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Aprende a orar | sección
Habla con Dios | categoría
Retiro Espiritual | tema
Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
16o. Plática
La Perseverancia. A quien pone estos medios Dios le concede llegar al éxito.
 



Lo más importante de un retiro no es el hacerlo muy bien, sino el perseverar en el fruto obtenido durante toda la vida, o, por lo menos, el mayor tiempo posible.
Hay que comenzar diciendo que es difícil ir a un retiro. Es relativamente difícil hacerlo bien; pero lo que realmente cuesta es perseverar en los proopósitos.

Cuando se hacen bien unos ejercicios espirituales, las vivencias son hondas. Ya escuchamos a Cleofás y a su amigo. Nos sucede lo mismo. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” Y además de que las vivencias son hondas, las decisiones muy firmes.

Podríamos decir que, después de cada meditación, la tuerca de la decisión se aprieta un poco más...¡Voy a cambiar! ¡Quiero cambiar! Sí es necesario que esa decisión sea muy firme. En realidad, si al salir de esos ejercicios, a los tres días, a la semana ya te olvidaste, significa que esos propósitos no eran tan firmes. Pero, si tú me dices, después de un año, que sigues cumpliendo aquellos propósitos, tengo que decirte que eran unos propósitos bien firmes.

Puede quedar un temor a fallar, a no perseverar, porque uno se conoce, sabe que es frágil, pero este temor hay que arrancarlo, porque no tiene razón de ser. Porque hemos de saber que hay unos medios de perseverancia, y, si esos medios se utilizan, uno persevera.

Pero hay que entender la perseverancia no al estilo angélico, sino al estilo humano: ¡Caerás! Decía un hombre santo: “Sé también que en la vida de los santos hay sus momentos de entusiasmo y sus momentos de desaliento, y sus momentos de fidelidad y sus momentos de traición. Pero esta es la historia de los santos que se resume en una lucha constante llena de esfuerzos por alcanzar la santidad.”

En una batalla tiene que haber heridas y polvo. La consigna es, por tanto, seguir luchando, levantarse siempre. Porque los santos no son personas que nunca caen sino que siempre se levantan. Hay que caer subiendo. ¡Todo menos entregarse al enemigo, el dejar de luchar! Porque, cuando uno deja de luchar, ya empezó el problema serio. Todo proceso de corrupción comienza cuando dejamos de luchar.

A veces, Dios permite que uno no obtenga el resultado de la lucha, pero Él se complace en nuestra lucha. Y así, aunque dos personas caigan en el mismo pecado, si uno ha caído después de una dura pelea, y el otro después de no luchar nada, hay una diferencia muy grande para Dios, y es precisamente el esfuerzo por no caer.

Jesús decía: “Yo he vencido al mundo, Yo estaré con vosotros, contigo, todos los días de tu vida”. Por tanto, hay que confiar, porque no andamos solos por la vida. Jesús va con nosotros, y eso hace la gran diferencia. “¡Confía, hijo! -nos dice- Yo he vencido al mundo, y bajo el nombre de mundo está todo eso que tú temes”.

“El que persevere hasta el final...ése se salvará” -dice Jesús-. Cambiando la frase en sentido contrario sería: “El que no persevere hasta el final, ése no se salvará”.

Así que debemos de aprender el arte no sólo de empezar, no sólo de continuar un tiempo, sino de saber terminar. Empezar es de todos, continuar es de pocos, y terminar de muy pocos. Sin embargo, si no sabemos terminar, prácticamente no ha servido de nada la lucha anterior.

El infierno -dicen- está lleno de gentes que empezaron pero no perseveraron.
Tenemos, por tanto, que acercarnos a los medios de perseverancia. Y perseverar un día. Hay que empezar por un día, como decía Jesús: “Bástale a cada día su afán”. Si perseveras un día, aseguras la perseverancia del segundo día. Y así, poco a poco, de día en día, puedes perseverar una semana, un mes, un año y la vida entera. Muchos son los que empiezan una carrera, la vida religiosa, el sacerdocio, el matrimonio, pero pocos son los que terminan.

¿Quiénes terminan? Los que tienen carácter y valor. Los que no se asustan ante las dificultades, los que saben mantener encendida la pasión, la motivación que tuvieron al principio. Porque, cuando uno está muy motivado, como ahora en ejercicios, y promete algo, le resulta fácil porque todo su ser quiere lograr eso. Pero luego, si esa hoguera se va apagando, si esas motivaciones se van esfumando, costará muchísimo más trabajo, y, si la motivación y la hoguera se convierten en cenizas... entonces es muy difícil o imposible seguir trabajando.

