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Retiro Espiritual | tema
Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
13o. Plática
Testamento de un Crucificado. Son las últimas expresiones de ese Dios que vino a la tierra a darnos vida.
 



Cae la tarde sobre el monte Calvario. Tres cruces se levantan sobre la tierra sosteniendo tres cuerpos: dos de ellos vivos y el tercero muerto. Se desplomaría al suelo si no estuviera cosido con clavos en las manos y en los pies. Ya no habla, ya no respira, está inmóvil, muerto. En lo alto de la cruz puede leerse: “Jesús Nazareno, rey de los judíos”.

Más de lo que han hecho contra ese hombre no se puede hacer aunque lo intentaran: Le han coronado de espinas, le han escupido la cara, golpeado su rostro, le han flagelado, clavado en unos maderos; le han llamado embaucador, mentiroso, borracho y amante de la buena mesa. Le han llamado también blasfemo y usurpador. Se han reído de él. Le han ido machacando todo su cuerpo y toda su alma hasta convertirlo en un gusano; es como uno ante el cual nos cubrimos el rostro, porque no se le puede mirar.

Ese hombre nada posee: ha muerto sin nada; sus vestidos los sortean los soldados; hasta la túnica y sus sandalias son de ellos. No tiene sepulcro donde reposar, y un amigo le prestará el suyo. Él no tiene nada, ¡ah! sí, tiene una madre cerca de la cruz; por cierto que es la mujer más maravillosa que ha pasado por este mundo. Pero desde ahora ya no será solamente suya; porque nos ha dicho a cada uno de nosotros: “Ahí tienes a tu Madre”, y a Ella le ha dicho: “Ahí tienes a tus hijos”. Es impresionante ver con qué autenticidad esta Madre se ha preocupado por todos sus hijos. Aquella Madre del Calvario tiene también ese nombre tan cercano y tan nuestro de Santa María de Guadalupe. Aquella tarde del viernes Santo estaba en la colina del Calvario; después vendría a visitarnos en otra colina, la del Tepeyac, a decirnos que sí, que había aceptado ser nuestra Madre.

Antes de morir, Jesús ha tenido buen cuidado de decir a su Padre: “Perdónales, porque no saben lo que hacen”. Ésta ha sido y sigue siendo su respuesta al odio más negro que se haya visto en esta tierra en contra de alguien. “Perdónales, porque no saben lo que hacen”. Perdónales a todos: a Pilato, a Pedro, a ti y a mí.

Todos los caminos de los hombres pasan delante del Calvario. Tarde o temprano nuestros pasos se detendrán ante ese Hombre Dios caído, derrotado, humillado y muerto. Eres libre de hacer lo que quieras con Él en este momento. Piensa, sin embargo, que esos ojos muertos hoy un día te mirarán otra vez, y esa boca que ahora ya no habla, hablará en tu favor o en tu contra.

Cristo estuvo colgado tres horas en la cruz para que todos los presentes pudieran pensar las cosas y tomar su decisión. Y algunos, aunque al final, reaccionaron. Unos que le habían gritado y se habían reído y burlado: regresaron golpeándose el pecho. El centurión, a su modo, rezó así: “Éste era Hijo de Dios”. Uno de los ladrones se arrepintió totalmente y le pidió: “ acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino”, y tuvo tiempo de oír estas palabras de Jesús: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Cristo crucificado sigue expuesto a ti; a tus ojos, a tu cara y a tu fe hasta el último día de tu vida. Para que alguna vez, aunque sea ya tarde, puedas decirle también: “acuérdate de mí”; pero que sea antes de cerrar los ojos definitivamente a este mundo.

Vamos a fijarnos en el testamento de este crucificado: son sus últimas palabras. Las últimas palabras de un hombre tienen una gran importancia, pero la tienen mucho mayor si estas palabras son las del Hijo de Dios, las del Redentor. Las pronunció llevando la cruz o ya clavado en ella; son siete frases:

La primera es de perdón,
La segunda de misericordia,
La tercera de amor,
La cuarta de celo por las almas
La quinta de dolor
La sexta de fidelidad
La séptima y última de confianza.


