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Autor: Carta del Cardenal Norberto Rivera | Fuente: Catholic.net Danos hoy nuestro pan, la oración de petición
Explicaciòn del Padrenuestro. Segunda parte. Carta Cardenal Norberto Rivera
Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar,
cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Señor, enséñanos
a orar, como enseñó Juan a sus discípulos”. El les
dijo: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga
tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos
nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que
nos debe, y no nos dejes caer en tentación” (Lucas
11, 1-4).
En la actual situación de nuestro país, esta oración
se hace más acuciante, más sentida. Dios sabe lo que
nos hace falta ese pan cotidiano como sabe también cuánto
necesitamos perdonarnos entre nosotros para poder implorar su perdón. Muchos
de nuestros hermanos pasan hambre y viven en condiciones inhumanas.
Somos más frágiles que nunca ante cualquier conflicto y más
propensos al odio. Vivimos quizá demasiado encerrados en nosotros mismos
y en nuestros problemas como para construir un nuevo modelo
de nación donde reine la auténtica solidaridad y se den
las necesarias posibilidades de desarrollo para todos. Nos resulta imprescindible
el apoyo de Dios para no caer en las tentaciones
y permanecer siempre libres del mal.
Esta segunda parte del Padrenuestro
con sus cuatro peticiones, las peticiones del “nos”, frente a
las tres anteriores del “tu”, nos muestran lo que debemos
pedir para nosotros, para mejorar nuestra vida personal y la
vida de las sociedades humanas.
“Danos hoy nuestro pan de cada
día”. Esta petición toca uno de los grandes problemas del
hombre desde que mora sobre la tierra, el problema de
la repartición de un pan entre muchos. Dios hizo el
mundo con los suficientes recursos para alimentar a todos y
creó al hombre con la suficiente inteligencia y capacidad para
generar más pan, no sólo para repartir el que ya
había. Pero el ser humano, desde el inicio de su
paso por este mundo, quiso acaparar para sí más de
lo que podía disfrutar, quiso emplear esos dones de Dios
para adquirir poder o subyugar a los demás. La historia
ha sido testigo de muchos intentos del hombre para remediar
esto. El marxismo se presentaba como la panacea para solucionar
estas continuas tensiones entre el hombre y el dominio de
la creación, pero se quedó en un proyecto que supeditaba
todo (hombres y productos de la tierra) a los intereses
del estado y coartaba la libertad del ser humano, querida
por Dios como un don maravilloso para que el hombre
pudiera llegar hasta Él. El capitalismo, sistema más basado en
la naturaleza del hombre, no ha sido capaz todavía de
eliminar la pobreza que sufren muchos hombres. Los grupos de
poder que controlan los mercados actúan con intereses egoístas, y
el capital no parece emplearse en proyectos que ayuden a
la superación de los rezagos sociales. Quizá por ello, en
este momento de nuestra historia, esta petición de “danos hoy
nuestro pan de cada día” se hace más angustio-sa, más
dolorosa. En medio de este dolor ante el hambre que
padecen millones de seres humanos, no podemos perder la confianza
en Dios ni renunciar a nuestra propia responsabilidad para remediar
las cosas. Jesucristo nos enseñó a pedir al Padre con
la certeza de que todo nos lo dará “En verdad,
en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os
lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis
pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro
gozo sea colmado” (Juan 16, 23-24). Por eso repetimos con
fe el Padrenuestro. Sabemos que la solución al problema vendrá
de Dios que tocará los corazones de los hombres. Dios
siempre actúa a través de medios humanos. Él es un
Padre que ama a sus hijos y hace salir el
sol sobre buenos y malos (Mateo 5, 45). No puede
permanecer indiferente ante este drama humano. Pedimos con un “nuestro”
en solidaridad con aquellos que no tienen, acercándonos a sus
necesidades y a sus sufrimientos, conscientes de que somos hijos
del mismo Padre. Los números 2830 y 2831 del Catecismo
de la Iglesia Católica pueden servir de materia para reflexionar
a fondo sobre este tema.
Pero hay otro pan que necesita
el hombre de hoy. La Madre Teresa de Calcuta lo
señalaba en su testamento espiritual. Hay un hambre física que
sacude al mundo, pero hay otro tipo de hambre que
se ve menos y, sin embargo, afecta más gravemen-te a
nuestros semejantes: el hambre de amor. El ser humano necesita,
hoy más que nunca, saber que tiene un Padre que
le ama y sentirse amado de sus hermanos. Si la
petición que nos enseñó Jesucristo se refiere al “hoy”, no
hay que olvidar que en ese “hoy” encontramos este drama
humano de hombres y mujeres que viven solos, olvidados de
todos y esperando su muerte. Cuando oigo debates sobre la
eutanasia y constato el ansia de morir de muchos enfermos,
descubro detrás esta angustia que nace de no sentirse amados.
Los cristianos tenemos que repartir este pan del amor de
Cristo a los hombres de hoy, un amor real de
entrega, comenzando por los más próximos, por nuestra familia, por
nuestros padres, por nuestro cónyuge, por nuestros hijos, por nuestros
abuelos. Nuestra fe, nuestra certeza del amor de Dios, no
puede quedarse sólo en nuestro corazón o en nuestra mente,
tiene que llegar a los corazones de todos los seres
humanos. El “pan de cada día” es también el sacramento
de la Eucaristía, el mayor signo del amor de Dios.
Cada cristiano tiene que hacerse eucaristía, entrega, donación incondicional de
amor.
“Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que
nos ofenden”. El Catecismo de la Iglesia Católica centra muy
bien las reflexiones que deben acompañar esta oración: Con una
audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole
que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos
cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura
bautismal, no dejamos de pecar, de separamos de Dios. Ahora,
en esta nueva petición, nos volve-mos a Él, como el
hijo pródigo (Cf Lucas 15, 11-32), y nos reconocemos pecadores
ante Él como el publicano (Cf Lucas 13, 13). Nuestra
petición empieza con una "confesión" en la que afirmamos, al
mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es
firme porque, en su Hijo, "tenemos la redención, la remisión
de nuestros pecados" (Colosenses 1, 14; Efesios 1, 7). El
signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en
los sacramentos de su Iglesia (Cf Mateo 26, 28; Juan
20, 23). Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento
de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no
hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor,
como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar
a Dios a quien no vemos, si no amamos al
hermano y a la hermana a quienes vemos (Cf I
Juan 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos
y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace
impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confe-sión del
propio pecado, el corazón se abre a su gracia (Catecismo
de la Iglesia Católica 2839-2840). En el centro del Sermón
de la Montaña se encuentran la misericordia y el perdón
(Cf Mateo 5, 23-24; 6, 14-15; Marcos 11, 25), un
perdón que llega incluso a los enemigos (Cf Mateo 5,
43-44) y que no tiene límites (Cf Mateo 18, 21-22;
Lucas 17, 3-4). Este es el signo del cristiano, la
misericordia. Es una virtud que nace del conocimiento objetivo del
corazón humano y de su debilidad y del conocimiento objetivo
del “corazón” de Dios y de su generosidad y fidelidad
a toda prueba. Por ello, la misericordia se apoya en
la fe que nos descubre la bondad de Dios y
en la constatación de la pobre respuesta del ser humano.
El cristiano es portador de misericordia, así hace presente a
Dios en el mundo y predica que el amor es
más fuerte que el pecado.
“No nos dejes caer en la
tentación”. La constatación de nuestra debilidad nos lleva a acudir
a Dios para que no nos deje de su mano.
Somos muy conscientes de que hay cientos de tentaciones que
buscan alejarnos del amor de Dios y de su plan
de salvación para nuestras vidas. El mismo Jesucristo experimentó estas
tentaciones y las venció apoyándose en su amor al
Padre y a los hombres, sus hermanos (Cf Mateo 4,
1-11; Marcos 1, 12-13; Lucas 4, 1-14). En estos pasajes
evangélicos, Cristo nos enseña la importancia de Dios en nuestra
vida por encima de los atractivos que nos presenta lo
que San Juan llama “el mundo”: No améis al mundo
ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama
al mundo, el amor del Padre no está en él.
Puesto que todo lo que hay en el mundo -la
concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y
la jactancia de las riquezas- no viene del Padre, sino
del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien
cumple la voluntad de Dios permanece para siempre (I Juan
2, 15-17). Las tentaciones nos invitan siempre a quedarnos con
lo pasajero y desarraigarnos de Dios.
Una y otra vez, Jesucristo
nos pide que recemos para no caer en la tentación
(Mateo 26, 41; Marcos 14, 38; Lucas 22, 40; 22,
46). Él sabe que necesitamos de Dios para librarnos de
ellas, que sólo con su apoyo, con la ayuda de
la gracia, podremos vivir sin dejarnos arrastrar por tantos elementos
que nos llevan a romper el plan de Dios para
nuestra vida, la alianza de amor que Él ha establecido
con nosotros por el Bautismo. Él nunca falla a esta
relación porque Dios es fiel, pero nosotros, cuando no estamos
unidos a Él, corremos el riesgo de seguir el camino
de nuestra infelicidad. Así pues, el que crea estar en
pie, mire no caiga. No habéis sufrido tentación superior a
la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá
que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la
tentación os dará modo de poderla resistir con éxito (I
Corintios 10, 12-13). Dios no nos quita las tentaciones, pero
nos da la ayuda para superarlas y expresarle nuestro amor
prefiriéndolo a Él sobre todas las cosas. La tentación es
el camino que conduce al pecado, rotura de la relación
de amor entre Dios y el hombre. Cuando le pedimos
a Dios que no nos deje caer en ellas, estamos
afirmando la opción por Él, la voluntad de amarlo sobre
todas las cosas.
“Líbranos del mal”. Jesucristo ya ha vencido el
mal que reinaba en el mundo. Ahora, Él nos apoya
en esta lucha, Él es quien vence en nosotros. El
orden de la obediencia al designio de Dios roto por
el diablo, por Satanás, el ángel rebelde a Dios, su
Creador, volverá a restaurarse en Cristo cuando llegue su venida
final. Hasta entonces, la Iglesia ora a Dios para que
nos libre de las acechanzas del Maligno. En efecto, el
Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que Al pedir
ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de
todos los males, presentes, pasados y futuros de los que
él es autor o instigador. En esta última petición, la
Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con
la liberación de todos los males que abruman a la
humanidad, implora el don precioso de la paz y la
gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo.
Orando así, anticipa en la humildad de la fe la
recapitulación de todos y de todo en Aquel que “tiene
las llaves de la Muerte y del Hades”: (Apocalipsis
1, 18), “el Dueño de todo, Aquel que es, que
era y que ha de venir” (Apocalipsis 1, 8; Cf
Apocalipsis 1, 4) (Catecismo de la Iglesia Católica 2854).
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