El no terminar, el no perseverar, echa a perder muchas cosas buenas, muy buenos propósitos. ¡Cuantos magníficos propósitos habrás hecho tú en la vida, incluso en algún retiro anterior! ¿Y de qué sirve empezar las cosas, si no se persevera? ¡Cuantas cosas habremos comenzado tú y yo, y no las hemos concluido! Perseverar es difícil. Es la virtud más difícil, pero absolutamente necesaria. Las dificultades... Tenemos que saber que habrá dificultades, todos las tienen; por lo tanto no son excusa, porque una cosa es que haya dificultades, y otra cosa que sea imposible vencerlas.

El secreto de la perseverancia es la unión con Cristo. Oración, vida interior: de esto hablaremos más en detalle al final de esta charla. Pero ahí está el secreto. “Sin Mí no podéis hacer nada” -decía Jesús- “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos”. Los que conocen esa planta saben que, si un sarmiento se corta, se muere. Pero, si está unido a la vid, la savia de la vid pasa a esa rama, y entonces produce fruto. Vemos como los racimos cuelgan precisamente de esos sarmientos. “El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto”. Por eso, nunca solos, siempre con Él.

Recordemos la escena de la pesca milagrosa; una escena que Pedro aprendió muy bien, pero que tenemos que aprender todos los demás igualmente. “Señor, me mandas ir de pesca. Te tengo que decir que hemos estado toda la noche echando las redes y no hemos pescado ni un pececillo”. Hasta ahí una constatación normal, triste. Si ahí quedara todo, se quedarían las manos sin echar las redes. Pero añade: “Porque Tú me lo mandas, en tu nombre, voy a echar las redes”. Y ya sabemos lo que pasó: se llenaron las redes; tuvieron que llamar a sus compañeros para que les ayudasen; llenaron las dos barcas que casi se hundían por la carga de pescado.

También aquí hay que hacer mención de la Santísima Virgen. Esa es su misión. Si un hijo pudiera decir: “Mi Madre lo puede todo”, ¡qué tranquilidad! Porque amor no le falta. Pues bien... María es la única Madre que lo puede todo. ¡Y cuánto nos quiere! Más que nadie; es la más amorosa de las madres y la más poderosa de las reinas.
Quisiera reafirmar todo esto que estamos diciendo con algunas nuevas motivaciones: Lo que es verdad aquí en Ejercicios, era verdad antes, y lo será después; es verdad aquí y es verdad fuera. Por eso, si en este momento ves algo muy claro, cuando haya oscuridad, piensa lo que pensabas en ejercicios. Si aquí sientes algo muy profundamente, no es sólo para que lo sientas aquí, sino después, en tu vida de todos los días. Ese amor de Cristo que aquí has experimentado, no es un amor pasajero que lo sentiste hoy, y desapareció; es un amor que, antes de sentirlo, antes de venir a ejercicios, ya era verdad. En ejercicios tuviste la gracia y la oportunidad de experimentarlo, de sentirlo, pero seguirá siendo verdad hasta el último momento de tu vida, y durante toda la eternidad, a menos que tú lo quieras interrumpir traicionando ese amor. Supongo que no lo querrás hacer.
Ese amor, ese Cristo, será siempre el mismo, aunque parezca que a veces se duerme en la barca. En aquella ocasión en que Jesús iba en la barca de Pedro, se levantó una gran tempestad en el lago, y Jesús dormía. Yo digo que se hacía el dormido, porque no era un trasatlántico. Entre el ruido del viento, el traqueteo de las olas y el movimiento de la barca, era imposible estar dormido, aunque tuviera mucho sueño. Se hizo el dormido para ver qué sucedía, para ver si la fe de los apóstoles resistía también las tempestades.

Y los pobres apóstoles se llenan de miedo; no sólo la barca se llena de agua, sino que su corazón se llena de espanto; lo ven dormido, y piensan: “¿Qué va a pasarnos a todos, incluyéndolo a Él?, ¿qué va a suceder? El pánico llegó a su máxima expresión. En el momento de la desesperación le gritan, le jalan: “¡Jesús! ¿Te da lo mismo que nos estemos ahogando? ¡Date cuenta de lo que nos va pasar! Él se despierta tranquilamente y les dice al viento y al mar: ¡Calmaos! En ese instante se calman, y les dice a los Apóstoles: “¡Hombres de poca fe, ¿por qué dudaron?”. Al dar órdenes a los elementos y ser obedecido, el susto llegó a convertirse en admiración, al grado de decir: “¿Quién es éste?” ¿Quién iba a saber que a este hombre también le obedecen el viento y el mar? Y así, su fe en Jesús, entre el miedo, las olas y la tempestad, fue creciendo más y más.

