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Autor: Carta del Cardenal Norberto Rivera | Fuente: Catholic.net La Santa Misa
Explicación de la misa. Carta del Cardenal Norberto Rivera.
La Santa Misa
Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de
gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y
¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo
hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa.
Mas si lo hago forzado, es una misión que se
me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar
el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere
el Evangelio. Efectivamente, siendo libre de todos, me he hecho
esclavo de todos para ganar a los más que pueda
(I Corintios 9, 16-19).
Estas frases de san Pablo podrían aplicarse
a toda la Iglesia. Esto es lo que ha hecho
la Iglesia desde sus orígenes: proclamar el Evangelio. Siendo libre,
se ha hecho esclava de muchos, servidora abnegada, para ganar
para el Evangelio a la mayoría, a los más que
ha podido y puede, para entregarles la revelación de Jesucristo
que nos descubre el amor y nos abre las puertas
de la salvación. El Evangelio es el centro de la
primera parte de la Misa: la liturgia de la palabra.
La Iglesia proclama solemnemente la Buena Nueva (Eu-angelion: Evangelio) de
Jesucristo en la liturgia eucarística.
La Eucaristía es el misterio de
la fe y, por tanto, es necesario que la asamblea
cristiana de los fieles alimente su fe escuchando la palabra
de Dios antes de acercarse a su mesa. Seguimos así
una tradición que nace con la Iglesia (Cf Hechos 20,
7-11). El mismo Jesús en la Última Cena enseñó el
mandamiento del amor antes de partir el pan con sus
apóstoles (Cf Juan 13) o leyó y explicó la palabra
de Dios en la Sinagoga (Cf Lucas 4, 16), tal
como hacemos hoy en todas las misas del mundo. El
Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña:
La liturgia de la
Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se
ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende
dos grandes momentos que forman una unidad básica:
- la reunión,
la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía
y la oración universal; - la liturgia eucarística, con la presentación
del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria
y la comunión.
Liturgia de la Palabra y liturgia eucarística constituyen
juntas "un solo acto de culto" (Cf Concilio Vaticano II,
Sacrosanctum Concilium 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros
en la Eucaristía es a la vez la de la
Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (Cf
Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum 21) (Catecismo de
la Iglesia Católica 1346).
La liturgia de la Palabra comprende "los
escritos de los profetas", es decir, el Antiguo Testamento, y
"las memorias de los apóstoles", es decir, sus cartas y
los Evangelios; después, la homilía que exhorta a acoger esta
palabra como lo que "es verdaderamente, Palabra de Dios" (I
Tesalonicenses 2,13), y a ponerla en práctica; vienen luego las
intercesiones por todos los hombres, según la palabra del apóstol:
"Ante todo, recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y
acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes
y por todos los constitui-dos en autoridad" (I Timoteo 2,1-2).
(Catecismo de la Iglesia Católica 1349).
La lectura se hace desde
un lugar destacado, el “ambón”, un puesto algo elevado y
bien visible. Cualquier bautizado puede realizar este ministerio litúrgico, pero
debe prepararse para hacerlo digna y eficazmente.
La primera lectura casi
siempre se toma del Antiguo Testamento. Puede ser un libro
histórico, de la ley, de los profetas o de los
escritros sapienciales. La Iglesia ha distribuido los principales textos del
Antiguo Testamento a lo largo de todo el Año Litúrgico
estableciendo así un ciclo catequético que ayuda a conocer a
fondo las Sagradas Escrituras. El salmo responsorial, tomado del libro
bíblico de los Salmos, reaviva en nosotros sentimientos del salmista
y ofrece un versículo que repite toda la asamblea y
que, generalmente, ofrece la interpretación cristiana del salmo. Desde la
venida de Jesucristo, leemos el Antiguo Testamento a la luz
de Cristo, como una profecía ya cumplida. Con el Salmo
Responsorial se cierra lo que nos refiere San Lucas en
su evangelio: Después les dijo: “Estas son aquellas palabras mías
que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario
que se cumpla todo lo que está escrito acerca de
mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y
en los Salmos’.” Y, entonces, abrió sus inteligencias para que
comprendieran las Escrituras (Lucas 24, 44-45). El Nuevo Testamento que
vamos a leer a continuación nos va a mostrar el
cumplimiento de todo lo anunciado en el Antiguo. Jesucristo, en
la liturgia, vuelve a abrir nuestras inteligencias para que comprendamos
desde el amor las Sagradas Escrituras. La actitud del cristiano
debe ser la de poner atención a las lecturas para
captar y penetrar las luces y gracias que el Espíritu
Santo le quiere ofrecer en la escucha atenta de la
palabra de Dios. Por eso, hay que dar lugar en
nuestras vidas a la meditación de las lecturas de la
liturgia, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen que “conservaba
todas las cosas en su corazón” (Cf Lucas 2, 19;
2, 51).
