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Autor: Carta del Cardenal Norberto Rivera | Fuente: Catholic.net El Padrenuestro, la oración que nos enseñó Jesús
Explicaciòn del Padre Nuestro. Primera Parte. Cardenal Norberto Rivera.
Vosotros, pues, orad así: “Padre nuestro que estás en
los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase
tu Voluntad así en la tierra como en el cielo.
Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así
como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos
dejes caer en tentación, mas líbranos del mal”. Que si
vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también
a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a
los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas (Mateo 6,
9-15).
El Padrenuestro es la oración que nos enseñó Jesucristo y
es, seguramente, una de las primeras oraciones que aprendimos de
memoria. Es una invitación a orar con sencillez, desde lo
más profundo del corazón, sin falsos pietismos ni apariencias buscadas.
Es una oración llena de autenticidad donde se reconoce la
grandeza de Dios y las propias debilidades. En este año
de preparación del jubileo del año 2000, dedicado precisamente a
la persona divina del Padre, resulta muy útil volver a
meditar en el Padrenuestro, esta oración que frecuentemente decimos de
memoria, pero sin pensar muchas veces en los profundos contenidos
que encierra.
A primera vista se perciben dos partes bien diferenciadas
en el Padrenuestro: una donde predomina la alabanza y la
petición referida a lo que podríamos llamar “los intereses de
Dios”, y una segunda que comienza con la petición del
pan y presenta peticiones más dirigidas a nuestras necesidades. El
Catecismo de la Iglesia Católica explica a fondo esta maravillosa
oración nacida de los labios de Jesucristo. Le dedica los
números 2777 a 2865 y ofrece un contenido muy rico
que nos puede ser muy útil si queremos profundizar en
lo que decimos cuando hacemos esta oración que comien-za con
una interpelación a la caridad: “Padre nuestro”. Padre nuestro quiere
decir padre de todos; quiere decir que todos somos hermanos
y que nuestro destino en la vida no es indiferente
a los demás como tampoco tiene que serlo a nosotros
el de ellos. El Padrenuestro comienza con la afirmación de
la comunión de los hijos y el reconocimiento de la
insondable grandeza de un Padre amoroso que no podemos ver
porque mora más allá del alcance de nuestros sentidos (“en
el Cielo”). En esta carta vamos a reflexionar juntos sobre
la primera parte de esta oración.
“Padre”. Sería un verdadero atrevimiento
llamar “Padre” a Dios si no hubiera sido porque el
Hijo nos invitó a hacerlo. A sus contemporáneos esto les
parecía algo blasfemo porque significaba hacerse igual a Dios (Cf
Juan 5, 18), pero es que el Hijo realmente era
Dios y hombre a la vez. Desde entonces, hemos dejado
de preocuparnos por el nombre de Dios porque tenemos la
seguridad de poder llamarle “Padre”. Padre significa amor, preocupación por
los hijos, entrega generosa a ellos. Aquí nos traiciona nuestra
inteligencia. Cuando pensamos en Dios como Padre, le atribuimos generalmente
las mejores cualidades que podemos encontrar en un padre humano.
No caemos en la cuenta de que Dios las supera
infinitamente. La inteligencia funciona así, adapta todo a nuestra medida.
Por eso no resulta fácil llegar al conocimiento del Padre
sólo con la inteligencia; hace falta echar mano del amor.
El amor tiene un dinamismo diferente, se “hace” a la
persona amada, se identifica con ella. Produce un conocimiento más
intuitivo, seguramente menos científico, pero más profundo y experimental. El
amor lleva a gustar a ese Padre en la entrega
confiada a Él, en la valoración interna de sus gestos
de amor por el hombre, de la creación, de la
salvación, de la redención.
“Nuestro” significa posesión: Dios nos pertenece, se
ha hecho a nosotros, es nuestro Creador. Pero también implica
una confianza en Él. Es Padre nuestro porque se ha
entregado a nosotros. Es Padre nuestro porque constituye nuestro premio
futuro, la salvación eterna cuando lo “veremos cara a cara”
(Cf I Corintios 13, 12). Es nuestro porque es de
todos. Es nuestro porque nos entrega a su Hijo como
hermano que muere por amor para redimirnos de nuestros pecados.
Padre nuestro; estas dos primeras palabras tocan profundamente el corazón
elevándolo hacia el sentimiento de la filiación divina de todos
y cada uno, y hacia la fraternidad de todos los
hijos del mismo Dios. Santa Teresa de Jesús dedica unas
frases maravillosas a la explicación del “Padrenuestro”. Allí encontramos unas
reflexiones muy valiosas sobre estas primeras palabras en las que
la Santa Doctora se dirige a Jesucristo -el texto se
ha retocado acomodando el lenguaje-: ¡Oh Hijo de Dios y
Señor mío!, ¿cómo das tanto junto desde la primera palabra?
