Cae la tarde sobre el monte Calvario. Tres cruces se
levantan sobre la tierra sosteniendo tres cuerpos: dos de ellos
vivos y el tercero muerto. Se desplomaría al suelo si
no estuviera cosido con clavos en las manos y en
los pies. Ya no habla, ya no respira, está inmóvil,
muerto. En lo alto de la cruz puede leerse: “Jesús
Nazareno, rey de los judíos”.
Más de lo que han hecho
contra ese hombre no se puede hacer aunque lo intentaran:
Le han coronado de espinas, le han escupido la cara,
golpeado su rostro, le han flagelado, clavado en unos maderos;
le han llamado embaucador, mentiroso, borracho y amante de la
buena mesa. Le han llamado también blasfemo y usurpador. Se
han reído de él. Le han ido machacando todo su
cuerpo y toda su alma hasta convertirlo en un gusano;
es como uno ante el cual nos cubrimos el rostro,
porque no se le puede mirar. Ese hombre nada posee:
ha muerto sin nada; sus vestidos los sortean los soldados;
hasta la túnica y sus sandalias son de ellos. No
tiene sepulcro donde reposar, y un amigo le prestará el
suyo. Él no tiene nada, ¡ah! sí, tiene una madre
cerca de la cruz; por cierto que es la mujer
más maravillosa que ha pasado por este mundo. Pero desde
ahora ya no será solamente suya; porque nos ha dicho
a cada uno de nosotros: “Ahí tienes a tu Madre”,
y a Ella le ha dicho: “Ahí tienes a
tus hijos”. Es impresionante ver con qué autenticidad esta Madre
se ha preocupado por todos sus hijos. Aquella Madre del
Calvario tiene también ese nombre tan cercano y tan nuestro
de Santa María de Guadalupe. Aquella tarde del viernes Santo
estaba en la colina del Calvario; después vendría a visitarnos
en otra colina, la del Tepeyac, a decirnos que sí,
que había aceptado ser nuestra Madre.
Antes de morir, Jesús
ha tenido buen cuidado de decir a su Padre: “Perdónales,
porque no saben lo que hacen”. Ésta ha sido y
sigue siendo su respuesta al odio más negro que se
haya visto en esta tierra en contra de alguien. “Perdónales,
porque no saben lo que hacen”. Perdónales a todos: a
Pilato, a Pedro, a ti y a mí.
Todos los caminos
de los hombres pasan delante del Calvario. Tarde o temprano
nuestros pasos se detendrán ante ese Hombre Dios caído, derrotado,
humillado y muerto. Eres libre de hacer lo que quieras
con Él en este momento. Piensa, sin embargo, que esos
ojos muertos hoy un día te mirarán otra vez, y
esa boca que ahora ya no habla, hablará en tu
favor o en tu contra.
Cristo estuvo colgado tres horas
en la cruz para que todos los presentes pudieran pensar
las cosas y tomar su decisión. Y algunos, aunque al
final, reaccionaron. Unos que le habían gritado y se habían
reído y burlado: regresaron golpeándose el pecho. El centurión, a
su modo, rezó así: “Éste era Hijo de Dios”. Uno
de los ladrones se arrepintió totalmente y le pidió: “
acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino”, y tuvo
tiempo de oír estas palabras de Jesús: “Hoy estarás conmigo
en el paraíso”. Cristo crucificado sigue expuesto a ti; a
tus ojos, a tu cara y a tu fe hasta
el último día de tu vida. Para que alguna
vez, aunque sea ya tarde, puedas decirle también: “acuérdate de
mí”; pero que sea antes de cerrar los ojos definitivamente
a este mundo.
Vamos a fijarnos en el testamento de este
crucificado: son sus últimas palabras. Las últimas palabras
de un hombre tienen una gran importancia, pero la tienen
mucho mayor si estas palabras son las del Hijo de
Dios, las del Redentor. Las pronunció llevando la cruz o
ya clavado en ella; son siete frases:
La primera es de
perdón, La segunda de misericordia, La tercera de amor, La cuarta de
celo por las almas La quinta de dolor La sexta de fidelidad La
séptima y última de confianza.
