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Catequistas y Evangelizadores | sección
Ser catequista | categoría
La formación del catequista | tema
Autor: German Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net
Creer
Si el hombre de hoy vive con dificultad su existencia, con cuánta más dificultad vive su fe
 
Creer
Creer
Plantearse la fe en nuestra cultura tecno – líquida..
Si el hombre de hoy vive con dificultad su existencia, con cuánta más dificultad vive su fe. Podemos incluso pensar que la fe ya no es un problema para el hombre. Con un gran cinismo ha superado ya esa pregunta que la considerada inadecuada o políticamente incorrecta. Si el hombre vive como si Dios no existiera, la cuestión de la fe está fuera de toda relevancia para su vida.

Sin embargo hay culturas en las cuales la fe aún logra permear la vida cotidiana. Se observa por tanto una diferenciación radical entre las culturas que aún aceptan la vivencia de la fe y otras que creen ya haber superado la cuestión de la fe. Lo que se observa en unas y otras es el avance de la cultura tecno – líquida erosionando en el hombre su capacidad de creer, su capacidad para la fe. Es necesario por tanto enfrentar en este capítulo dos aspectos importantes en nuestro discurso. La cuestión de la fe y la cuestión de la sociedad tecno – líquida. Sobre esta última algo habíamos ya mencionado en el capítulo precedente, por lo que comenzaremos primero explicando la cuestión de la fe, para luego retomar el discurso de la cultura tecno – líquida y la forma en como ésta erosiona la fe del hombre en nuestros días.

Decíamos en el capítulo anterior que actualmente falta generar un pensamiento que permita a las futuras generaciones tener la libertad suficiente para buscar la verdad. Este es quizás el presupuesto inicial cuando debemos hablar de la fe en los tiempos de la nueva evangelización, que son también los tiempos de la sociedad tecno – líquida. Uno de los argumentos principales sobre los que el hombre del siglo XXI debe plantearse es la posibilidad que tiene de acceder a la fe, la posibilidad que tiene de creer1. Podemos comenzar diciendo lo que no es la fe, para después explicar lo que en realidad es la fe.

En muchas culturas se piensa que la fe es la participación en distintas actividades cultuales. Se tiene fe, así se piensa, porque se asiste a la misa2. Sin embargo la participación a estas actividades son manifestaciones de la fe. Porque se tiene fe se reza, porque se tiene fe se asiste a misa, porque se tiene fe se reza el rosario. Es un error muy común, heredado quizás de antiguas formas de catequesis, de querer introducir a la fe a los neófitos haciéndoles participar discrecionalmente a distintas actividades de culto o actividades formativas. Es ésta una forma de catequesis que tuvo éxito en el pasado, porque el humus cultural era netamente cristiano. Las personas, si bien alejadas de las actividades religiosas, eran creyentes en el fondo. Actualmente bien sabemos que las personas simplemente no tienen fe, porque nunca la han practicado, ya que nadie se las ha transmitido. Se han quedado en aquella fe que puede un niño tener en el momento de su primera comunión, o a lo más, de la confirmación.

Existe también la idea de que la fe es algo meramente individual. La fe es una cuestión personal, para vivir en lo más íntimo de uno mismo, sin que tenga porque manifestarse hacia el exterior. Es un concepto derivado del Iluminismo en el que se negaba toda posibilidad de expresar la fe en público y que ahora la sociedad tecno – líquida la ha hecho suya reteniendo políticamente incorrecto las expresiones públicas de la fe, ya que se puede ofender el sentimiento religioso de los no creyentes o de los creyentes de otras religiones. De esta manera se va difundiendo la idea de que la religión debe quedar relegada a la esfera privada y que por lo tanto no tiene nada que ver con el ejercicio público en la sociedad.

Un tercer equívoco en la concepción de la fe es dejar a cada persona su elección por la fe. Según esta postura cada persona podría elegir libremente su forma de pensar la fe, su forma de procesarla y de manifestarla. La búsqueda por la verdad, que como veremos enseguida es una de las características fundamentales en la fe, viene relegada a una búsqueda por lo más placentero, por lo que mejor se te acomoda a cada momento existencial de la vida. La fe se convierte en un sucedáneo espiritual para alcanzar un cierto bienestar emocional. La persona hace de la fe un artículo más de la amplia gama de artículos que el mercado pone a su disposición para hacerla sentir bien. La fe se convierte por tanto en un artículo de consumo equiparable al gimnasio, la dieta o el coche de moda que me hace sentirme bien y ser admirado por otros.

