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Oh, dulce Jesús, coloca tus manos llagadas sobre mi cabeza
y bendíceme. Extiende esas mismas manos adorables sobre los míos y
bendícelos.
Hazme caminar por tu redil durante este día, haciendo
tu trabajo así como tu lo harías, hazme retroceder cuando
tenga temor de hacer el bien.
Permanece conmigo al conversar
con las almas con las cuales yo deba tratar y
haz que te conozcan por el simple hecho de haber
pasado junto a mí.
Te quiero conocer, amar y servir
por encima de todas las cosas y al extinguirse el
corto día con su labor terminada concédeme un lugarcito a
tus pies para descansar por toda la eternidad.
Mi amadísimo señor,
si me mandaras hoy humillaciones, contradicciones, sufrimientos, malas noticias, una
desilusión, un fracaso, que sospecharan de mí equivocadamente, todo lo
que quieras Señor, lo acepto de antemano.
Si lloro por
debilidad no lo tomes en cuenta, si murmuro reprímeme, si
tiendo a olvidarme de Tí castígame, pero a través de
todas las cosas enséñame a decir hágase Señor tu voluntad,
la voluntad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
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