También nosotros tenemos una barca que es nuestra vida. En ella va Jesús, y a veces lo sentimos, y no dudamos, porque El nos habla, nos hace sentir lo hermoso que es vivir, contar con su misericordia; pero otras veces no lo vemos, no lo oímos, no lo sentimos: no sólo está dormido, sino que no se le ve. Ahí está la prueba de nuestra fe: a ver si en medio de esta tempestad de dudas, de problemas, de sacrificios, podemos decir: “Señor, yo sé que Tú eres más grande que todas mis tempestades y mis olas”. Y, entonces, Jesús no nos dirá: “Hombres o mujeres de poca fe”, sino nos dirá: “Les felicito por su fe”.
Algunas personas fueron felicitadas por su fe. Ya saben a quién le dijeron: “Bienaventurada tú, que has creído”. Y, cuando Tomás le dijo: “Señor mío y Dios mío”, Jesús añadió: “Bienaventurados los que, sin ver, creyeron”. Había una bienaventurada que era María y un bienaventurado que era Juan que creyó en su resurrección antes de verlo. Y hay una fila larguísima, infinita, de bienaventurados y bienaventuradas que son los hombres y mujeres que creen, aunque no ven.

Hoy esta fe se echa mucho de menos, no por rechazo a Cristo sino porque quieren ver, quiere tocar, quiere sentir”. Pero Jesús les dice, como a Tomás, que no tiene mérito, porque después de tocar, de ver y de sentir, cualquiera puede creer. Por eso, ¡ bienaventurados los que, sin ver, creen!
Se trata de atreverse a confiar totalmente en Jesús. Decía alguien muy acertadamente: “ Dadme un alma capaz de confiar en Dios, y os daré un santo” ¡Qué frase! El límite de nuestra confianza es el límite de nuestro poder. Esta frase la dijo el mismo Jesús a Santa Margarita María: “Si me amas, confía en mí; si me amas mucho, confía mucho. El límite de tu amor será el límite de tu confianza”. Tanto podemos, cuanto confiamos. “Tú eres grande, Señor, Tú me amas, y esto me basta para ser feliz y confiar en el futuro. Te doy gracias por todo lo que me has dado; te doy gracias por todo lo que te he pedido, y no me lo has dado; porque a veces somos como niños que no sabemos en realidad lo que nos conviene”.

“Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?” Creo, estoy seguro, de que Dios siempre abrirá un camino allí donde no existe paso. Y, por eso, dejo mi futuro, mis problemas, mis seres queridos, mi misma persona, los propósitos de estos ejercicios, en manos de Dios en quien tengo toda mi confianza.

Y luego viene mi parte, porque yo tengo que colaborar, aferrarme a los medios de perseverancia. Decíamos que básicamente se reducían a orar, a seguir unidos a Cristo a través de la oración, de los sacramentos, de la vida de gracia. Y vamos ahora a explayarnos un poquito más, dado que son tan necesarios estos medios de perseverancia. Yo digo, con frecuencia, en los ejercicios :

No quisiera avanzar más hasta que tomen una decisión de vida o muerte de hacer muy bien su oración y los demás actos de piedad. De lo contrario, es inútil seguir adelante en los ejercicios; es inútil trabajar en un apostolado; es inútil caminar por la vida con ganas de éxito, si uno no es hombre o mujer de oración.

¿Oración tibia?: ¡Mediocre seguro! ¿Oración ferviente?: Todo es posible para quien ora de esta forma. Si el único fruto de unos ejercicios, de un retiro, fuera éste: el proponerse vivir mi vida de oración a fondo, sería un fruto excelente.

Leí en un libro estas palabras que me hicieron detenerme bruscamente: “Yo que tantas veces he orado, quizás sólo en dos o tres ocasiones he logrado realmente tocar a Dios, dejarme encender.” Me cuestioné: ¿Cuántas veces he hecho oración, al menos externamente? ¿Y cuantas veces realmente me he dejado tocar por Dios? Se necesita esa oración profunda, de cara a Dios, oír su voz. Recordemos ejemplos de personas que tocaron a Dios con su súplica y recibieron respuesta: Al leproso: “¡Quiero! ¡Queda limpio”. A la sirofenicia, aquella pobre mujer que decía: “Es cierto...pero los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los niños”, Jesús le contestó: “Tu hija está curada por eso que has dicho”. Al ciego de Jericó: “Recupera la vista”.