Plantearse la fe en nuestra cultura tecno – líquida requiere antes que nada purificarla de estas tres falacias o disfraces de la fe, y ponerse delante de lo que realmente abarca el creer o el no creer. Iniciaremos nuestra explicación de la fe, diciendo que hay que distinguir entre el acto de la fe y los contenidos de la fe. Una cosa es el acto por el cual una persona cree y otra muy distintas los contenidos de esta fe. Yo puedo creer que Buenos Aires es la capital de Argentina. El contenido de esta fe es Buenos Aires como capital de Argentina. El acto de la fe es asentir, ofrecer mi capacidad de razonar y de querer para asentir y decir entonces que Buenos Aires es la capital de Argentina. Una cosa es por tanto la fe en Dios, en Cristo, en los dogmas y otra cosa son precisamente esos contenidos. Hay que distinguir por tanto entre acto de la fe y los contenidos de la fe.

El acto de la fe es “cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma”.3 Para comprender el acto de la fe, debemos poner el acento en la segunda parte de la definición, es decir en el corazón y en la gracia que transforma. Para creer, para que se dé el acto de la fe, es necesario que se den tres requisitos que son el anuncio, el corazón que se deja plasmar por este anuncio y la gracia de Dios que transforma.

El anuncio de la Palabra
El primer elemento o requisito de la fe es el anuncio de la Palabra. La fe no se transmite por ósmosis. Requiere un anuncio y no cualquier anuncio, sino el anuncio explícito de la Palabra de Dios. “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. (Hch. 4, 12). Lo que debe anunciarse es la Palabra de Dios y no sólo las aplicaciones, adaptaciones y consecuencias de dicha Palabra. Si bien es cierto que el anuncio de la Palabra debe dosificarse según la edad natural y la edad espiritual de las personas a las que queremos transmitir la fe, no debemos olvidar que el contacto con la misma Palabra de Dios es la causa primera de la fe. No es poner a la persona en contacto con un libro pío, o con unas enseñanzas doctrinales buenas, para suscitar en su corazón un sentimiento piadoso o moral. Se trata de dejar que la Palabra actúe en la persona, en su corazón, pues no es cualquier palabra con la que se busca confrontar a las personas, sino que es Dios mismo, hecho Palabra que entrará en contacto con la persona. Esta eficacia de la Palabra no es magia, pero hoy quizás hemos olvidado su significado porque el hombre tecno – líquido piensa en la eficacia con criterios muy distintos. Eficacia para el hombre tecno – líquido es aquello que produce un resultado previsible de acuerdo a un método previamente establecido, en el tiempo y en la forma también previstas. Parámetros que van muy de acuerdo con el carácter de inmediatez en el que se vive en la sociedad tecno – líquida. Sin embargo la eficacia de la que habla el autor de los Hechos de los apóstoles es de un tipo muy diverso. La eficacia de la Palabra no se mide por resultados, ni tampoco es posible establecer un camino previo, ni los tiempos pueden definirse o establecerse con antelación. La Palabra de Dios es una semilla puesta en el corazón del hombre para que germine en el tiempo y en las condiciones que Dios quiere. Los tiempos de Dios no son los tiempos de los hombres y es ésta una primera lección que debe entender nuestro hombre tecno – líquido si quiere prestarse a la acción de Dios a través de la Palabra.

Poner al hombre de hoy en contacto con la Palabra significa dos cosas: entender al hombre de hoy y confiar en la eficacia de la Palabra. Entender al hombre tecno – líquido es captar la forma en que el hombre se pone delante del tiempo y del espacio. Hoy en día el tiempo no es aquella dimensión en la que transcurren los eventos, es un enemigo al que se debe vencer. El tiempo impide al hombre de hoy el realizar todos sus planes y sus deseos. No tiene la capacidad de esperar, lo quiere todo y lo quiere rápido. El tiempo es también su enemigo, pues lo aproxima inexorablemente a su destino final, la muerte, de la que quiere huir a toda costa. Y el espacio no se presenta a como el escenario en dónde se realizan los hechos. Para el hombre de hoy acostumbrado a la velocidad y a los medios de comunicación, el espacio desaparece, no es ya el lugar en dónde habitar, sino el lugar de dónde se debe huir.

