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Autor: Carta del Cardenal Norberto Rivera | Fuente: Catholic.net
Rezar por los que ya no están
La Misa dominical hace memoria de los difuntos. Carta Cardenal Norberto Rivera.
 



“La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones; «pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados»" (II Macabeos 12, 45)” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor (Catecismo de la Iglesia Católica 958).

En nuestra riquísima cultura mexicana se da un gran espacio a todas las formas de culto y de arte relacionadas con los fieles difuntos. Las tradiciones culturales del altar y el pan de muertos, la visita a los cementerios, etc., han configurado una mentalidad colectiva de cercanía y respeto con aquellos que ya no están junto a nosotros. Todo esto no tendría ningún valor si no estuviera sustentado en la realidad, y sí lo está. Detrás de todas las tradiciones mexicanas sobre la muerte encontramos dos verdades reveladas: la de la comunión de los santos (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 946 - 962) y la de la existencia de la vida eterna (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 1020 - 1037), sostenida también por el pensamiento filosófico occidental que, desde Platón y Aristóteles hasta nuestros días, ha defendido la pervivencia del alma después de la muerte.

El hombre muere, pero su espíritu sobrevive a la muerte. La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como el desenlace normal de la vida (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 1007). La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin “el único curso de nuestra vida terrena”, ya no volveremos a otras vidas terrenas. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez” (Hebreos 9, 27). No hay “reencarnación” después de la muerte (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 1010 - 1014)

Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” (l Juan 3, 2), cara a cara. Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 1023 - 1029). En el cielo estaremos acompañados de la presencia de todos los bienaventurados, compartiendo con ellos el gozo de nuestra salvación. Ahora están los santos, la Iglesia triunfante que intercede continuamente por nosotros. La Escritura emplea, sobre todo, la imagen del banquete de bodas para expresar la alegría del cielo: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (I Corintios 2, 9). Aunque en el cielo no habrá generación humana ni la exclusividad del amor que tiene aquí el matrimonio, llegaremos a conocer a los nuestros y a gozar de su amistad, tan perfecta y dilatada en Cristo que no tendrá sombra alguna de exclusividad y parcialidad. El amor será profundo e íntimo, universal y completo.

En el Cielo, el ser humano encuentra su máxima felicidad, lo único que llena todos sus anhelos: encuentra a Dios, su Creador; “nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín, Confesiones 1,1,1). Por eso, todos deseamos disfrutar de ese cielo y lo deseamos también para nuestros seres más queridos. De aquí nace la oración por los difuntos; le pedimos a Dios que los acoja en su seno. Por otro lado, la partida de los seres queridos nos duele, y entendemos que ese dolor nadie lo puede mitigar excepto Dios, razón de ser de nuestra fe y nuestra esperanza, que Él mismo infunde. Dios convierte el dolor en una expresión de amor al ser ausente con el que todavía estamos unidos a través de la fe y la esperanza. Así, la oración por los difuntos es al mismo tiempo intercesión por los que ya no están con nosotros y consuelo para los que sentimos su partida.

La Iglesia, la comunidad cristiana, es depositaria de la mayor, de la única fuerza contra la muerte: la fe en la resurrección, la fe en la vida eterna, la comunión con el Señor de la vida. La comunidad cristiana, ante la muerte, tiene una actitud propia, un ministerio: pronuncia la palabra de la fe confortando con su esperanza en la resurrec-ción, interviene con la oración y con el sacramento de la vida, la Eucaristía, para transformar la muerte en un paso, para convertirla en un evento pascual. Pascua significa precisamente eso: paso, tránsito.

Desde que un miembro de la Iglesia está en peligro de muerte, la caridad de la comunidad lo circunda de especial afecto y oraciones particulares. En el ritual del sacramento de la Unción de los enfermos (Cf Rito de la Unción de los enfermos 207 - 241), estas oraciones por el moribundo están llenas de confiada esperanza y de súplica filial al Padre. Muchas veces se ven interrumpidas por la manifestación espontánea e irrefrenable de dolor, pero estas oraciones ayudan también a los parientes confortándolos con la certeza de la fe de que su ser querido está pasando de su compañía al abrazo de Dios y de los santos. En el momento de la muerte, la Iglesia terrestre, con su oración, entrega a la Iglesia celeste el alma del difunto, su vida.

