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Mientras que la Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó
a la perfección, por la que se presenta sin mancha
ni arruga (Cf Efesios 5,27), los fieles, en cambio, aún
se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo el pecado;
y por eso levantan sus ojos hacia María, que brilla
ante toda la comunidad de los elegidos, como modelo de
virtudes.
La Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella y contemplándola en la
luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración entra más
profundamente en el sumo misterio de la Encarnación y se
asemeja más y más a su Esposo. Porque María, que
habiendo entrado íntimamente en la historia de la Salvación, en
cierta manera en sí une y refleja las más grandes
exigencias de la fe, mientras es predicada y honrada atrae
a los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio hacia
el amor del Padre (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 65).
Sobre
el culto a la Santísima Virgen, el Catecismo de
la Iglesia Católica nos enseña que "La piedad de la
Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del
culto cristiano" (Pablo VI, Marialis Cultus 56). La Santísima Virgen
"es honrada con razón por la Iglesia con un culto
especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos se
venera a la Santísima Virgen con el título de Madre
de Dios, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes
en todos sus peligros y necesidades... Este culto... aunque del
todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que
se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre
y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente" (Concilio
Vaticano II, Lumen Gentium 66); encuentra su expresión en las
fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (Cf Concilio
Vaticano II, Sacrosanctum Concilium 103) y en la oración mariana
como el Santo Rosario, "síntesis de todo el Evangelio" (Cf
Pablo VI, Marialis Cultus 42) (Catecismo de la Iglesia Católica
971).
Efectivamente, el Rosario es una síntesis del Evangelio, es una
de las oraciones más bellas del cristiano. Es un diálogo
continuo con nuestra Madre en el que se suceden los
padrenuestros, los avemarías y los glorias, al mismo tiempo que
se contemplan los misterios principales de la vida de Jesucristo
y de María Santísima y se renueva el amor a
Dios. Es seguramente la forma de oración más importante dedicada
a la Santísima Virgen, una escuela de vida espiritual centrada
en el Evangelio (Cf Pio XII, Carta Philippinas Insulas de
1946 y Pablo VI, Exhortación apostólica Marialis Cultus, 2 de
febrero de 1974, 44).
El Rosario enriquece nuestra vida cristiana con
cinco frutos fundamentales:
A. Nos lleva a conocer en profundidad el
Misterio de Cristo a través de la persona humana que
lo vivió más de cerca, la Santísima Virgen María. Cristo
nace de ella y la asocia a su obra redentora.
Por ello, la Iglesia tiene en María un modelo continuo
del cual extraer enseñanzas para su vida y misión.
B. El
Rosario nos enseña a amar a la Santísima Virgen compartiendo
con Ella sus alegrías y sus dolores y a expresar
nuestro amor en una entrega más generosa a Dios y
a los demás siguiendo su ejemplo. El Rosario nos va
guiando suavemente, a través de la contemplación y el diálogo
amoroso con María, a una relación personal más profunda con
Ella. De aquí nace la alegría y la gratitud que
compartimos con nuestra Madre del Cielo por los dones de
salvación recibidos; comenzamos a apreciar el sacrificio de Cristo y
su obra redentora con la misma sensibilidad espiritual de la
“llena de gracia”.
C. El Rosario es una invitación constante a
imitar a María en todas sus virtudes y, especialmente, en
la raíz de todas ellas: su fidelidad a la Palabra,
a la voluntad de Dios, a la acción del Espíritu
Santo (Cf Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 64-67).
D. El Rosario
se convierte en una invocación constante. Ella, como Madre nuestra,
es ante todo intercesora llena de afecto. Por eso, a
través de su intercesión, vivimos la comunión de los santos
pidiendo unos por otros y encomendándole nuestras peticiones más queridas.
E.
El Rosario es una celebración gozosa del Misterio de Cristo
y de su obra redentora en María. El rezo del
Rosario celebra el triunfo de Jesucristo muerto y resucitado, vencedor
sobre el pecado y la muerte.
El Rosario conjuga la contemplación,
la alabanza y la súplica, siguiendo una línea de continuidad
en la sucesión de los eventos fundamentales del misterio de
la redención realizado por el Verbo y sus efectos en
la Iglesia (Pentecostés, la Asunción). La contemplación es muy importante
porque, tal y como dice el Papa Pablo VI en
el número 49 de la Exhortación apostólica Marialis Cultus, es
el alma del Rosario; sin ella, el Rosario se convierte
en mecánica repetición de oraciones que contradicen el consejo de
Jesucristo: “al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que
se figuran que por su palabrería van a ser escuchados”
(Mateo 6, 7), y fácilmente se cae en la rutina.
La contemplación del Rosario une amor, serenidad y reflexión en
un recorrido por todos los hechos salvíficos de la vida
de Cristo, desde su Concepción Virginal hasta los momentos culminantes
de su pasión, muerte y resurrección, viéndolos a través del
corazón de Aquella que estuvo más cerca de Él. El
Rosario combina esta contemplación de los misterios con la alabanza
en el paso de las Avemarías, la adoración en los
Glorias, la admiración y la petición humilde en las letanías;
todo dentro de un marco de amor y confianza filial
hacia nuestra Madre, poniendo en sus manos las intenciones que
tenemos en el corazón.
La forma del rezo del Rosario quedó
establecida de forma definitiva por San Pio V en la
Carta Apostólica Consueverunt Romani Pontifices, del 7 de octubre de
1569. Son 15 misterios divididos en tres grupos que siguen
el esquema fundamental de Filipenses 2, 6-11: los misterios del
rebajamiento de Cristo (gozosos), los de la muerte (dolorosos) y
los de la exaltación (gloriosos). Cada misterio se compone de
un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria al Padre y
al Hijo y al Espíritu Santo, que cierra cada misterio.
