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Autor: Cristina Baffeti | Fuente: www.paracatequistas.com Catequista por vocación
Todo catequista debe caminar sobre los pasos de María en nuestra misión catequística
Catequista por vocación
Una vocación es un regalo de Dios, pues como él
dijo "yo los he elegido". Cuando decimos sí a Dios,
hemos de saber exactamente que hay en ese sí. Sí
significa (me entrego) total y absolutamente, sin calcular el precio,
sin hacer ningún análisis ni cuestionamiento ¿está bien esto? ¿es
conveniente? Nuestro sí a Dios se da sin ninguna reserva.
El amor inmenso no mide sólo se da.
La entrega total
a Dios debe expresarse en pequeños detalles. La entrega total supone
una amorosa confianza en él y para esa entrega total
debemos abandonamos sin límites en sus brazos. Debemos afianzar nuestra pertenencia
a Jesús, porque solo él merece nuestro amor y entrega
total. Nuestra tarea debe ser realizada con un corazón humilde,
con la humildad de Cristo, él nos utiliza para que
seamos su compasión y amor en el mundo a pesar
de nuestras debilidades y flaquezas. No importa cuanto damos, lo
que importa es cuanto amor ponemos en lo que damos.
Según
las palabras de nuestro Santo Padre, debemos ser capaces de
limpiar lo que está sucio, de calentar lo que está
tibio, de fortalecer lo que está débil y de iluminar
lo que está oscuro.
No debemos tener miedo de proclamar el
amor de Cristo ni de amar como él nos amó,
pero para eso es necesario alimentamos espiritualmente. La Madre Teresa
dice que si no queremos morir de una "anemia espiritual"
debemos alimentar nuestro espíritu. La oración es un proceso que
no termina, sino que es prolongación en toda nuestra vida.
La vida espiritual del catequista debe ser alimentada por la
celebración y por la vivencia de los sacramentos.
El catequista debe
ser un hambriento de Dios. Podemos y debemos convertir nuestro trabajo
en oración. Nunca podremos sustituir la oración por el trabajo.
Nunca debe ocurrir esto. A menudo nos llenamos de compromisos,
tareas y creemos que haciendo muchas cosas es suficiente. Y
perdemos ese hermoso contacto con nuestro Padre a través de
la oración. Como catequistas debemos nutrirnos en la vida de oración,
el Papa Pablo VI nos dice que la oración ha
de ir antes que todo, quien no lo entienda así,
quien no lo practique, no puede excusarse en la falta
del tiempo, lo que falta es el amor.
Debemos aprender a
quedamos en algún momento de nuestro tiempo, con nuestro Padre,
ese quedarse con el Padre equivale a la expresión "hablar
con Dios", es diferente hablar con Dios, que pensar en
Dios. Siempre que hay trato con Dios hay oración.
Orar no
es pedir. La oración fortalece nuestra fe y madura nuestra
entrega.
Orar es ponerse en manos de Dios, escucharlo. La oración
es un doble proceso de hablar y escuchar. Orar es
mirar a Dios, es un contacto de corazón y de
los ojos. Nuestro trabajo es fructuoso en la medida que
expresa una oración realmente sincera. Orar con generosidad no es suficiente,
debemos orar con devoción, con fervor, debemos ser perseverantes y
constantes para crecer en este compromiso asumido. Si no oramos
todo lo que hagamos no tendrá valor. Los que tomamos
en serio este caminar junto a Dios, necesitamos de estos
momentos junto con los sacramentos para llevar una vida coherente
con la que transmitimos.
Cuando el catequista tiene su crisis de
fe, es la crisis de la espiritualidad. Por la fe
buscamos a Dios y damos respuestas y entregas a su
llamado al compromiso, pero si esa fe no es alimentada
espiritualmente, nuestro compromiso y entrega, cada vez serán menos. Un
cristiano es alguien que ha descubierto a Dios. Un catequista
no es solamente alguien que ha descubierto a Dios, es
alguien que también ha escuchado el llamado del Señor, para
colaborar con él y aceptar esa misión, tratando de crecer
en el amor a Dios Padre, a su Hijo y
a su Espíritu.