Delante a estas características de nuestro hombre moderno, presentarle la Palabra puede ser molesto o indiferente. Molesto porque de alguna manera le recuerda verdades a las que no está acostumbrado. Indiferente, porque perdiendo la capacidad de escuchar por la velocidad a la que vive, la Palabra no resuena en su corazón.

Frente a estas dificultades, quien presenta la Palabra debe conocerla muy bien y saberla adecuar a estas circunstancias y características de nuestro hombre. Es ni más ni menos lo que pretendía el Concilio Vaticano II cuando nos decía que al presentar una nueva realidad se debe conocer muy bien la realidad que se quiere explicar, así como el contexto al cual se quiere aplicar dicha realidad. Conocer la Palabra para transmitirla requiere que la persona que la transmite la haya hecho propia, haya hecho una experiencia de la Palabra. En la fe, no se transmiten conocimientos, sino que se transmiten experiencias. Si en nuestra definición de acto de fe, siguiendo a Benedicto XVI, hemos dicho que se da cuando se anuncia la Palabra, este anuncio no es solamente la presentación de un escrito, sino el testimonio de una Palabra que se ha hecho vida en la persona que anuncia la Palabra. La Palabra se encarna en la vida de un hombre y sólo así puede presentar con eficacia la Palabra. Eficacia que le viene de la experiencia que ha hecho de la Palabra y cómo la ha traducido en hechos de vida. “Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte "predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina”.4

Pero la Palabra también se encarna en otros medios5, muchos de los cuales pueden presentarse con la debida adecuación al hombre de hoy. La lectio divina permite no sólo el contacto con la Palabra, sino también la oración con la Palabra. Por ello se deberán buscar las mejores formas para introducir al hombre de hoy a esta lectura orante de la Palabra.

La Palabra también se halla inscrita de forma singular en la liturgia, como nos lo recuerda el “La celebración litúrgica se convierte en una continua, plena y eficaz exposición de esta Palabra de Dios. Así, la Palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz por el poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor indeficiente en su eficacia para con los hombres (…) La Palabra de Dios se convierte en fundamento de la acción litúrgica, norma y ayuda de toda la vida. Por consiguiente, la acción del Espíritu... va recordando, en el corazón de cada uno, aquellas cosas que, en la proclamación de la Palabra de Dios, son leídas para toda la asamblea de los fieles, y, consolidando la unidad de todos, fomenta asimismo la diversidad de carismas y proporciona la multiplicidad de actuaciones”.6

No debemos olvidar sin embargo la enorme dificultad del hombre de hoy por ponerse delante de la Palabra en la lectio divina o en la Liturgia. Ha crecido muchas veces a espaldas de estas realidades o con prejuicios enromes, muy difíciles de disipar en unos cuantos minutos. Es necesario que sepamos presentar la Palabra de forma que el hombre se enamore de ella y quiera constantemente estar al lado de ella, porque la considera parte esencial de su existencia. Muchas veces quien presenta la Palabra tendrá que hacer primeramente esta labor en sí mismo de dejarse cautivar cada vez más por la Palabra. Acercar a un hombre a la Palabra es presentarse muchas veces como Moisés ante el espectáculo de la zarza ardiente. Moisés se asombraba de que la zarza no se consumiera “Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: «Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?” (Ex. 3, 2 – 3). De la misma manera el hombre que presenta la Palabra debe asombrarse de los prodigios que ella puede obrar en una persona, viendo como se consume por la Palabra, sin desaparecer del todo.

