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Autor: Rebeca Reynaud | Fuente: Catholic.net Octavario por la Unidad de los Cristianos
Son unos días de súplica a la Santísima Trinidad por nuestros hermanos separados; hemos de buscar lo que nos une, pero no ceder en cuestiones de fe y moral.
Octavario por la Unidad de los Cristianos
Tradicionalmente, la Semana de oración por la unidad de los
cristianos se celebra del 18 al 25 de enero. Estas
fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir
el periodo entre la fiesta de san Pedro y la
de san Pablo.
Son unos días de súplica a la Santísima
Trinidad pidiendo el pleno cumplimiento de las palabras del Señor
en la Última Cena: “Padre Santo, guarda en tu nombre
a aquellos que me has dado, para que sean uno
como nosotros” (Juan 17,11). La oración de Cristo alcanza también
a quienes nunca se han contado entre sus seguidores. Dice
Jesús: Tengo otras ovejas que no son de este redil,
a ésas también es necesario que las traiga, y oirán
mi voz y formarán un solo rebaño con un solo
pastor (Juan 10, 16).
En el Octavario por la Unión de
los Cristianos pedimos por nuestros hermanos separados; hemos de buscar
lo que nos une, pero no podemos ceder en cuestiones
de fe y moral. Junto a la unidad inquebrantable en
lo esencial, la Iglesia promueve la legítima variedad en todo
lo que Dios ha dejado a la libre iniciativa de
los hombres. Por eso, fomentar la unidad supone al mismo
tiempo respetar la multiplicidad, que es también demostración de la
riqueza de la Iglesia.
En el Concilio de Jerusalén, al tratar
de los preceptos, los Apóstoles decidieron no imponer “más cargas
que las necesarias” (Act XV, 28).
Con ocasión de este octavario
podemos dar un paso en ese identificarnos con los mismos
sentimientos de Jesús. Concretar oración y mortificación pidiendo por la
unidad de la Iglesia y de los cristianos. Este fue
uno de los grandes deseos de Juan Pablo II (Encíclica
Ut unum sint, nn. 1 a 4), y lo es
asimismo de Benedicto XVI.
En estos días pedimos al Señor que
acelere los tiempos de la ansiada unión de todos los
cristianos. ¿La unión de los cristianos?, se preguntaba nuestro Padre.
Y respondía: sí. Más aún: la unión de todos los
que creen en Dios. Pero sólo existe una Iglesia verdadera.
No hay que reconstruirla con trozos dispersos por todo el
mundo (Homilía, Lealtad a la Iglesia).
La Iglesia es Santa porque
es obra de la Santísima Trinidad. Es pueblo santo compuesto
por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto
del misterio de la Iglesia. La Iglesia que es divina,
es también humana, porque está formada por hombres y los
hombres tenemos defectos, todos somos polvo y ceniza (Ecclo 17,
31), cita n.P.
Por nosotros mismos no somos capaces sino de
sembrar la discordia y la desunión. Dios nos sostiene para
que sepamos ser instrumentos de unidad, personas que saben disculpar
y reaccionar sobrenaturalmente.
Demostraría poca madurez el que, ante la presencia
de defectos en cualquiera de los que pertenecen a la
Iglesia, sintiese tambalearse su fe en la Iglesia y en
Cristo. La Iglesia no está gobernada por Pedro, Pablo o
Juan, sino por el Espíritu Santo. Jesús tuvo 12 Apóstoles,
uno le falló...
Nuestro Señor funda su Iglesia sobre la debilidad
–pero también sobre la fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles,
a los que promete la asistencia constante del Espíritu Santo.
La
predicación del Evangelio no surge en Palestina por la iniciativa
personal de unos cuantos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles? No
contaban nada en su tiempo; no eran ni ricos, ni
cultos, ni héroes a lo humano., Jesús echa sobre los
hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa, divina.
No me elegisteis vosotros a mí, sino que soy yo
el que os he elegido a vosotros, y os he
destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto
sea duradero, a fin de que cualquier cosa que pidieres
al Padre en mi nombre, os la conceda (Juan 15,16).
Desde
hace siglos la Iglesia está extendida por los cinco continentes;
pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la
extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible. La Iglesia
era Católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón llagado
de Jesús. Ahora, como entonces, extender la Iglesia a nuevos
ambientes y a nuevas personas requiere fidelidad a la fe,
y obediencia rendida al Magisterio de la Iglesia.
Desde hace dos
mil años, Jesucristo quiso construir su Iglesia sobre una piedra:
Pedro, y el Sucesor de San Pedro en la cátedra
de Roma es, por eso, el Vicario de Cristo en
la tierra. Hemos de dar gracias a Dios porque ha
querido poner al frente de la Iglesia un Vicario que
la gobierne en su nombre. En estos días hemos de
incrementar nuestra plegaria por el Romano Pontífice y esmerarnos en
el cumplimiento de cuanto disponga.
San Pablo, a quien el
Señor mismo llamó al apostolado, acude a San Pedro para
confrontar su doctrina: “subí a Jerusalén para ver a Cefas,
escribe a los Gálatas, y permanecí a su lado quince
días”. (I,18).
El Octavario concluye conmemorando la conversión de San Pablo.
El martirio de San Esteban, dice San Agustín, fue la
semilla que logró la conversión del Apóstol. Dice textualmente: “Si
Esteban no hubiera orado a Dios la Iglesia no tendría
a Pablo” (cfr. S. Agustín, Serm, 315,7).
El principal obstáculo para
la conversión, dice Scott Hahn son los mismos católicos...
El principal apostolado que hemos de realizar en el mundo
es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire
el clima de la auténtica caridad.
En el octavario del 2005
decía Juan Pablo II: Sin oración y sin conversión no
hay ecumenismo. Podemos acudir a la Virgen María para ser
más humildes y, por tanto, más fieles.
Textos preparados junto al Consejo
Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos
y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de
Iglesias
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