|
Te amo, Señor, por tu Eucaristía, por el gran don
de Ti mismo. Cuando no tenías nada más que ofrecer
nos dejaste tu cuerpo para amarnos hasta el fin, con
una prueba de amor abrumadora, que hace temblar nuestro corazón
de amor, de gratitud y de respeto.
Nos dejaste tu último
recuerdo palpitante y caliente, a través de los siglos, para
que recordáramos aquella noche en que prometiste quedarte en los
altares hasta el fin de los tiempos, insensible al dolor
y a la soledad en tantos sagrarios.
Sin más gozo que
ser el eterno adorador inmolado sobre el blanco mantel; sin
más consuelo que saber que eras el compañero de tus
elegidos, que harías más breve su dolor desde tu puesto
vigilante, amoroso.
Porque conociste la soledad que iban a sentir los
que siguieran tus consejos contrarios a las normas del mundo,
bajaste a nuestras vidas para hacer perfumada, fecunda nuestra soledad.
Desde
entonces, Señor, tu carne engendra vírgenes y tu sangre mártires.
Gracias
por querer prolongar tu Evangelio desde el fondo del tabernáculo;
se Evangelio íntimo que enseñas a las almas cuando te
descubren su intimidad.
¡Qué pobre serían nuestras vidas sin tu compañía!
Nuestro Padre, nuestro Hermano, quieto rincón junto al que descansamos
al final del vértigo de la jornada.
|