Pero la Palabra también se hace belleza. La Palabra se hace piedra en la catedral y color en los cuadros. No debemos descuidar esta oportunidad de presentar la Palabra hecha arte a los ciudadanos de la cultura tecno – líquida. Guiados quizás por cánones de arte contrarios a la belleza que proviene de aquellas obras que han sabido unir la armonía de todas las formas hasta provocar ese sentimiento de plenitud que llevan el interior del hombre cuando las contemplan, el hombre moderno no deja de sentir un escalofrío ante la presencia de la belleza. Y cuando esta belleza representa la Palabra, nos encontramos ante una oportunidad magnífica para ponerlo en contacto con la Palabra. Si la belleza abre su corazón, éste se puede encontrar preparado para recibir el impacto de la Palabra, bella por sí misma. Muchas catequesis, o introducciones a la fe, están teniendo lugar a través de peregrinaciones a los sitios de arte y a la catedral. Sería conveniente el plantearse la posibilidad de poner al corazón del hombre – líquido en confrontación con la Palabra hecha arte.

El corazón
Y es que el corazón es el segundo elemento que debemos analizar en el acto de la fe. Hemos dicho que el primer paso en la fe se da cuando se anuncia la Palabra. Pero esta Palabra se anuncia sobre todo en el corazón de la persona, como lo atestigua ya desde los inicios del cristianismo el autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, al relatar, por ejemplo los primeros anuncios de la Palabra por parte de Pablo: “De allí fuimos a Filipos, ciudad importante de esta región de Macedonia y colonia romana. Pasamos algunos días en esta ciudad, y el sábado nos dirigimos a las afueras de la misma, a un lugar que estaba a orillas del río, donde se acostumbraba a hacer oración. Nos sentamos y dirigimos la palabra a las mujeres que se habían reunido allí. Había entre ellas una, llamada Lidia, negociante en púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios. El Señor le tocó el corazón para que aceptara las palabras de Pablo”. (Hch. 16, 12 – 14).

Tal parece ser que el corazón es el elemento principal en el acto de fe. No basta simplemente el anuncio de la Palabra. Es necesario que esta Palabra descienda al corazón de la persona, tocar el corazón, como dice el relato de Lidia. Si por un lado vemos que se da el anuncio de las palabras de Pablo, nos damos cuenta también que estas palabras no hubieran significado nada si el Señor no hubiera tocado el corazón de Lidia. Se dan aquí los dos elementos que nos faltan por analizar en el acto de fe que son el corazón y la acción del Señor o la gracia. Dejaremos la gracia para el final de nuestra exposición en este capítulo y ahora abordaremos el elemento del corazón.

Una persona no creyente puede escuchar el anuncio de la Palabra y cambiar su vida. Un creyente `puede escuchar ese mismo anuncio y no cambiar su vida. ¿Por qué? Es necesario que el anuncio pase de los oídos al corazón. Debemos apresurarnos a decir que por corazón no entendemos simplemente la emoción o el sentimiento que un acontecimiento pueda generar en una persona. El acto de fe no se reduce a una mera experiencia afectiva, muy propia de lo que actualmente el hombre tecno – líquido busca cuando se le habla de religión. Aunque si bien el acto de la fe puede presentarse en primer lugar como una emoción o un sentimiento7, no se reduce solamente a la esfera afectiva. Vale la pena por tanto explicar en qué consiste la afectividad y en qué consiste el corazón.

Las palabras pueden tener significados muy diversos. Una sola palabra puede entenderse de diversas maneras según el contexto en la que se pronuncie, según la cultura, según los estados de ánimo de quien la escuche y según también las claves de interpretación. En el lenguaje bíblico la palabra corazón ha significado siempre la persona en cuanto tal, la parte más esencial de las personas, es decir, el alma, aquel lugar en dónde habita y se hace real la presencia de Dios. “Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy.” (Deut. 5, 4 – 6). Cuando la Palabra se anuncia penetra en el interior de la persona. La persona, como hemos visto en el primer capitulo, no puede ser identificada con una sola cualidad, capacidad, potencia o sentido. La persona es una unidad. Lo que sucede en la parte física, influye en el ánimo y en la vida espiritual de la persona. La Palabra no es cualquier tipo de palabra y ésta va a influir en todos los componentes de la persona, es decir, en su intelecto, en su voluntad y en su afectividad. Si la persona no tiene ningún prejuicio, la resonancia del anuncio tocará su mente, su voluntad y su afectividad. Hablamos por tanto de tres niveles distintos que el lenguaje bíblico engloba en la palabra corazón, como son la inteligencia, la voluntad y la afectividad.

