ¡Enséñame, oh valiente Jesús, a decir como
Tú: “No se haga mi voluntad sino la tuya!”
¡Gracias, Jesús, por haber dicho que sí esa noche de
Getsemaní! Quiero dejar a tus pies, en ese huerto donde
tu sudaste sangre por mí, mis faltas de generosidad,
mis miedos, mis pecados, mis egoísmos, todos mis defectos, mis
debilidades. ¿Quieres mi amor? ¿De verás te interesa? Te
lo doy.
¿Quieres mi vida? De verás te interesa? Te
la doy, es tuya. Te la doy aquí donde tu
has entregado tu sangre y tu vida por mí. Contemplemos
ahora un segundo cuadro de la Pasión, de esa larga,
dolorosa pasión de Jesús: la Flagelación. ¡La cruz fue sólo
un golpe de gracia, pero antes lo machacaron como
se machaca y pisotea un animal asqueroso! Mirémoslo atado
a una media columna. En menos de cinco minutos lo
dejaron como un guiñapo: hilos de sangre y desgarrones
por la espalda, los brazos, el cuello; la cara toda
manchada de sangre; de tal manera que si tu quisieras
darle un beso en la cara, te mancharías los labios
de sangre. El procurador Poncio Pilato había dado la consigna
de que lo dejaran de tal manera que diera
lástima, para que se conformaran con esto, y no pidieran
la cruz ¡Aquellos verdugos sabían muy bien su oficio! Podemos
imaginar cómo terminó Jesús, como un auténtico deshecho humano.
Muchos
morían allí mismo: Al soltarlos, caían en un charco
de sangre muertos. Él no murió allí, aparte de que
era resistente al sufrimiento, porque no debía morir allí, porque
le quedaban aún las manos y los pies para la
cruz; porque el amor se escribe con sangre, y El
amaba a los hombres. Ya nos lo había dicho: “Nadie
tiene más amor que el que da la vida
pos sus amigos”.
Aquel hombre daba compasión y repugnancia: Realmente era
un gusano y no un hombre. Decía el profeta
Isaías, que vio esta escena un tiempo antes: ”No hay
en Él parecer, no hay hermosura para que le miremos,
ni apariencia para que en Él nos complazcamos; despreciado y
abandonado por los hombres, varón de dolores y familiarizado con
el sufrimiento, y como uno ante el cual se oculta
el rostro”, es decir, que no se le podía
mirar.
Dicen los santos padres que los pecados contra
la pureza le pusieron así. ¡Qué fácil es para el
hombre cometerlos, sobre todo hoy día! Pero a Cristo le
costaron sangre. El precio fue muy alto. Y
todos pusimos la mano sobre Cristo. En la siguiente
tentación que llegue a tocar a mi puerta, podría preguntar
a Jesús: ”¿Me aguantas un pecado más, solo uno
más?” Veamos ahora una tercera escena de esa pasión, precisamente
la Crucifixión, con esa introducción, dolorosísima de llevar la
cruz desde la cárcel hasta el mismo monte Calvario. Se
busca una cruz para Dios, la horca era poco para
Él. Ahora sangran las manos y los pies abiertos por
los clavos. Tu fe y tu imaginación pueden ayudarte a
recomponer la escena. Si eres capaz de imaginarte a ese
Cristo crucificado como en realidad estaba, no lo resistes.
Antes de morir, en vez de pensar en sí
mismo, en vez de pedir misericordia para sí, la pide
para nosotros. ¡Fíjense qué momento escoge para darnos uno
de los regalos más maravillosos, más finos: su Madre. “Ahí
tienes a tu madre”. Y a Ella le dice, para
que quedara claro para ambas partes: ”Ahí tienes a
tu hijo: no te asustes de cómo es, ámalo y
abrázalo como si fuero yo mismo”. Y eso María se
lo ha tomado infinitamente en serio, ser Madre tuya y
Madre mía, como lo fue de Jesús. Tenemos durante toda
la vida y toda la eternidad el amor, el cariño,
la fuerza, la omnipotencia suplicante de la mejor de
las Madres. Lo más querido para Cristo en la tierra,
su Madre bendita, es Madre mía, es Madre tuya; y
eso nadie me lo quita: Madre de Dios y Madre
mía. Increíble, si Él no lo hubiera dicho.
