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Oraciones varias | tema
Autor: P. Guilermo Juan Morado | Fuente: Instituto Teológico de Vigo. Revista “Liturgia y Espiritualidad”, Febrero 2006
Vigilia de oración por la vida
En la Víspera de la Solemnidad de la Anunciación del Señor
 
Vigilia de oración por la vida
Vigilia de oración por la vida
Ofrecemos el esquema básico de una Vigilia de oración por la vida. Este esquema puede ser enriquecido, teniendo en cuenta las condiciones concretas de quienes vayan a celebrarla, con cantos, símbolos apropiados, o incluso con testimonios de personas que defiendan la vida humana.

  • En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo


  • Si el que preside la Vigilia es un ministro ordenado, dice:
  • El Señor esté con vosotros


  • Monición:

    La Solemnidad de la Anunciación del Señor celebra el misterio de la Encarnación del Verbo: “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Juan 1, 14). La gloria de Dios resplandece en Jesucristo, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo en las purísimas entrañas de la Virgen María, Madre de Jesús, Madre de Dios.

    El Señor “con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre”, haciéndose hombre para salvar a los hombres. No es ajeno a Dios el destino del hombre. Por eso, como escribía el Papa Juan Pablo II, “en cada niño que nace y en cada hombre que vive y que muere reconocemos la imagen de la gloria de Dios, gloria que celebramos en cada hombre, signo del Dios vivo, icono de Jesucristo”.

    En esta Vigilia de oración por la vida queremos dirigir nuestra mirada a Jesucristo, el Hijo de la Virgen, reconociendo en Él la proximidad y la cercanía de nuestro Dios. Queremos celebrar el Evangelio de la vida, la Vida que es la luz de los hombres. Queremos que esta luz disipe las tinieblas del egoísmo, del pecado, de la idolatría, para que, en toda vida humana, sepamos ver la huella de Dios que, a través de su Hijo, y por la acción de su Espíritu, sigue creando todos los bienes, los santifica, los llena de vida, los bendice y los reparte entre nosotros.

    Que Santa María, Madre de los Vivientes, interceda por nosotros ante su Hijo para que seamos servidores de la vida y testigos de la sobreabundancia del amor de Dios.

    Se puede entonar un canto apropiado o recitar, a modo de himno, la siguiente oración:

    Oh María,
    aurora del mundo nuevo,
    Madre de los vivientes,
    a Ti confiamos la causa de la vida:
    mira, Madre, el número inmenso
    de niños a quienes se impide nacer,
    de pobres a quienes se hace difícil vivir,
    de hombres y mujeres víctimas
    de violencia inhumana,
    de ancianos y enfermos muertos
    a causa de la indiferencia
    o de una presunta piedad.
    Haz que quienes creen en tu Hijo
    sepan anunciar con firmeza y amor
    a los hombres de nuestro tiempo
    el Evangelio de la vida.
    Alcánzales la gracia de acogerlo
    como don siempre nuevo,
    la alegría de celebrarlo con gratitud
    durante toda su existencia
    y la valentía de testimoniarlo
    con solícita constancia, para construir,
    junto con todos los hombres de buena voluntad,
    la civilización de la verdad y del amor,
    para alabanza y gloria de Dios Creador
    y amante de la vida.
    Salmo 138



    Monición: El hombre pertenece a Dios. Él nos conoce a cada uno, y su mirada benevolente nos acompaña desde el primer momento, ya en el seno de nuestra madre.

    Antífona: Señor, tu saber me sobrepasa.

    Se puede recitar a dos coros el Salmo:

    Señor, tú me sondeas y me conoces;
    me conoces cuando me siento o me levanto,
    de lejos penetras mis pensamientos;
    distingues mi camino y mi descanso,
    todas mis sendas te son familiares.

    No ha llegado la palabra a mi lengua,
    y ya, Señor, te la sabes toda.
    Me estrechas detrás y delante,
    me cubres con tu palma.
    Tanto saber me sobrepasa,
    es sublime, y no lo abarco.

    ¿Adónde iré lejos de tu aliento,
    adónde escaparé de tu mirada?
    Si escalo el cielo, allí estás tú;
    si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

    si vuelo hasta el margen de la aurora,
    si emigro hasta el confín del mar,
    allí me alcanzará tu izquierda,
    me agarrará tu derecha.

    Si digo: "que al menos la tiniebla me encubra,
    que la luz se haga noche en torno a mí",
    ni la tiniebla es oscura para ti,
    la noche es clara como el día.

