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Lo más importante de un retiro no es el hacerlo
muy bien, sino el perseverar en el fruto obtenido durante
toda la vida, o, por lo menos, el mayor tiempo
posible. Hay que comenzar diciendo que es difícil ir a un
retiro. Es relativamente difícil hacerlo bien; pero lo que realmente
cuesta es perseverar en los proopósitos.
Cuando se hacen bien unos
ejercicios espirituales, las vivencias son hondas. Ya escuchamos a Cleofás
y a su amigo. Nos sucede lo mismo. “¿No
ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y
nos explicaba las Escrituras?” Y además de que las vivencias
son hondas, las decisiones muy firmes.
Podríamos decir que, después
de cada meditación, la tuerca de la decisión se aprieta
un poco más...¡Voy a cambiar! ¡Quiero cambiar! Sí es necesario
que esa decisión sea muy firme. En realidad, si
al salir de esos ejercicios, a los tres días, a
la semana ya te olvidaste, significa que esos propósitos no
eran tan firmes. Pero, si tú me dices, después de
un año, que sigues cumpliendo aquellos propósitos, tengo que
decirte que eran unos propósitos bien firmes.
Puede quedar un temor
a fallar, a no perseverar, porque uno se conoce, sabe
que es frágil, pero este temor hay que arrancarlo, porque
no tiene razón de ser. Porque hemos de saber que
hay unos medios de perseverancia, y, si esos medios se
utilizan, uno persevera.
Pero hay que entender la perseverancia no al
estilo angélico, sino al estilo humano: ¡Caerás! Decía un
hombre santo: “Sé también que en la vida de
los santos hay sus momentos de entusiasmo y sus
momentos de desaliento, y sus momentos de fidelidad
y sus momentos de traición. Pero esta es la
historia de los santos que se resume en una lucha
constante llena de esfuerzos por alcanzar la santidad.”
En una batalla
tiene que haber heridas y polvo. La consigna es,
por tanto, seguir luchando, levantarse siempre. Porque los santos no
son personas que nunca caen sino que siempre se levantan.
Hay que caer subiendo. ¡Todo menos entregarse al enemigo, el
dejar de luchar! Porque, cuando uno deja de luchar,
ya empezó el problema serio. Todo proceso de corrupción
comienza cuando dejamos de luchar.
A veces, Dios permite
que uno no obtenga el resultado de la lucha, pero
Él se complace en nuestra lucha. Y así, aunque dos
personas caigan en el mismo pecado, si uno ha caído
después de una dura pelea, y el otro después de
no luchar nada, hay una diferencia muy grande para Dios,
y es precisamente el esfuerzo por no caer.
Jesús decía: “Yo
he vencido al mundo, Yo estaré con vosotros, contigo, todos
los días de tu vida”. Por tanto, hay que confiar,
porque no andamos solos por la vida. Jesús va
con nosotros, y eso hace la gran diferencia. “¡Confía, hijo!
-nos dice- Yo he vencido al mundo, y bajo el
nombre de mundo está todo eso que tú temes”.
“El que
persevere hasta el final...ése se salvará” -dice Jesús-. Cambiando
la frase en sentido contrario sería: “El que no persevere
hasta el final, ése no se salvará”.
Así que debemos
de aprender el arte no sólo de empezar, no sólo
de continuar un tiempo, sino de saber terminar. Empezar
es de todos, continuar es de pocos, y terminar
de muy pocos. Sin embargo, si no sabemos terminar,
prácticamente no ha servido de nada la lucha anterior.
El infierno -dicen- está lleno de gentes que
empezaron pero no perseveraron. Tenemos, por tanto, que acercarnos a los
medios de perseverancia. Y perseverar un día. Hay que
empezar por un día, como decía Jesús: “Bástale
a cada día su afán”. Si perseveras un día, aseguras
la perseverancia del segundo día. Y así, poco a
poco, de día en día, puedes perseverar una semana, un
mes, un año y la vida entera. Muchos son
los que empiezan una carrera, la vida religiosa, el sacerdocio,
el matrimonio, pero pocos son los que terminan.
