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Autor: Máximo Alvarez | Fuente: Catholic.net Cara y cruz de la Oración
Quien confía en Dios nunca queda defraudado. Dios nos comprende siempre, nos quiere, lo puede todo
Hay momentos en la vida en los que uno necesita
hablar con alguien, compartir una alegría o una pena, pedir
ayuda o sencillamente buscar que alguien nos escuche. Rezar significa
buscar en Dios ese interlocutor que nos hace falta,
esa persona que nos eche una mano. Y son muchas
las veces que por estos motivos nos acordamos de Dios.
La diferencia de hablar con Dios respecto de hacerlo con
otras personas está en que Dios nos comprende siempre, nos
quiere, lo puede todo, inspira confianza.
Pero no han faltado quienes
sostienen que Dios es una invención del hombre, una especie
de engaño o ilusión para calmar la angustia y el
sufrimiento. En alguna parte he visto anunciado un libro titulado
"Orar después de Freud". Me temo que apunta en esta
dirección. Por eso, aunque lo normal es que uno de
los frutos de la oración sea la paz, la calma,
la esperanza, también al hombre que reza le pueden asaltar
algunas dudas.
Por ejemplo, el pensar cómo Dios puede querer y
amar y estar pendiente de miles de millones de personas
a la vez, de todo ese hormiguero inmenso que es
la humanidad, de los que viven en la actualidad y
de los que han vivido desde la aparición del hombre.
Se supone que para Dios todos son importantes. Pero parece
difícil que pueda comunicarse simultáneamente con todos.
Otro sentimiento que puede
tener quien se dirige a Dios para pedirle ayuda es
el siguiente: en este mismo instante hay personas que lo
están pasando muy mal, un accidente de tráfico que acaba
de ocurrir, un enfermo que no soporta los dolores, un
prisionero o secuestrado que suspira por su libertad, alguien que
se está muriendo de hambre. ¿Cómo me atrevo yo a
pedirle a Dios a esta pequeña ayuda mientras otros necesitan
mucho más y no obtienen respuesta?
La oración debe ser
un remanso de paz, pero uno puede preguntarse cómo es
posible sentir esa tranquilidad, mientras otros viven en ese mismo
instante, también ante Dios, que lo tiene todo presente, una
situación dramática y angustiosa. En este sentido nuestra oración sincera
debe llevarnos a ser solidarios con los que sufren.
Podríamos añadir
un motivo más para el desconcierto: el hecho de estar
suplicando y pidiendo a Dios ayuda y no ver respuesta
ni solución. Ello puede llevarnos a la duda y a
la desconfianza, a sumirnos más en la desesperanza.
Todas estas actitudes
y otras parecidas del hombre que ora aparecen reflejadas en
la Biblia. Así por ejemplo en el Libro de Job
(quien a pesar de su fe en Dios se encuentra
lleno de desdichas), en los Salmos y también en la
oración de Jesús. El "Padre, si es posible, aparta de
mí este cáliz" o el "Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?" son muestras de esa otra cara
(o cruz) de la oración.
A pesar de todo merece la
pena orar sin desaliento. Como la luz del sol que
llega a todos los humanos, así Dios llega a cada
uno de nosotros en la medida de nuestra necesidad. Ni
de día ni de noche, haga frío o calor, pierde
el sol un ápice de luz o de temperatura. Y
no hay invierno, por crudo que sea, que no dé
paso a la primavera y al verano.
Si hasta los grandes
místicos tuvieron sus noches oscuras del alma y sus enormes
sufrimientos, nada tiene de extraño que nosotros también podamos experimentar
parecidas sensaciones a la hora de comunicarnos con Dios. En
todo caso no deben llevarnos al desánimo sino más bien
a tener presente que, a pesar de todo, la experiencia
dice que merece la pena orar y confiar plenamente en
el Señor. En realidad quien confía en Él nunca queda
defraudado. La filosofía popular no nos engaña cuando nos recuerda
que "Dios aprieta, pero no ahoga" o que "Dios escribe
derecho con renglones torcidos".. Y siguiendo con el refranero podemos
tener encuenta aquello de "A Dios rogando y con el
mazo dando".
Alguien ha dicho que la oración siempre es útil,
incluso aunque Dios no existiera, porque el que ora de
alguna manera ya se está desahogando, liberando una tensión; y
al mismo tiempo el que pide algo es que
tiene la esperanza de encontrar respuesta y de alguna manera
ello le lleva también a poner algo de su parte
para alcanzar la solución. Si, además, podemos afirmar que Dios
es Padre todopoderoso, nos sobran razones para orar sin desfallecer.
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