Además, se preocupa
de buscar la salvación para uno de los que eran
compañeros de suplicio. Él hubiera querido salvar a los
dos, pero uno quiso y el otro no quiso. El
ladrón, movido evidentemente por la presencia de María en
aquella cuarta estación, y movido por la forma como
Cristo soportaba tanto dolor, tanto sufrimiento y tantos insultos de
la plebe, movido realmente en su corazón, dijo estas palabras:
“Acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino”. Jesús le
respondió con una mirada, con un amor, que solamente pudo
sentir el que escuchó su respuesta: “ Hoy estarás conmigo
en el Paraíso “.
Decíamos que El no se preocupó
de pedir para sí, sino de buscar que Dios nos
perdonara; buscó que nosotros nos salváramos, y así dijo con
un corazón verdaderamente grandioso, divino: “Perdónales, Padre, porque no saben
lo que hacen” .No podíamos haberle tratado peor. “Perdónales a
todos: a Pilato, a Pedro, a ti y a mí”.
Y ese perdón el Padre lo aceptó para todos aquellos
que tienen la capacidad de alargar la mano y decir:
“Perdóname, Padre.”
Veámoslo clavado en la cruz, mirémoslo bien,
porque hasta allí lo ha llevado un amor de locura,
un amor que sería vilmente ignorado y despreciado por
muchos. Pero el amor de Cristo nunca se enfriará, aunque
nosotros seamos infieles; y así, sabes que cuentas con el
amor de un Dios crucificado hasta el último instante de
tu vida... Para que hagas con él lo que tu
quieras.
Tres horas duró colgado. Fue desangrándose literalmente, como un cordero
en el matadero, escurriendo las últimas gotas de sangre; luego
inclino la cabeza, y así murió Dios. Verlo, mirarlo despacio.
Allí estaba la fotografía más hermosa que jamás se haya
visto en la tierra: la de aquel hombre muerto en
la cruz la tarde del Viernes Santo.
Hasta ahí te
ama Cristo, no menos. Cuando quieras saber cuánto te
ama Jesús, acércate a un crucifijo, vele las manos, los
pies, el cuerpo entero destrozado por los azotes, la cabeza
coronada de espinas, y recuerda las palabras que dijo antes
de morir por ti, por mí, por todos: “
Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen”.
Ese cadáver ya
no habla más, pero sí tiene todavía alguna cosa que
decirte: “A mí no me pidas más. Ya no
puedo sufrir más. Yo sí te he amado en serio”.
Realmente es necesario aquí detenerse, es necesario aquí doblar la
rodilla, doblar el corazón, y preguntarnos si tenemos un corazón
de piedra o un corazón de carne. Porque un amor
tan grande, un amor tan único no puede olvidarse. Tú
no puedes olvidar, no puedes pisotear, no puedes dar la
espalda a ese amor crucificado. Si lo hicieras, serías la
mujer o el hombre más desgraciado del mundo, por haber
rechazado tan grandísimo amor.
Veámoslo, por fin, muerto en los
brazos de su madre: Realmente fue el momento
más doloroso para esta mujer bendita. Ahora ya no le
impiden los soldados acercarse; lo tiene sobre sus rodillas; puede
verlo desde la cabeza hasta los pies. ¿Qué queda de
aquel hijo, de aquel fruto de sus entrañas? La cabeza
destruida por las espinas, el rostro desfigurado por la sangre
y la bofetada del siervo, y su cuerpo entero
desgarrado, destruido por los azotes! La lanzada dejó un orificio
tremendo en la zona del corazón; sus pies y sus
manos totalmente abiertos por los clavos. Y trata de mirarlo,
trataría de reanimarlo con su amor, con su calor de
Madre, pero está frío, está muerto! Aunque ella no
lo quiera creer. Y mira sobre todo sus ojos, aquellos
ojos divinos por donde se asomaba Dios y se asomaba
su Hijo, que tantas veces le miró y le amó
a través de aquellos ojos. Ojos muertos, ojos idos. Todo
Él está muerto. Más muerto que ningún hijo cuando muere.