Los
misterios gozosos se rezan los lunes y jueves y también
se pueden rezar durante el Adviento y la octava de
Navidad. Son los misterios de la infancia de Jesús: la
Encarnación del Hijo de Dios, la Visitación de María a
Santa Isabel, el Nacimiento de Jesús, la Presentación del Niño
Jesús en el templo y el Niño Jesús perdido y
hallado entre los doctores en el templo. En estos misterios,
María es la Virgen oyente que escucha la palabra de
Dios con corazón limpio, es la Virgen orante que hace
del hogar de Nazaret una casa de oración, es la
Virgen oferente que presenta a su Hijo en el templo
como víctima de salvación. Es la Virgen que guarda todo
y lo medita en su corazón (Cf Lucas 2, 51).
En estos misterios, María nos enseña a escuchar con fe
la palabra de Dios, a meditarla y a hacerla nuestra
en la vida y en la oración que transforma nuestro
corazón.
Los misterios dolorosos se rezan los martes y los viernes
y se pueden rezar también durante toda la Cuaresma y
la Semana Santa. Son los misterios de la Pasión de
Cristo y del dolor de su Madre Santísima: la oración
de Jesús en el Huerto de Getsemaní, La Flagelación del
Señor, la Coronación de espinas, Jesús carga con la cruz
y Jesús muere en la cruz. Se desarrollan en menos
de 24 horas y, sin embargo, cambian la historia de
cada hombre que nace. Son misterios para acompañar a Jesús
en su dolor como lo acompañó María. Son misterios para
dar gracias a Dios por su entrega y pedirle perdón
por nuestros pecados que son la causa de su sufrimiento.
Son misterios para pensar en lo que costó la salvación
de nuestra alma y para ofrecer a Jesús todo el
amor de nuestros corazones. La unión con María es muy
intensa en estos momentos en que Ella ofrece a su
Hijo al Padre. Son misterios de ofrecimiento total. Compartimos con
María la cruz de Jesucristo aceptando las cruces personales que
Dios permita sobre nosotros.
Los misterios gloriosos se rezan los miércoles,
sábados y domingos y se pueden rezar también durante toda
la Pascua, desde el Domingo de Resurrección hasta el de
Pentecostés y el día de la Asunción de la Santísima
Virgen. Son los misterios del júbilo desbordante, del “aleluya” pascual:
la Resurrección de Cristo, la Ascensión del Señor, la Venida
del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, la Asunción de la
Santísima Virgen María y la Coronación de María, Madre de
la Iglesia, como Reina y Señora de toda la Creación.
En estos misterios dejamos en el Sepulcro al hombre viejo
que vive según la carne, y resucitamos con Cristo como
hombres nuevos que viven según el Espíritu, en una vida
de gracia y santidad. Son una invitación constante a orientar
nuestra vida hacia el Cielo a donde sube Jesucristo para
prepararnos un lugar, a llevar una vida regida por el
Espíritu que Cristo envía a la tierra para continuar su
obra. Todos estos sucesos maravillosos los vivimos con y desde
María que nos guía en el camino hacia la vida
eterna junto a Cristo Glorioso.
Después de los cinco misterios se
suele rezar las “letanías lauretanas” o “loretanas”. Estas letanías provenientes
del Santuario mariano de Loreto (de ahí el nombre de
lauretanas), en Italia, son invocaciones que honran a la Santísima
Virgen, Madre de Dios, con símbolos y figuras tomados sobre
todo de la Sagrada Escritura.
Entre las diferentes formas que encontramos
para rezar el Rosario, una de las más enriquecedoras es
el Rosario en familia.
Dentro del respeto debido a la
libertad de los hijos de Dios, la Iglesia ha propuesto
y continúa proponiendo a los fieles algunas prácticas de piedad
en las que pone una particular solicitud e insistencia. Entre
éstas es de recordar el rezo del Rosario: "Y ahora,
en continuidad de intención con nuestros predecesores, queremos recomendar vivamente
el rezo del Santo Rosario en familia... no cabe duda
de que el Rosario a la Santísima Virgen debe ser
considerado como una de las más excelentes y eficaces oraciones
comunes que la familia cristiana está invitada a rezar. Nos
queremos pensar y deseamos vivamente que cuando un encuentro familiar
se convierta en tiempo de oración, el Rosario sea su
expresión frecuente y preferida". Así, la auténtica devoción mariana, que
se expresa en la unión sincera y en el generoso
seguimiento de las actitudes espirituales de la Virgen Santísima, constituye
un medio privilegiado para alimentar la comunión de amor de
la familia y para desarrollar la espiri-tualidad conyugal y familiar.
Ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia es,
en efecto y de manera especial, la Madre de las
familias cristianas, de las iglesias domésticas (Juan Pablo II, Exhortación
Apostólica post-sinodal Familiaris Consortio del 22 de noviembre de 1981,
61).
En nuestro Papa actual, S. S. Juan Pablo II, tenemos
a un fiel hijo de María y a un gran
promotor del rezo del Rosario. En sus momentos de descanso
caminando por la montaña o en el traslado de un
lugar a otro, como vimos, por ejemplo, en su trayecto
desde la Nunciatura hasta el Estadio Azteca durante su última
estancia en nuestro país, va concentrado rezando con su Rosario
en la mano. El Papa reza cada día las tres
partes del Rosario, los quince misterios, y en el Ángelus
del 29 de octubre de 1978, poco después de ser
elegido Papa, dijo que el Rosario era su oración predilecta.
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