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Autor: San Alfonso Mª de Ligorio | Fuente: Catholic.net 15 minutos en compañía de Jesús Sacramentado
Visitas al Stmo. Sacramento, 1. ¿Qué podemos platicarle a Jesús Sacramentado?
15 minutos en compañía de Jesús Sacramentado
No es menester, hijo mío, saber mucho para agradarme; basta
que me ames con fervor. Háblame sencillamente, como hablarías al
más íntimo de tus amigos, o a tu madre, o
a tu hermano.
I. ¿Necesitas hacerme en favor de alguien una
súplica cualquiera? Dime su nombre, bien sea el de tus
padres, bien el de tus hermanos y amigos: dime al
punto qué quisieras hiciese actualmente por ellos. Pide mucho, mucho;
no vaciles en pedir; me gustan los corazones generosos, que
llegan a olvidarse en cierto modo de sí mismos para
atender a las necesidades ajenas. Háblame con sencillez, con llaneza,
de los pobres a quienes quisieras consolar, de los enfermos
a quienes ves padecer, de los extraviados que anhelas volver
al buen camino, de los amigos ausentes que quisieras ver
otra vez a tu lado. Dime por todos una palabra
de amigo, entrañable y fervorosa. Recuérdame que prometí escuchar toda
súplica salida del corazón, ¿y no ha de salir del
corazón el ruego que me dirijas por aquellos que tu
corazón ama especialmente?
II.Y para ti ¿no necesitas alguna gracia?
Hazme, si quieres, una lista de tus necesidades y léela
en mi presencia.
Dime francamente que sientes soberbia, amor a la
sensualidad y al regalo; que eres tal vez, egoísta, inconsciente,
negligente..., y pídeme luego que venga en ayuda de los
esfuerzos, pocos o muchos, que haces para sacudir de encima
de ti tales miserias.
No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en
el cielo tantos justos, tantos santos de primer orden, que
tuvieron esos mismos defectos! Pero rogaron con humildad..., y poco
a poco se vieron libres de ellos.
Ni menos vaciles en
pedirme bienes espirituales y corporales: salud, memoria, éxito feliz en
tus trabajos, negocios o estudios; todo eso puedo darlo, y
lo doy, y deseo que me lo pidas en cuanto
no se oponga, antes favorezca y ayude a tu santificación.
Por hoy, ¿qué necesitas? ¿Qué puedo hacer en tu bien?
¡Si supieras los deseos que tengo de favorecerte! ¿Traes ahora
mismo entre manos algún proyecto? Cuéntamelo todo minuciosamente. ¿Qué te
preocupa? ¿Qué piensas? ¿Qué deseas? ¿Qué quieres haga por tu
hermano, hermana, por tu amigo, por tu superior? ¿Qué desearías
hacer por ellos?
¿Y por mí? ¿No sientes deseos de mi
gloria? ¿No quisieras poder hacer algún bien a tus prójimos,
a tus amigos, a quienes amas mucho y que viven
quizá olvidados de mí? Dime qué cosa solicita hoy particularmente
tu atención, qué anhelas más vivamente y con qué medios
cuentas para conseguirlo. Dime si te sale mal tu empresa,
y Yo te diré las causas del mal éxito. ¿No
quisieras que me interesase algo en tu favor? Hijo mío,
soy dueño de los corazones, y dulcemente los llevo, sin
perjuicio de su libertad, adonde me place.
III. ¿Sientes acaso
tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame, alma desconsolada, tus tristezas
con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió? ¿Quién lastimó tu
amor propio? ¿Quién te ha despreciado? Acércate a mi Corazón,
que tiene bálsamo eficaz para curar todas esas heridas del
tuyo. Cuéntamelo todo, y acabarás en breve por decirme que,
a semejanza de Mí, todo lo perdonas, todo lo olvidas,
y en pago recibirás mi consoladora bendición.
¿Temes por ventura? ¿Sientes
en tu alma aquellas vagas melancolías que, no por ser
infundadas, dejan de ser desgarradoras? Échate en brazos de mi
Providencia. Contigo estoy; aquí, a tu lado me tienes; todo
lo veo, todo lo oigo, ni un momento te desamparo.
¿Sientes
desvío de parte de personas que antes te quisieron bien,
y ahora, olvidadas, se alejan de ti sin que les
hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo
las volveré a tu lado, si no han de ser
obstáculo a tu santificación.
IV. ¿Y no tienes tal vez
alguna alegría que comunicarme? ¿Por qué no me haces partícipe
de ella a fuer de buen amigo?
Cuéntame lo que desde
ayer, desde la última visita que me hiciste, ha consolado
y hecho como sonreír tu corazón. Quizá has tenido agradables
sorpresas, quizá viste disipados negros recelos, quizá recibiste faustas noticias,
alguna carta o muestra de cariño; has vencido alguna dificultad
o salido de algún lance apurado. Obra mía es todo
esto, y Yo te lo he proporcionado: ¿por qué no
has de manifestarme por ello tu gratitud y decirme sencillamente,
como hijo a su padre: ¡Gracias, Padre mío, gracias! El
agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada
verse correspondido.
V. ¿Tampoco tienes alguna promesa que hacerme? Leo,
ya lo sabes, en el fondo de tu corazón. A
los hombres se les engaña fácilmente, a Dios no; háblame,
pues, con toda sinceridad. ¿Tienes firme resolución de no exponerte
ya más a la ocasión aquella de pecado? ¿De privarte
de aquel objeto que te dañó? ¿De no leer más
aquel libro que avivo tu imaginación? ¿De no tratar más
a la persona que turbó la paz de tu alma?
¿Volverás a ser dulce, amable y condescendiente con aquella otra
a quien, por haberte faltado, has mirado como enemiga?
Ahora bien,
hijo mío: vuelve a tus ocupaciones habituales; al taller, a
la familia, al estudio...; pero no olvides los quince minutos
de grata conversación que hemos tenido aquí los dos, en
la soledad del santuario. Guarda en cuanto puedas silencio, modestia,
recogimiento, resignación, caridad con el prójimo. Ama a mi Madre,
que lo es también tuya, y vuelve otra vez mañana
con el corazón más amoroso, más entregado a mi servicio.
En mi Corazón hallarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios,
consuelos nuevos.
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