Con la lectura del Nuevo Testamento entramos en contacto
con la doctrina de los Apóstoles que construyeron los cimientos
de la Iglesia, siempre fieles a lo que habían visto
y escuchado del Señor. Por tanto, son el vehículo más
autorizado para entrar en contacto con la vida y las
enseñanzas del Maestro. Por eso, en el tiempo Pascual, los
cincuenta días después de la Solemnidad de la Resurrección, la
primera lectura se toma del Apocalipsis o de los Hechos
de los Apóstoles en lugar del Antiguo Testamento; así se
acentúa la importancia determinante que tuvo en la vida de
la Iglesia lo que los apóstoles hacían y enseñaban después
de la Resurrección de Jesucristo. Las lecturas de las cartas
de los apóstoles nos enseñan cómo su doctrina sigue guiando
a la Iglesia a través de los tiempos y continúa
siendo punto de referen-cia obligado para todo el que quiera
ser un buen seguidor de Jesucristo. Los apóstoles son los
pilares de la Iglesia y, por ello, decimos que la
Iglesia es apostólica (Cf Efesios 2, 20; Apocalipsis 21, 14).
El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica en el
número 857:
La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los
apóstoles, y esto en un triple sentido: - Fue y permanece
edificada sobre "el fundamento de los apósto-les" (Ef 2,20), testigos
escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo. - Guarda
y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita
en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras
oídas a los apóstoles. - Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida
por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a
aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio
de los obispos, "a los que asisten los presbíteros, juntamente
con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la
Iglesia": “Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que,
por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas,
y quieres que tenga siempre por guía la palabra de
aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión
de anunciar el Evangelio” (Misal Romano).
El segundo sentido de la
apostolicidad que anuncia este número del Catecismo tiene un cumplimiento
especial en la lectura de las epístolas apostólicas durante la
liturgia eucarística: la liturgia guarda y transmite la enseñanza de
los apóstoles.
El “Aleluya” es la aclamación de la ciudad futura,
Jerusalén (Cf Tobías 13, 16-17), con la que se saluda
a Cristo como vencedor de la antigua Babel (Cf Apocalipsis
19, 1-9). El “aleluya” resuena en el rito cristiano mientras
el Evangeliario (libro de los santos Evangelios) es llevado al
ambón acompañado de los cirios y el incienso. En ese
momento, la asamblea se levanta y saluda al Señor que
se dirige a nosotros, a cada uno en particular y
a toda la Iglesia, con las palabras del Evangelio. El
aleluya suele ser cantado, no desde el ambón, como el
Salmo, y es repetido por toda la asamblea. Después se
canta el versículo señalado por el leccionario y luego se
repite el “alelu-ya”. Después de la lectura del Evangelio se
puede repetir el “aleluya” cantado por toda la asamblea. Durante
la Cuaresma, la Iglesia, peregrina en el desierto en prepara-ción
para la Pascua del Señor, renuncia al “aleluya”, canto de
la tierra prometida, y entona antes del Evangelio otra alabanza
a Cristo adecuada al momento. El día de Pascua, la
Iglesia saluda de nuevo con el “aleluya” la resurrección del
Señor.
La proclamación del Evangelio. Este momento es uno de los
ejes centrales de la Misa, el culmen de la liturgia
de la palabra y, por ello, se reviste con una
solemnidad especial. El lector del Evangelio, un diácono o un
presbítero, se preparan de distinta forma para leer el Evangelio:
el presbítero con una oración en secreto que dice mientras
hace una reverencia al altar: “purifica, Señor, mis labios y
mi corazón, para que anuncie dignamente el Evangelio”; el diácono,
sin embargo, recibe la bendición del celebrante principal y se
dirige en procesión hasta el ambón. Desde allí proclama el
Evangelio, que es siempre un texto (en griego, “perícopa”) tomado
de uno de los cuatro evangelios. Comienza con el saludo
a la asamblea: “el Señor esté con ustedes” que hace
patente la presencia de Cristo en la palabra del Evangelio.
