|
La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. "Yo
lo miro y él me mira", decía, en tiempos de
su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante
el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a “mí”.
Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada
de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña
a ver todo a la luz de su verdad y
de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige
también su mirada a los misterios de la vida de
Cristo. Aprende así el "conocimiento interno del Señor" para más
amarlo y seguirlo (Cf San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales
104). La contemplación es escucha de la palabra de Dios.
Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de
la fe, acogida incondicional de siervo y adhesión amorosa del
hijo. Participa en el “sí” del Hijo hecho siervo y
en el "fiat" de su humilde esclava. La contemplación es
silencio, este "símbolo del mundo venidero" (San Isaac de Nínive,
Tractatus Mystici 66) o "amor silencioso" (San Juan de la
Cruz). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos,
sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este
silencio, insoportable para el hombre "exterior", el Padre nos da
a conocer a su Verbo encar-nado, sufriente, muerto y resucitado,
y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración
de Jesús (Catecismo de la Iglesia Católica 2715 - 2717).
Junto
a la oración vocal y a la meditación, la oración
contemplativa es una de las tres grandes clases de oración
cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica las resume así
en los números 2721 - 2724:
La tradición cristiana contiene tres
importantes expresiones de la vida de oración: la oración vocal,
la meditación y la oración contemplativa. Las tres tienen en
común el recogimiento del corazón. La oración vocal, fundada en la
unión del cuerpo con el espíritu en la naturaleza humana,
asocia el cuerpo a la oración interior del corazón a
ejemplo de Cristo que ora a su Padre y enseña
el “Padrenuestro” a sus discípulos (el Catecismo de la Iglesia
Católica la explica con más amplitud en los números 2700
- 2704).
La meditación es una búsqueda orante, que hace intervenir
al pensamiento, la imaginación, la emoción, el deseo. Tiene por
objeto la apropiación creyente de la realidad considerada, que es
confrontada con la realidad de nuestra vida (el Catecismo de
la Iglesia Católica la explica con más amplitud en los
números 2705 - 2708). La oración contemplativa es la expresión sencilla
del misterio de la oración. Es una mirada de fe,
fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios,
un silencioso amor. Realiza la unión con la oración de
Cristo en la medida en que nos hace participar de
su misterio (el Catecis-mo de la Iglesia Católica la explica
con más amplitud en los números 2709 - 2719).
Esta forma
de oración, la contemplativa, no por ser la última que
se trata es la menos importante. Al contrario, la oración
contemplativa es un medio privilegiado para llegar a un conocimiento
íntimo y experimental de Jesucristo que acrecienta y fortalece el
amor a Él. Es, como dice el Catecismo, la expresión
sencilla del misterio de la oración (Cf Catecismo de la
Iglesia Católica 2713). Al mismo tiempo, es la oración de
los grandes santos, verdaderos maestros de la unión con Dios:
San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz, Santa
Teresa de Jesús, Santa Catalina de Siena, San Francisco de
Asís, etc. Es un tipo de oración que, precisamente por
su simplicidad, está al alcance de todo el mundo, independientemente
de su temperamento o de su mayor o menor capacidad
intelectual. Es aquella en la que resulta más fácil iniciarse
con verdadero fruto, sin rutina.
