En unos Ejercicios Espirituales no puede faltar una palabra llena
de cariño y gratitud a la Madre de Dios y
a la Madre de los hombres: a María Santísima.
Júbilo eterno nació en su corazón desde que supo
que era la elegida para Madre de Dios. Dios en
su seno durante nueve meses. Ninguna Madre ha gustado la
felicidad de ser madre tan profundamente, tan tiernamente como la
madre de Jesús. Dios en sus brazos, alimentándose de ella,
dormido dulcemente junto a ella, prestándole el calor de su
cuerpo y la seguridad de una Madre.
Dios Niño dormía seguro
en sus brazos. Dios de la mano de María, Dios
caminando, no ya entre las estrellas y rodeado de los
ángeles, de la mano de su Madre, pequeñito,
por las calles de Nazaret. El Hijo de María, tan
guapo como ella, tan igual a ella, tan hijo de
ella, cogido de su mano.
Un día, al querer tomar
la mano de Jesús, sintió un dolor en su
mano, un dolor en sus ojos, un dolor en su
corazón. Dirigió sus ojos de cielo a la mano
que le hería, a aquel niño malo, vestido de harapos,
descalzo, enfermo y herido. -“Ahí tienes a tu hijo,
Mujer”- escuchó. Y Ella besó a aquel niño malo en
la frente, diciéndole con ternura celestial: -“Hijo mío.”-
Ese niño era yo...
La madre más grande se llama
María. Su nombre es dulzura, es miel de colmena.
Su amor es más grande que el cielo. Es Madre
de Dios para obtenernos todo y Madre de los hombres
para darnos todo. Dios la creó en un molde
de diamantes y rubíes, y luego rompió el
molde. Es la obra maestra del mejor orfebre de todos
los tiempos. Le salió hermosísima, adornada de todas las virtudes,
con sonrisa celestial. Y, cuando moría en el Calvario, nos
la regaló.
Esa mujer es tu madre y la mía, la
mujer más maravillosa del mundo; y esto nos hace temblar
de regocijo, de amor y de respeto.
¡Cuantas mujeres en
el mundo, queriendo parecerse a ti, María, llevan con santo
orgullo tu dulce nombre! ¡Cuantas iglesias dedicadas a ti!
Tú
eres toda amor: amor total a Dios y amor
misericordiosísimo a los hombres, tus pobres hijos. Eres el lado
misericordioso y tierno del amor de Dios a los hombres;
como si tu fueses la especie sacramental a través de
la cual Dios se revela y se da como ternura,
amor y misericordia. Madre de Dios: esa es tu
grandeza incomparable. Eres la gota de rocío que engendra a
la nube de la que tú procedes.
Nos mereces un
respeto total al considerar que la sangre de tu
Hijo, derramada en el Calvario, es la sangre de una
mártir, es tu propia sangre, porque Dios,
tu Hijo, lleva en sus venas tu sangre,
María. Pero el respeto que nos mereces como Madre
de Dios, se transforma en ímpetu de amor al saber
que eres también nuestra madre desde Belén, desde el Calvario
y para siempre. Y, por eso, después de Dios, nos
quieres como nadie. Yo sé que todos los amores
juntos de la tierra no igualan al que tu tienes
por nosotros. Si esto es verdad, no podemos resistir
la alegría tremenda que sentimos dentro de nuestro corazón.
Agradecemos a
tu Hijo, al niño aquel, maravilla del mundo, que
todavía contemplamos en tus brazos. Agradecemos su sonrisa, su cariño
y su abrazo, que quedaron impresos a fuego en nuestro
corazón para siempre!
¡Oh bendito Niño que nos vino a
salvar! ¡Oh bendita Madre que nos lo trajiste! Contigo nos
han venido todas las gracias, por voluntad de ese Niño.
Todo lo bueno y hermoso que nos ha hecho, nos
hace y nos hará felices, tendrá que ver contigo. Por
eso te llamamos con uno de los nombres más entrañables:
”Causa de nuestra alegría”.
Hemos sabido que tu Hijo dijo un
día: “Alegraos, más bien, de que vuestros nombres estén escritos
en el cielo”. Sí, escritos en el cielo por tu
mano, Madre amorosísima. Cuando dijiste sí a Dios, escribiste nuestros
nombres en la lista de los redimidos. Y
esta alegría nos acompaña siempre porque Tú también, como Jesús,
estás y estarás con nosotros todos los días de nuestra
vida.