¿Quiénes terminan?
Los que tienen carácter y valor. Los que no se
asustan ante las dificultades, los que saben mantener encendida la
pasión, la motivación que tuvieron al principio. Porque, cuando
uno está muy motivado, como ahora en ejercicios, y promete
algo, le resulta fácil porque todo su ser quiere lograr
eso. Pero luego, si esa hoguera se va apagando,
si esas motivaciones se van esfumando, costará muchísimo más trabajo,
y, si la motivación y la hoguera se convierten en
cenizas... entonces es muy difícil o imposible seguir trabajando.
El no
terminar, el no perseverar, echa a perder muchas cosas buenas,
muy buenos propósitos. ¡Cuantos magníficos propósitos habrás hecho tú en
la vida, incluso en algún retiro anterior! ¿Y de qué
sirve empezar las cosas, si no se persevera? ¡Cuantas
cosas habremos comenzado tú y yo, y no las hemos
concluido! Perseverar es difícil. Es la virtud más difícil, pero absolutamente
necesaria. Las dificultades... Tenemos que saber que habrá dificultades, todos
las tienen; por lo tanto no son excusa, porque
una cosa es que haya dificultades, y otra cosa que
sea imposible vencerlas.
El secreto de la perseverancia es la unión
con Cristo. Oración, vida interior: de esto hablaremos más
en detalle al final de esta charla. Pero ahí está
el secreto. “Sin Mí no podéis hacer nada” -decía
Jesús- “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos”. Los
que conocen esa planta saben que, si un sarmiento se
corta, se muere. Pero, si está unido a la vid,
la savia de la vid pasa a esa rama, y
entonces produce fruto. Vemos como los racimos cuelgan precisamente de
esos sarmientos. “El que permanece en Mí y Yo en
él, ése da mucho fruto”. Por eso, nunca solos, siempre
con Él. Recordemos la escena de la pesca milagrosa; una
escena que Pedro aprendió muy bien, pero que
tenemos que aprender todos los demás igualmente. “Señor, me mandas
ir de pesca. Te tengo que decir que hemos estado
toda la noche echando las redes y no hemos pescado
ni un pececillo”. Hasta ahí una constatación normal, triste. Si
ahí quedara todo, se quedarían las manos sin echar las
redes. Pero añade: “Porque Tú me lo mandas, en tu
nombre, voy a echar las redes”. Y ya sabemos
lo que pasó: se llenaron las redes; tuvieron que llamar
a sus compañeros para que les ayudasen; llenaron las dos
barcas que casi se hundían por la carga de pescado.
También
aquí hay que hacer mención de la Santísima Virgen. Esa
es su misión. Si un hijo pudiera decir: “Mi Madre
lo puede todo”, ¡qué tranquilidad! Porque amor no le falta.
Pues bien... María es la única Madre que lo puede
todo. ¡Y cuánto nos quiere! Más que nadie;
es la más amorosa de las madres y la más
poderosa de las reinas. Quisiera reafirmar todo esto que estamos diciendo
con algunas nuevas motivaciones: Lo que es verdad aquí
en Ejercicios, era verdad antes, y lo será después; es
verdad aquí y es verdad fuera. Por eso, si en
este momento ves algo muy claro, cuando haya oscuridad,
piensa lo que pensabas en ejercicios. Si aquí sientes algo
muy profundamente, no es sólo para que lo sientas aquí,
sino después, en tu vida de todos los días. Ese
amor de Cristo que aquí has experimentado, no es un
amor pasajero que lo sentiste hoy, y desapareció; es un
amor que, antes de sentirlo, antes de venir a ejercicios,
ya era verdad. En ejercicios tuviste la gracia y la
oportunidad de experimentarlo, de sentirlo, pero seguirá siendo verdad hasta
el último momento de tu vida, y durante toda la
eternidad, a menos que tú lo quieras interrumpir traicionando ese
amor. Supongo que no lo querrás hacer. Ese amor, ese
Cristo, será siempre el mismo, aunque parezca que a veces
se duerme en la barca. En aquella ocasión en
que Jesús iba en la barca de Pedro, se levantó
una gran tempestad en el lago, y Jesús dormía. Yo
digo que se hacía el dormido, porque no era un
trasatlántico. Entre el ruido del viento, el traqueteo de las
olas y el movimiento de la barca, era imposible estar
dormido, aunque tuviera mucho sueño. Se hizo el dormido para
ver qué sucedía, para ver si la fe de los
apóstoles resistía también las tempestades.