  • La primera: “Perdónales, porque no saben lo que hacen”.

    Es importante el momento que Él escoge para pedir perdón; era muy difícil, era moralmente imposible que su Padre negara el perdón cuando Él cargaba la cruz, es decir, el castigo que todos los pecadores merecíamos. Él se adelantó a decir: “Yo llevo el castigo que ellos merecen, Padre, “perdónales, por tanto”. ¿Cómo podía negarle a su propio Hijo coronado de espinas, ensangrentado, crucificado, el perdón para nosotros? Y realmente Jesús obtuvo el perdón para todos los hombres, incluido el hombre más perverso y la mujer más malvada. Cuando Jesús murió en la cruz, murió con la conciencia tranquila de haber perdonado absolutamente a toda la humanidad. Aun a los hombres y a las mujeres a los que nadie hubiera perdonado jamás.

    Es un perdón eficaz, no es un simple deseo; y así, cuando uno hace una buena confesión, ese perdón llega para unos pecados concretos que son propiedad privada nuestra.

    Y ese perdón de Jesús se convierte en absolución. Cada vez que te confiesas la palabra de Jesús “Perdónales, Padre”, se hace realidad. Todo lo pasado está perdonado y todo el futuro negro y pecaminoso que realices está anticipadamente perdonado. Es algo así como tener un cheque firmado por Jesús. Cuando vas a confesarte, lo único que haces es hacer efectivo ese cheque. Dios ha perdonado y perdona siempre que hay de parte nuestra un poco de humildad para alargar la mano y pedir perdón.

    En ese sentido, si la confesión es la manera de hacer eficaz el perdón de Dios, ¿por qué no sentimos hacia ese sacramento una simpatía y un amor entrañables? ¿Por qué, desgraciadamente, hoy se descuida este sacramento y no se practica o se toma con temor, con susto y preocupación? La confesión hoy en día no está muy de moda. Es una lástima porque eso significa que el perdón de Dios se le queda en las manos para muchas almas que no quieren acercarse a este sacramento de la misericordia. “Perdónales a todos”: ahí estás tu y ahí estoy yo: Los dos perdonados, los dos absueltos, siempre y cuando queramos aceptar ese perdón.
    Lo más trágico de la muerte del Hijo de Dios es el haber hecho todo lo que estaba en su mano para perdonar, para absolver, para ahorrarnos el ir al infierno, y sin embargo, el que haya todavía muchísimos hombres que digan: “No nos interesa tu perdón, quédate con él”. Y Dios, el buen Dios, el Dios Amor se ha quedado con el perdón en la mano, se ha quedado con los clavos, se ha quedado con la corona de espinas, y todo ese amor y todo ese dolor es inútil para ellos. Dar la espalda a tanto amor es una cosa terrible.


  • La Segunda palabra es: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”

    Palabra dicha a aquel ladrón que junto con su compañero iba maldiciendo y repitiendo lo que el pueblo decía; todas las maldiciones posibles contra Él, contra la Santísima Virgen. Los dos bandidos salían de la cárcel maldiciendo a Jesús, maldiciendo su suerte; pero uno de ellos, de repente, se dejó tocar el corazón - yo me pregunto en qué momento fue - tal vez fue al contemplar el encuentro de María con su Hijo, que verdaderamente era capaz de enternecer a una fiera; ver aquellos dos seres humanos: el Hijo de Dios, el hombre más inocente, más bondadoso y la mujer más maravillosa, María Santísima: el encuentro de la Madre y del Hijo. Seguramente él recordó a su propia madre, cuando de chiquito le decía cosas buenas y le daba sabios consejos. Tal vez el comportamiento de Jesús, su mansedumbre heroica ante tantas humillaciones y tantos insultos. El caso es que, para tomar fuerza, se metió primero contra su compañero, diciéndole: “ cállate; tú y yo merecemos la muerte, somos unos bandidos unos ladrones, pero Él es inocente”. Después se animó a mirar a Jesús y hacerle una oración con la cual le arrancó el cielo.

