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Aprende a orar | sección
Habla con Dios | categoría
Retiro Espiritual | tema
Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
14o. Plática
La Corredentora. María, es tu madre y la mía, la mujer más maravillosa del mundo.
 


En unos Ejercicios Espirituales no puede faltar una palabra llena de cariño y gratitud a la Madre de Dios y a la Madre de los hombres: a María Santísima.

Júbilo eterno nació en su corazón desde que supo que era la elegida para Madre de Dios. Dios en su seno durante nueve meses. Ninguna Madre ha gustado la felicidad de ser madre tan profundamente, tan tiernamente como la madre de Jesús. Dios en sus brazos, alimentándose de ella, dormido dulcemente junto a ella, prestándole el calor de su cuerpo y la seguridad de una Madre.

Dios Niño dormía seguro en sus brazos. Dios de la mano de María, Dios caminando, no ya entre las estrellas y rodeado de los ángeles, de la mano de su Madre, pequeñito, por las calles de Nazaret. El Hijo de María, tan guapo como ella, tan igual a ella, tan hijo de ella, cogido de su mano.

Un día, al querer tomar la mano de Jesús, sintió un dolor en su mano, un dolor en sus ojos, un dolor en su corazón. Dirigió sus ojos de cielo a la mano que le hería, a aquel niño malo, vestido de harapos, descalzo, enfermo y herido. -“Ahí tienes a tu hijo, Mujer”- escuchó. Y Ella besó a aquel niño malo en la frente, diciéndole con ternura celestial: -“Hijo mío.”- Ese niño era yo...

La madre más grande se llama María. Su nombre es dulzura, es miel de colmena. Su amor es más grande que el cielo. Es Madre de Dios para obtenernos todo y Madre de los hombres para darnos todo. Dios la creó en un molde de diamantes y rubíes, y luego rompió el molde. Es la obra maestra del mejor orfebre de todos los tiempos. Le salió hermosísima, adornada de todas las virtudes, con sonrisa celestial. Y, cuando moría en el Calvario, nos la regaló.

Esa mujer es tu madre y la mía, la mujer más maravillosa del mundo; y esto nos hace temblar de regocijo, de amor y de respeto.

¡Cuantas mujeres en el mundo, queriendo parecerse a ti, María, llevan con santo orgullo tu dulce nombre! ¡Cuantas iglesias dedicadas a ti!

Tú eres toda amor: amor total a Dios y amor misericordiosísimo a los hombres, tus pobres hijos. Eres el lado misericordioso y tierno del amor de Dios a los hombres; como si tu fueses la especie sacramental a través de la cual Dios se revela y se da como ternura, amor y misericordia. Madre de Dios: esa es tu grandeza incomparable. Eres la gota de rocío que engendra a la nube de la que tú procedes.

Nos mereces un respeto total al considerar que la sangre de tu Hijo, derramada en el Calvario, es la sangre de una mártir, es tu propia sangre, porque Dios, tu Hijo, lleva en sus venas tu sangre, María. Pero el respeto que nos mereces como Madre de Dios, se transforma en ímpetu de amor al saber que eres también nuestra madre desde Belén, desde el Calvario y para siempre. Y, por eso, después de Dios, nos quieres como nadie. Yo sé que todos los amores juntos de la tierra no igualan al que tu tienes por nosotros. Si esto es verdad, no podemos resistir la alegría tremenda que sentimos dentro de nuestro corazón.

Agradecemos a tu Hijo, al niño aquel, maravilla del mundo, que todavía contemplamos en tus brazos. Agradecemos su sonrisa, su cariño y su abrazo, que quedaron impresos a fuego en nuestro corazón para siempre!

¡Oh bendito Niño que nos vino a salvar! ¡Oh bendita Madre que nos lo trajiste! Contigo nos han venido todas las gracias, por voluntad de ese Niño. Todo lo bueno y hermoso que nos ha hecho, nos hace y nos hará felices, tendrá que ver contigo. Por eso te llamamos con uno de los nombres más entrañables: ”Causa de nuestra alegría”.

