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Permíteme, Señor, que aquí postrado, consciente de mi nada en
tu presencia, y aún temiendo pecar de irreverencia me atreva
al alto honor de acompañaros. Yo sé que
no soy digno de miraros, Mas, fiado en tu amor
y en tu clemencia, se apacigua el clamor de mi
conciencia y me inunda la calma al contemplaros.
En el mundo, Señor por olvidaros, es todo confusión y
algarabía que me inquietan de modo extraordinario. Por
eso, mi Señor vengo a rogaros, que le dejes gozar
al alma mía, del remanso de paz de tu Sagrario.
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