La Resurrección de Jesús... Cuando los fariseos vieron que Jesús
murió en la cruz y posteriormente fue sepultado, habiendo puesto
guardias en la tumba y un sello, reían de felicidad;
en cambio los discípulos creían que todo había terminado... Jesús
había muerto definitivamente. Sin embargo, Jesús no podía quedar en
una cruz ni en un sepulcro. Porque, aparte
de hombre, era Dios. Y así,
el domingo de Pascua, sin previo aviso, no pidiendo permiso
a nadie, salió del sepulcro removiendo la piedra, aterrando
a los soldados, asustando a los mismos discípulos y
a las santas mujeres. Salió victorioso de
la muerte y del sepulcro.
¿A qué se dedicó Cristo
Resucitado? Tenía una tarea urgente, la de resucitar a aquellos
discípulos y discípulas que estaban espiritualmente muertos por la tristeza
y la desesperanza.
Vamos a fijarnos en cómo Jesucristo resucita a
dos de estos discípulos que iban aquel mismo día a
un pueblo llamado Emaús, distante de Jerusalén unos once
kilómetros. Se encuentra en el capítulo XXIV de San Lucas
desde el versículo 3 en adelante. Dos que
se iban porque no había solución.
Aquel dicho de
“apaga y vámonos” se lo habían dicho a sí
mismos: “Regresemos a nuestro pueblo, a nuestra vida de
antes, y echemos una página sobre este capitulo, hermosísimo ciertamente,
pero que ha concluido de la forma mas trágica;
Jesús ya no existe más”.
De pronto, un personaje desconocido se
les juntó. No sabían quién era, o más bien, el
personaje no quería que supieran quién era. Ya
hay aquí una primera forma de actuar de Jesús, el
Buen Pastor. Se le iban dos ovejas. Va detrás
de ellas a buscarlas. El no pensó así de los
doce: “Me ha fallado uno: en números redondos no está
tan mal: me quedan once. De los otros setenta
y dos me quedan setenta, no está tan mal, no
importa que se pierdan dos”. Para Jesús no somos
números redondos. Cada uno de nosotros somos un ser infinitamente
amado, somos una oveja, en este caso perdida, y el
pastor deja a las demás, para ir a buscar a
la perdida. Iban hablando - dice el Evangelio - de
todos estos sucesos. Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús
en persona se les acercó, y se puso a
caminar con ellos; pero sus ojos estaban impedidos de reconocerlo.
Les preguntó: “¿Qué es lo que vienen conversando por el
camino?” Es importante como, en todas las conversaciones,
siempre Jesús comienza; y suele comenzar con una pregunta,
para que se dé una respuesta, y la conversación continúe.
Se detuvieron entristecidos; y uno de ellos, llamado Cleofás,
le respondió: “¿ Eres tú el único en Jerusalén
que no sabe lo que ha pasado en estos días?”
Aunque entonces no había medios de comunicación, todo el mundo
sabía lo que había sucedido. Habían crucificado al maestro de
Nazaret, a Jesús. Él se hizo el desentendido, como si
fuera un turista despistado, y les preguntó:
”¿Qué ha pasado?” Le contestaron, haciéndole un reporte de
lo sucedido: “Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un
profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante
todo el pueblo. ¿No sabes que los jefes de los
sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran
a muerte, y lo crucificaron?” Y, al decir
esta palabra, palabra terrible, ¡lo crucificaron!
no añadieron más, porque realmente no había nada más
que añadir. Un maestro que había terminado en la cruz
no podía haber terminado peor. Después de esto, expresan la
repercusión personal que tuvo esta historia de Jesús: “Nosotros esperábamos,
-es decir: ya no esperamos- que Él fuera el libertador
de Israel, y, sin embargo, ya hace tres días
que ocurrió esto.”
Uno se pregunta a qué viene lo de
los tres días. ¡Primera llamada! Jesús les había dicho, efectivamente:
“Voy a Jerusalén, y voy a morir; pero al tercer
día resucitaré.” Lo recordaban, pero no lo creían. Porque,
si no, hubieran esperado a que terminara ese tercer
día, el domingo. Si se iban, era porque estaban bien
convencidos de que esa profecía no se cumpliría jamás.
Jesús estaba bien muerto.