La primera: “Perdónales, porque no
saben lo que hacen”.
Es importante el momento que Él
escoge para pedir perdón; era muy difícil, era moralmente imposible
que su Padre negara el perdón cuando Él cargaba la
cruz, es decir, el castigo que todos los pecadores merecíamos.
Él se adelantó a decir: “Yo llevo el castigo que
ellos merecen, Padre, “perdónales, por tanto”. ¿Cómo podía negarle a
su propio Hijo coronado de espinas, ensangrentado, crucificado, el perdón
para nosotros? Y realmente Jesús obtuvo el perdón para todos
los hombres, incluido el hombre más perverso y la mujer
más malvada. Cuando Jesús murió en la cruz, murió con
la conciencia tranquila de haber perdonado absolutamente a toda la
humanidad. Aun a los hombres y a las mujeres a
los que nadie hubiera perdonado jamás.
Es un perdón
eficaz, no es un simple deseo; y así, cuando
uno hace una buena confesión, ese perdón llega para
unos pecados concretos que son propiedad privada nuestra.
Y ese perdón
de Jesús se convierte en absolución. Cada vez que
te confiesas la palabra de Jesús “Perdónales, Padre”, se
hace realidad. Todo lo pasado está perdonado y todo el
futuro negro y pecaminoso que realices está anticipadamente perdonado. Es
algo así como tener un cheque firmado por Jesús. Cuando
vas a confesarte, lo único que haces es hacer efectivo
ese cheque. Dios ha perdonado y perdona siempre que
hay de parte nuestra un poco de humildad para alargar
la mano y pedir perdón.
En ese sentido, si la
confesión es la manera de hacer eficaz el perdón de
Dios, ¿por qué no sentimos hacia ese sacramento una simpatía
y un amor entrañables? ¿Por qué, desgraciadamente, hoy se descuida
este sacramento y no se practica o se toma con
temor, con susto y preocupación? La confesión hoy en día
no está muy de moda. Es una lástima porque eso
significa que el perdón de Dios se le queda en
las manos para muchas almas que no quieren acercarse a
este sacramento de la misericordia. “Perdónales a todos”: ahí estás
tu y ahí estoy yo: Los dos perdonados, los dos
absueltos, siempre y cuando queramos aceptar ese perdón. Lo más
trágico de la muerte del Hijo de Dios es el
haber hecho todo lo que estaba en su mano para
perdonar, para absolver, para ahorrarnos el ir al infierno, y
sin embargo, el que haya todavía muchísimos hombres que digan:
“No nos interesa tu perdón, quédate con él”. Y Dios,
el buen Dios, el Dios Amor se ha quedado con
el perdón en la mano, se ha quedado con los
clavos, se ha quedado con la corona de espinas, y
todo ese amor y todo ese dolor es inútil para
ellos. Dar la espalda a tanto amor es una
cosa terrible.
La Segunda palabra es: “Hoy estarás conmigo en
el paraíso”
Palabra dicha a aquel ladrón que junto con
su compañero iba maldiciendo y repitiendo lo que el pueblo
decía; todas las maldiciones posibles contra Él, contra la Santísima
Virgen. Los dos bandidos salían de la cárcel maldiciendo a
Jesús, maldiciendo su suerte; pero uno de ellos, de repente,
se dejó tocar el corazón - yo me pregunto en
qué momento fue - tal vez fue al contemplar el
encuentro de María con su Hijo, que verdaderamente era capaz
de enternecer a una fiera; ver aquellos dos seres humanos:
el Hijo de Dios, el hombre más inocente, más bondadoso
y la mujer más maravillosa, María Santísima: el encuentro de
la Madre y del Hijo. Seguramente él recordó a su
propia madre, cuando de chiquito le decía cosas buenas y
le daba sabios consejos. Tal vez el comportamiento de Jesús,
su mansedumbre heroica ante tantas humillaciones y tantos insultos. El
caso es que, para tomar fuerza, se metió primero contra
su compañero, diciéndole: “ cállate; tú y yo merecemos la
muerte, somos unos bandidos unos ladrones, pero Él es inocente”.
Después se animó a mirar a Jesús y hacerle una
oración con la cual le arrancó el cielo.