Y los pobres apóstoles se llenan
de miedo; no sólo la barca se llena de agua,
sino que su corazón se llena de espanto; lo ven
dormido, y piensan: “¿Qué va a pasarnos a todos, incluyéndolo
a Él?, ¿qué va a suceder? El pánico llegó a
su máxima expresión. En el momento de la desesperación
le gritan, le jalan: “¡Jesús! ¿Te da lo mismo que
nos estemos ahogando? ¡Date cuenta de lo que nos
va pasar! Él se despierta tranquilamente y les dice al
viento y al mar: ¡Calmaos! En ese instante se calman,
y les dice a los Apóstoles: “¡Hombres de poca fe,
¿por qué dudaron?”. Al dar órdenes a los elementos y
ser obedecido, el susto llegó a convertirse en admiración, al
grado de decir: “¿Quién es éste?” ¿Quién iba a saber
que a este hombre también le obedecen el viento
y el mar? Y así, su fe en Jesús, entre
el miedo, las olas y la tempestad, fue creciendo más
y más.
También nosotros tenemos una barca que es nuestra
vida. En ella va Jesús, y a veces lo sentimos,
y no dudamos, porque El nos habla, nos hace sentir
lo hermoso que es vivir, contar con su misericordia;
pero otras veces no lo vemos, no lo oímos,
no lo sentimos: no sólo está dormido, sino que no
se le ve. Ahí está la prueba de nuestra
fe: a ver si en medio de esta tempestad de
dudas, de problemas, de sacrificios, podemos decir: “Señor, yo
sé que Tú eres más grande que todas mis tempestades
y mis olas”. Y, entonces, Jesús no nos dirá:
“Hombres o mujeres de poca fe”, sino nos dirá:
“Les felicito por su fe”. Algunas personas fueron felicitadas por su
fe. Ya saben a quién le dijeron: “Bienaventurada tú, que
has creído”. Y, cuando Tomás le dijo: “Señor mío y
Dios mío”, Jesús añadió: “Bienaventurados los que, sin ver, creyeron”.
Había una bienaventurada que era María y un bienaventurado que
era Juan que creyó en su resurrección antes de
verlo. Y hay una fila larguísima, infinita, de bienaventurados y
bienaventuradas que son los hombres y mujeres que creen, aunque
no ven.
Hoy esta fe se echa mucho de menos, no
por rechazo a Cristo sino porque quieren ver,
quiere tocar, quiere sentir”. Pero Jesús les dice, como
a Tomás, que no tiene mérito, porque después de tocar,
de ver y de sentir, cualquiera puede creer. Por
eso, ¡ bienaventurados los que, sin ver, creen! Se trata de
atreverse a confiar totalmente en Jesús. Decía alguien muy acertadamente:
“ Dadme un alma capaz de confiar en Dios, y
os daré un santo” ¡Qué frase! El límite de nuestra
confianza es el límite de nuestro poder. Esta frase la
dijo el mismo Jesús a Santa Margarita María: “Si me
amas, confía en mí; si me amas mucho, confía mucho.