La oración es una lucha. Negativamente, para alejar a los enemigos de la oración, y positivamente, para tocar a Dios, y ser tocado por Él. ¿Cómo hay que orar? Yo apelaría a esos momentos de tu vida, en que tenías un gran problema, o querías obtener de Dios alguna gracia muy importante. Dime si en esos momentos te dormías orando, bostezabas orando, si tenías ganas de acabar cuanto antes la oración. Alargabas los minutos, aumentabas el voltaje del corazón y el voltaje de tu petición. Sentías la presencia de Dios, sabias llorar ante Dios; por tanto, sabías rezar! No digas que no sabes. Porque lo has hecho algunas veces, ¡claro! motivado por la necesidad.

Pero hay que procurar orar siempre bien, aunque no esté uno en un grave problema. Orar como en tus mejores tiempos o en tus mejores retiros has sido capaz de hacerlo; desde las posturas hasta la entrega total a la oración. ¡Qué actos de fe, esperanza y caridad! ¡Cómo penetraban como rayo láser las motivaciones, y cómo crecía la decisión! Ojalá así hayas estado orando en estos ejercicios. La rutina, el cansancio, la pereza y el sueño, todo eso desaparece, cuando la oración se considera muy importante, imprescindible.

Hay que tomarles cariño y simpatía a cada uno de esos actos de piedad. ¿Cuál te cuesta más? Tómalo como tarea. Así como disfrutas yendo al comedor y alimentando tu cuerpo, por lo menos con el mismo gusto debes hacer los actos de piedad que alimentan tu alma inmortal. Así como el que no disfruta los alimentos es porque está enfermo del cuerpo, así el que no disfruta de la oración está enfermo del alma.

Los actos de piedad son tu medio fundamental de perseverancia. Ese tiempo de oración al día es la clave para durar y perseverar; por lo tanto, si quieres durar, tienes que orar. No te engañes: El día que ores bien, te irá bien. El día que no ores bien, no seas iluso. “¿Qué me pasa? - muchas veces dices- ¿Qué me está sucediendo: me siento triste, me siento apático me siento sin ganas, me siento...” ¡Has aflojado en la oración! Ya lo decía Jesús, y en un momento muy solemne, en Getsemaní: “Vigilad y orad para no caer en tentación”. Pedro tal vez pensó que no era tan necesario, tan urgente, así como algo de vida o muerte... Se durmió, mientras Jesús hacía oración. ¿Qué sucedió a las pocas horas? Negó tres veces a Cristo.
“Sin Mí no podéis hacer nada”, ni el Papa, ni tú ni yo ni nadie puede hacer nada.

Veamos como Juan Pablo II dedicó mucho tiempo, mucho corazón, mucha fe y mucha inteligencia a orar a Dios y a la Santísima Virgen. Y él tenía la agenda más complicada del mundo. Por eso no hay nunca excusas para decir que no tienes tiempo para orar. Porque eso es como de ir no tienes tiempo de estar vivo.

Son esos actos de piedad tu primer deber de apóstol, más aún, son tu tarea más importante como apóstol. Cuando estás orando fervorosamente estás realizando el mejor apostolado; en la oración estás caldeándote como apóstol.

En la oración estás ganando gracias para tus almas, estás consiguiendo vocaciones, estás haciéndote santo tú y obteniendo la gracia de la santidad para muchos otros.
Los actos de piedad bien hechos son parte de tu vida consagrada o de tu vida de cristiano. Tenemos que recordar que orar y amar coinciden. Santa Teresa definía la oración así: “Orar es hablar de cosas de amor con quien sabemos que nos ama”. Sólo los enamorados, por tanto, saben orar. Amor y aburrimiento son inconciliables. Orar es amar y ser amado, y por eso quien realmente está enamorado, disfruta enormememnte orando. Él nunca dirá que no tiene tiempo de orar, porque siempre tendrá tiempo de amar.
Un conquistador sin oración no dura mucho. No nos hagamos ilusiones de esos seglares, incluso sacerdotes, muy movidos, muy apóstoles entre comillas, pero que no oran, que no tienen tiempo ni humor ni ganas de hacer oración. Tú no comas durante una semana, no duermas durante tres días, y proponte escalar una alta montaña: no puedes, te desmayas, te enfermas. No ores durante una semana, y proponte ser santo, proponte mantenerte en gracias de Dios. ¡No puedes! Ni tú ni nadie.