¡Bendita oración
y bendita gracia que le llegó en el preciso momento,
en el último día de su vida! La oración fue
ésta: “Acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino”. No
sé cuantos segundos tardó Jesús en responder. Seguramente se dio
su tiempo para mirarle, clavando sus ojos en aquel
pobre pecador. Y mirándole con toda la ternura con la
que Dios puede mirar a un alma, le dijo: “Hoy
estarás conmigo en el paraíso”. ¡Hoy, no mañana! Estarás conmigo:
indica compañía, indica amistad, indica intimidad. Porque podría haberle dicho:
“ estarás en el paraíso”. Al utilizar esta palabra: estarás
en el cielo, podemos estar absolutamente ciertos de que este
ladrón está en el cielo, eternamente feliz. Pero uno se
pregunta, como San Agustín: ¿Y el otro? El otro, ¿por
qué no quiso hacer la misma oración? Sobre todo después
de haber oído la respuesta de Jesús a su compáñero.
Si él se hubiera animado a repetir las mismas
palabras, “acuérdate también de mí”, de seguro hubiera recibido
la misma respuesta: “tú también estarás conmigo en el paraíso”.
Pero esta palabra que ya la tenía Jesús en su
corazón y en sus labios, se le congeló, porque el
otro nunca quiso recibir su perdón.
Y así, nos dice
este santo que es verdad que uno puede convertirse y
salvarse en el último día y en el último
momento. Ahí está Dimas que lo logró. Pero también hay
personas que ni en el último momento de la vida
se arrepienten ni piden perdón. Ahí esta Gestas, el otro
ladrón, que murió desesperado, arrojando espuma por la boca, maldiciendo,
¡Qué muerte tan horrible! Teniendo a su lado como
compañero de suplicio al mismísimo Hijo de Dios que moría
y que daba su vida y su sangre por él,
por su compañero y por todos los hombres. Pero no
quiso, y así, Jesús se fue con las ganas
de haberse llevado a sus dos compañeros de suplicio al
cielo. Pero el otro no quiso y, como no quiso,
Dios no pudo.
La tercera palabra: “He ahí a tu
Madre, He ahí a tu Hijo”.
María estaba presente y
estaba presente no como una buena Madre que sentía la
compasión más profunda hacia su Hijo que moría; era mucho
más que eso, era la Madre que entendía que era
voluntad de Dios que su hijo amantísimo muriera en una
cruz. Entonces, ¿cuál era el sentido de su presencia? El
decirle: “¡Hijo mío, yo te apoyo, yo te acompaño hasta
el último momento. Tienes que cumplir la voluntad del Padre.
Yo te animo a que la cumplas como un héroe
hasta el final! Por eso se dice que la Virgen
María estaba en pie, firme junto a la cruz, destruida,
muriéndose ella misma de dolor, pero firme, tratando de congelar
sus lágrimas que querían romper las compuertas, pero estaban detenidas
para no provocar más sufrimiento en su pobre Hijo.
“He
ahí a tu Hijo”. Juan estaba presente, pero estaba
allí representando a toda la humanidad; por eso, al decirle
a Él: “He ahí a tu Madre”, era como decirle
a Juan, a ti, a mí, a todos los
hombres: “Ahí tienes a tu Madre”. Jesús me ha dado
a mí a su propia Madre de una manera personal
y directa. Y le dijo a Ella: “Ahí
tienes a tus hijos “: a Juan, a ti,
a mí y a todos los hombres.
Ella se ha
tomado con una seriedad absoluta esa expresión, ese mandato de
Jesús: “Ahí tienes a tus hijos”. Ojalá que nosotros nos
tomáramos también infinitamente en serio la palabra dicha a nosotros:
“Ahí tienes a tu Madre”. No cabe duda que esta
frase de Jesús es una de las más hermosas, más
entrañables, más maravillosas que han salido de los labios de
Dios. Porque, indiscutiblemente, después del amor que Él nos ha
tenido, el regalo más tierno, más fino, más delicado es
habernos dado a su propia Madre. María era una joya
demasiado hermosa, era la criatura más santa, más pura, más
grande que había salido de las manos de Dios. Lo
lógico era que Él se la quedara para sí mismo,
y, entonces, nosotros la invocaríamos con un respeto tremendo; diríamos:
“Oh Madre de Dios.” Pero ninguno jamás se hubiera atrevido
a decirle: “Madre, Mamá”, como le decimos ahora cariñosamente. Y
esto no es porque nosotros robemos nada; nos la han
dado. No la hemos merecido para nada, pero nos la
han dado. María es tan Madre de Dios como Madre
nuestra. Y por eso, se puede decir que Ella es
toda de Jesús por derecho pero, también, - y lo
debemos de decir con humildad agradecida- es también toda nuestra
por regalo. Un regalo verdaderamente admirable .