“Es cierto –añaden- que algunas de
nuestras mujeres, en concreto María Magdalena y algunas otras,
nos han sorprendido, porque fueron temprano al sepulcro, y no
encontraron su cuerpo.” ¡Segunda llamada! Estaban muy bien enterados de
que un grupo de madrugadoras fueron muy temprano al sepulcro.
Ellas iban con la intención de embalsamarlo de forma que
durara muchísimo tiempo. Y se encontraron con el sepulcro vacío,
los soldados muertos de miedo, e incluso decían ellas que
se les había aparecido. Pero estos dos pensaron:
“¡Mujeres desveladas, mentirosas!” Pero fue la segunda llamada.
¿Por
qué no fueron a constatar si efectivamente era verdad lo
que decían las mujeres? Y sigue el Evangelio: “ Algunos
de los nuestros, es decir Pedro y Juan, fueron al
sepulcro, y lo encontraron todo como las mujeres decían; es
decir: por esta vez no mintieron, pero...-este “pero” tiene
una enorme importancia- pero a Él no lo vieron, como
diciendo: ¿Lo ven? ¡No hay nada que hacer! Vámonos, Cleofás;
ni las mujeres ni Pedro ni nadie tiene
razón; está muerto. Incluso puede haber sucedido que hayan robado
el cuerpo: todavía peor”.
Hasta ahora, han estado hablando ellos,
les ha dejado hablar Jesús para que abran su corazón
y saquen lo que tiene dentro, toda esa tristeza, toda
esa desesperanza. Ahora le toca a Él hablar, y no
empieza de una manera muy dulce que digamos, porque les
dice: “¡Oh tardos y duros de corazón y de mente,
para creer lo que dijeron los profetas!” Yo no sé
qué cara pusieron Cleofás y su amigo, ante esta expresión
de Jesús, porque era un doble regaño. Ya después amainó
su discurso Jesús y les dio una clase de Biblia
primorosa. ¡Lástima de grabadora y traducción simultánea, porque Jesús seguramente
hablaría en arameo! Vean a quienes regaló Jesús la
mejor clase de Biblia que se haya dado jamás:
a dos discípulos que se iban, que se marchaban
y que, de alguna manera, le daban la espalda. “¿No
era necesario -dice Jesús- que el Mesías sufriera todo esto
para entrar en su gloria?” Y empezando por Moisés y
siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que decían
de Él las Escrituras.”
Y ahora sucede una cosa muy
importante; Jesús no ha permitido que lo reconozcan. Llegan al
pueblo, y Él - dice el Evangelio - hizo
ademán de seguir adelante. Afortunadamente ahora sí Cleofás y
su amigo se comportaron como debían: no sólo lo
invitaron a cenar, sino que lo forzaron. La excusa que
dieron es la siguiente: “porque es tarde y está anocheciendo”.
La verdadera razón era que estaban encantados con Él, y
no querían que se fuera.
Y Él entró
para quedarse con ellos. Cuando estaban sentados a la mesa,
Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y
se lo dio a ellos. Sólo hasta este momento Jesús
se descubre. Cuando hizo el ademán de seguir adelante, era
como preguntarles: ¿Les importo? ¿Les intereso? Díganmelo. Y
ellos se lo dijeron forzándolo a que se quedara a
cenar.
Una vez que Jesús vio que les interesaba,
se descubre. Dice el Evangelio: “Entonces se les abrieron los
ojos, y lo reconocieron; pero Jesús desapareció de su vista”.
Esto también tiene sentido, porque era como decirles:
“ ¿Qué hacen aquí? ¿Dónde deben estar? Con el grupo.
Entonces se dijeron el uno al otro: “ ¿No ardía
nuestro corazón en el camino, mientras nos explicaba las Escrituras?”
Esta fue la conclusión de aquella conversación con Cristo
sin haberlo reconocido, pues creían que era un rabí
muy sabio, muy entendido en las Escrituras, pero nada más.
Y ahora recapacitan y dicen: “- ¡con razón! - ¿No
ardía nuestro corazón? Era Jesús...” Y entonces toda su falta
de fe, toda su tristeza todos sus andamios intelectuales se
derrumbaron. Y vean lo que dice el Evangelio: “En aquel
mismo instante...” O sea no esperaron, no había noche, no
había hambre, eran otros once kilómetros de regreso, no importaba.