¡Qué diferente de cuando era un niño, y lo llevaba
en brazos: entonces era un niño pequeño, pesaba poco y
estaba vivo; ahora es grande y es pesado, muy pesado,
y está muerto.
Decíamos que Jesús ha pronunciado su ultima palabra;
sin embargo le quiere decir algo a Ella para nosotros:
“Diles, Madre, cuanto les quiero.”
Quizás ahora comprenda por qué en
las Iglesias y en tantos lugares se nos pone frente
a los ojos un crucifijo; tal vez lleves uno colgado
del pecho; puede ser que lo tengas sobre tu mesa
de trabajo, o colgado en la pared ¿Para qué?
¿Para qué tantos crucifijos? Porque es necesario verlo,
y volverlo a ver y volverse a enternecer y volver
a comprender el amor, para que no se nos
olvide. Porque sería el olvido más trágico. Es la fotografía
de quien más me ha querido. Para guardarla, para
mostrarla; el recuerdo más entrañable. Por eso, decía San
Pablo, y estoy totalmente de acuerdo con el: “Líbreme Dios
de gloriarme de nada, si no es de la cruz
de Nuestro Señor Jesucristo” ¡Que significado tenia para él recordar
a Jesucristo en la cruz!
Y así, cada crucifijo, esté
donde esté, me estará recordando eternamente: ¡Cuanto te quiero! Esto
es cierto desde hace veinte siglos, y lo será eternamente.
Todos los crucifijos del mundo, el que tu tienes colgado
del cuello, en tu casa, donde sea, todos te estarán
diciendo: “Yo sí te he amado en serio”. Viernes santo.
¿Hay algún día mas apropiado para decirle a Jesús: “Te
amo con todo mi corazón, toda mi alma, toda mi
mente y todas mis fuerzas?” Si tienes ganas de
decirle que ahora sí vas a ser fiel, que ahora
sí adiós flojera, adiós mediocridades, adiós tibiezas, !díselo ahora¡
¡Díselo hoy! ¡Díselo ante la cruz!. No esperes a mañana,
porque El te vuelve a decir hoy, como le decía
a Santa Gertrudis: “si fuera necesario para salvarte, volvería a
soportar de buena gana por ti solo, todo lo que
sufrí por el mundo entero”.
Recuerdo ahora las palabras que
decía Jesús a Santa Margarita María de Alacoque: “Mira este
corazón que tanto ha amado a los hombres, y no
recibe de la mayoría de ellos sino ingratitudes y desprecios”.
¡Qué terrible que yo esté incluido en esa mayoría que
no le dan mas que ingratitudes y desprecios! Por eso
le decía a ella: “Al menos tú ámame”.
Y esto oigámoslo hasta el fondo de nuestro corazón, dicho
por ese Jesús crucificado.
¡Al menos tú ámame ! Ante
ese Cristo ante el que Pablo dijo: “ Me amó
y se entrego a la muerte por mí”, ante ese
Cristo puedes tú decir idénticas palabras, porque son tan verdad
para San Pablo como para ti y para mi. Cristo
me amó y se entrego a la muerte por
mí. Por eso comprendemos las palabras de su Apóstol Juan
al iniciar todo este drama comenzando por la Eucaristía:
“ Habiendo amado a los suyos que estaban en el
mundo los amó hasta el extremo”. Este es el amor
más grande del mundo... el de Cristo... el amor
más grande del mundo olvidado y despreciado por muchos...
Al menos que no lo sea por ti y por
mí.
Preguntas o
comentarios al autor P. Mariano de Blas LC
|
|