Todo el pueblo se pone de pie mirando hacia el
ambón. Después, el lector del Evangelio hace la señal de
la cruz sobre el Evangelio, la mente, la boca y
el corazón. La asamblea se signa con la cruz triple.
Al final de la lectura, después de la aclamación a
Cristo de todo el pueblo presente (“Gloria a ti, Señor
Jesús”), besa el libro en señal de reverencia, igual que
se besa el altar al inicio y al final de
la Misa.
La homilía. La homilía busca explicar y actualizar los
textos sagrados durante la liturgia, pero el hecho de que
sea explicación o actualización no quita que lleve una fuerte
carga de motivación y de persuasión buscando guiar a los
fieles en el mejor seguimiento de Cristo. La deben decir
sólo los obispos, los sacerdotes o los diáconos, que son
ministros ordenados y, por tanto, representan oficialmente a Cristo presente
entre nosotros. Ellos presiden la Liturgia de la Palabra en
la Misa. Es obligatoria en todas las misas de domingo
y de días festivos y en todas las celebraciones del
Bautismo, la Confirmación, el Matrimonio y las Sagradas Órdenes. Se
recomienda en los días feriales del tiempo de Adviento, de
Cuaresma y de Pascua. Debe ayudar a profundizar la liturgia
y, por ello, no puede ser superficial ni quedarse en
aspectos puramente sociológicos o políticos. No hay que olvidar que
la homilía está incluida en un acto litúrgico, de culto,
de oración, y por tanto, no hay que perder ese
ambiente espiritual de diálogo con Dios sobre lo que el
sacerdote nos está diciendo.
La profesión de fe. Los domingos o
los días de las grandes solemnidades, toda la asamblea reunida
para celebrar la Eucaristía recita o canta el Credo como
profesión de fe después de la homilía. Decir el Credo
es renovar el Bautismo, gracias al cual podemos presentarnos ante
el altar para participar en el sacrificio eucarístico. El rezo
del Credo representa la comunión de fe que existe entre
todos los miembros de la Iglesia, todos participan en la
Eucaristía porque creen en la misma revelación de Jesucristo. Esta
comunión de fe es, al mismo tiempo, comunión con todos
los miem-bros del mismo cuerpo.
La oración de los fieles u
oración universal cierra la Liturgia de la Palabra. Siguiendo las
enseñanzas de san Pablo: Ante todo recomiendo que se hagan
plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los
hombres; por los reyes y por todos los constituidos en
autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible
con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable
a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres
se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad
(I Timoteo 2, 1-4). La asamblea reunida ora por toda
la humanidad, por todos los que gobiernan y tienen autoridad,
por la paz en el mundo y por las necesidades
de la Iglesia. Es un momento importante de la liturgia
en que todos los presentes se hacen solidarios con los
hombres que padecen necesidad. La oración de los fieles es
introducida y concluida por el sacerdote, mientras que las peticiones
pueden ser leídas por los miembros de la asamblea. El
orden normal de las peticiones suele ser el siguiente: primero
se pide por las intenciones de la Iglesia, luego por
los gobernan-tes y por la salvación del mundo, después por
las personas que tienen especiales necesidades y, finalmente, por la
comunidad local reunida en asamblea. En algunas ocasiones especiales, como
en los matrimonios, las primeras comuniones, las confir-maciones o las
ordenaciones sacerdotales, es aconsejable que los que reciben los sacramentos
preparen las peticiones incluyendo en ellas las intenciones que lleven
en su corazón sin dejar de lado las intenciones universales.
Siempre son oraciones, no interpelaciones morales o momentos de diálogo.
La asamblea eucarística siempre acoge las peticiones como un acto
de culto pronunciando alguna invocación como: “escúchanos, Señor”, “te rogamos,
óyenos”, “Señor, ten piedad de nosotros”, etc.
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