El catequista debe crecer día a día en
la fe. Todos estamos llamados a crecer en ella.
El catequista, por
vocación tiene muy presente este llamado tanto por lo que
el mismo se refiere, como con respecto a sus catequizados
a quienes debemos ayudar a crecer en la fe. Pero...
¿qué es la fe para un cristiano catequista? ¿cómo podemos
crecer en la fe?. Fundamentalmente, la fe es aceptar a
Cristo y su mensaje, pero no solamente con la inteligencia
sino con el corazón y en la vida. La fe
es esa relación personal con Cristo Vivo. Por eso los
catequistas somos instrumentos de Dios y servidores de la Palabra,
ella debe ser el alimento cotidiano indispensable. San Agustín dice
que no vale menos la Palabra de Dios que el
Cuerpo de Cristo.
Debemos tener conciencia de que es ser catequista.
Ser catequista es: Un don antes que un compromiso. Ser catequista
es: Una vocación antes que una opción personal. Ser catequista: Una
respuesta de fe antes que un simple servicio a nuestros
hermanos.
El catequista es un hombre en camino, es un enviado
por Cristo y como Él va en busca de personas
para anunciar la Buena Nueva.
El catequista debe ser maestro en
humanidad, simples en nuestro actuar, sencillos, abiertos, dispuestos. Supone estar atento
profundamente a la sensibilidad y problemas del catequizado. No debemos
caer nunca en la tentación de la soberbia, de quien
cree saberlo todo. Nuestro caminar debe ser una conversión continua.
No
solo debe preparar bien el encuentro sino también responder a
sus interrogantes. Por eso es muy importante una formación sólida
y permanente. No se debe improvisar. Debemos ser fiel a
la tradición y escritura contenida en la fuente Bíblica. Nuestra
preocupación debe ser la de transmitir las enseñanzas de Jesús
no como una ciencia sino como se debe comunicar, como
una experiencia de vida.
La tarea del catequista compromete toda su
persona. Debemos ser coherentes y auténticos y esto se adquiere
con mucha oración.
El catequista debe ser sembrador de la alegría
y de la Esperanza Pascual, que son dones del Espíritu
Santo. El Santo Papa, define al catequista como servidor de
la verdad y dice, que el evangelizador no es dueño,
ni arbitro, sino depositario, heredero y servidor de la verdad.
Por eso no se vende, no disimula, no rechaza, no
oscurece, no deja de estudiar, no avasalla la verdad.
"Todo catequista
debe caminar sobre los pasos de María en nuestra misión
catequística" A María Dios, nuestro Padre la eligió para ser
Madre de su Hijo, Madre nuestra y Madre de la
Iglesia.
Por consiguiente María es la más perfecta discípula y evangelizadora
y modelo.
Su vida nos muestra como se abandonó a la
acción del Espíritu. María nos ofrece las mejores lecciones de humildad.
María es la perfecta seguidora de Jesús, desde el anuncio
del ángel hasta al pie de la Cruz, ella se
dejó conducir sin reservas, pues estaba llena del Espíritu Santo.
María
vivió su santidad como una criatura normal. Es decir caminó
en la fe, escucho la Palabra de Dios, la recibió
en su corazón y fue absolutamente fiel a ella. María
significa la presencia del Amor Materno de Dios entre nosotros.
Por eso debemos tener siempre presente el modelo de María
en nuestra actividad catequística para que nos enseñe como hizo
con su Hijo Jesús a ser manso y humildes de
corazón y de esta manera dar gloria a nuestro Padre
que está en los cielos. Debemos como catequistas aprender abandonarnos
en los brazos de nuestro Padre como lo hizo María.
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