¡Qué hermosa es la vida contigo, junto a ti,
escuchándote, contemplando tus ojos dulcísimos y tu sonrisa infinita! También,
como a Dios, te queremos con todo nuestro corazón,
con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas.
Eres la
puerta del cielo. ¡Cómo hemos soñado, desde que experimentamos el
cielo en aquella cueva, en vivir eternamente en ese Paraíso,
junto a Dios y junto a ti, porque eso es
el cielo! La puerta de la felicidad eterna sin fin
tiene una llave que se llama María. ¡Cuánto anhelamos ese
momento, en que tu mano purísima nos abra esa puerta
del cielo eterno y feliz!
Oh madre amantísima, eres
digna de todo nuestro amor, por lo buena que eres,
por lo santa, santísima que eres, la Inmaculada, la llena
de gracia; por ser nuestra madre, por lo que te
debemos: una deuda infinita; porque, después de Dios, nadie nos
quiere tanto; por tu cantadora sencillez. Oh Virgen
Clementísima, Madre del hijo pródigo - yo soy el hijo
pródigo de la parábola de tu Hijo-, que aprendiste de
Jesús el inefable oficio de curar heridas, consolar
las penas, enjugar las lágrimas, suavizar todo, perdonar todo,
perdóname todo y para siempre, Oh Madre.
Oh María, eres un
regalo incomparable de Jesús para nuestra alma: Eres y te
llamamos “Madre nuestra”. Eres la misma que había renunciado
a ser madre del Mesías y de otros posibles hijos,
porque Dios te pidió ser virgen, pero Él hizo que
pudieras seguir siendo virgen y que, al mismo tiempo, fueras
Madre de Cristo y Madre de todos los hombres. Esa
mujer eres Tú, nuestra Madre.
Y aquí me detengo a
reflexionar en cómo roba Dios. ¡Dios es un ladrón!
Pero roba como ninguno. Primero le dijo a Ella:
“No vas a ser madre de ningún hijo; te pido
que seas virgen.” Y en aquella época la máxima gloria
de una mujer era ser madre, estar rodeada de hijos.
Por lo tanto, la máxima desgracia era no tener ninguno.
Dios le pidió ese primer sacrificio, pero, además, su
corazón le diría: “Alguien va a ser madre del
Mesías, pero tú no”, porque, obviamente, si ella no podía
ser mamá, el Mesías sería hijo de otra mujer. Pero
veamos cómo roba Dios: Esta mujer, que no iba a
ser madre ni del Mesías ni de ningunos otros hijos,
resultó ser, por bondad de Dios, no sólo la madre
del Mesías, sino la madre de todos los hombres. ¿Hay
maternidad más rica, mas maravillosa que la de María?
Además, Dios no le quitó la gloria
de la virginidad. Así tenemos en ella una mujer que
es virgen y que es madre: Le llamamos “La Virgen
María”.
María es la que supo decir un día a
Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí
según tu palabra” !Que frase! La frase representaba
toda su vida, la actitud profunda de su corazón. Ella
era un sí total a Dios. Dios se
complació en Ella, como en ninguna otra creatura, pues
nunca le produjo ni un mínimo disgusto. Por eso, cuando
Dios mira a María, espontáneamente sonríe. ¡Qué gloria para nosotros
saber que Ella es hermana nuestra, de carne y hueso
como nosotros, de nuestra raza! Una creatura única. Ella fue
siempre un sí a su Hijo Jesús. Realmente su presencia
en la tierra fue para Jesús, para su dura vida
terrena, una tranquilidad, una dulzura incomparable.
María convirtió la vida
del Hijo de Dios aquí en la tierra en una
vida más llevadera. Y ella fue, y seguirá siendo un
sí para sus hijos. La frase que le dirigió a
Juan Diego: “ ¿No estoy yo aquí que soy tu
Madre?” es una frase que repite a todos sus hijos,
que te la repite a ti y me la
dice también a mí.
Eres la misma que el Viernes
Santo estuviste en pie, junto a la cruz de Jesús
con el corazón traspasado pero firme, y que oíste decir
a tu Hijo agonizante, como un testamento: “Ahí tienes a
tu hijo, a tus hijos: no te dé pena cómo
son; ámalos y cuídalos como si fuera yo mismo”. Todo
eso, y más, quiso decirle Jesús con aquella expresión: “Ahí
tienes a tu hijo”: Por favor, Madre, recógelos, cúralos, ámalos
como yo los he amado. Ahora Tú tienes que
hacer de Madre del hijo pródigo, de los hijos pródigos.