La alegría era tan grande que todas estas dificultades
desaparecieron. En aquel mismo instante se pusieron en camino
y regresaron a Jerusalén donde encontraron reunidos a los Once
y a todos los demás que decían: “Es verdad:
el Señor ha resucitado, y se ha aparecido a
Simón”.
Yo me imagino la escena: Llegar aporreando la puerta; los
de dentro asustados, unos teniendo pesadillas, Pedro llorando y gimiendo
cada vez que un gallo cantaba; era un desorden
aquello; y algunos que habían tenido pesadillas, pensarían sin duda
que venían ya los soldados de Pilato a meterlos
también a la cárcel. Por fin, abren
la puerta, alguien encendió una antorcha, y se reunieron todos,
y Cleofás y su amigo empezaron a hablar de su
experiencia: “que lo vimos...,que en el partir del pan y
... que desapareció”.
Algunos decían: “Yo no sé qué ha
pasado, Pedro está diciendo que él lo ha visto también”.
Pero como nada más lloraba y lloraba, decían: “¡Pobrecito! Está
para llevarlo al psiquiatra, no para que creamos lo
que está diciendo. Como lo ha negado, ahora siente que
lo ve por todas partes. Y la trae con
los gallos, porque, como Jesús le prometió que antes de
que cantara dos veces el gallo, él lo iba a
negar tres veces, por eso llora tanto”. Mientras estaban
en esta discusión verdaderamente ardiente y contradictoria, de repente una
luz tremenda como de un rayo penentró en el
cenáculo donde estaban reunidos. “Estaban comentando lo sucedido - dice
el Evangelio - cuando el mismo Jesús se presentó en
medio, y les dijo : “La paz esté con ustedes”.
Vean lo que dice: “Espantados -pero no
era suficiente- y llenos de miedo, creían ver un fantasma”.
Quedaron materialmente paralizados, espantados al máximo. “Pero Él les dijo:
“De qué se asustan? ¿Por qué surgen dudas en
su interior? Vean mis manos y mis pies, soy
yo en persona; tóquenme, -no creo que nadie se atreviera
a moverse, a tocarlo- convénzanse de que un fantasma no
tiene carne ni tiene huesos como ven que yo tengo”.
Y, dicho esto, les mostró las manos y los pies.
Pero -dice el Evangelio - como aún se resistían
a creer por la alegría y el asombro, dijo: “¿Tienen
algo de comer?” Alguno un poco más valiente
se acercó a la cocina a tomar un pedazo de
pescado. “Ellos le dieron un trozo de pescado asado. Él
lo tomó y lo comió delante de ellos”.
Me imagino
a Jesús comiendo de aquel pescado, mirándolos de
hito en hito y pensando: “¡No es posible tanta falta
de fe!” Me imagino a los apóstoles y a los
discípulos cuchicheando entre sí: “¡Es Él!” Pero otros:
“¿Y por dónde entró?” “Que tienen razón Pedro y
Cleofás y su amigo”. “No; estamos ahora todos alucinados, estamos
viendo fantasmas; pero, mira, está comiendo: los fantasmas no
comen”. Y, cuando la mirada de Jesús pasaba sobre
ellos, se quedaban otra vez callados, no sabiendo qué
reacción tener.
Faltaba un apóstol, uno a quien la crisis le
había llegado muy fuerte: Tomás. Andaba solo, rumiando su tristeza
y su desesperanza. Obviamente lo fueron a buscar algunos de
los apóstoles, y le dijeron: - ¡ Tomás ! - ¡Qué! - Que
hemos visto al Señor - ¿A cual Señor han visto
ustedes? - Pues al Señor, a Jesús. - Sí, yo
lo vi, yo vi cómo lo crucificaron y lo llevaban
al sepulcro. - ¡Que lo hemos visto resucitado! - ¿Cómo?
¿Me pueden repetir? ¿Resucitado? Eso lo creerán ustedes. - Tomás,
que lo hemos visto, que traía las señales de los
clavos en las manos y en los pies y la
señal de la lanzada en el costado. - ¿Ah sí?