    ¡Bendita oración y bendita gracia que le llegó en el preciso momento, en el último día de su vida! La oración fue ésta: “Acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino”. No sé cuantos segundos tardó Jesús en responder. Seguramente se dio su tiempo para mirarle, clavando sus ojos en aquel pobre pecador. Y mirándole con toda la ternura con la que Dios puede mirar a un alma, le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. ¡Hoy, no mañana! Estarás conmigo: indica compañía, indica amistad, indica intimidad. Porque podría haberle dicho: “ estarás en el paraíso”. Al utilizar esta palabra: estarás en el cielo, podemos estar absolutamente ciertos de que este ladrón está en el cielo, eternamente feliz.
    Pero uno se pregunta, como San Agustín: ¿Y el otro? El otro, ¿por qué no quiso hacer la misma oración? Sobre todo después de haber oído la respuesta de Jesús a su compáñero. Si él se hubiera animado a repetir las mismas palabras, “acuérdate también de mí”, de seguro hubiera recibido la misma respuesta: “tú también estarás conmigo en el paraíso”. Pero esta palabra que ya la tenía Jesús en su corazón y en sus labios, se le congeló, porque el otro nunca quiso recibir su perdón.

    Y así, nos dice este santo que es verdad que uno puede convertirse y salvarse en el último día y en el último momento. Ahí está Dimas que lo logró. Pero también hay personas que ni en el último momento de la vida se arrepienten ni piden perdón. Ahí esta Gestas, el otro ladrón, que murió desesperado, arrojando espuma por la boca, maldiciendo, ¡Qué muerte tan horrible! Teniendo a su lado como compañero de suplicio al mismísimo Hijo de Dios que moría y que daba su vida y su sangre por él, por su compañero y por todos los hombres. Pero no quiso, y así, Jesús se fue con las ganas de haberse llevado a sus dos compañeros de suplicio al cielo. Pero el otro no quiso y, como no quiso, Dios no pudo.


  • La tercera palabra: “He ahí a tu Madre, He ahí a tu Hijo”.

    María estaba presente y estaba presente no como una buena Madre que sentía la compasión más profunda hacia su Hijo que moría; era mucho más que eso, era la Madre que entendía que era voluntad de Dios que su hijo amantísimo muriera en una cruz. Entonces, ¿cuál era el sentido de su presencia? El decirle: “¡Hijo mío, yo te apoyo, yo te acompaño hasta el último momento. Tienes que cumplir la voluntad del Padre. Yo te animo a que la cumplas como un héroe hasta el final! Por eso se dice que la Virgen María estaba en pie, firme junto a la cruz, destruida, muriéndose ella misma de dolor, pero firme, tratando de congelar sus lágrimas que querían romper las compuertas, pero estaban detenidas para no provocar más sufrimiento en su pobre Hijo.

    “He ahí a tu Hijo”. Juan estaba presente, pero estaba allí representando a toda la humanidad; por eso, al decirle a Él: “He ahí a tu Madre”, era como decirle a Juan, a ti, a mí, a todos los hombres: “Ahí tienes a tu Madre”. Jesús me ha dado a mí a su propia Madre de una manera personal y directa. Y le dijo a Ella: “Ahí tienes a tus hijos “: a Juan, a ti, a mí y a todos los hombres.

    Ella se ha tomado con una seriedad absoluta esa expresión, ese mandato de Jesús: “Ahí tienes a tus hijos”. Ojalá que nosotros nos tomáramos también infinitamente en serio la palabra dicha a nosotros: “Ahí tienes a tu Madre”. No cabe duda que esta frase de Jesús es una de las más hermosas, más entrañables, más maravillosas que han salido de los labios de Dios. Porque, indiscutiblemente, después del amor que Él nos ha tenido, el regalo más tierno, más fino, más delicado es habernos dado a su propia Madre. María era una joya demasiado hermosa, era la criatura más santa, más pura, más grande que había salido de las manos de Dios. Lo lógico era que Él se la quedara para sí mismo, y, entonces, nosotros la invocaríamos con un respeto tremendo; diríamos: “Oh Madre de Dios.” Pero ninguno jamás se hubiera atrevido a decirle: “Madre, Mamá”, como le decimos ahora cariñosamente. Y esto no es porque nosotros robemos nada; nos la han dado. No la hemos merecido para nada, pero nos la han dado. María es tan Madre de Dios como Madre nuestra. Y por eso, se puede decir que Ella es toda de Jesús por derecho pero, también, - y lo debemos de decir con humildad agradecida- es también toda nuestra por regalo. Un regalo verdaderamente admirable .