La cuarta palabra:
“Tengo sed”.
Al oír esto, uno de los soldados clavó
en una caña de hisopo una esponja que había empapado
en vinagre, y se la llevó a la boca; quizás
fue un gesto irónico, o, quizás, un gesto de compasión.
El caso es que Jesús no la quiso probar. Entonces,
¿a qué se estaba refiriendo con la sed? Es
cierto que un crucificado sufría una sed espantosa, porque toda
la sangre que se pierde provoca una deshidratación terrible.
Sin
embargo, se refería a otra sed: sed de almas,
sed de tu alma y de la mía; sed de
que pudiéramos arrepentirnos de nuestros pecados, pudiéramos ir al cielo,
hacernos santos, y la sed de que, además, pudiéramos salvar
a otros. Cristo murió de sed.
Esa es la terrible
sed de Dios, y tú y yo la podemos calmar
o podemos también decirle: ¡quédate también con tu sed! ¡muérete
de sed! ¡no nos importa! Tiene sed de mí, quiere,
espera, ansía que yo sea santo.
Ciertamente no le soy
indiferente y, por eso, la frase bíblica: “Hoy, si escucháis
su voz, no endurezcáis el corazón.” Hoy. A Dios le
gusta esta expresión: Hoy, ahora. A nosotros nos gusta decir:
luego, después, mañana... para lo mismo responder mañana.
Tiene sed
de que el mundo viva en paz, tiene sed de
que los hombres se amen y no de que se
odien como vemos hoy día. Hoy vemos en la televisión,
en la radio, en las noticias como lo más normal
a dónde llega el odio de los hombres. ¿Que somos
hermanos? ... Somos fieras, pero fieras inteligentes. Porque los tigres,
los leones, las fieras tienen un límite: ellos atacan cuando
tienen hambre, pero también tienen un límite en su furor.
En
cambio el hombre por su inteligencia puede convertir su odio
en algo verdaderamente abominable. Recordemos aquella frase que decía
Jesús a Santa Margarita: “Al menos tú ámame”. Era decirle
lo mismo: Tengo sed; muchos desprecian esta sed; al menos
tú cálmamela, al menos tú ámame. Oír esto de labios
de Dios debe ser un rayo que atraviesa el corazón
.
La quinta palabra: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me
has abandonado?”
Es una expresión ciertamente muy misteriosa: Algunas personas
la interpretan así: Es un salmo a modo de oración
que Él empezó a rezar . Otros dicen que el
Padre le hizo sentir el abandono total, el abandono que
se experimenta en el infierno, el equivalente a la pena
de daño. Debió ser algo ciertamente terrible.
Yo me atrevería
a interpretarlo de esta manera: Su padre le permitió vivir,
experimentar, sentir todos los momentos de desesperación humana, todos esos
momentos terribles de soledad, abandono, de traición, de sentirse sólos,
de sentirse abandonados, de sentirse pisoteados; todas esas circunstancias terribles
de las cuales hoy hay muchísimas: los niños abandonados,
los niños maltratados y asesinados, las personas abandonadas, los ancianos
dejados como instrumentos inútiles, la desesperación terrible de los jóvenes
que se acercan al suicidio y que llegan al suicidio,
y tantos otros elementos de desesperanza. Jesús quiso entrar
a todos los rincones del dolor y de la desesperanza
humana para decir: “Todavía hay remedio.” Él quiso redimir esos
momentos, los más terribles de la humanidad, para decirles que
siempre hay un camino, siempre hay una respuesta. Allí donde
ya no queda nadie, donde parece que no hay salvación,
ni respuesta, ni esperanza, allí está la mano amiga de
Cristo que nos dice: “Aquí estoy Yo”. Todos
los desesperados tienen remedio. Todos los que han perdido
la ilusión en la vida, todos los que dicen: “lo
único que sirve es morir”, sepan que hay un Jesucristo,
un Redentor que les susurra al corazón: “Aun quedo Yo,
que soy la respuesta y la esperanza”.