Pues si yo ... -y vean lo que dice
textualmente el Evangelio- “Si yo... no veo las
señales dejadas en sus manos por los clavos y no
meto mi dedo en ellas y si no meto mi
mano en la herida abierta de su costado, no
lo creeré!” Me imagino que estas palabras las diría bien alto
y bien enojado. Se fue con ellos, lo trajeron medio
a la fuerza, y transcurrió una semana larguísima, porque Jesús
no aparecía por ningún sitio. Supongo que donde estaba
Tomás, había unas discusiones de fe tremendas. Donde estaba Pedro
habría por lo menos una comprensión. Cleofás defendiendo con su
amigo que lo habían visto. Quizás los que también lo
habían visto en la primera aparición ya dudaban, pensando: “Estamos
alucinados. ¿Dónde está el Maestro?” Y, de pronto -nos
cuenta el Evangelio- Jesús, repitiendo la experiencia, es decir, con
las puertas y ventanas cerradas, se presentó delante de
ellos. Fue una explosión de luz, un susto inicial,
pero ya no tanto como la vez anterior. Todos
pensando y comentando: ”Es Él”. ”Que sea Él! Y les
dijo las mismas palabras: “La paz sea con vosotros”. Los
fue mirando a todos, así poco a poco; seguro que
bajaban la vista; no aguantaban aquella mirada de Jesús,
pero por dentro la alegría les iba llenando poco a
poco hasta no caberles en el cuerpo. De pronto,
llegaron sus ojos a los
de Tomás: “ Trae tu mano y
métela en mi costado, trae tu dedo y mételo en
los agujeros de los clavos, - las mismas palabras
que él había dicho- y no seas incrédulo sino
creyente.” Me imagino a Tomás cayendo de rodillas y
haciendo un acto de fe realmente primoroso. Lástima que
un poco tarde: “!Señor mío y Dios mío¡”
No
empezó, como a veces nosotros, con excusas: “Tienes que entender
que... Señor, fíjate yo..... pues no tenia los elementos a
mano para..... estar convencido de que ibas a resucitar. Sí
lo prometiste... pero, ¿quién iba a creer semejantes cosas?” No.
Se dejó de tonterías y de excusas, y simplemente dijo:”
“¡ Señor mío y Dios mío!” Allí murió un racionalista,
y nació un hombre de fe.
Faltaba uno. ¿Quién faltaba?
Uno que nunca llegó a la cita, que podía haber
estado allí como Pedro en el Cenáculo en un rincón,
llorando su traición, y que hubiera sido perdonado por Jesús,
segurísimamente. Pero prefirió seguir el consejo de su mente que
le decía: ! No tienes perdón de Dios !
Y Judas tenía perdón, más aun, Jesús se lo
ofreció en varias ocasiones, pero él no quiso confiar,
y fue y se ahorcó.
Pero faltaba otro. ¿Pues, cuantos apóstoles
tenía Nuestro Señor? Faltabas tú de resucitar. Debemos pensar que
hasta que tú y yo y todos los cristianos no
resucitemos espiritualmente, Cristo no ha resucitado del todo.
Y por eso, igual que se dedicó a resucitar a
los apóstoles, a las santas mujeres, hoy quiere resucitarnos a
todos los cristianos. Quiere resucitarte a ti, quiere resucitarme a
mí.
Ahora bien, ¿qué significa vivir como resucitado? Significa
tener el alma llena de certezas, no de dudas. La
primera certeza es que te ama infinitamente. Esta certeza es
la primera, y, si fuera la única, bastaría para llenar
del todo el alma como aquella luz de Jesús al
resucitar en el Cenáculo y aparecerse a los Apóstoles;
la llenaría completamente de paz, de amor y de felicidad.
La certeza de que estará siempre contigo: eso
es la Eucaristía: “Yo estaré con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo”- nos dijo Él-. Recuerdo
estas palabras tan hermosas de un hombre santo: “¡Cristo es
el mejor amigo! El que siempre nos soporta y nos
perdona olvidando nuestras pequeñas o tremendas ofensas a su amor.
Jesús es el único que nunca falta, que nunca se
aleja, ni por las circunstancias, ni por el tiempo ni
por las distancias. Si colocamos en Él nuestra base de
felicidad, seremos los seguros, los únicos hombres que poseerán la
felicidad con certeza inequívoca. ¡Gocen de Jesús con derecho,
con seguridad, con plenitud, porque Jesús lo es todo y
un todo que no puede morir!” Y continúa diciendo: “Mi
experiencia personal ha sido ésta: cuando todo me ha fallado:
amistades, ayuda de los hombres; cuando la persecución se
ha asomado a mis puertas, entonces lo único que me
sostenía era la figura adorada y real de Cristo;
y el día de mañana, cuando los hombres se olviden
de nosotros, solamente una cruz y en ella Cristo, seguirá
abrazando nuestra sepultura, como guardián eterno de una amistad comenzada
en esta tierra”.