El marco natural de la oración por los difuntos es la familia. La familia acoge la vida y la acompaña hasta el final, la vida del ser humano se desarrolla en la familia. Hoy, muchas veces, la muerte sorprende al hombre en hospitales, aislado de los suyos, rodeado de técnica, pero sin la presencia inmediata del cariño de los suyos. Esto ha hecho más inhumano el trance de la muerte y le ha dado un tinte más patético de soledad. Por otro lado, se constata una fuerte descristianización de nuestro ambiente cultural que afecta de forma notable a la percepción de la muerte que se da ya en muchas personas. Así, en algunos ámbitos no se procura el bien espiritual del moribundo; la gente asiste a las exequias más por compromiso social que por una verdadera intención de orar nacida de la fe; el contenido cristiano de los ritos de despedida del difunto y de sufragio por su alma no resultan muy comprensibles para una gran parte de la sociedad y cada vez se van filtrando en los fieles más creencias respecto a la muerte poco fundadas en la realidad, como la reencarnación que rompe la individualidad del ser humano y es propia de religiones que carecen de un Dios personal. Todos estos hechos se convierten en retos para la Iglesia que sigue manifestando al mundo su fe en Cristo muerto y resucitado, vencedor de la muerte. Por ello, la oración por los difuntos, hoy más que nunca, debe buscar ser auténtica, sin rutinas ni prisas; debe enmarcarse en un profundo clima espiritual que unifique la compasión por el dolor y la esperanza puesta en Aquel que recibe al difunto en una nueva vida. Los sacerdotes deben esforzarse por estar presentes acompañando al moribundo en la cabecera de su cama, por confortar a los familiares y por elegir adecuadamente los textos para la liturgia de la palabra de acuerdo con la familia explicándoles todo con claridad y haciéndolos involucrarse a fondo en el clima de oración que debe rodear la muerte de un ser querido.

En la oración por los difuntos, la Iglesia expresa su fe en la potencia del Señor resucitado que ha renovado el mundo, ha vencido a la muerte y ha abierto a los hombres el paso a la vida eterna junto al Padre. Expresa también la caridad fraterna que une a los cristianos entre sí y los hace solícitos a participar en el dolor de quienes sufren la ausencia de un ser querido. Esta caridad nos hermana también con los difuntos que permanecen unidos a nosotros en la comunión de los santos, y se ejercita en la oración por ellos para que Dios les perdone todas sus culpas y así puedan tener enseguida parte en su gloria. Además de la fe y la caridad, la Iglesia expresa la esperanza, que es una certeza fundada en la palabra de Dios, de una resurrección final, de un triunfo de la vida sobre la muerte por la redención de Jesucristo. De esta esperanza en la vida futura nace un sentido nuevo para la vida presente, y la muerte adquiere el significado de paso y, más aún, de consecución del verdadero fin de nuestra existencia: la plena felicidad en la eterna y completa amistad con Cristo.

La liturgia cristiana de los funerales es una celebración pascual de Cristo Señor. En las exequias, la Iglesia pide en su oración que sus hijos, incorporados por el Bautismo a Cristo muerto y resucitado, pasen con Él de la muerte a la vida y, purificados en el alma, sean recibidos entre los santos y los escogidos del Cielo, mientras el cuerpo espera la venida de Cristo y la resurrección de los muertos. Está de acuerdo con la tradición de la Iglesia el que se dé el debido honor al cuerpo de los difuntos, constituido por el Bautismo templo del Espíritu Santo (Cf I Corintios 6, 19), y el que se hagan las oraciones de sufragio en los siguientes momentos más significativos entre la muerte y la sepultura: la velación del cadáver en la casa del difunto, en un hospital o en un velatorio, la deposición del cadáver en el féretro, el traslado al templo para la celebración de la Misa, la última recomendación del alma, la despedida y el traslado al cementerio. Dentro de la variedad de oraciones posibles, la más importante es la Santa Misa de Exequias, momento especial de oración en la presencia real de Cristo muerto y resucitado, y fuente de consuelo en la recepción del Cuerpo de Jesucristo, prenda de la Vida Eterna.

En la Misa dominical, cuando se reúne toda la comunidad, siempre se hace memoria de los difuntos. Además, puede tenerse un recuerdo especial con una Misa de sufragio en el cumplimiento de los 30 días y en el primer aniversario de la muerte. Junto a estas fechas significativas, cada año toda la Iglesia celebra el día 1 de noviembre la fiesta de todos los santos y el día siguiente la conmemoración de los fieles difuntos, que en nuestro país adquiere un gran relieve cultural y social. Pode-mos tener a los difuntos muy presentes en nuestro recuerdo, tanto un día como el otro: el día de todos los santos los podemos evocar con la confianza en la misericordia de Dios, pensando que se encuentran ya entre los santos del cielo; y el día siguiente ofreciendo nuestra oración en sufragio por los que aún no han alcanzado la felicidad eterna y esperan en el purgatorio el feliz día del encuentro con Cristo Resucitado. La estrecha unión de los dos días tiene un profundo sentido escatológico presentándonos el camino y la gradual entrada del pueblo de Dios en la verdadera Tierra Prometida a la que todos aspiramos.




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