Ya que te humillas a Ti mismo tanto que te
juntas con nosotros al pedir y hacerte hermano de cosa
tan baja y miserable, ¿cómo nos das en nombre de
tu Padre todo lo que se puede dar, pues quieres
que nos tenga por hijos, y cuando das tu palabra,
nunca falla? Le obligas a que la cumpla, que no
es pequeña carga, pues siendo Padre nos ha de sufrir
por graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a
El, como al hijo pródigo nos tiene que perdonar, nos
tiene que consolar en nuestros trabajos, nos tiene que sustentar
como lo haría un tal Padre, que forzado ha de
ser mejor que todos los padres del mundo, porque en
Él no puede haber sino todo bien cumplido, y después
de todo esto hacernos participantes y herederos contigo (Santa Teresa
de Jesús, Camino de Perfección, capítulo 27). El hecho de
que Jesucristo nos haya enseñado esta oración lo ve Santa
Teresa como un compromiso que Él toma compartiendo con nosotros
su filiación divina. Es como el niño que le pide
a su padre que adopte a un amigo suyo. El
Padre nos adopta como hijos por haber sido adoptados como
hermanos por Jesucristo. Santa Teresa le reprocha a Jesús que
ha comprometido a su Padre con hijos que serán muy
desagra-decidos con Él. Una oración que comienza con semejante regalo,
no puede pedir después cosas malas para nosotros.
“Que estás en
el cielo”. Cuando decimos esta frase, no estamos hablando de
un dios de la naturaleza que mora en el espacio
celeste. Cielo no significa un lugar, no significa espacio y
tiempo. Tampoco significa que Dios se aparta de nosotros y
se mantiene alejado. El Cielo significa el más allá donde
nos espera la posesión absoluta de Dios. Significa la imposibilidad
del hombre para poseerlo completamente desde esta vida en una
relación directa si no es por un don suyo. Significa
que está más allá de todos nuestros pensamientos sobre Él.
Fray Luis de León ha comparado el cielo con la
misericordia de Dios en su libro “De los nombres de
Cristo”. Así, dirigiéndose a Dios, le dice: Cuan lejos de
la tierra está el cielo, tan alto se encumbra la
piedad que usas con los que por suyo te tienen.
Ellos son tierra baja, mas tu misericordia es el cielo.
Ellos esperan como tierra seca su bien, y ella llueve
sobre ellos sus bienes. Ellos, como tierra, son viles; ella,
como cosa del cielo, es divina. Ellos perecen como hechos
de polvo; ella, como el cielo, es eterna. A ellos,
que están en la tierra, los cubren y los obscurecen
las nieblas; ella, que es rayo celestial, luce y resplandece
por todo. En nosotros se inclina lo pesado como en
el centro; mas su virtud celestial nos libra de mil
pesadumbres. “Cuanto se extiende la tierra y se aparta el
nacimiento del sol de su poniente, tanto alejaste de los
hombres sus culpas” (Fray Luis de León, De los nombres
de Cristo, libro III, Jesús). La misericordia nos viene del
cielo, el lugar donde habita la misericordia. Es eterna y
divina. La misericordia es el mismo Dios que se define
como amor.
“Santificado sea tu nombre”. Con esta frase comienzan
las siete peticiones del Padrenuestro, y dentro de ellas, la
serie de tres que se refieren a Dios usando el
“tu”: “tu nombre”, “tu reino”, “tu voluntad”. En la primera
carta ya hemos reflexionado sobre lo que significa este “nombre”
de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica
muy bien el contenido de esta petición: El término
"santificar" debe entenderse aquí, en primer lugar, no en su
sentido causativo (sólo Dios santifica, hace santo), sino sobre todo
en un sentido estimativo; reconocer como santo, tratar de una
manera santa. Así es como, en la adoración, esta invocación
se entiende a veces como una alabanza y una acción
de gracias (Cf Salmo 111, 9; Lucas 1, 49). Pero
esta petición es enseñada por Jesús como algo a desear
profundamente y como proyecto en que Dios y el hombre
se comprometen. Desde la primera petición a nuestro Padre, estamos
sumergidos en el misterio íntimo de su Divinidad y en
el drama de la salvación de nuestra humanidad. Pedirle que
su Nombre sea santificado nos implica en "el benévolo designio
que él se propuso de antemano" (Cf Efesios 1, 9)
para que noso-tros seamos "santos e inmaculados en su presencia,
en el amor" (Cf Efesios 1, 4) (Catecismo de la
Iglesia Católica 2807). Sólo Dios santifica pues sólo Él es
santo y sólo Él puede comunicar su santidad. La santidad
era el atributo por excelencia de Dios, que los israelitas
consideraban el “Santísimo” (kadós, kadós, kadós: el muy santo -el
superlativo absoluto se construía con la triple repetición del adjetivo-).
La santidad es propiedad sólo de Dios que la transmite
a los que ama. La santidad es presencia de Dios.
Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre
descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita
las sandalias y se cubre el rostro (Cf Éxodo 3,
5-6) delante de la Santidad Divina. Ante la gloria del
Dios tres veces santo, Isaías exclama: "¡Ay de mí, que
estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!" (Isaías
6, 5). Ante los signos divinos que Jesús realiza, Pedro
exclama: "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador"
(Lucas 5, 8). Pero porque Dios es santo, puede perdonar
al hombre que se descubre pecador delante de él: "No
ejecutaré el ardor de mi cólera... porque soy Dios, no
hombre; en medio de ti yo el Santo" (Oseas 11,
9). El apóstol Juan dirá igualmente: "Tranquilizaremos nuestra conciencia ante
él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues
Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo" (I
Juan 3, 19-20) (Catecismo de la Iglesia Católica 208). Esta
santidad de Dios es garantía de la fidelidad de su
amor y de su perdón continuo que no busca revanchas
porque ama a los hombres y quiere que todos se
salven, y esta santidad es también signo de lo que
será su justicia absoluta en el respeto a la libertad
del hombre y sus consecuencias. Jesucristo es el que manifiesta
el nombre de Dios: Dios es Padre. El Espíritu Santo
nos pone en relación con ese Padre llevándonos a llamarle
“Abbá” (Cf Romanos 8, 15; Gálatas 4, 6) como Cristo
lo llamaba (Cf Marcos 14, 36). Y Jesús recibe el
nombre que está sobre todo nombre (Cf Filipenses 2, 9-11)
con lo que se afirma la divinidad de Jesucristo que
se hizo hombre.
“Venga a nosotros tu reino”. La espera del
Reino de Dios nos puede llenar muchas veces de impaciencia,
quisiéramos que ya estuviera presente en nuestras vidas, en nuestras
familias, en nuestras sociedades. Deseamos que venga ese reino de
paz y justicia (Cf Romanos 14, 17), pero ese reino
sufre violencia y los violentos lo arrebatan (Cf Mateo 11,
12). Hay que esforzarse por sumarse a ese Reino (Lucas
16, 16) que está ya muy cerca, que está dentro
de nosotros (Lucas 17, 21). Sólo en ese reino encuentra
el hombre su felicidad, la realización del ideal para el
que fue creado por Dios. Es un reino que tenemos
que anunciar porque Dios nos lo ha confiado a nosotros
y sólo se va a extender con nuestro testimonio unido
a la acción del Espíritu Santo. Es un Reino que
se basa en lo que Jesucristo nos reveló y que
se construye con nuestra respuesta generosa en la conversión y
en la fe (Cf Mateo 4, 17; Marcos 1, 15).
El pecado nos aleja de él y nos cierra la
entrada (Cf Gálatas 5, 19-21; I Corintios 6, 9-10; Efesios
5, 3-5). Toda la vida pública de Cristo fue una
predicación del Reino de Dios anuncia-do a todos los hombres.
El Reino de Dios representa la victoria absoluta sobre el
mal que será derrotado para siempre (Cf Mateo 12, 26-28)
y se inicia con la Iglesia dirigida por el Papa,
Vicario de Cristo, que ha recibido las llaves del Reino
(Mateo 16, 19). El Reino de Dios se alcanza con
la vivencia de las bienaventuranzas (Cf Mateo 5, 1-12; Lucas
6, 20-26). Encontrarás una mejor explicación de lo que significa
el Reino de Dios en los números 541 a 556
del Catecismo de la Iglesia Católica.
“Hágase tu voluntad en la
tierra como en el cielo”. La voluntad de Dios sobre
el hombre, sobre cada hombre, es que se salve y
goce eternamente de Él (Cf I Timoteo 2, 3-4). Todo
en la vida de Cristo va orientado a conseguir este
fin, su vida sobre la tierra tiene sentido sólo como
redención del género humano. Lo que es un plan de
Dios para el hombre en el cielo tiene un inicio
en la tierra. La respuesta a la voluntad de Dios
sobre la tierra, expresada en el mandamiento del amor, se
prolonga en el amor perfecto de la vida eterna, en
el cielo. Hacer la voluntad de Dios sobre la tierra
es amar a Dios sobre todas las cosas: Únicamente preocupados
de guardar el mandato y la ley que os dio
Moisés, siervo de Yahvéh: que améis a Yahvéh vuestro Dios,
que sigáis siempre sus caminos, que guardéis sus mandamientos y
os mantengáis unidos a Él y le sirváis con todo
vuestro corazón y con toda vuestra alma (Josué 22, 5);
y al prójimo como Cristo nos amó: Este es el
mandamiento mío: que os améis los unos a los otros
como yo os he amado (Juan 15, 12) (Cf Juan
13, 34; 15, 17). El mundo es un lugar de
paso que no puede ser objeto final de nuestro amor
(Cf I Juan 2, 15), pero muchas veces nos distrae
en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Amamos al
ser humano que vive en el mundo, pero reconocemos desde
la fe que este ser humano está llamado a una
vida más plena. Vivir el mandamiento del amor es adelantar
la salvación eterna. Cuando rezamos el Padrenuestro le pedimos a
Dios que se viva el mandamiento del amor sobre la
tierra y que se realice la salvación eterna de todos
los hombres.
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MICKAELA
Publicado por: Jaime Emilio Muñoz Céspedes
Fecha: 2009-10-31 11:55:16
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