Como yo, bésalos, ponles sandalias en los pies, una túnica
nueva, y hazles una fiesta. Yo los lavo con mi
sangre; Tú, Madre mía, Madre suya, con tus lágrimas”.
No
cabe duda de que en el Calvario se reeditó
la parábola del Hijo pródigo. En la primera edición se
habla solamente de un Padre y dos hermanos, pero faltaba
la madre.
En el Calvario, en la segunda edición de
la parábola, aparece la Madre, aparece María. Esa madre del Calvario,
eres Tú, nuestra Madre. La misma que te has aparecido
a Santa Bernardita en Lourdes, en Fátima a tres pastorcitos,
la Morenita del Tepeyac como cariñosamente te llamamos los habitantes
de esta tierra; que te apareciste a Juan Diego, y
cuya imagen hemos ido a venerar en tu Basílica tantas
veces. Esa Virgencita eres tú, nuestra Madre. La creatura más
bella y más santa que haya existido; la más
amorosa de las Madres y la más poderosa de las
Reinas. Esa mujer eres tú, nuestra Madre.
Creatura elegida
de Dios, que tienes ojos para mirarnos y corazón para
amarnos. Estamos tan orgullosos de que seas nuestra Madre, que
casi no lo podemos creer; pero Tú eres nuestra Madre
bendita por voluntad de Dios, y Tú tomas la voluntad
de Dios con absoluta seriedad.
Aquí conviene reflexionar en la maternidad
de María para con nosotros. Tenemos una madre de
la tierra, una madre real a la que tantos millones
de veces le hemos dicho: ¡Madre! ¡Mamá! en sentido tierno
y delicado. Pero tenemos otra Madre más real, diría yo,
que nuestra propia madre de la tierra; porque hay que
pensar que el parentesco lo inventó Dios, al darnos unos
papás a cada uno de nosotros: una madre y un
padre. Pues bien, ese mismo Dios que creó la consanguinidad,
el parentesco, hizo que esta Mujer, por su voluntad, fuera
Madre nuestra: “Esa Mujer será Madre de todos vosotros,
por mi querer”. Este querer está expresado claramente como lo
hemos oído en las palabras de Jesús: “Ahí tienes a
tu Madre, ahí tienes a tu Hijo” .
Por eso, aunque
nosotros podemos ser hijos malos, y tantas veces lo hemos
sido, Tú no puedes ser mala, Tú siempre has sido
la Madre perfecta. Con una Madre así no tenemos miedo,
nos sentimos muy seguros. Tu velas por nosotros. Sabemos
que somos hijos de una virgen y mártir; somos fruto
de tus dolores de corredentora. ¡Cuánto te hemos costado,
Oh Madre Bendita! Bien sabemos, Madre, que esperas mucho
de nosotros, porque el no exigir de la persona amada
que sea lo mejor, sería indiferencia, lo contrario del
amor. Y, como tu amor es tan grande, tan sincero,
nunca te resignarás a tener unos hijos mediocres. Tu
amor no nos permite ser unos mediocres. Tú esperas en
nosotros, esperas nuestro sí para dárselo a Cristo. Quieres
que seamos santos, pero santos de veras. Y sabemos
que, para lograrlo, te has comprometido a ayudarnos en los
momentos de tentación y de dificultad. Cuando nos llegue el
desaliento, en los periodos de crisis; cuando la soberbia nos
saque de quicio; cuando la sensualidad quiera ahogarnos, para
esos momentos contamos con una Madre que nos dice: “llámame,
invócame, yo iré siempre a ayudarte”. Cuando creas que todo
está perdido, que no tienes remedio, acuérdate de tu Madre,
acuérdate de mí. Si supieras que para eso estoy,
para darte una mano, para librarte de todos los peligros.
Cuando te sientas triste, cansado, abatido, ¡acuérdate de tu Madre,
acuérdate de mí! Tu madre del cielo espera mucho de
ti, se fía de ti, cuenta contigo. Y te espero
en el cielo, te espero con una multitud de almas
que traigas contigo. Aquí estaremos juntos para siempre.