Hemos sabido que tu Hijo dijo un día: “Alegraos, más bien, de que vuestros nombres estén escritos en el cielo”. Sí, escritos en el cielo por tu mano, Madre amorosísima. Cuando dijiste sí a Dios, escribiste nuestros nombres en la lista de los redimidos. Y esta alegría nos acompaña siempre porque Tú también, como Jesús, estás y estarás con nosotros todos los días de nuestra vida.

¡Qué hermosa es la vida contigo, junto a ti, escuchándote, contemplando tus ojos dulcísimos y tu sonrisa infinita! También, como a Dios, te queremos con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas.

Eres la puerta del cielo. ¡Cómo hemos soñado, desde que experimentamos el cielo en aquella cueva, en vivir eternamente en ese Paraíso, junto a Dios y junto a ti, porque eso es el cielo! La puerta de la felicidad eterna sin fin tiene una llave que se llama María. ¡Cuánto anhelamos ese momento, en que tu mano purísima nos abra esa puerta del cielo eterno y feliz!

Oh madre amantísima, eres digna de todo nuestro amor, por lo buena que eres, por lo santa, santísima que eres, la Inmaculada, la llena de gracia; por ser nuestra madre, por lo que te debemos: una deuda infinita; porque, después de Dios, nadie nos quiere tanto; por tu cantadora sencillez.
Oh Virgen Clementísima, Madre del hijo pródigo - yo soy el hijo pródigo de la parábola de tu Hijo-, que aprendiste de Jesús el inefable oficio de curar heridas, consolar las penas, enjugar las lágrimas, suavizar todo, perdonar todo, perdóname todo y para siempre, Oh Madre.

Oh María, eres un regalo incomparable de Jesús para nuestra alma: Eres y te llamamos “Madre nuestra”. Eres la misma que había renunciado a ser madre del Mesías y de otros posibles hijos, porque Dios te pidió ser virgen, pero Él hizo que pudieras seguir siendo virgen y que, al mismo tiempo, fueras Madre de Cristo y Madre de todos los hombres. Esa mujer eres Tú, nuestra Madre.

Y aquí me detengo a reflexionar en cómo roba Dios. ¡Dios es un ladrón! Pero roba como ninguno. Primero le dijo a Ella: “No vas a ser madre de ningún hijo; te pido que seas virgen.” Y en aquella época la máxima gloria de una mujer era ser madre, estar rodeada de hijos. Por lo tanto, la máxima desgracia era no tener ninguno. Dios le pidió ese primer sacrificio, pero, además, su corazón le diría: “Alguien va a ser madre del Mesías, pero tú no”, porque, obviamente, si ella no podía ser mamá, el Mesías sería hijo de otra mujer. Pero veamos cómo roba Dios: Esta mujer, que no iba a ser madre ni del Mesías ni de ningunos otros hijos, resultó ser, por bondad de Dios, no sólo la madre del Mesías, sino la madre de todos los hombres. ¿Hay maternidad más rica, mas maravillosa que la de María? Además, Dios no le quitó la gloria de la virginidad. Así tenemos en ella una mujer que es virgen y que es madre: Le llamamos “La Virgen María”.

María es la que supo decir un día a Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” !Que frase! La frase representaba toda su vida, la actitud profunda de su corazón. Ella era un sí total a Dios. Dios se complació en Ella, como en ninguna otra creatura, pues nunca le produjo ni un mínimo disgusto. Por eso, cuando Dios mira a María, espontáneamente sonríe. ¡Qué gloria para nosotros saber que Ella es hermana nuestra, de carne y hueso como nosotros, de nuestra raza! Una creatura única. Ella fue siempre un sí a su Hijo Jesús. Realmente su presencia en la tierra fue para Jesús, para su dura vida terrena, una tranquilidad, una dulzura incomparable.

María convirtió la vida del Hijo de Dios aquí en la tierra en una vida más llevadera. Y ella fue, y seguirá siendo un sí para sus hijos. La frase que le dirigió a Juan Diego: “ ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?” es una frase que repite a todos sus hijos, que te la repite a ti y me la dice también a mí.