    Tú has creado mis entrañas,
    me has tejido en el seno materno.
    Te doy gracias,
    porque me has escogido portentosamente,
    porque son admirables tus obras;
    conocías hasta el fondo de mi alma,
    no desconocías mis huesos.

    Cuando, en lo oculto, me iba formando,
    y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
    tus ojos veían mis acciones,
    se escribían todas en tu libro;
    calculados estaban mis días
    antes que llegase el primero.

    ¡Qué incomparables encuentro tus designios,
    Dios mío, qué inmenso es su conjunto!
    Si me pongo a contarlos, son más que arena;
    si los doy por terminados, aún me quedas tú.

    Señor, sondéame y conoce mi corazón,
    ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
    mira si mi camino se desvía,
    guíame por el camino eterno.



    Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo...

    Antífona: Señor, tu saber me sobrepasa.

    Se deja un momento de silencio.

    Cántico 1 Samuel 2, 6-11

    Monición: Sólo Dios tiene el poder sobre el vivir y sobre el morir. Si el hombre usurpa ese poder se hace responsable de la destrucción y de la muerte

    Antífona: El Señor es mi Dios y Salvador

    Se recita pausadamente el siguiente cántico:

    El Señor da la muerte y la vida,
    Hunde en el abismo y levanta:
    Da la pobreza y la riqueza,
    Humilla y enaltece.

    Él levanta del polvo al desvalido,
    Alza de la basura al pobre,
    para hacer que se siente entre príncipes
    y que herede un trono de gloria;
    pues del Señor son los pilares de la tierra,
    y sobre ellos afianzó el orbe.

    Él guarda los pasos de sus amigos,
    mientras los malvados perecen en las tinieblas,
    porque el hombre no triunfa por su fuerza.

    El Señor desbarata a sus contrarios,
    El Altísimo truena desde el cielo,
    El Señor juzga hasta el confín de la tierra.
    Él da fuerza a su Rey,
    Exalta el poder de su Ungido.



    Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo...

    Antífona: El Señor es mi Dios y Salvador,

    Se deja un momento de silencio.

    Salmo 8

    Monición: La creación entera testimonia la grandeza del amor misericordioso de Dios. El hombre culmina la obra creadora y manifiesta de modo eminente la gloria de Dios.
    - Antífona: Diste a tu Hijo el mando sobre las obras de tus manos.

    - Se recita a dos coros, o se canta el siguiente Salmo:

    Señor, Dios nuestro,
    que admirable es tu nombre en toda la tierra,
    en toda la tierra.

    Cuando contemplo el cielo,
    obra de tus dedos,
    la luna y las estrellas que has creado.
    Qué es el hombre para que te acuerdes de él;
    el ser humano, para darle poder.

    Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
    lo coronaste de gloria y dignidad,
    le diste el mando sobre las obras de tus manos,
    todo lo sometiste bajo sus pies.

    Rebaños de ovejas y toros,
    y hasta las bestias del campo,
    las aves del cielo, los peces del mar,
    todo lo sometiste bajo sus pies.



    Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo...

    Antífona: Diste a tu Hijo el mando sobre las obras de tus manos.

    Se deja un momento de silencio.

    PRIMERA LECTURA

    Génesis 4, 1- 15

    El hombre se llegó a Eva: ella concibió, dio a luz a Caín, y dijo: “He adquirido un hombre con la ayuda del Señor”. Después dio a luz a Abel, el hermano. Abel era pastor de ovejas, y Caín trabajaba en el campo. Pasado un tiempo, Caín ofreció al Señor dones de los frutos del campo, y Abel ofreció las primicias y la grasa de sus ovejas.

    El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, y no se fijó en Caín ni en su ofrenda; por lo cual Caín se enfureció y andaba abatido. El Señor dijo a Caín: “¿Por qué te enfureces y andas abatido?” Cierto, si obraras bien, estarías animado; pero si no obras bien, el pecado acecha a la puerta; y aunque viene por ti, tú puedes dominarlo. Caín dijo a su hermano Abel: “Vamos al campo”. Y cuando estaban en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y lo mató.

    El Señor dijo a Caín: “¿Dónde está Abel, tu hermano?” Respondió Caín: “No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?” El Señor le replicó: “¿Qué has hecho? la sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra. Por eso te maldice esa tierra que ha abierto sus fauces para recibir de tus manos la sangre de tu hermano. Aunque trabajes la tierra, no volverá a darte su fecundidad. Andarás errante y perdido por el mundo.”

    Caín contestó al Señor: “Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Hoy me destierras de aquí; tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo; el que tropiece conmigo me matará”. El Señor le dijo: “El que mate a Caín lo pagará siete veces”. Y el Señor puso una señal a Caín para que, si alguien tropezase con él, no lo matara.