Les invito a
seguir nuestra oración en forma personalizada, en singular:
Yo sé, Madre
mía, que, después de ver a Dios, el éxtasis más
sublime del cielo será mirarte a tus ojos purísimos, y
escuchar que me dices: “Hijo Mío”, y sorprenderme a mí
mismo diciendo: Madre bendita, te quiero por toda la eternidad.
Quiero
a través de esos ojos purísimos, maravillosos mirar a todos
los hombres y mujeres que se crucen en mi camino,
como hijos e hijas tuyas, de la Inmaculada, y como
hermanos y hermanas mías.
Oh Madre maravillosa, incomparable, Oh
Madre muchas veces olvidada y desperdiciada, quiero hacer contigo una
alianza de amor y confianza.
Quiero escuchar de tus labios
las dulces palabras que le dijiste a Juan Diego, cuando
caminaba triste aquella mañana: “No temas ni te
aflija cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu
Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No
soy yo la fuente de tu alegría? ¿Tienes necesidad de
alguna otra cosa?”
Yo invito desde aquí a todos los que
pasen por problemas, dificultades, dolores, tentaciones fuertes, a que mediten,
que recuerden, que escuchen estas palabras dichas por su Madre
María.
De hoy en adelante quiero tomarte en serio. Me
eres totalmente necesaria para vivir con plenitud de amor mi
vida cristiana; te necesito ahora y todos los días de
mi vida; te necesito a la hora de mi muerte.
Quiero morir en tus brazos, Madre. Pero ahora quiero vivir
junto a ti.
Y eres mi Madre, pero también mi maestra:
enséñame, pues soy como un niño ignorante; enséñame
a mar mucho, como tú, a Jesús, a la Iglesia,
al Papa, a mis hermanos los hombres, a mi familia...
Enséñame a ser también un gran apóstol. Eres reina de
los Apóstoles, y yo soy uno de ellos. Enséñame a
vivir mi vida cristiana y mi vida consagrada con plenitud
de amor. No permitas que el hijo de una Madre
que vivió y murió de amor, viva y muera de
hastío. Enséñame a amar, enséñame a amar sin medida,
a vivir de amor y a morir de amor como
Tú.
¡Gracias, Madre, por haber dicho que sí el día
de la Enunciación! ¡Qué valiente! ¡Qué ejemplo para
tus hijos! Pero te daré mil gracias más, si logras
que yo también diga sí a la voluntad de Dios.
Quiero ahora reflexionar con ustedes en esos sufrimientos, que constituyen
la colaboración que le pidió Dios como Corredentora: los dolores
que María sufrió por sus hijos. Recordemos brevemente algunos de
ellos:
La profecía de Simeón: “Una espada traspasará tu alma”
!Qué frase
y qué realidad la de la espada punzante en el
Calvario! Cuando ella tenía a su Hijo muerto en los
brazos también tenía su corazón atravesado por una espada... la
de Simeón. Debió estremecerse y llorar a solas cuando tenía
a Jesús niño en brazos o cuando dormía: Su
imaginación de madre veía a aquel niño anticipadamente muerto.
La huida
a Egipto
¡Qué miedo, qué prisa, qué angustia! ¡Van a matar
a Jesús! ¿Imaginan su rostro? Cuando San José se lo
tuvo que decir: “Vámonos a Egipto porque Herodes quiere
matar al niño”, perdió el color, se puso pálida, su
corazón empezó a trotar, y con toda la rapidez que
provocaba el dolor de una madre hicieron un hatillo con
las cosas más necesarias, y se pusieron en camino de
prisa, porque la espada de Herodes perseguía a Jesús.
La pérdida
de Jesús en el templo.
Tres días eternos, tres días sin
dormir, sin comer, tres días de dolor punzante. “He perdido
a Jesús, he perdido todo en la vida”. Para nosotros
es imposible imaginar el dolor de María, y, por más
que José trataba de calmarla, pues él también estaba bien
preocupado, lo que Ella pasó esos tres días constituía una
vida y casi una eternidad de sufrimiento.
La muerte de
su esposo san José.
San José había sido el
soporte de aquella familia, el que ganaba el sustento, el
que daba fortaleza a la familia. Se quedó sola con
Jesús, y experimentó el sufrimiento de la viudez.
La salida
de Jesús a la vida pública.