La oración contemplativa o de contemplación
consiste en “hacerse presente” en la escena o el misterio
que se contempla. Es tomar, por ejemplo, un pasaje evangélico
y recrearlo en la mente metiéndose en él como protagonista
(tomar el papel de uno de los personajes que aparecen
como, por ejemplo, asumir la figura de Juan a los
pies de la cruz de Cristo en Juan 19, 25-27)
o destinatario (pensar que todo eso sucede por mí o
para mí: Cristo nace para mí, muere por mis pecados,
etc.). La forma de “meterse” es a través de los
sentidos actuados en y con la imaginación: ver las personas
que entran en la escena, oír lo que dicen o
pueden decir, lo que comentan entre sí, mirar buscando centrar
la atención en lo que hacen los personajes, participar, ayudar,
etc. Lo que se hace no es recordar un hecho
histórico de forma artificial, sino actualizar la historia de la
salvación compuesta de eventos situados en la historia, pero con
un alcance universal (Cristo cuando muere, muere por los pecados
de todos los seres humanos de todos los tiempos y
los redime; cuando nace, nace para todos los hombres de
todas las edades de la historia; sus enseñanzas son también
para siempre y para todos). Por ello, no se trata
de ser mero espectador de todos los sucesos y enseñanzas
que presenta el Evangelio, sino de actualizarlos trayéndolos al aquí
y al ahora de nuestras vidas. Por eso es válido
revivirlos en el corazón, recrear un diálogo con el Señor,
escucharlo, actuar en las distintas situacio-nes que presenta la Escritura
(por ejemplo, ser recibido en los brazos del Padre como
el hijo pródigo o recibir a Cristo en casa como
Marta y María). De todo ello se sacan enseñanzas muy
válidas para la vida espiritual que ayudan a revisar a
fondo la conciencia y a dialogar con más naturalidad con
Cristo.
El centro de este tipo de oración está en la
aplicación de los sentidos y de todas las facultades humanas
que actúan a partir de ellos: la imaginación, el entendi-miento,
la voluntad. Efectivamente, el contemplar los misterios y meter en
ellos el oído, el gusto, la vista, hace más fácil
el paso a los sentimientos (por ejemplo, el amor a
Dios al ver cómo nos acoge y perdona, el deseo
de seguir a Cristo al ver su compor-tamiento paciente y
humilde en los sufrimientos de la pasión, el contento, el
descon-tento, el rechazo, la confianza, la alegría, etc.), a la
valoración y apropiación de las verdades de fe (por ejemplo,
la maldad del pecado al ver lo que hace Cristo
para borrarlo, la divinidad de Cristo al contemplar su resurrección
o los milagros que realizaba, etc.) o a las resoluciones
de la voluntad (por ejemplo, el deseo de no cometer
ningún pecado para corresponder así a la amistad de Cristo
que sufrió mucho por mí, el propósito de confesar los
propios pecados al contemplar la misericordia que usó Jesucristo con
la adúltera, la resolución de imitar el amor de Cristo
en el perdón y la disculpa de las ofensas al
contemplar el momento en que pronuncia la frase: “perdónalos porque
no saben lo que hacen” o el servicio humilde a
los demás cuando les lava los pies en la Última
Cena). Esto es lo que hace más sencillo este tipo
de oración, porque involucra a todo el ser humano. En
otras formas de oración resulta más trabajoso meter todas las
facultades humanas.
El dinamismo de este modo de oración es, por
tanto, el siguiente: parte de la contemplación de un misterio
o de un hecho de la vida del Señor, de
la Santísima Virgen o de la Historia de la salvación
(ver las personas, escuchar lo que dicen, considerar las acciones)
y sus implicaciones para la propia vida, hasta llegar a
los afectos y las mociones de la voluntad que engendran
la decisión de la entrega, el seguimiento y la imitación.
Al final se recogen los frutos de la contemplación, que
son muchos y, seguramente, el más importante es que nos
hace partícipes del misterio de Cristo (Cf Catecismo de la
Iglesia Católica 2718).
Todo lo dicho hasta aquí podría hacer pensar
que en la oración contemplativa se avanza casi sin esfuerzo.
Sin embargo, la oración contemplativa también requiere de ese necesario
combate de la oración para vencer las objeciones, las distracciones,
las dificultades, las tentaciones, y perseverar en el amor (Cf
Catecismo de la Iglesia Católica 2725 - 2758). “La oración
es un don de la gracia y una respuesta decidida
por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes
de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la
Madre de Dios y los santos con Él, nos enseñan
que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros
mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo
lo posible por separar al hombre de la oración, de
la unión con su Dios. Se ora como se vive,
porque se vive como se ora. El que no quiere
actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar
habitual-mente en su Nombre. El combate espiritual de la vida
nueva del cristiano es insepara-ble del combate de la oración”
(Catecismo de la Iglesia Católica 2725).