¿Qué significa resucitar? Tener la certeza de estar
salvado, de poder ir al cielo, si quieres. Esta es
una realidad hermosísima que nos regala la resurrección de
Jesús. Nos vuelve a decir con su rostro divino de
resucitado: “Alegraos de que vuestros nombres, tu nombre, están escritos
en el cielo”.
La certeza de poder vivir la
vida lleno de alegría a pesar de todo. La alegría
puede más que la tristeza, que el dolor, que
los sufrimientos, porque el amor de Dios es infinitamente más
poderoso que todas esas tristezas humanas por hondas que sean.
Recuerdo aquella expresión de una muchacha
en un retiro: “He encontrado a
Cristo y, por tanto, la alegría de vivir”.
Esta frase
es una verdad inmensamente hermosa, una verdad para ella, una
verdad para ti, para mí y para todo el
que tenga fe en la resurrección de Jesús. Me recuerda
la expresión de San Pablo -y aquí hablamos de un
apóstol-: “Sé en quién he creído y estoy muy
tranquilo”, o esta otra también de un alma en un
retiro: “En el alma que tiene a Dios brilla
una perenne primavera”.
La certeza de triunfar en la vida, si
vives con Él. De triunfar en el matrimonio, en la
vida profesional, en la vida humana en general. La certeza
de triunfar, aunque aparentemente se den fracasos, se den marchas
atrás, se den tristezas. Pero Cristo siempre ofrece la gloria,
la certeza del triunfo. Hoy todo el mundo quiere triunfar,
todo el mundo quiere sentirse realizado, feliz, triunfador. ¿Quién
es el verdadero triunfador? El que realmente es
amigo y seguidor de Cristo. El que cree en la
resurrección de Jesucristo. Resucitar... como Lázaro, significa: dejar a
los pies de Jesús todos los pecados, todas las infidelidades,
las debilidades, todo lo que te duele. Para todo hay
perdón, para todo hay posibilidad de resurrección. !Yo soy
la resurrección y la vida! Estas palabras dichas por Jesús
resucitado no pueden ser más verdaderas.
Para todas las dudas,
problemas, dificultades, los no puedo, hay respuesta, más aún,
Jesús es la Respuesta. Para todas las ilusiones muertas,
hay la posibilidad de resurección. “He aquí que hago
todas las cosas nuevas”. Jesús resucitado repite estas mismas palabras:
“Todo será nuevo”. Aquí, de paso, decimos que a Dios
no le gustan las cosas muertas, las cosas viejas, las
cosas desordenadas, las cosas en tinieblas! Le gusta la luz,
le gusta la vida, le gusta la novedad. Dios es
alegría, es juventud, es amor, es vida.
Para todos los propósitos,
los buenos deseos de superarte, de ser mejor, existe la
posibilidad de que se cumplan y se realicen. Decía San
Pablo: “No soy nada, pero todo lo puedo en Cristo
que me conforta”. “Si Dios con nosotros, ¿quién contra
nosotros?” La certeza de morir en paz. En las manos
de Cristo resucitado y de su Madre Santísima. Un cristiano
que cree en Jesucristo y en María, muere en los
brazos de ambos, y, por eso, la muerte de un
cristiano nunca será triste.
La certeza de triunfar en tus metas:
humanas, profesionales, tus metas apostólicas. Porque Dios, que te ha
hecho alma y cuerpo, no sólo te salva el alma,
también te salva el cuerpo y todas las cosas relacionadas
con la vida humana. Por eso en el Padrenuestro Él
nos mandó pedir también el pan nuestro de cada día,
no solo nuestra salvación eterna.
Resucitar significa llevar tu cirio encendido,
que quiere decir vivir con plenitud de alegría y de
paz. Recordarás esa maravillosa escena del Sábado Santo,
la Liturgia de la Luz, que es tan impresionante, tan
gráfica. En medio de la oscuridad hay una hoguera encendida:
es el fuego nuevo. Y hay un cirio, una
vela grande, que representa a Jesucristo. Se enciende en el
fuego nuevo ese cirio representando la Resurrección de Jesucristo.