Un día tuvo que
despedirse de su madre y decirle: “Ha comenzado mi vida
pública, tengo que predicar la palabra de Dios y tengo
que dejarte, aunque solo sea por un tiempo”. Ese dolor
fue muy agudo, muy profundo. María dejó ir a su
Hijo a cumplir la voluntad de su Padre. No hizo
como algunas mamás... -y no es que yo quiera echar
en cara nada-. En los seminarios faltan algunos ministros porque
las lágrimas de alguna mamá impidieron una vocación.
Lo que oía
de la gente sobre Jesús.
Porque ella tenía el oído
atento a lo que comentaban de su Hijo, y, si
algunas voces eran positivas:” tu hijo es una maravilla, es
un gran profeta, cura a todos, bendita Tú que lo
engendraste”, la mayoría de las voces eran negativas. Y se
volvían también contra ella. Si eres su madre, tu tienes
la culpa de haber engendrado ese mal hombre, ese endemoniado.
Sus mismos familiares no eran precisamente los que le decían
las mejores noticias. ¡Pobre María, cuanto sufrió simplemente
oyendo todas estas calumnias contra su Hijo! Y recordaba nuevamente,
como una herida que vuelve a sangrar, la profecía de
Simeón.
El encuentro con Jesús camino del Calvario.
Yo aquí no
me atrevo a decir mis palabras, que se quedan
muy pobres y muy cortas. ¡Cómo hablar del dolor de
Jesús! ¡Del dolor del mejor Hijo, viendo a su
Madre, y cómo hablar del dolor de la mejor Madre,
viendo a su hijo cargando la cruz! Por eso, prefiero
que tú medites y pidas la gracia de comprender...
La
muerte en la cruz.
Cuando Jesús ya no pronunció más palabras,
cuando inclinó la cabeza y quedó muerto, cayó sobre el
corazón de María una montaña entera de piedras que lo
aplastaron. Y en ese momento se rompieron los diques
de sus ojos, que habían estado cerrados a la fuerza,
para que aquellas lágrimas no aumentaran el dolor de su
Hijo. Ahora sí lloró a mares, realmente era un mar
de dolor y de lágrimas María Santísima cuando lo
tuvo en sus brazos, sobre sus rodillas, lo que quedaba
de su amadísimo Hijo. De Él no quedaba prácticamente nada.
De Dios ni la mínima dignidad. De hombre un simple
deshecho: lo que queda de un cadáver al que le
han ido triturando parte a parte desde la cabeza
hasta los pies: un despojo! Ése era el más hermoso
de los hijos de los hombres, el fruto de sus
entrañas. El sepulcro y la tristeza del sábado. Jesús muerto,
Jesús sepultado. Ahora ni siquiera puede tener un cadáver porque
hay una losa que lo separa, la losa del sepulcro.
Y por último: la ida de Jesús al cielo. Ciertamente
era el gran triunfo de su Hijo, y eso a
ella la llenaba de gozo; pero quedarse sola sin su
amado Hijo en esta tierra, convertía su vida en un
destierro dolorosísimo, como no lo ha sentido ninguna otra
Madre. ¿Por quién sufrió todos estos tormentos? ¿Por
qué se hundió aquella espada en su corazón?
Primero fue por amor a Jesús; lo sufrió gustosamente,
amorosamente por Jesús; pero también por amor a ti y
por amor a mí. Con grandísimo amor. Enternece el corazón
reflexionar, comprender que María Santísima ha sufrido tanto y
con tanto amor por nosotros: para que perseveraras en tu
vocación cristiana, en tu vocación consagrada; para que fueras
santo, para que fueras al cielo, para que salvaras muchas
almas. Gracias a esos sufrimientos y a su oración estás
aquí. Sólo en el cielo sabremos dar las gracias.
Podemos
seguir hablando de nuestra Madre como Corredentora. Aquí van algunas
reflexiones que ojalá te sirvan como me han servido a
mí: para de hoy en adelante estimarla más, amarla más,
imitarla mejor. ¡Cuánto amor de Jesús al darnos a
su propia Madre!