Jesús murió como
un esclavo, murió como un maldito de Dios, según se
nos dice en la Biblia. ¡Qué terrible este sufrimiento moral
de Jesús! Se puede decir que fue mucho más
grave, más doloroso que el sufrimiento físico, el sufrimiento que
experimentó en el Huerto de Getzemaní y en este momento
en que moría. ¿Cuál es tu crisis?, ¿cuál es
tu dolor, tus tentaciones? ¡Llévalas a Cristo Crucificado! Tienen solución.
La sexta palabra: “Todo está cumplido”.
Es una palabra de
triunfo. Él, al llegar a este mundo había dicho: “He
aquí que vengo para hacer tu voluntad”. Ahora su última
palabra: “Todo está cumplido”, es decir, tu voluntad, que ha
sido el alimento de mi vida, el camino de mi
vida, ha sido cumplida con perfección. ¡Quién pudiera decir, al
final de su vida, estas mismas palabras: Misión cumplida! Aquello
para lo que me diste la vida, para lo que
me trajiste a este mundo, está cumplido. No hay
manera más hermosa de morir que ésta. Si yo hoy
me preguntara: ¿a estas alturas de mi existencia, cómo
he cumplido esa misión de Dios para mi vida? Quizás
tuviera que decir que la he cumplido bastante mal,
o muy mal, o, por lo menos, no del todo
bien. Pero mirando hacia el futuro, ¿qué voy a hacer
con esa misión? ¿Seré capaz de arrancar de mí un
propósito de santidad?, ¿un propósito de ser un auténtico cristiano?
¿Seré capaz?
Es que cuesta mucho, llegan muchas razones y
muchos miedos a provocar la muerte de esta decisión. Pero
no hay ninguna razón para la espera, ninguna; ningún miedo
es justificante, ningún temor, ninguna pereza; y existen todas las
razones para la entrega total, todas las razones del mundo.
Es verdad que en este momento nuestra sensibilidad sufre ante
el compromiso que implica amar a Dios con todo el
corazón. Pero el día que constatemos que hemos sido fieles,
daremos infinitas gracias a Dios. En ese momento diremos: ¡Qué
bien que tomé aquella estupenda decisión de convertirme, de cambiar!
Pero, si no lo hacemos, al final de la vida
estaremos muy tristes, y nos preguntaremos con coraje: ¿por qué
hice caso a mi pereza, a mis miedos, a mi
sensualidad, y no al amor infinito de Dios?
La Séptima palabra: “En tus manos, Padre, encomiendo
mi espíritu”.
Es un abandono, es un caer en los brazos
de Dios; no solo cerrar los ojos, aflojar el cuerpo,
y morir. Es, sobre todo, una actitud del alma. Así
es como muere un cristiano.
Jesús nos enseña con su
muerte cómo debe ser la nuestra, la muerte de un
auténtico seguidor suyo. Así se vive: en las manos del
Padre; y así se muere: también en las manos del
Padre. ¡Qué diferente es caminar por la vida, sabiendo que
hay un amor infinito que nos guía, que nos va
ayudando a resolver las dificultades del camino; un amor que
nos tranquiliza, que nos fortalece; un amor que nos sonríe,
aun en los momentos duros y difíciles! ¡Qué diferente es
la muerte, cuando uno sabe, por la fe, que muere
en brazos de un maravilloso Padre como Dios! En
la muerte de un cristiano suele estar el médico, los
familiares; posiblemente un sacerdote. Pero hay allí una persona invisible
pero que esta realmente más presente que todos los demás,
y es Jesucristo. Un buen cristiano muere en los brazos
de Jesús. Y junto a Él, como en su propia
muerte, hay otra persona que infaliblemente está presente, como cualquier
madre está presente en la muerte de un hijo.