Lo importante en el acto de la fe es que la persona se deje tocar en su corazón por la Palabra y que no la reduzca a una palabra humana, que se contenta con entenderla desde el punto de vista meramente académico. El gran peligro del católico es comprender la Palabra intelectualmente, pero no dejar que dicha Palabra toque toda la persona. Nuestro hombre tecno – líquido generalmente no es reacio a la fe, pero por muchos prejuicios que lleva dentro contra la religión, y en general más particularmente contra la religión católica, no deja que la Palabra llegue hasta el corazón.

Cuando la Palabra baja de los oídos al corazón, de haberla sólo escuchado y comprendido medianamente, toca las tres esferas de la persona: intelecto, voluntad y afectividad. Para lograr que esto suceda, es necesario que la persona quite de sí todo impedimento, todo prejuicio contra la Palabra. Muchos de nuestros coetáneos tienen varios y graves prejuicios contra la Palabra, la escuchan, pero es como si no la escucharan y se asemejan a la parábola evangélica de la semilla tirada a la vera del camino: “Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron”. (Mt., 13 . 3 – 4). Ellos se plantean diversas cuestiones que surgen de la Palabra, pero son incapaces de dejar que la Palabra cuestione su vida. Es ya un logro el que no pongan pretextos para dejarse provocar por la Palabra, pero se debe dejar el tiempo necesario para que la palabra baje a su corazón y transforme la persona.

Hay que hacer notar la diferencia entre las cuestiones que puede provocar la Palabra y el asentimiento que la persona da a la Palabra. Dejarse interpelar, dejarse provocar por la Palabra significa el permitir que la Palabra toque la persona y le haga preguntas sobre aspectos fundamentales en su vida. Es ya un paso hacia el acto de la fe. El acto de la fe en cuanto tal consiste en que la persona no se frena en las provocaciones que le ha suscitado la Palabra, sino que responde a esas provocaciones de la Palabra. La diferencia se encuentra por tanto en que el acto de la fe supone ya una respuesta a los interrogantes que ha suscitado la Palabra. “Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre». Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro”.8

Un aplicación práctica que podemos sacar para nuestras vidas y también si queremos ayudar para que otras personas puedan realizar el acto de fe, es saber pasar de las cosas penúltimas a las cosas últimas.9 Como hijos de nuestro mundo vivimos abocados al hoy, al momento que huye y deseamos atraparlo para hacerlo eterno, duradero, imperecedero. Hemos olvidado buscar la trascendencia, la esencia de las cosas. Nos hemos olvidado pasar de los hechos a las ideas, a las razones que motivan esos hechos. Los acontecimientos deberían ser la puerta que nos llevaran a investigar las razones profundas de esos acontecimientos. Habiendo perdido esta dimensión, esta capacidad de penetrar las cosas es difícil que podamos cuestionarnos sobre los problemas fundamentales de la vida que abren la puerta al acto de la fe. Al perder la capacidad de cuestionarnos sobre el por qué de las cosas, el corazón no encuentra materia apta para hacerla parte de su existencia. Al depositar la vida en cosas que perecen o que pasan, el hombre instintivamente vuelve a buscar materia en dónde apoyar su vida. Es lo que se Juan Pablo II llama poner la vida en falsas esperanzas. “Pero, como han subrayado los Padres sinodales, « el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable ». Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo la esperanza, reducida al ámbito intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes, con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad o con las diferentes corrientes de New Age. Sin embargo, todo esto se demuestra sumamente ilusorio e incapaz de satisfacer la sed de felicidad que el corazón del hombre continúa sintiendo dentro de sí. De este modo permanecen y se agudizan los signos preocupantes de la falta de esperanza, que a veces se manifiesta también bajo formas de agresividad y violencia.”10