Primero se abandona la vocación, luego el apostolado fastidia, posteriormente se abandona la vocación religiosa o la vocación cristiana, por fin, se deja la fe. Y, si Dios no lo remedia, se termina de patitas en el infierno. Dejar culpablemente la oración es empezar a perder esa vocación, empezar a perder esa fe, empezar a condenarte. Y a la inversa, no comas pero haz bien tu oración; fracasa, enferma, sufre, pero no dejes de orar. Ora mucho más. El resultado será realmente espectacular.

El que sabe orar sabe de qué estoy hablando y no necesitaría mis palabras de motivación. Que pase en tu vida lo que sea, pero que no pase esto: enfriarte en tu trato con Dios en la oración.

Vamos a analizar las dudas de fe.¿Dónde tienen su raíz? La falta de celo apostólico, el enfriarse del amor a la propia vocación cristiana, siempre es por alguna razón, y es ésta: “non preghavano”. Lo decía Pablo VI tristemente de aquellos religiosos que habían abandonado su vocación. Non preghavano, no hacían oración. Y hay que decir que los que hoy siguen sin hacer oración, terminarán igual. Y, si eso nos pasa a nosotros los sacerdotes y religiosos, los que viven en el mundo, ¿van a resistir?
Cada quien hace de su vida de oración, como de su vida de apostolado lo que quiere; o una aventura apasionante o una máquina de frustración. Por lo tanto, cada día deberías decirte a ti mismo: ¡Hoy tengo ganas de orar, y de orar bien, y voy a disfrutar esos ratos de intimidad con Cristo, con mi mejor amigo!

Un contemplativo, si no conquista, no sirve para la Iglesia, para Cristo. En realidad no hay un verdadero orante que no sea conquistador de almas. Habría que corregir la frase así: Uno que aparentemente ora, no conquista, y por tanto no sirve.

El apostolado, según la definición más exacta dada por santo Tomás consiste en “contemplata aliis tradere”, dicho en latín. Traducido: “Dar a los demás lo que se ha contemplado en la oración”.

Por lo tanto, si uno no contempla el rostro de Dios, ¿de qué Dios va a hablar? De un Dios de cartón. Si uno no experimenta el amor tremendo de Dios en su propia oración, ¿de qué amor va a hablar a los demás?. Uno da y predica al Dios que ve, que ama; transmsite la fe que tiene, no la que no tiene. No se puede dar la fe si no se posee; no se puede compartir un amor falso, irreal ¿Tienes fe para repartir? ¿Tienes amor para compartir? ¿Tienes mensaje que te quema por dentro? Entonces eres apóstol, porque eres hombre o mujer de oración.

Hay que orar con fe, para arrancar gracias a Dios. “Todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y se os dará” Es una promesa de alguien que no engaña, ni puede engañar. Es un reto que pocos aceptan.. Yo les puedo decir que, cuando he creído en esas palabras y he tenido fe siquiera como un grano de mostaza, se realizaron las cosas, las que a mí y a otros parecían imposibles.Ojalá que alguno de los que escuchan pudiera decir que ha hecho esa misma experiencia. Yo sé que la fe funciona. Creo en la fe.

Como conclusión, deberíamos decir y sentir esta escueta frase: orar o morir... espiritualmente.

Conclusión: Cuando un hombre pierde muchas cosas , o todas, pero aún le que da su perseverancia, su valor, puede rehacerse completamente. Si uno tiene preseverancia, puede prescindir muy bien de otras cualidades, Ahí puede estar tu poder.
A la hora de anlizar el éxito de los grandes hombres, en la mayoría de los casos, se debió a la persistencia y a la concentración de esfuerzo, a la exactitud de propósitos. Yo no sé si será una ley espiritual consistente en esto: “A quien pone estos medios Dios le concede llegar al éxito”.

La tenacidad nada tiene que ver con :”me gusta, encantaría, me amuero de ganas”. Es una cosa muy distinta. El presidente Calvin Coolidge decía: “Nada en el mundo puede sustituir a la perseverancia. El talento no puede hacerlo: Nada más frecuente que el fracaso de los hombres talentosos. La instrucción tampoco: El mundo está lleno de pelagatos instruidos. La perseverancia y la determinación son, por sí solas, omnipotentes. El lema: “persevera” ha resuelto y siempre resolverá los problemas de la raza humana”.





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