El límite de tu amor será el límite de tu
confianza”. Tanto podemos, cuanto confiamos. “Tú eres grande, Señor,
Tú me amas, y esto me basta para ser
feliz y confiar en el futuro. Te doy gracias por
todo lo que me has dado; te doy gracias por
todo lo que te he pedido, y no me lo
has dado; porque a veces somos como niños que no
sabemos en realidad lo que nos conviene”.
“Si Dios con
nosotros, ¿quién contra nosotros?” Creo, estoy seguro, de que Dios
siempre abrirá un camino allí donde no existe paso. Y,
por eso, dejo mi futuro, mis problemas, mis seres queridos,
mi misma persona, los propósitos de estos ejercicios, en manos
de Dios en quien tengo toda mi confianza.
Y luego viene
mi parte, porque yo tengo que colaborar, aferrarme a los
medios de perseverancia. Decíamos que básicamente se reducían a orar,
a seguir unidos a Cristo a través de
la oración, de los sacramentos, de la vida de gracia.
Y vamos ahora a explayarnos un poquito más, dado que
son tan necesarios estos medios de perseverancia. Yo digo, con
frecuencia, en los ejercicios :
No quisiera avanzar más hasta que
tomen una decisión de vida o muerte de hacer
muy bien su oración y los demás actos de piedad.
De lo contrario, es inútil seguir adelante en los ejercicios;
es inútil trabajar en un apostolado; es inútil caminar por
la vida con ganas de éxito, si uno no es
hombre o mujer de oración.
¿Oración tibia?: ¡Mediocre seguro! ¿Oración
ferviente?: Todo es posible para quien ora de esta forma.
Si el único fruto de unos ejercicios, de un retiro,
fuera éste: el proponerse vivir mi vida de
oración a fondo, sería un fruto excelente.
Leí en un libro
estas palabras que me hicieron detenerme bruscamente: “Yo que tantas
veces he orado, quizás sólo en dos o tres
ocasiones he logrado realmente tocar a Dios, dejarme encender.” Me
cuestioné: ¿Cuántas veces he hecho oración, al menos externamente? ¿Y
cuantas veces realmente me he dejado tocar por Dios? Se
necesita esa oración profunda, de cara a Dios, oír
su voz. Recordemos ejemplos de personas que tocaron a Dios
con su súplica y recibieron respuesta: Al leproso: “¡Quiero! ¡Queda
limpio”. A la sirofenicia, aquella pobre mujer que decía: “Es
cierto...pero los perritos comen las migajas que caen de
la mesa de los niños”, Jesús le contestó: “Tu
hija está curada por eso que has dicho”. Al ciego
de Jericó: “Recupera la vista”.
La oración es una lucha. Negativamente,
para alejar a los enemigos de la oración, y positivamente,
para tocar a Dios, y ser tocado por Él. ¿Cómo
hay que orar? Yo apelaría a esos momentos de tu
vida, en que tenías un gran problema, o querías obtener
de Dios alguna gracia muy importante. Dime si en esos
momentos te dormías orando, bostezabas orando, si tenías ganas de
acabar cuanto antes la oración. Alargabas los minutos, aumentabas el
voltaje del corazón y el voltaje de tu petición. Sentías
la presencia de Dios, sabias llorar ante Dios; por tanto,
sabías rezar! No digas que no sabes. Porque lo has
hecho algunas veces, ¡claro! motivado por la necesidad.
Pero hay
que procurar orar siempre bien, aunque no esté uno en
un grave problema. Orar como en tus mejores tiempos o
en tus mejores retiros has sido capaz de hacerlo; desde
las posturas hasta la entrega total a la oración.
¡Qué actos de fe, esperanza y caridad! ¡Cómo penetraban
como rayo láser las motivaciones, y cómo crecía la decisión!
Ojalá así hayas estado orando en estos ejercicios. La rutina,
el cansancio, la pereza y el sueño, todo eso desaparece,
cuando la oración se considera muy importante, imprescindible.