Como ya se ha dicho,
la contemplación simplifica mucho el trabajoso esfuerzo por poner orden
e interés en todas las facultades durante la oración. Esto
se verifica de modo especial con la imaginación, que Santa
Teresa definió como “la loca de la casa” (Cf Castillo
Interior, Moradas IV, capítulo 1, 13), y que siempre resulta
difícil convertirla en aliada de la oración. Con este método
contemplativo está siempre activa y metida de lleno en la
recreación de los hechos que se presentan como fondo de
nuestro diálogo con Dios. Para otros tipos de distracciones, siempre
será conve-niente tener en cuenta lo que dice el Catecismo
de la Iglesia Católica en el número 2729: “Salir a
la caza de la distracción es caer en sus redes;
basta volver a concentrarse en la oración: la distracción descubre
al que ora aquello a lo que su corazón está
apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante
a ofrecer al Señor para ser purificado. El combate se
decide cuando se elige a quién se desea servir”. Combatir
la distracciones es absurdo; lo mejor, la única solución, es
simplemente volver a concentrarse en la contemplación. De todas formas,
hay que pedir a Dios la gracia de eligirlo siempre
a Él y no a la distracción.
Siempre, para evitar la
subjetividad, resulta muy importante seguir los textos de la Sagrada
Escritura o de la liturgia y marcarse con claridad el
fruto que se desea alcanzar de Dios como, por ejemplo,
el amor de Pedro que sabe rectificar y pedir perdón
por haber traicionado al Señor. Para que sea de verdad
oración, todo esto ha de hacerse buscando el diálogo con
Dios y la respuesta personal llevada a la vida. De
nada serviría el esfuerzo si las actitudes, los afectos, las
decisiones, que nacen en la contemplación, no tuviesen ningún efecto
en la vida de todos los días. Esta gracia hay
que pedírsela a Dios y, al mismo tiempo, hay que
buscar sacar aplicaciones concretas de lo que se aprendió y
contempló en la oración.
Por sus características, la contemplación tiene que
hacerse con tranquilidad, con el tiempo suficiente. El Catecismo de
la Iglesia Católica nos recomienda lo siguiente al respecto: “La
elección del tiempo y de la duración de la oración
de contemplación depende de una voluntad decidida, reveladora de los
secretos del corazón. No se hace contemplación cuando se tiene
tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con
el Señor con la firme decisión de no dejarlo y
volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la
sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo momento,
pero sí se puede entrar siempre en contemplación, independiente-mente de
las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es
el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la
pobreza y en la fe” (Catecismo de la Iglesia Católica
2710).
Otro elemento que beneficia la oración contemplativa es el silencio.
Toda oración requiere concentración, es decir, una atención lo más
completa posible a lo que se está contemplando. Para ello,
hay que olvidarse de todo lo demás y buscar un
ambiente adecuado que no ofrezca estímulos que distraigan nuestra atención
del diálogo con Dios. Vale la pena abandonar momentáneamente muchas
cosas para meterse a fondo en la oración y después
salir de ella enriquecidos.
Soy consciente de que faltan por tratar
muchos temas relacionados con la oración y muchas formas de
oración como la Liturgia de las Horas, el Ángelus, las
novenas, la meditación cristiana, que no tiene nada que ver
con las modernas formas de meditación, etc. Espero, con la
ayuda de Dios, poder hacerlo en otro momento. Hay dos
milenios de tradición cristiana en la que los discípulos de
Cristo han buscado dialogar con su Maestro y toda esa
riqueza es imposible agotarla en tan pocas páginas. Este esfuerzo
se hizo con el fin de acercar un poco ese
tesoro a los fieles de la arquidiócesis de México esperando
que les sea de utilidad para conocer y amar mejor
a Jesucristo, centro de la vida del hombre, verdadero y
único Salvador.
|