  • La cuarta palabra: “Tengo sed”.

    Al oír esto, uno de los soldados clavó en una caña de hisopo una esponja que había empapado en vinagre, y se la llevó a la boca; quizás fue un gesto irónico, o, quizás, un gesto de compasión. El caso es que Jesús no la quiso probar. Entonces, ¿a qué se estaba refiriendo con la sed? Es cierto que un crucificado sufría una sed espantosa, porque toda la sangre que se pierde provoca una deshidratación terrible.

    Sin embargo, se refería a otra sed: sed de almas, sed de tu alma y de la mía; sed de que pudiéramos arrepentirnos de nuestros pecados, pudiéramos ir al cielo, hacernos santos, y la sed de que, además, pudiéramos salvar a otros. Cristo murió de sed.

    Esa es la terrible sed de Dios, y tú y yo la podemos calmar o podemos también decirle: ¡quédate también con tu sed! ¡muérete de sed! ¡no nos importa! Tiene sed de mí, quiere, espera, ansía que yo sea santo.

    Ciertamente no le soy indiferente y, por eso, la frase bíblica: “Hoy, si escucháis su voz, no endurezcáis el corazón.” Hoy. A Dios le gusta esta expresión: Hoy, ahora. A nosotros nos gusta decir: luego, después, mañana... para lo mismo responder mañana.

    Tiene sed de que el mundo viva en paz, tiene sed de que los hombres se amen y no de que se odien como vemos hoy día. Hoy vemos en la televisión, en la radio, en las noticias como lo más normal a dónde llega el odio de los hombres. ¿Que somos hermanos? ... Somos fieras, pero fieras inteligentes. Porque los tigres, los leones, las fieras tienen un límite: ellos atacan cuando tienen hambre, pero también tienen un límite en su furor.

    En cambio el hombre por su inteligencia puede convertir su odio en algo verdaderamente abominable. Recordemos aquella frase que decía Jesús a Santa Margarita: “Al menos tú ámame”. Era decirle lo mismo: Tengo sed; muchos desprecian esta sed; al menos tú cálmamela, al menos tú ámame. Oír esto de labios de Dios debe ser un rayo que atraviesa el corazón .


  • La quinta palabra: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”

    Es una expresión ciertamente muy misteriosa: Algunas personas la interpretan así: Es un salmo a modo de oración que Él empezó a rezar . Otros dicen que el Padre le hizo sentir el abandono total, el abandono que se experimenta en el infierno, el equivalente a la pena de daño. Debió ser algo ciertamente terrible.

    Yo me atrevería a interpretarlo de esta manera: Su padre le permitió vivir, experimentar, sentir todos los momentos de desesperación humana, todos esos momentos terribles de soledad, abandono, de traición, de sentirse sólos, de sentirse abandonados, de sentirse pisoteados; todas esas circunstancias terribles de las cuales hoy hay muchísimas: los niños abandonados, los niños maltratados y asesinados, las personas abandonadas, los ancianos dejados como instrumentos inútiles, la desesperación terrible de los jóvenes que se acercan al suicidio y que llegan al suicidio, y tantos otros elementos de desesperanza. Jesús quiso entrar a todos los rincones del dolor y de la desesperanza humana para decir: “Todavía hay remedio.” Él quiso redimir esos momentos, los más terribles de la humanidad, para decirles que siempre hay un camino, siempre hay una respuesta. Allí donde ya no queda nadie, donde parece que no hay salvación, ni respuesta, ni esperanza, allí está la mano amiga de Cristo que nos dice: “Aquí estoy Yo”. Todos los desesperados tienen remedio. Todos los que han perdido la ilusión en la vida, todos los que dicen: “lo único que sirve es morir”, sepan que hay un Jesucristo, un Redentor que les susurra al corazón: “Aun quedo Yo, que soy la respuesta y la esperanza”.