Eres la misma que el Viernes Santo estuviste en pie, junto a la cruz de Jesús con el corazón traspasado pero firme, y que oíste decir a tu Hijo agonizante, como un testamento: “Ahí tienes a tu hijo, a tus hijos: no te dé pena cómo son; ámalos y cuídalos como si fuera yo mismo”. Todo eso, y más, quiso decirle Jesús con aquella expresión: “Ahí tienes a tu hijo”: Por favor, Madre, recógelos, cúralos, ámalos como yo los he amado. Ahora Tú tienes que hacer de Madre del hijo pródigo, de los hijos pródigos. Como yo, bésalos, ponles sandalias en los pies, una túnica nueva, y hazles una fiesta. Yo los lavo con mi sangre; Tú, Madre mía, Madre suya, con tus lágrimas”.

No cabe duda de que en el Calvario se reeditó la parábola del Hijo pródigo. En la primera edición se habla solamente de un Padre y dos hermanos, pero faltaba la madre.

En el Calvario, en la segunda edición de la parábola, aparece la Madre, aparece María.
Esa madre del Calvario, eres Tú, nuestra Madre. La misma que te has aparecido a Santa Bernardita en Lourdes, en Fátima a tres pastorcitos, la Morenita del Tepeyac como cariñosamente te llamamos los habitantes de esta tierra; que te apareciste a Juan Diego, y cuya imagen hemos ido a venerar en tu Basílica tantas veces. Esa Virgencita eres tú, nuestra Madre. La creatura más bella y más santa que haya existido; la más amorosa de las Madres y la más poderosa de las Reinas. Esa mujer eres tú, nuestra Madre.

Creatura elegida de Dios, que tienes ojos para mirarnos y corazón para amarnos. Estamos tan orgullosos de que seas nuestra Madre, que casi no lo podemos creer; pero Tú eres nuestra Madre bendita por voluntad de Dios, y Tú tomas la voluntad de Dios con absoluta seriedad.

Aquí conviene reflexionar en la maternidad de María para con nosotros. Tenemos una madre de la tierra, una madre real a la que tantos millones de veces le hemos dicho: ¡Madre! ¡Mamá! en sentido tierno y delicado. Pero tenemos otra Madre más real, diría yo, que nuestra propia madre de la tierra; porque hay que pensar que el parentesco lo inventó Dios, al darnos unos papás a cada uno de nosotros: una madre y un padre. Pues bien, ese mismo Dios que creó la consanguinidad, el parentesco, hizo que esta Mujer, por su voluntad, fuera Madre nuestra: “Esa Mujer será Madre de todos vosotros, por mi querer”. Este querer está expresado claramente como lo hemos oído en las palabras de Jesús: “Ahí tienes a tu Madre, ahí tienes a tu Hijo” .

Por eso, aunque nosotros podemos ser hijos malos, y tantas veces lo hemos sido, Tú no puedes ser mala, Tú siempre has sido la Madre perfecta. Con una Madre así no tenemos miedo, nos sentimos muy seguros. Tu velas por nosotros. Sabemos que somos hijos de una virgen y mártir; somos fruto de tus dolores de corredentora. ¡Cuánto te hemos costado, Oh Madre Bendita! Bien sabemos, Madre, que esperas mucho de nosotros, porque el no exigir de la persona amada que sea lo mejor, sería indiferencia, lo contrario del amor. Y, como tu amor es tan grande, tan sincero, nunca te resignarás a tener unos hijos mediocres. Tu amor no nos permite ser unos mediocres. Tú esperas en nosotros, esperas nuestro sí para dárselo a Cristo. Quieres que seamos santos, pero santos de veras.

Y sabemos que, para lograrlo, te has comprometido a ayudarnos en los momentos de tentación y de dificultad. Cuando nos llegue el desaliento, en los periodos de crisis; cuando la soberbia nos saque de quicio; cuando la sensualidad quiera ahogarnos, para esos momentos contamos con una Madre que nos dice: “llámame, invócame, yo iré siempre a ayudarte”. Cuando creas que todo está perdido, que no tienes remedio, acuérdate de tu Madre, acuérdate de mí. Si supieras que para eso estoy, para darte una mano, para librarte de todos los peligros. Cuando te sientas triste, cansado, abatido, ¡acuérdate de tu Madre, acuérdate de mí!
Tu madre del cielo espera mucho de ti, se fía de ti, cuenta contigo. Y te espero en el cielo, te espero con una multitud de almas que traigas contigo. Aquí estaremos juntos para siempre.