Hay que
tomarles cariño y simpatía a cada uno de esos actos
de piedad. ¿Cuál te cuesta más? Tómalo como tarea.
Así como disfrutas yendo al comedor y alimentando tu cuerpo,
por lo menos con el mismo gusto debes hacer los
actos de piedad que alimentan tu alma inmortal. Así como
el que no disfruta los alimentos es porque está enfermo
del cuerpo, así el que no disfruta de la
oración está enfermo del alma. Los actos de piedad
son tu medio fundamental de perseverancia. Ese tiempo de
oración al día es la clave para durar y perseverar;
por lo tanto, si quieres durar, tienes que orar. No
te engañes: El día que ores bien, te irá bien.
El día que no ores bien, no seas iluso. “¿Qué
me pasa? - muchas veces dices- ¿Qué me está sucediendo:
me siento triste, me siento apático me siento sin ganas,
me siento...” ¡Has aflojado en la oración! Ya lo
decía Jesús, y en un momento muy solemne, en
Getsemaní: “Vigilad y orad para no caer en tentación”.
Pedro tal vez pensó que no era tan necesario, tan
urgente, así como algo de vida o muerte... Se durmió,
mientras Jesús hacía oración. ¿Qué sucedió a las pocas horas?
Negó tres veces a Cristo. “Sin Mí no podéis
hacer nada”, ni el Papa, ni tú ni yo ni
nadie puede hacer nada.
Veamos como Juan Pablo II dedicó
mucho tiempo, mucho corazón, mucha fe y mucha inteligencia a
orar a Dios y a la Santísima Virgen. Y él
tenía la agenda más complicada del mundo. Por eso no
hay nunca excusas para decir que no tienes tiempo
para orar. Porque eso es como de ir no tienes
tiempo de estar vivo.
Son esos actos de piedad tu primer
deber de apóstol, más aún, son tu tarea más importante
como apóstol. Cuando estás orando fervorosamente estás realizando el
mejor apostolado; en la oración estás caldeándote como apóstol.
En la
oración estás ganando gracias para tus almas, estás consiguiendo
vocaciones, estás haciéndote santo tú y obteniendo la gracia
de la santidad para muchos otros. Los actos de piedad bien
hechos son parte de tu vida consagrada o de tu
vida de cristiano. Tenemos que recordar que orar y
amar coinciden. Santa Teresa definía la oración así:
“Orar es hablar de cosas de amor con quien sabemos
que nos ama”. Sólo los enamorados, por tanto, saben orar.
Amor y aburrimiento son inconciliables. Orar es amar y ser
amado, y por eso quien realmente está enamorado, disfruta enormememnte
orando. Él nunca dirá que no tiene tiempo de orar,
porque siempre tendrá tiempo de amar. Un conquistador sin oración no
dura mucho. No nos hagamos ilusiones de esos seglares,
incluso sacerdotes, muy movidos, muy apóstoles entre comillas, pero que
no oran, que no tienen tiempo ni humor ni ganas
de hacer oración. Tú no comas durante una semana, no
duermas durante tres días, y proponte escalar una alta montaña:
no puedes, te desmayas, te enfermas. No ores durante una
semana, y proponte ser santo, proponte mantenerte en gracias de
Dios. ¡No puedes! Ni tú ni nadie.
Primero se abandona la
vocación, luego el apostolado fastidia, posteriormente se abandona la vocación
religiosa o la vocación cristiana, por fin, se deja la
fe. Y, si Dios no lo remedia, se termina de
patitas en el infierno. Dejar culpablemente la oración es empezar
a perder esa vocación, empezar a perder esa fe, empezar
a condenarte. Y a la inversa, no comas pero haz
bien tu oración; fracasa, enferma, sufre, pero no dejes de
orar. Ora mucho más. El resultado será realmente espectacular.
El que
sabe orar sabe de qué estoy hablando y no necesitaría
mis palabras de motivación. Que pase en tu vida lo
que sea, pero que no pase esto: enfriarte en tu
trato con Dios en la oración.