    Jesús murió como un esclavo, murió como un maldito de Dios, según se nos dice en la Biblia. ¡Qué terrible este sufrimiento moral de Jesús! Se puede decir que fue mucho más grave, más doloroso que el sufrimiento físico, el sufrimiento que experimentó en el Huerto de Getzemaní y en este momento en que moría. ¿Cuál es tu crisis?, ¿cuál es tu dolor, tus tentaciones? ¡Llévalas a Cristo Crucificado! Tienen solución.


  • La sexta palabra: “Todo está cumplido”.

    Es una palabra de triunfo. Él, al llegar a este mundo había dicho: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad”. Ahora su última palabra: “Todo está cumplido”, es decir, tu voluntad, que ha sido el alimento de mi vida, el camino de mi vida, ha sido cumplida con perfección. ¡Quién pudiera decir, al final de su vida, estas mismas palabras: Misión cumplida! Aquello para lo que me diste la vida, para lo que me trajiste a este mundo, está cumplido. No hay manera más hermosa de morir que ésta.
    Si yo hoy me preguntara: ¿a estas alturas de mi existencia, cómo he cumplido esa misión de Dios para mi vida? Quizás tuviera que decir que la he cumplido bastante mal, o muy mal, o, por lo menos, no del todo bien. Pero mirando hacia el futuro, ¿qué voy a hacer con esa misión? ¿Seré capaz de arrancar de mí un propósito de santidad?, ¿un propósito de ser un auténtico cristiano? ¿Seré capaz?

    Es que cuesta mucho, llegan muchas razones y muchos miedos a provocar la muerte de esta decisión. Pero no hay ninguna razón para la espera, ninguna; ningún miedo es justificante, ningún temor, ninguna pereza; y existen todas las razones para la entrega total, todas las razones del mundo. Es verdad que en este momento nuestra sensibilidad sufre ante el compromiso que implica amar a Dios con todo el corazón. Pero el día que constatemos que hemos sido fieles, daremos infinitas gracias a Dios. En ese momento diremos: ¡Qué bien que tomé aquella estupenda decisión de convertirme, de cambiar! Pero, si no lo hacemos, al final de la vida estaremos muy tristes, y nos preguntaremos con coraje: ¿por qué hice caso a mi pereza, a mis miedos, a mi sensualidad, y no al amor infinito de Dios?


  • La Séptima palabra: “En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu”.

    Es un abandono, es un caer en los brazos de Dios; no solo cerrar los ojos, aflojar el cuerpo, y morir. Es, sobre todo, una actitud del alma. Así es como muere un cristiano.

    Jesús nos enseña con su muerte cómo debe ser la nuestra, la muerte de un auténtico seguidor suyo. Así se vive: en las manos del Padre; y así se muere: también en las manos del Padre. ¡Qué diferente es caminar por la vida, sabiendo que hay un amor infinito que nos guía, que nos va ayudando a resolver las dificultades del camino; un amor que nos tranquiliza, que nos fortalece; un amor que nos sonríe, aun en los momentos duros y difíciles! ¡Qué diferente es la muerte, cuando uno sabe, por la fe, que muere en brazos de un maravilloso Padre como Dios!
    En la muerte de un cristiano suele estar el médico, los familiares; posiblemente un sacerdote. Pero hay allí una persona invisible pero que esta realmente más presente que todos los demás, y es Jesucristo. Un buen cristiano muere en los brazos de Jesús. Y junto a Él, como en su propia muerte, hay otra persona que infaliblemente está presente, como cualquier madre está presente en la muerte de un hijo.

