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Una vez más que vamos a dedicar nuestra consideración a
la actividad número UNO de la vida cristiana como es
la ORACION.
La verdad es que este tema no nos
cansa nunca, ni de hablar de él ni de escuchar
a los que nos hablan del mismo con celo edificante.
Porque
la oración, si es la actividad más importante a lo
largo del día, es también el apostolado más eficaz a
que podemos dedicar nuestras energías. ¡Orar y hacer orar!...
Jesús nos
dice en el Evangelio que Dios no demora en contestar
nuestra oración y que lo hace rápidamente. Por eso se
me ocurre en pensar ¿tiene que ver algo la oración
con la velocidad?...
Hoy los hombres estamos en la era de
la velocidad, tenemos prisas en todo, no sabemos detenernos en
nada y hacemos correr las cosas con una aceleración inimaginable
hasta hace pocos años.
A un automóvil lo hacemos caminar
hasta más de ciento veinte kilómetros por hora, y suerte
que la policía o el radar están al tanto en
las carreteras, si no quién sabe a qué velocidad lo
llevaríamos...
El avión jet vuela normalmente a ochocientos cincuenta por
hora, y, como parecía muy lento, se empeñaron en fabricar
el Concorde que duplica esa rapidez...
Un cohete espacial subía a
la Luna a veintiocho mil kilómetros por hora...
Como el
correo es muy lento, se inventó el fax; y como
el fax parecía una tortuga nos hemos ido al Internet...
No contentos con el Internet 1, ahora nos meten en
el Internet 2, y veremos adónde llegaremos dentro de poco.
Vemos
que la luz --¡qué prodigio tan natural, aunque éste ya
no lo hemos inventado nosotros!-- recorre trescientos mil kilómetros por
segundo, de modo que un rayo puede dar más de
siete veces la vuelta a la Tierra en un segundo...
Nos encantan estas velocidades, y vamos buscando siempre algo que
las supere.
En el orden de la naturaleza y en
cuanto a los inventos para la vida, vamos a dejar
todo en manos de la técnica. Ahora nos vamos a
remontar a otras esferas de orden muy distinto.
Vamos a
mirar a Dios, al Dios altísimo. Vamos a considerar la
velocidad con que subimos hasta Dios y a la rapidez
con Dios baja hasta nosotros.
Si parece imposible superar la
velocidad de esos inventos y la aceleración de la luz,
hay algo que les gana con mucho: es la ORACION.
Esa oración que ahora mismo --queridos lectores, está naciendo en
su corazón y saliendo de sus labios.
Porque, antes de
que nosotros queramos elevar a Dios nuestro pensamiento, nuestro corazón,
nuestras peticiones, Dios ya está de vuelta, como decimos.
Nos
lo enseña el mismo Jesús: - Vuestro Padre celestial sabe
lo que necesitáis, antes de que vosotros le digáis nada.
El
Catecismo de la Iglesia Católica nos lo dice con estas
palabras profundas: - Aunque el hombre olvide a su Creador
o se esconda de su Faz, aunque corra detrás de
sus ídolos o acuse a la Divinidad de haberlo abandonado,
el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona
al encuentro misterioso de la oración.
Dicho con otras palabras:
Dios quiere a todo trance entablar con nosotros conversación de
amor, aunque nos hayamos portado con Él como hijos o
hijas desnaturalizados y malos de verdad.
Con la oración, siempre
rápida y repetida en cada instante, Dios se hace encontradizo
con nosotros, se nos avanza, nos sale al paso, y
nos da un abrazo que es nuestra salvación.
Dios está
a la expectativa. No espera más que una mirada, un
suspiro, un querer subir a Él, para que en una
fracción de millonésimas de segundo Dios haya despachado todos nuestros
deseos.
En la alegrías y en las penas; en la prosperidad
y en un apuro; cuando gozamos del amor o experimentamos
un fracaso..., corremos a Dios con la plegaria y, antes
aún de que salga de nuestros labios la expresión de
nuestro deseo, ya ha llegado al corazón de Dios en
lo más alto de los cielos.
¡Qué aprisa sube, y
qué aprisa retorna, la oración salida del alma! Porque ése
es el significado que hemos de dar a las palabras
de Jesús.
Es Dios que se adelanta; más, es el
Espíritu Santo quien suscita nuestra oración, de modo que la
respuesta de Dios viene a ser anterior a nuestra plegaria.
Un soldado se hallaba en el frente de batalla, a
campo descubierto. La lucha era feroz. Y no tenía más
remedio: o mataba o le mataban. Apunta el buen muchacho,
y se horroriza de la tragedia que va a causar:
una vida tan juvenil como la suya propia que va
a segar en flor. Y exclama: - ¡Dios mío, que
yo no muera, pero que tampoco mate! En menos de
un segundo, el soldado enemigo del otro frente da media
vuelta, baja el fusil ametrallador, y se hunde en la
trinchera. El joven exclamaba ahora, llorando de emoción: - ¡Dios
mío! ¿Tan rápidamente me has escuchado?...
La oración es suspiro del
alma. La oración, gozo que damos a nuestro Padre Dios.
La oración, respuesta fulminante de Dios.... |