Vamos a analizar las dudas
de fe.¿Dónde tienen su raíz? La falta de celo apostólico,
el enfriarse del amor a la propia vocación cristiana, siempre
es por alguna razón, y es ésta: “non preghavano”. Lo
decía Pablo VI tristemente de aquellos religiosos
que habían abandonado su vocación. Non preghavano, no hacían oración.
Y hay que decir que los que hoy siguen sin
hacer oración, terminarán igual. Y, si eso nos pasa a
nosotros los sacerdotes y religiosos, los que viven en el
mundo, ¿van a resistir? Cada quien hace de su vida de
oración, como de su vida de apostolado lo que quiere;
o una aventura apasionante o una máquina de frustración. Por
lo tanto, cada día deberías decirte a ti mismo: ¡Hoy
tengo ganas de orar, y de orar bien, y voy
a disfrutar esos ratos de intimidad con Cristo, con mi
mejor amigo!
Un contemplativo, si no conquista, no sirve para la
Iglesia, para Cristo. En realidad no hay un verdadero
orante que no sea conquistador de almas. Habría que corregir
la frase así: Uno que aparentemente ora, no conquista, y
por tanto no sirve.
El apostolado, según la definición más exacta
dada por santo Tomás consiste en “contemplata aliis tradere”, dicho
en latín. Traducido: “Dar a los demás lo que se
ha contemplado en la oración”.
Por lo tanto, si uno no
contempla el rostro de Dios, ¿de qué Dios va a
hablar? De un Dios de cartón. Si uno no experimenta
el amor tremendo de Dios en su propia oración, ¿de
qué amor va a hablar a los demás?. Uno da
y predica al Dios que ve, que ama; transmsite la
fe que tiene, no la que no tiene. No
se puede dar la fe si no se posee; no
se puede compartir un amor falso, irreal ¿Tienes fe para
repartir? ¿Tienes amor para compartir? ¿Tienes mensaje que te
quema por dentro? Entonces eres apóstol, porque eres hombre o
mujer de oración.
Hay que orar con fe, para arrancar gracias
a Dios. “Todo lo que orando pidiereis, creed que lo
recibiréis, y se os dará” Es una promesa de alguien
que no engaña, ni puede engañar. Es un reto que
pocos aceptan.. Yo les puedo decir que, cuando he creído
en esas palabras y he tenido fe siquiera como un
grano de mostaza, se realizaron las cosas, las que a
mí y a otros parecían imposibles.Ojalá que alguno de los
que escuchan pudiera decir que ha hecho esa misma experiencia.
Yo sé que la fe funciona. Creo en la fe.
Como
conclusión, deberíamos decir y sentir esta escueta frase: orar
o morir... espiritualmente.
Conclusión: Cuando un hombre pierde muchas cosas ,
o todas, pero aún le que da su perseverancia, su
valor, puede rehacerse completamente. Si uno tiene preseverancia, puede prescindir
muy bien de otras cualidades, Ahí puede estar tu poder. A
la hora de anlizar el éxito de los
grandes hombres, en la mayoría de los casos, se debió
a la persistencia y a la concentración de esfuerzo, a
la exactitud de propósitos. Yo no sé si será una
ley espiritual consistente en esto: “A quien pone estos medios
Dios le concede llegar al éxito”.
La tenacidad nada tiene que
ver con :”me gusta, encantaría, me amuero de ganas”.
Es una cosa muy distinta. El presidente Calvin Coolidge decía:
“Nada en el mundo puede sustituir a la perseverancia. El
talento no puede hacerlo: Nada más frecuente que el fracaso
de los hombres talentosos. La instrucción tampoco: El mundo está
lleno de pelagatos instruidos. La perseverancia y la determinación son,
por sí solas, omnipotentes. El lema: “persevera” ha resuelto y
siempre resolverá los problemas de la raza humana”.
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