Les invito a seguir nuestra oración en forma personalizada, en singular:

Yo sé, Madre mía, que, después de ver a Dios, el éxtasis más sublime del cielo será mirarte a tus ojos purísimos, y escuchar que me dices: “Hijo Mío”, y sorprenderme a mí mismo diciendo: Madre bendita, te quiero por toda la eternidad.

Quiero a través de esos ojos purísimos, maravillosos mirar a todos los hombres y mujeres que se crucen en mi camino, como hijos e hijas tuyas, de la Inmaculada, y como hermanos y hermanas mías.

Oh Madre maravillosa, incomparable, Oh Madre muchas veces olvidada y desperdiciada, quiero hacer contigo una alianza de amor y confianza.

Quiero escuchar de tus labios las dulces palabras que le dijiste a Juan Diego, cuando caminaba triste aquella mañana: “No temas ni te aflija cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”



Yo invito desde aquí a todos los que pasen por problemas, dificultades, dolores, tentaciones fuertes, a que mediten, que recuerden, que escuchen estas palabras dichas por su Madre María.

De hoy en adelante quiero tomarte en serio. Me eres totalmente necesaria para vivir con plenitud de amor mi vida cristiana; te necesito ahora y todos los días de mi vida; te necesito a la hora de mi muerte. Quiero morir en tus brazos, Madre. Pero ahora quiero vivir junto a ti.

Y eres mi Madre, pero también mi maestra: enséñame, pues soy como un niño ignorante; enséñame a mar mucho, como tú, a Jesús, a la Iglesia, al Papa, a mis hermanos los hombres, a mi familia... Enséñame a ser también un gran apóstol. Eres reina de los Apóstoles, y yo soy uno de ellos. Enséñame a vivir mi vida cristiana y mi vida consagrada con plenitud de amor. No permitas que el hijo de una Madre que vivió y murió de amor, viva y muera de hastío. Enséñame a amar, enséñame a amar sin medida, a vivir de amor y a morir de amor como Tú.

¡Gracias, Madre, por haber dicho que sí el día de la Enunciación! ¡Qué valiente! ¡Qué ejemplo para tus hijos! Pero te daré mil gracias más, si logras que yo también diga sí a la voluntad de Dios.


Quiero ahora reflexionar con ustedes en esos sufrimientos, que constituyen la colaboración que le pidió Dios como Corredentora: los dolores que María sufrió por sus hijos. Recordemos brevemente algunos de ellos:


La profecía de Simeón: “Una espada traspasará tu alma”

!Qué frase y qué realidad la de la espada punzante en el Calvario! Cuando ella tenía a su Hijo muerto en los brazos también tenía su corazón atravesado por una espada... la de Simeón. Debió estremecerse y llorar a solas cuando tenía a Jesús niño en brazos o cuando dormía: Su imaginación de madre veía a aquel niño anticipadamente muerto.


La huida a Egipto

¡Qué miedo, qué prisa, qué angustia! ¡Van a matar a Jesús! ¿Imaginan su rostro? Cuando San José se lo tuvo que decir: “Vámonos a Egipto porque Herodes quiere matar al niño”, perdió el color, se puso pálida, su corazón empezó a trotar, y con toda la rapidez que provocaba el dolor de una madre hicieron un hatillo con las cosas más necesarias, y se pusieron en camino de prisa, porque la espada de Herodes perseguía a Jesús.


La pérdida de Jesús en el templo.

Tres días eternos, tres días sin dormir, sin comer, tres días de dolor punzante. “He perdido a Jesús, he perdido todo en la vida”. Para nosotros es imposible imaginar el dolor de María, y, por más que José trataba de calmarla, pues él también estaba bien preocupado, lo que Ella pasó esos tres días constituía una vida y casi una eternidad de sufrimiento.


La muerte de su esposo san José.

San José había sido el soporte de aquella familia, el que ganaba el sustento, el que daba fortaleza a la familia. Se quedó sola con Jesús, y experimentó el sufrimiento de la viudez.


La salida de Jesús a la vida pública.