Hemos dicho que cuando la Palabra toca el corazón de la persona, significa que toca a toda la persona. De acuerdo a factores subjetivos y objetivos, la respuesta puede darse en cualquiera o en todos los niveles de la persona, es decir, en su intelecto, en su voluntad y en su afectividad. Por afectividad, repetimos, no debe entenderse sólo una emoción o un sentimiento pasajero, sino “la resonancia activa en la conciencia del viviente con el ambiente y con su propio estado vital”. Es algo más que una simple vibración interior pasajera que deja al hombre intacto, porque logra una transformación del hombre a partir de una toma de conciencia de sus estados de ánimo modificados por un hecho cualquiera. En este caso, el anuncio de la Palabra es el hecho que resuena en la persona, ya sea en su intelecto, en su voluntad o en sus sentimientos y emociones. Esta resonancia no se limita al aspecto emocional o sentimental, sino que lo lleva a un cambio en la vida. Lo expresa muy bien Mihàly Szentmártoni cuando dice: “La experiencia afectiva es como una descarga eléctrica, ella mueve toda la existencia de la persona; su naturaleza pasional constituye al mismo tiempo la carga energética del hombre. Es una tensión del ser, movido en sus necesidades, pulsiones, deseos, de tal forma que en esa experiencia afectiva los sentimientos son energía hecha conciencia”.11

Para que la Palabra penetre realmente el corazón es necesario que se den algunas de las siguientes cuatro características y que las distinguen netamente de un mero sentimiento o emoción: transformación, síntesis activa, resistencia e identificación. Estas características son signos de que el anuncio de la Palabra ha tomado posesión del corazón. Son cuatro características que pueden darse aislada o conjuntamente.

Transformación. Se dice que la Palabra ha bajado al corazón cuando la Palabra toca alguna parte esencial de la historia personal de quien la escucha y esta persona se siente interpelada por la Palabra y da una respuesta que transforma o cambia su vida. La Palabra penetra hasta lo más hondo de la persona y ésta revisa su historia personal en función de la Palabra. Es como si toda la vida se viera nuevamente bajo el prisma de la Palabra. Entonces la existencia viene vista bajo el prisma de la Palabra. A la invitación de Jesús venid y veréis (Jn 1, 39) los discípulos sienten que la pregunta sobre la identidad de Cristo y su propia identidad queda resuelta, por lo que su vida se transformará en un seguimiento de Cristo. Frente a un Pablo, Pablo, ¿por qué me persigues? (Hch. 9, 4) el judío fogoso de Tarso se transforma de perseguidor en perseguido. La transformación personal es un signo de que la Palabra ha tocado el corazón de la persona.

Síntesis activa. En ciertas ocasiones la Palabra llega a descubrir el significado de un mensaje hasta antes desconocido o que no se comprendía del todo. Este significado penetra en el corazón de la persona llevándolo a transformar su vida. Algo semejante sucedió a los apóstoles en Pentecostés cuando logran captar en plenitud el significado de las palabras de Jesús.

Resistencia. La Palabra, como es dicho, es penetrante y puede causar mal, dolor en la persona. Signo de que ha bajado al corazón, es cuando la Palabra cuestiona al hombre, molesta al hombre, lo hace sentir mal porque le revela algún aspecto que no está bien del todo en su vida. La vida del hombre se confronta con la Palabra y surge el dolor de no sentirse apto para la misión, o de verse con muchas fallas de frente al ideal que propone la Palabra. Esta resistencia ha sido en muchos casos la piedra de toque o el inicio de grandes conversiones, como San Agustín, que leyendo la Palabra siente un desgarrón en su vida por no sentirse con fuerzas para seguir la llamada que Dios le hacía a dejar un estilo de vida muy distinto al que ahora se le proponía.

Identificación. Cuando la Palabra logra que el corazón quiera seguir buscando cada vez más la plena identificación con esa Palabra, es decir, cuando busca que su vida se asemeje cada vez más con lo que propone la Palabra, estamos hablando de una acogida total de la persona que busca hacerse una con la Palabra. Generalmente se da este tipo de identificación con la persona de Jesús. Quien acoge su Palabra no está tranquilo mientras que su vida no se haga una sola con la persona de Jesús o mientras su mensaje no logre penetrar todos los niveles de la persona hasta poder decir como San Pablo “Pero en virtud de la Ley, he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”. (Gal 2, 19 – 20).


