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Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: Catholic.net ¿Qué son las indulgencias?
¿Tiene sentido hablar hoy de las indulgencias?
¿Qué son las indulgencias?
Seguramente hemos oído la palabra “indulgencias”, entendiendo por tal una
especie de gracia o favor que se vincula al cumplimiento
de una acción piadosa: el rezo de alguna oración, la
visita a un santuario o a otro lugar sagrado, etc.
También al oír la palabra “indulgencias” vienen a nuestra memoria
las disputas entre Lutero y la Iglesia de Roma, y
las críticas subsiguientes de los otros reformadores del siglo XVI.
Pero,
¿qué son las indulgencias? La etimología latina de la palabra
puede ayudarnos a situarnos en una pista correcta. El verbo
“indulgeo” significa “ser indulgente” y también “conceder”. La indulgencia es,
pues, algo que se nos concede, benignamente, en nuestro favor.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos proporciona, con palabras
de Pablo VI, una definición más precisa: “La indulgencia es
la remisión ante Dios de la pena temporal por los
pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un
fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de
la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye
y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de
Cristo y de los santos” (Catecismo, 1471).
La definición, exacta y
densa, relaciona tres realidades: la remisión o el perdón, el
pecado, y la Iglesia. La indulgencia consiste en una forma
de perdón que el fiel obtiene en relación con sus
pecados por la mediación de la Iglesia.
¿Qué es lo que
se perdona con la indulgencia? No se perdonan los pecados,
ya que el medio ordinario mediante el cual el fiel
recibe de Dios el perdón de sus pecados es el
sacramento de la penitencia (cf Catecismo, 1486). Pero, según la
doctrina católica, el pecado entraña una doble consecuencia: lleva consigo
una “pena eterna” y una “pena temporal”. ¿Qué es la
pena eterna? Es la privación de la comunión con Dios.
El que peca mortalmente pierde la amistad con Dios, privándose,
si no se arrepiente y acude al sacramento de la
penitencia, de la unión con Él para siempre.
Pero aunque el
perdón del pecado por el sacramento de la Penitencia entraña
la remisión de la pena eterna, subsiste aún la llamada
“pena temporal”. La pena temporal es el sufrimiento que comporta
la purificación del desorden introducido en el hombre por el
pecado. Esta pena ha de purgarse en esta vida o
en la otra (en el purgatorio), para que el fiel
cristiano quede libre de los rastros que el pecado ha
dejado en su vida.
Podemos poner una comparación. Imaginemos una intervención
quirúrgica: un trasplante de corazón, por ejemplo. El nuevo corazón
salva la vida del paciente. Se ve así liberado el
enfermo de una muerte segura. Pero, cuando ya la operación
ha concluido exitosamente, e incluso cuando está ya fuera de
peligro, subsiste la necesidad de una total recuperación. Es preciso
sanar las heridas que el mal funcionamiento del corazón anterior
y la misma intervención han causado en el organismo. Pues
de igual modo, el pecador que ha sido perdonado de
sus culpas, aunque está salvado; es decir, liberado de la
pena eterna merecida por sus pecados, tiene aún que reestablecerse
por completo, sanando las consecuencias del pecado; es decir, purificando
las penas temporales merecidas por él.
La indulgencia es como un
indulto, un perdón gratuito, de estas penas temporales. Es como
si, tras la intervención quirúrgica y el trasplante del nuevo
corazón, se cerrasen de pronto todas las heridas y el
paciente se recuperase de una manera rápida y sencilla, ayudado
por el cariño de quienes lo cuidan, la atención esmerada
que recibe y la eficacia curativa de las medicinas.
La Iglesia
no es la autora, pero sí la mediadora del perdón.
Del perdón de los pecados y del perdón de las
penas temporales que entrañan los pecados. Por el sacramento de
la Penitencia, la Iglesia sirve de mediadora a Cristo el
Señor que dice al penitente: “Yo te absuelvo de tus
pecados”. Con la concesión de indulgencias, la Iglesia reparte entre
los fieles la medicina eficaz de los méritos de Cristo
nuestro Señor, ofrecidos por la humanidad. Y en ese tesoro
precioso de los méritos de Cristo están incluidos también, porque
el Señor los posibilita y hace suyos, las buenas obras
de la Virgen Santísima y de los santos. Ellos, los
santos, son los enfermeros que vuelcan sus cuidados en el
hombre dañado por el pecado, para que pueda recuperarse pronto
de las marcas dejadas por las heridas.
¿Tiene sentido hablar hoy
de las indulgencias? Claro que sí, porque tiene sentido proclamar
las maravillas del amor de Dios manifestado en Cristo que
acoge a cada hombre, por el ministerio de la Iglesia,
para decirle, como le dijo al paralítico: “Tus pecados están
perdonados, coge tu camilla y echa a andar”. Él no
sólo perdona nuestras culpas, sino que también, a través de
su Iglesia, difunde sobre nuestras heridas el bálsamo curativo de
sus méritos infinitos y la desbordante caridad de los santos.
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