Un día tuvo que despedirse de su madre y decirle: “Ha comenzado mi vida pública, tengo que predicar la palabra de Dios y tengo que dejarte, aunque solo sea por un tiempo”. Ese dolor fue muy agudo, muy profundo. María dejó ir a su Hijo a cumplir la voluntad de su Padre. No hizo como algunas mamás... -y no es que yo quiera echar en cara nada-. En los seminarios faltan algunos ministros porque las lágrimas de alguna mamá impidieron una vocación.


Lo que oía de la gente sobre Jesús.

Porque ella tenía el oído atento a lo que comentaban de su Hijo, y, si algunas voces eran positivas:” tu hijo es una maravilla, es un gran profeta, cura a todos, bendita Tú que lo engendraste”, la mayoría de las voces eran negativas. Y se volvían también contra ella. Si eres su madre, tu tienes la culpa de haber engendrado ese mal hombre, ese endemoniado. Sus mismos familiares no eran precisamente los que le decían las mejores noticias. ¡Pobre María, cuanto sufrió simplemente oyendo todas estas calumnias contra su Hijo! Y recordaba nuevamente, como una herida que vuelve a sangrar, la profecía de Simeón.


El encuentro con Jesús camino del Calvario.

Yo aquí no me atrevo a decir mis palabras, que se quedan muy pobres y muy cortas. ¡Cómo hablar del dolor de Jesús! ¡Del dolor del mejor Hijo, viendo a su Madre, y cómo hablar del dolor de la mejor Madre, viendo a su hijo cargando la cruz! Por eso, prefiero que tú medites y pidas la gracia de comprender...


La muerte en la cruz.

Cuando Jesús ya no pronunció más palabras, cuando inclinó la cabeza y quedó muerto, cayó sobre el corazón de María una montaña entera de piedras que lo aplastaron. Y en ese momento se rompieron los diques de sus ojos, que habían estado cerrados a la fuerza, para que aquellas lágrimas no aumentaran el dolor de su Hijo. Ahora sí lloró a mares, realmente era un mar de dolor y de lágrimas María Santísima cuando lo tuvo en sus brazos, sobre sus rodillas, lo que quedaba de su amadísimo Hijo. De Él no quedaba prácticamente nada. De Dios ni la mínima dignidad. De hombre un simple deshecho: lo que queda de un cadáver al que le han ido triturando parte a parte desde la cabeza hasta los pies: un despojo! Ése era el más hermoso de los hijos de los hombres, el fruto de sus entrañas. El sepulcro y la tristeza del sábado. Jesús muerto, Jesús sepultado. Ahora ni siquiera puede tener un cadáver porque hay una losa que lo separa, la losa del sepulcro.

Y por último: la ida de Jesús al cielo. Ciertamente era el gran triunfo de su Hijo, y eso a ella la llenaba de gozo; pero quedarse sola sin su amado Hijo en esta tierra, convertía su vida en un destierro dolorosísimo, como no lo ha sentido ninguna otra Madre.

¿Por quién sufrió todos estos tormentos? ¿Por qué se hundió aquella espada en su corazón? Primero fue por amor a Jesús; lo sufrió gustosamente, amorosamente por Jesús; pero también por amor a ti y por amor a mí. Con grandísimo amor. Enternece el corazón reflexionar, comprender que María Santísima ha sufrido tanto y con tanto amor por nosotros: para que perseveraras en tu vocación cristiana, en tu vocación consagrada; para que fueras santo, para que fueras al cielo, para que salvaras muchas almas. Gracias a esos sufrimientos y a su oración estás aquí. Sólo en el cielo sabremos dar las gracias.

Podemos seguir hablando de nuestra Madre como Corredentora. Aquí van algunas reflexiones que ojalá te sirvan como me han servido a mí: para de hoy en adelante estimarla más, amarla más, imitarla mejor. ¡Cuánto amor de Jesús al darnos a su propia Madre!