Toda la
gente que participa, lleva una velita que va encendiendo por
turno en ese cirio, y comienza la procesión hacia
la Iglesia que está en oscuridad. Precede Jesús, precede
la luz, Cristo resucitado. Siguen los demás con su velita
encendida, que significa: Todos participamos en la luz de
Cristo, en la Resurrección de Jesucristo. Y así se llega
a la Iglesia y, por fin, se encienden todas las
luces.
Esta representación de la luz es lo que realmente
sucede en la vida de los que creen en Jesucristo.
Su vida en un caminar con una luz encendida.
Una Luz que les alumbra a ellos y una
luz que alumbra a todos los que van a
su alrededor. Por eso, cada cristiano debe de ser
un cirio encendido que calienta, que alumbra su propia
vida, la de los suyos, y la de muchísimas otras
almas. En cambio, cuando una alma está muerta, es como
un cirio apagado que ni alumbra ni calienta. Jesús
nos prometió su paz: “Mi paz os dejo, mi paz
os doy. No como el mundo la da, os la
doy yo”. Y esto todos los días de la vida.
Resucitar significa vivir tu cristianismo en plenitud, que se podría
resumir así: “Soy de Cristo felizmente y para siempre”. Resucitar
y vitalizar tu amor a Él; porque ¿qué hombre se
cruzó en tu camino, más grande, más hermoso, más
digno de tu amor que Jesucristo? Resucitar tu amor a las
almas, tu celo apostólico. Primero el deseo de salvar a
los que a ti te toca ayudar: una esposa, un
esposo, una madre. Por ejemplo, una madre resucitada, llena
del Espíritu de Cristo, puede resucitar a toda una familia:
a un esposo, a unos hijos y a muchos otros.
Si tú realmente resucitas, no resucitas sólo. Igual que,
cuando tú mueres, no mueres sólo: siembras la muerte a
tu alrededor, también cuando resucitas espiritualmente, siembras la vida y
la luz a tu alrededor.
Resucitar: todo nuevo, todo
como recién estrenado. Cuando uno estrena un objeto, un coche,
un vestido, una casa..... cómo se disfruta, cómo los ojos
miran y contemplan ese objeto, cómo las manos lo tocan,
cómo uno disfruta utilizándolo, poniéndolo en marcha, cómo uno lo
cuida, cómo lo mima. ¿Por qué? Porque es un
objeto nuevo, y, por eso, se valora, se
cuida. Cuando ya empieza una abolladura, un desperfecto, un pequeño
choque, ya no es lo mismo, ya se perdió aquella
ilusión -¿verdad?- de lo que se estrena.
Resucitar significa estrenar
todos los días la vida. Cristo te brinda la gran
oportunidad, como en los mejores tiempos de tu vida. Todos
hemos tenido tiempos muy buenos, no solo malos. Él nos
pregunta: ¿Quieres reeditar esos tiempos tan maravillosos que viviste?
¡Yo te doy la oportunidad! Todo comienza, si tú
quieres, todo vuelve a empezar. No como Satanás te sugiere:
“Estás acabado, estás muerto, ya no tienes remedio, no tienes
solución.” Jesús te dice todo lo contrario: ¡Estás vivo, porque
yo te doy la vida, para ti todo comienza; si
quieres, todo vuelve a empezar..!
Resucitar... ¿Quién prefiere la soledad
del sepulcro, la tristeza y la muerte? Recuerdo la escena
de la Resurrección de Lázaro: Primero Jesús permitió que
muriera, y por eso no quiso ir unos días
antes para curarlo. Por lo pronto, a las dos hermanas
Martha y María les extrañó muchísimo que hubiera
curado a otros enfermos, y a su hermano, a su
gran amigo no lo quisiera curar.
Por fin,
cuando está muerto, llega, y le llevan al sitio donde
estaba enterrado, al estilo de los judíos. Las dos hermanas
le dicen sutilmente, con cierta tristeza: “Si hubieras estado aquí,
mi hermano no hubiera muerto”. Esas palabras le llegaron al
corazón a Jesús, porque, cuando pidió que le llevaran
al sepulcro”, dos veces lloró...