María Santísima
está presente en la muerte de todos los cristianos. María
Santísima estará presente en tu muerte y en mi muerte
como estuvo en la muerte de su primer Hijo,
Jesús. Y por eso uno también muere en los brazos
de María. Recostando su cabeza y su corazón y su
dolor en el corazón materno más maravilloso y más amoroso,
el de María Santísima. Por eso, la muerte de un
cristiano no es una muerte triste, es una muerte gloriosa,
y sí hay lágrimas, hay dolor, como en todas las
muertes, pero, ¡qué diferencia nos ofrece la fe, la fe
en la presencia de Jesús y la fe en la
presencia de María!
Tratemos de reflexionar en esta verdad, de
aumentar la fe, la certidumbre, de que realmente en ese
momento supremo de nuestra vida no moriremos solos; allí estará
Jesús, ese Jesús que dio su vida por nosotros
para salvarnos, y allí estará María, la que supo acompañar
a Jesús en el Calvario. Por lo tanto,
hay que dejar el presente y el futuro en sus
manos. En las manos de Dios, lo mismo que
en las manos de nuestra Madre. La hora de la
muerte también: cuando Él quiera, como Él quiera, pero
que sea con las manos llenas.
Como conclusión: Mirando al
Hijo muerto por mí, ¿Me animo a decir que
sí? Mirando a la Madre muerta de dolor por mí,
¿Me atrevo a decir que sí? Mirando a los dos,
al Hijo y a la Madre muertos de amor por
mi ¿Me animo a decir que sí? ¿Qué te puedo
yo negar, Jesús flagelado por mí, coronado de espinas por
mí, clavado en una cruz por mí? ¿Y qué
puedo negarte a ti, oh Madre mártir? Viene aquí al recuerdo
esa hermosa poesía o esa hermosa oración que seguramente hemos
oído en más de una ocasión:
No me mueve, mi Dios,
para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve
el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte.
Tú
me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y
escarnecido; muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y
tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara y, aunque no
hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te
quiera, pues, aunque lo que espero no esperara, lo mismo
que te quiero, te quisiera.
Este testamento de Jesús crucificado
tiene que servirnos a nosotros de meditación, de consuelo
y de compromiso. Son palabras maravillosas; son las últimas expresiones
de ese Dios que vino a la tierra, que se
hizo primero un niño pequeño por amor a mí, que
nació en la máxima pobreza por mí, un Hijo de
Dios que predicó el Reino, que sanó a los enfermos,
que tuvo tanta misericordia con los pecadores como lo
vimos en el caso de María Magdalena, de Zaqueo y
de tantos otros.
Un Dios que terminó dando su vida,
dándonos a su Madre, dándose a sí mismo en la
Eucaristía por amor! Estamos en la religión de este Hombre
Dios, la religión del amor, la religión que es simplemente
una respuesta de amor al amor más grande que se
haya podido cruzar en nuestro camino.
Si el fundador de esta
religión nos ha amado tanto a los cristianos, ¿en qué
debe consistir nuestra respuesta? ¡En un puro y simple acto
de amor! Y así, si yo me levanto por la
mañana, canto de amor y de gratitud. Y, si duermo
por la noche, duermo tranquilo, y sigo cantando a
ese Dios Amor. Y, si durante el día trabajo, trabajo
pensando en Él, trabajando por El, como el trabajó
por amor a mí, Y, si yo después realizo tantas
cosas en la vida, y tengo una familia, y tengo
un trabajo y una profesión, incluso una diversión, todo ese
mundo, toda esa vida procuro que esté llena a rebosar
del amor a Jesús.
Ser cristiano es saber amar. Amar
nunca es aburrido. Por eso, ser cristiano significa vivir anticipadamente
en la tierra lo que será el cielo, allí donde
todo es amor se convierte en éxtasis. Allí
será el momento, el único momento en que será posible
decir a ese Niño de Belén, a ese Cristo Eucaristía
y a ese Jesucristo crucificado: !Gracias, por toda la
eternidad!
Preguntas
o comentarios al autor P. Mariano de Blas LC
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