Una prueba impresionante de que nos has tomado en serio como hermanos es que nos has dado a tu Madre de verdad y para siempre! Si María es Madre de Cristo y es Madre mía, Cristo y yo somos hermanos. Madre de Jesús y Madre nuestra. Decíamos que ella es toda de Jesús por derecho y toda de nosotros por regalo. Ella no nos puede ver separados de Jesús, como hijos añadidos, sino como hijos injertados en su sangre y en la de Jesús. A veces nosotros creemos que ella es nuestra Madre de cariño, como a veces se les dice a algunas personas, por ejemplo, ”mi tía de cariño”, y puede darse que a algunas personas, a una nana muy querida, le llamen su segunda mamá, pero es una mamá de cariño, no de verdad. María no es Madre nuestra de cariño, es Madre auténtica, y Ella nos ve a nosotros, no como unos hijos de cariño, sino como sus hijos, y esto por un mandato de Dios. Y ya sabemos cómo se toma ella los mandatos de Dios, con absoluta responsabilidad.

¿Que es María? María es toda amor; María Santísima es el lado misericordioso y tierno del amor de Dios. Tú sola, Virgen María, le curas a Dios de todas las heridas que le hacemos los hombres. Por ti sola valió la pena la redención, aunque afortunadamente hay otras y otros que se han tomado en serio dicha Redención.

Si juntáramos el amor de todos los hijos a sus madres, el de todas las madres a sus hijos, el de todas las mujeres a sus maridos, el amor de los santos y de los ángeles a sus protegidos, todo ese amor, que es inmenso, no igualaría al amor que María tiene a una sola de nuestras almas. Estas palabras no son mías; más aun, cuando las leí por primera vez, no quise creerlas; me parecían demasiado hermosas para ser ciertas; son de San Alfonso María de Ligorio. Expresiones que han repetido otros santos, como el cura de Ars, San Griñón de Momfort, entre otros.

Yo he comprendido mejor el amor de Cristo en la Eucaristía, reflexionando en estas palabras. Si Ella, siendo una creatura humana, me quiere tanto, entonces ¿cuánto me amará Dios? ¡Si uno creyera estas palabras -yo hoy me esfuerzo en creerlas- podría morirse de pura felicidad; solamente reflexionando: cuánto me ama mi Madre María!

Si Cristo por nosotros dio su sangre y su vida, ¿que no dará también la Santísima Virgen por salvarnos? Ella ha muerto crucificada espiritualmente por nosotros.

A Cristo le atravesaron manos y pies; a Ella una espada le atravesó el alma por nosotros. El le dijo: “Ahí tienes a tus hijos.” ¿Cómo obedece la Santísima Virgen a Dios? ¡Entonces, cuanto amor nos tiene!
Vamos ahora a reflexionar en nuestra respuesta, porque supongo que algo tenemos que hacer. De la misma manera que, frente al amor infinito de Dios, no podemos pasar de largo -sería sería una ingratitud sin nombre-, tampoco podemos pasar de largo frente a un amor tan grande de Nuestra Madre, la Virgen María.

Con Juan Pablo II, debemos decirle también: ¡Totus tus: Todo tuyo y para siempre!

Sin pedirnos permiso, Satanás nos sigue siempre a todas partes: a la calle, a nuestro cuarto, de vacaciones, de fin de semana; y su presencia es maléfica. ¿Por qué no llevarnos a todas partes a la Santísima Virgen: en el pensamiento, en el corazón y, también, en una imagen o en un cuadro? Su presencia es benéfica.

¿Cuales deben ser, entonces, nuestras actitudes, nuestra respuesta? Lo primero es gloriarnos en Cristo y en María. Cristo en la cruz es el “culmen”, según decía San Pablo: “Líbreme Dios de gloriarme en nada si no es en la cruz de Jesucristo”. ¿Cuál es tu gloria más grande, Oh Niña eterna, tu imagen más maravillosa? Con tu Hijo muerto en tus brazos aquel Viernes Santo, Santísimo. Líbrenos Dios de gloriarnos en nada si no es en María Santísima con su hijo muerto en los brazos.

Si queremos muchísimo a la Santísima Virgen, tenemos que querer muchísimo a Jesús, a quien Ella llevó en sus brazos, al que tuvo muerto sobre sus rodillas, a quien Ella quiere más que a sí misma.