Y son lágrimas divinas. ¿Qué
significado tenían aquellas lágrimas? Si lo iba a resucitar, ¿por
qué lloraba? Él, Jesús, ahora con corazón humano, con
sentimientos humanos, asistía no a una muerte, -la de un
amigo-, sino a la muerte de todos los hombres, con
toda la tristeza, todo el dolor que se ha acumulado
frente a todas las tumbas. Jesús asistía a tu muerte
y a la mía, a la muerte de
cada uno de los hombres, y derramó esas lágrimas porque
recordaba muy bien que un día había dicho al primer
hombre: “Morirás, volverás al polvo del que has salido”. Y
ahora, con ojos y sentimientos humanos, veía lo que
es la realidad de la muerte de los hombres a
los que Él amaba tanto.
En segundo lugar da un gran
grito a Lázaro para que salga del sepulcro. Uno se
pregunta: ¿Para qué grita, si está muerto..? Era un grito
simbólico, un grito lanzado a todos los muertos en el
alma de todo el mundo; también un grito para ti
y para mí. “Lázaro, sal fuera”. Allí pronunció tu
nombre, diciendo: “Sal fuera de esa vida de pecado,
de tristeza de sepulcro, sal a la vida, a la
alegría, a la felicidad; sal a la resurrección verdadera.”
Y Lázaro
salió del sepulcro. Y pudieron disfrutar de su presencia su
amigos, sus hermanas, el mismo Jesús. Pero el dolor que
de verdad hizo llorar a Jesús es por aquellos que,
al gritar: ¡Sal fuera! le han dicho: “¡No salgo
fuera! ¡Prefiero pudrirme en este sepulcro, prefiero estar muerto, prefiero
estar aquí que seguirte”.
Parece algo terrible, algo inimaginable; sin embargo
hay seres humanos así. Lo importante es que tú y
yo no seamos de esos. Si hemos sido grandes pecadores
y hemos terminado en un sepulcro espiritual, al oír el
grito de Jesús, salgamos fuera con todas las vendas
y todas las ataduras del pecado, para que Él las
rompa, nos purifique y nos dé una nueva vida.
Resucitar...
Hoy puedes elegir el amor, la felicidad, a Dios: Dios
es tuyo. La muerte es el pecado; la muerte es
el egoísmo, es la pereza; la muerte es la desesperanza,
el “todo me tiene sin cuidado”, el hastío de vivir.
Hay tantas formas de muerte en personas que parecen vivas,
que caminan por las ciudades y por las calles con
el alma muerta. La vida, en cambio, es la gracia
y la amistad con Dios. La vida es la
entrega a los demás por amor, es la felicidad ,
es el entusiasmo por los grandes ideales. Habría que dar
un pésame profundo a quienes vayan a vivir a su
manera, a quienes vayan a querer seguir muertos, a quienes
quieran seguir en su sepulcro del egoísmo, del orgullo, de
la sensualidad, de la muerte. Y felicitar sinceramente a
quienes, con Cristo, resuciten a una vida nueva, diferente,
de grandes anhelos, de amor eterno.
Cristo resucitó a once
de doce apóstoles; resucitó a los setenta y dos
discípulos, a las santas mujeres. A todo el que quiso
volver a vivir, Cristo le dio la oportunidad de una
nueva vida. Y aquellos hombres tristes, aquellas mujeres apenadas, salieron
por el mundo a hablar de Cristo resucitado. Aquellas personas
tan humildes, porque eran unos pobres pescadores, casi sin
letras, lograron convencer en muy poco tiempo a todo
el mundo de Cristo Resucitado.
Es necesaria ahora una nueva
generación de hombres y mujeres que crean verdaderamente en Cristo
resucitado, y lo griten por las calles y las ciudades
del mundo entero. Con el mismo convencimiento de aquellos maravillosos
primeros cristianos.
¡Es necesario resucitar muertos! Es necesario hacer
que la vida se expanda como un fuego en los
corazones. Oigamos, por tanto, el grito de
Cristo dentro de nosotros: ¡Sal fuera! ¡Sal a la
luz, sal a la vida, a la felicidad! Y
que ese grito de Cristo retumbe como un trueno en
las montañas y en los valles de nuestra alma.
Preguntas o comentarios al
autor P. Mariano de Blas LC
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