    - Se deja un tiempo de silencio.

    SEGUNDA LECTURA

    De la encíclica Evangelium vitae, 29, del Papa Juan Pablo II

    Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en el mundo contemporáneo, podríamos sentirnos como abrumados por una sensación de impotencia insuperable: ¡el bien nunca podrá tener la fuerza suficiente para vencer el mal!

    Este es el momento en que el Pueblo de Dios, y en él cada creyente, está llamado a profesar, con humildad y valentía, la propia fe en Jesucristo, « Palabra de vida » (1 Jn 1, 1). En realidad, el Evangelio de la vida no es una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la vida humana; ni sólo un mandamiento destinado a sensibilizar la conciencia y a causar cambios significativos en la sociedad; menos aún una promesa ilusoria de un futuro mejor.

    El Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal, porque consiste en el anuncio de la persona misma de Jesús, el cual se presenta al apóstol Tomás, y en él a todo hombre, con estas palabras: « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6). Es la misma identidad manifestada a Marta, la hermana de Lázaro: « Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11, 25-26).

    Jesús es el Hijo que desde la eternidad recibe la vida del Padre (cf. Jn 5, 26) y que ha venido a los hombres para hacerles partícipes de este don: « Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10).

    Así, por la palabra, la acción y la persona misma de Jesús se da al hombre la posibilidad de « conocer » toda la verdad sobre el valor de la vida humana. De esa « fuente » recibe, en particular, la capacidad de « obrar » perfectamente esa verdad (cf. Jn 3, 21), es decir, asumir y realizar en plenitud la responsabilidad de amar y servir, defender y promover la vida humana.

    En efecto, en Cristo se anuncia definitivamente y se da plenamente aquel Evangelio de la vida que, anticipado ya en la Revelación del Antiguo Testamento y, más aún, escrito de algún modo en el corazón mismo de cada hombre y mujer, resuena en cada conciencia « desde el principio », o sea, desde la misma creación, de modo que, a pesar de los condicionamientos negativos del pecado, también puede ser conocido por la razón humana en sus aspectos esenciales.

    Como dice el Concilio Vaticano II, Cristo « con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna ».

    - Se deja un tiempo de silencio.

    HOMILÍA

    - Si el que preside es un ministro ordenado puede tener la homilía.
    - Después de la homilía se deja un tiempo de silencio.

    PRECES

    Celebrando, hermanos, la Vida que se manifestó en Jesús, concebido en el seno de la Virgen María, elevemos nuestras plegarias al Padre pidiendo por las necesidades de todos los hombres.

  • Por la Iglesia, el pueblo de la vida, enviada a anunciar, celebrar y servir al Evangelio de la vida; para que ilumine con la luz de Cristo las conciencias de todos los hombres y sea, en medio del mundo, la voz de los que no tienen voz. Roguemos al Señor.

  • Por los gobernantes, los legisladores y los jueces: para que protejan eficazmente el derecho a la vida de todo ser humano, también del aún no nacido, y de este modo el Estado defienda y promueva el bien común. Roguemos al Señor.

  • Por los matrimonios y las familias cristianas: para que sean verdaderamente santuarios de la vida y células vivas de una sociedad que ama y acoge la vida. Roguemos al Señor.

  • Por todos aquellos que cuidan a las personas discapacitadas, y por todos los profesionales sanitarios; para que jamás cedan a la tentación de pensar que hay vidas menos dignas de ser vividas. Roguemos al Señor.

  • Por los jóvenes; para que aprendan a valorar y a respetar la vida y para que descubran que no existe libertad al margen de la verdad. Roguemos al Señor.

  • Por las futuras madres en dificultades; para que encuentren comprensión y afecto en su familia, y soluciones eficaces en la sociedad. Roguemos al Señor.

  • Por todas las víctimas de los atentados contra la vida: del aborto, de la eutanasia, de los homicidios, del terrorismo y de los demás tipos de violencia; para que el recuerdo de su sufrimiento nos impulse a construir un mundo más humano. Roguemos al Señor.

  • Para que aunemos nuestros esfuerzos y, con la colaboración de todos los hombres de buena voluntad, construyamos una nueva cultura de la vida. Roguemos al Señor.


  • ORACIÓN DOMINICAL

    Fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:

    Padre nuestro...

    ORACIÓN FINAL

    Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina. Por nuestro Señor Jesucristo...

    Si el que preside es un ministro ordenado, bendice al pueblo como de costumbre.
    Si es un laico, despide al pueblo diciendo: “El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna”.

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