Una prueba impresionante de que nos has
tomado en serio como hermanos es que nos has dado
a tu Madre de verdad y para siempre! Si María
es Madre de Cristo y es Madre mía, Cristo y
yo somos hermanos. Madre de Jesús y Madre nuestra. Decíamos
que ella es toda de Jesús por derecho y toda
de nosotros por regalo. Ella no nos puede ver
separados de Jesús, como hijos añadidos, sino como hijos injertados
en su sangre y en la de Jesús. A
veces nosotros creemos que ella es nuestra Madre de cariño,
como a veces se les dice a algunas personas,
por ejemplo, ”mi tía de cariño”, y puede darse
que a algunas personas, a una nana muy querida, le
llamen su segunda mamá, pero es una mamá de
cariño, no de verdad. María no es Madre nuestra de
cariño, es Madre auténtica, y Ella nos ve a nosotros,
no como unos hijos de cariño, sino como sus hijos,
y esto por un mandato de Dios. Y ya
sabemos cómo se toma ella los mandatos de Dios, con
absoluta responsabilidad.
¿Que es María? María es toda amor; María Santísima
es el lado misericordioso y tierno del amor de Dios.
Tú sola, Virgen María, le curas a Dios de todas
las heridas que le hacemos los hombres. Por ti sola
valió la pena la redención, aunque afortunadamente hay otras y
otros que se han tomado en serio dicha Redención.
Si juntáramos
el amor de todos los hijos a sus madres, el
de todas las madres a sus hijos, el de todas
las mujeres a sus maridos, el amor de los santos
y de los ángeles a sus protegidos, todo ese amor,
que es inmenso, no igualaría al amor que María
tiene a una sola de nuestras almas. Estas palabras no
son mías; más aun, cuando las leí por primera vez,
no quise creerlas; me parecían demasiado hermosas para ser ciertas;
son de San Alfonso María de Ligorio. Expresiones que
han repetido otros santos, como el cura de Ars, San
Griñón de Momfort, entre otros.
Yo he comprendido mejor el
amor de Cristo en la Eucaristía, reflexionando en estas palabras.
Si Ella, siendo una creatura humana, me quiere tanto,
entonces ¿cuánto me amará Dios? ¡Si uno creyera estas
palabras -yo hoy me esfuerzo en creerlas- podría morirse de
pura felicidad; solamente reflexionando: cuánto me ama mi Madre María!
Si Cristo por nosotros dio su sangre y
su vida, ¿que no dará también la Santísima Virgen por
salvarnos? Ella ha muerto crucificada espiritualmente por nosotros.
A Cristo
le atravesaron manos y pies; a Ella una espada
le atravesó el alma por nosotros. El le dijo: “Ahí
tienes a tus hijos.” ¿Cómo obedece la Santísima Virgen a
Dios? ¡Entonces, cuanto amor nos tiene! Vamos ahora a reflexionar en
nuestra respuesta, porque supongo que algo tenemos que hacer. De
la misma manera que, frente al amor infinito de Dios,
no podemos pasar de largo -sería sería una ingratitud sin
nombre-, tampoco podemos pasar de largo frente a un amor
tan grande de Nuestra Madre, la Virgen María.
Con Juan Pablo
II, debemos decirle también: ¡Totus tus: Todo tuyo y para
siempre! Sin pedirnos permiso, Satanás nos sigue siempre a todas
partes: a la calle, a nuestro cuarto, de vacaciones, de
fin de semana; y su presencia es maléfica. ¿Por qué
no llevarnos a todas partes a la Santísima Virgen: en
el pensamiento, en el corazón y, también, en una imagen
o en un cuadro? Su presencia es benéfica.
¿Cuales deben ser,
entonces, nuestras actitudes, nuestra respuesta? Lo primero es gloriarnos
en Cristo y en María. Cristo en la cruz
es el “culmen”, según decía San Pablo: “Líbreme Dios de
gloriarme en nada si no es en la cruz de
Jesucristo”. ¿Cuál es tu gloria más grande, Oh Niña eterna,
tu imagen más maravillosa? Con tu Hijo muerto en tus
brazos aquel Viernes Santo, Santísimo. Líbrenos Dios de gloriarnos en
nada si no es en María Santísima con su hijo
muerto en los brazos.
Si queremos muchísimo a la Santísima Virgen,
tenemos que querer muchísimo a Jesús, a quien Ella llevó
en sus brazos, al que tuvo muerto sobre sus rodillas,
a quien Ella quiere más que a sí misma.
En
segundo lugar, ser un niño. Ya nos lo recomendaba Jesús.