En segundo lugar, ser un niño. Ya nos lo recomendaba Jesús. Si tuvieramos alma de niño, nos llevaríamos mil veces mejor con Cristo, con nuestra Madre y con los hombres, y aun con nosotros mismos. Cuanto más sencillos seamos con la Santísima Virgen, más nos vamos a entender los dos. En el orden espiritual somos como niños; no somos más que eso; por lo tanto, comportarnos con María como niños inexpertos, pero confiados.
Oh Madre, somos otros niños Jesús que corren a tu encuentro, que quieren amarte como Él, y ser amados por ti. Oh María, Tú eres nuestra victoria, nuestra paz, nuestra salvación, nuestra seguridad. Esto le debemos decir todos sus hijos, tenemos derecho a decirlo, a sentirlo, a contagiarlo a todos los tristes.

Resucitar es sentir la alegría del triunfo de Cristo en nuestro corazón: “Jesucristo, Tú eres mi victoria”. Pero también es sentir el triunfo de María en su asunción: “Madre bendita, Tú también eres mi victoria”. Cuando un hijo tuyo te toma en serio, todas las cosas se vuelven posibles: el vencer todas las tentaciones, conquistar las metas más difíciles, llegar al cielo.

Vamos a arriesgarnos del todo con la mujer más maravillosa del mundo, la madre más tierna, la reina más poderosa. María, es una gran diferencia tener una Madre como Tú.

Cuando estemos enojados, desanimados, impacientes, al mirar tu rostro, al contemplar tus ojos, tu sonrisa, se nos va el enojo, el desaliento y la impaciencia, Oh Madre! Cuanto más incapaces nos sintamos por falta de cualidades, de tiempo, de experiencia, más nos debemos lanzar. Eso es fe, confianza y amor. Lo otro es la vanidad de siempre, el mirarnos a nosotros, a nuestra barca y a nuestras redes, y no a Cristo omnipotente y a María, omnipotencia suplicante.

No te queremos perder, Madre. El día que te perdamos, estaríamos perdidos. Cuando se junten muchos contratiempos, ayúdanos a recordar ese bello nombre que tienes: “Causa de nuestra alegría”. Oh María, Tú eres nuestra salvación; contigo sí nos atrevemos; contigo si podemos; contigo vamos al fin del mundo.

Yo sé que una mujer me llevará al cielo, me obtendrá la gracia de la santidad, el valor de los mártires, el celo de los apóstoles. “Todo lo puedo en Cristo que me conforta” - decía San Pablo-. Y también podríamos decir, con el debido permiso de los teólogos: “Todo lo puedo en María que me fortalece”. Si tengo a la Santísima Virgen, si tengo a Cristo, y creo que me aman muchísimo y lo pueden todo, no debo temer, andar asustado, inquieto, desanimado jamás. ¿Se puede o no se puede con Jesús? ¿Se puede o no se puede con María?
Por último: Quiero hacer alusión a que la Santísima Virgen no sólo es nuestra Madre, es también nuestra maestra: “Quiero ser una obra maestra en tus manos, alfarera divina. Estoy ante ti como un cantarillo roto, pero con mi mismo barro puedes hacer otro a tu gusto.”

Quiero ser santo en tu escuela, María. Quiero ser un verdadero cristiano en tu escuela; quiero ser un gran una gran apóstol en la escuela de María de Nazareth. Allí en esas bancas, como un alumno que tiene ansia de saber, quiero aprender de tus labios, de tu enseñanza, de tu vida, el arte de vivir, que para ti consistió en amar.

Quiero ser un discípulo de la mejor maestra del mundo. Oh María, quiero a través de ti llegar a Jesús. El camino mas fácil para conocer al Hijo es a través de su Madre. Yo quiero tener el santo orgullo de decir que fuiste tu, Santísima Virgen, quien me abrió la puerta del corazón de Jesús, quién me enseñó a amarlo. “¿Quién me arrancará del amor de Cristo?” -decía Pablo de Tarso-. Yo digo lo mismo, y añado también: “¿Quién me arrancará del amor a mi Madre?” Un santo, a quien yo conozco y a quien estimo mucho, dice: “Creo en mi nada unida a Cristo”. Yo también lo digo, añadiendo: “Creo en mi nada unida a María Santísima”.





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