    María Santísima está presente en la muerte de todos los cristianos. María Santísima estará presente en tu muerte y en mi muerte como estuvo en la muerte de su primer Hijo, Jesús. Y por eso uno también muere en los brazos de María. Recostando su cabeza y su corazón y su dolor en el corazón materno más maravilloso y más amoroso, el de María Santísima. Por eso, la muerte de un cristiano no es una muerte triste, es una muerte gloriosa, y sí hay lágrimas, hay dolor, como en todas las muertes, pero, ¡qué diferencia nos ofrece la fe, la fe en la presencia de Jesús y la fe en la presencia de María!

    Tratemos de reflexionar en esta verdad, de aumentar la fe, la certidumbre, de que realmente en ese momento supremo de nuestra vida no moriremos solos; allí estará Jesús, ese Jesús que dio su vida por nosotros para salvarnos, y allí estará María, la que supo acompañar a Jesús en el Calvario. Por lo tanto, hay que dejar el presente y el futuro en sus manos. En las manos de Dios, lo mismo que en las manos de nuestra Madre. La hora de la muerte también: cuando Él quiera, como Él quiera, pero que sea con las manos llenas.

    Como conclusión: Mirando al Hijo muerto por mí, ¿Me animo a decir que sí? Mirando a la Madre muerta de dolor por mí, ¿Me atrevo a decir que sí? Mirando a los dos, al Hijo y a la Madre muertos de amor por mi ¿Me animo a decir que sí? ¿Qué te puedo yo negar, Jesús flagelado por mí, coronado de espinas por mí, clavado en una cruz por mí? ¿Y qué puedo negarte a ti, oh Madre mártir?
    Viene aquí al recuerdo esa hermosa poesía o esa hermosa oración que seguramente hemos oído en más de una ocasión:

    No me mueve, mi Dios, para quererte
    el cielo que me tienes prometido,
    ni me mueve el infierno tan temido,
    para dejar por eso de ofenderte.

    Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
    clavado en una cruz y escarnecido;
    muéveme ver tu cuerpo tan herido,
    muévenme tus afrentas y tu muerte.

    Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera
    que, aunque no hubiera cielo, yo te amara
    y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

    No me tienes que dar porque te quiera,
    pues, aunque lo que espero no esperara,
    lo mismo que te quiero, te quisiera.


    Este testamento de Jesús crucificado tiene que servirnos a nosotros de meditación, de consuelo y de compromiso. Son palabras maravillosas; son las últimas expresiones de ese Dios que vino a la tierra, que se hizo primero un niño pequeño por amor a mí, que nació en la máxima pobreza por mí, un Hijo de Dios que predicó el Reino, que sanó a los enfermos, que tuvo tanta misericordia con los pecadores como lo vimos en el caso de María Magdalena, de Zaqueo y de tantos otros.

    Un Dios que terminó dando su vida, dándonos a su Madre, dándose a sí mismo en la Eucaristía por amor! Estamos en la religión de este Hombre Dios, la religión del amor, la religión que es simplemente una respuesta de amor al amor más grande que se haya podido cruzar en nuestro camino.

    Si el fundador de esta religión nos ha amado tanto a los cristianos, ¿en qué debe consistir nuestra respuesta? ¡En un puro y simple acto de amor! Y así, si yo me levanto por la mañana, canto de amor y de gratitud. Y, si duermo por la noche, duermo tranquilo, y sigo cantando a ese Dios Amor. Y, si durante el día trabajo, trabajo pensando en Él, trabajando por El, como el trabajó por amor a mí, Y, si yo después realizo tantas cosas en la vida, y tengo una familia, y tengo un trabajo y una profesión, incluso una diversión, todo ese mundo, toda esa vida procuro que esté llena a rebosar del amor a Jesús.

    Ser cristiano es saber amar. Amar nunca es aburrido. Por eso, ser cristiano significa vivir anticipadamente en la tierra lo que será el cielo, allí donde todo es amor se convierte en éxtasis. Allí será el momento, el único momento en que será posible decir a ese Niño de Belén, a ese Cristo Eucaristía y a ese Jesucristo crucificado: !Gracias, por toda la eternidad!



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  • P. Mariano de Blas LC








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