Si tuvieramos alma de niño, nos llevaríamos mil veces
mejor con Cristo, con nuestra Madre y con los hombres,
y aun con nosotros mismos. Cuanto más sencillos seamos con
la Santísima Virgen, más nos vamos a entender los dos.
En el orden espiritual somos como niños; no somos más
que eso; por lo tanto, comportarnos con María como niños
inexpertos, pero confiados. Oh Madre, somos otros niños Jesús que corren
a tu encuentro, que quieren amarte como Él, y ser
amados por ti. Oh María, Tú eres nuestra victoria, nuestra
paz, nuestra salvación, nuestra seguridad. Esto le debemos decir todos
sus hijos, tenemos derecho a decirlo, a sentirlo, a contagiarlo
a todos los tristes.
Resucitar es sentir la alegría del
triunfo de Cristo en nuestro corazón: “Jesucristo, Tú eres mi
victoria”. Pero también es sentir el triunfo de
María en su asunción: “Madre bendita, Tú también eres
mi victoria”. Cuando un hijo tuyo te toma en
serio, todas las cosas se vuelven posibles: el vencer todas
las tentaciones, conquistar las metas más difíciles, llegar al cielo.
Vamos a arriesgarnos del todo con la mujer más maravillosa
del mundo, la madre más tierna, la reina más poderosa.
María, es una gran diferencia tener una Madre como Tú.
Cuando
estemos enojados, desanimados, impacientes, al mirar tu rostro, al
contemplar tus ojos, tu sonrisa, se nos va el
enojo, el desaliento y la impaciencia, Oh Madre! Cuanto más
incapaces nos sintamos por falta de cualidades, de tiempo, de
experiencia, más nos debemos lanzar. Eso es fe, confianza
y amor. Lo otro es la vanidad de siempre, el
mirarnos a nosotros, a nuestra barca y a nuestras redes,
y no a Cristo omnipotente y a María, omnipotencia suplicante.
No te queremos perder, Madre. El día que te perdamos,
estaríamos perdidos. Cuando se junten muchos contratiempos, ayúdanos a
recordar ese bello nombre que tienes: “Causa de nuestra alegría”.
Oh María, Tú eres nuestra salvación; contigo sí
nos atrevemos; contigo si podemos; contigo vamos al fin del
mundo.
Yo sé que una mujer me llevará al cielo, me
obtendrá la gracia de la santidad, el valor de los
mártires, el celo de los apóstoles. “Todo lo puedo
en Cristo que me conforta” - decía San Pablo-. Y
también podríamos decir, con el debido permiso de los teólogos:
“Todo lo puedo en María que me fortalece”. Si
tengo a la Santísima Virgen, si tengo a Cristo, y
creo que me aman muchísimo y lo pueden todo, no
debo temer, andar asustado, inquieto, desanimado jamás. ¿Se puede o
no se puede con Jesús? ¿Se puede o no se
puede con María? Por último: Quiero hacer alusión a que
la Santísima Virgen no sólo es nuestra Madre, es también
nuestra maestra: “Quiero ser una obra maestra en tus manos,
alfarera divina. Estoy ante ti como un cantarillo roto,
pero con mi mismo barro puedes hacer otro a tu
gusto.” Quiero ser santo en tu escuela, María. Quiero
ser un verdadero cristiano en tu escuela; quiero
ser un gran una gran apóstol en la escuela
de María de Nazareth. Allí en esas bancas, como
un alumno que tiene ansia de saber, quiero aprender de
tus labios, de tu enseñanza, de tu vida, el arte
de vivir, que para ti consistió en amar. Quiero
ser un discípulo de la mejor maestra del mundo. Oh
María, quiero a través de ti llegar a Jesús. El
camino mas fácil para conocer al Hijo es a través
de su Madre. Yo quiero tener el santo orgullo de
decir que fuiste tu, Santísima Virgen, quien me abrió la
puerta del corazón de Jesús, quién me enseñó a amarlo.
“¿Quién me arrancará del amor de Cristo?” -decía Pablo
de Tarso-. Yo digo lo mismo, y añado también: “¿Quién
me arrancará del amor a mi Madre?” Un santo,
a quien yo conozco y a quien estimo mucho, dice:
“Creo en mi nada unida a Cristo”. Yo también lo
digo, añadiendo: “Creo en mi nada unida a
María Santísima”.
Preguntas o comentarios al autor P. Mariano de Blas LC
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