La gracia que transforma
Es el último y quizás es el más importante de los elementos que conforman el acto de fe, ya que sin él no se da todo lo que hemos mencionado anteriormente. Decíamos al inicio de este capítulo que la fe es dejar que el anuncio baje al corazón, toque el corazón de la persona y así se transforme. La transformación del corazón es sin duda uno de los signos más claros que la Palabra ha bajado al corazón y ha tocado a la persona que cree. Así lo demuestra el pasaje de los Hechos de los apóstoles en los que nos apoyamos para ilustrar el acto de la fe. Una vez que el Señor toca el corazón de Lidia, ésta se bautiza, pero quiere demostrar que la fe ha tocado y transformado su vida. “Después de bautizarse, junto con su familia, nos pidió: «Si ustedes consideran que he creído verdaderamente en el Señor, vengan a alojarse en mi casa»; y nos obligó a hacerlo”. (Hch. 16, 15). Un ejemplo semejante lo encontramos en la samaritana, que después de escuchar las palabras de Jesús, se transforma y quiere anunciar la salvación que ella misma ha recibido. “La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?». Salieron entonces de al ciudad y fueron a su encuentro”. (Jn 4, 28 – 30).

En estos pasajes y en todos los actos de fe constatamos la necesaria intervención del Señor. Así lo consigna el Catecismo de la Iglesia católica cuando dice: “Por la fe,el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela”.12 Y el mismo Benedicto XVI lo explica de la siguiente forma: “El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo”.13 Es esta acción de la gracia la que pretendemos explicar para comprender mejor el acto de la fe, por la que una persona da su asentimiento a lo que Dios le presenta a su mente, a su voluntad y a su afectividad a través del anuncio de la Palabra.

Explicar que alguien o algo puede influir profundamente en el derrotero de una persona no es empresa fácil en un mundo tecno – líquido que piensa tener todo bajo control. Si esta sociedad ha generado un hombre pagado de sí mismo, individualista, seguro de sí mismo y de poder conseguir lo que quiere, incluso la felicidad, explicarle a este hombre que un acto de fe no depende tan sólo de lo que él hace o pueda hacer para provocar este acto de fe, no es una empresa para nada fácil. Porque los elementos que hasta ahora hemos mencionado, el anuncio de la Palabra y el bajarlo al corazón, son sólo elementos para que la gracia de Dios pueda actuar en la persona. Si la persona puede creer, si la persona puede dar su asentimiento en su inteligencia y en su voluntad no se debe tan sólo a que haya escuchado la Palabra o a que la haya asimilado en su corazón. Se debe a que Dios ha actuado con su gracia y ha hecho posible que la persona pudiera adherirse con su inteligencia y con su voluntad a los contenidos de la fe que en anuncio de la Palabra le ha presentado y la inteligencia y la voluntad lo han aceptado. ¿Cómo explicar la gracia al hombre tecno-líquido y su acción en el acto de la fe?

No se trata de buscar similitudes o ejemplos que puedan dar una idea de lo que es la gracia y cómo actúa en el hombre. Es necesario partir de la definición de la gracia y explicarla detalladamente, haciendo las aplicaciones necesarias. Comencemos nuevamente tomando nuestra definición de hombre. Diremos lo mismo en otras palabras para explicar mejor lo que es la gracia.

San Gregorio dice que el hombre “tiene algo de todas las criaturas porque tiene el ser como las piedras, la vida como los árboles, la sensibilidad como los animales y la inteligencia como los ángeles”.14 La vida del hombre por tanto es un misterio porque reúne dos aspectos que ninguna otra criatura reúne en sí misma: la vida natural y la vida espiritual. Por la vida natural el hombre participa de la existencia y del ser mediante las funciones de de nutrición, desarrollo y reproducción. Por la vida espiritual el hombre participa de las funciones del espíritu como el pensar, el querer y el sentir afectivamente. “El hombre – en efecto- existe como los seres inanimados; se nutre, crece y se reproduce como las plantas; como el animal, conoce los objetos sensibles, se dirige a ellos por el apetito sensitivo, con sus emociones y pasiones, y se mueve con movimiento inmanente y espontáneo; como el ángel -en fin-, pero en grado inferior y de diferente manera, conoce intelectualmente el ser suprasensible bajo la razón de verdadero, y su voluntad se dirige hacia él bajo el concepto de bien racional”.15

Existe por tanto en el hombre la posibilidad de acceder al mundo espiritual, ya que posee un espíritu. A partir de este mundo espiritual el hombre, no por su inteligencia, ni por su voluntad ni afectividad, sino como un regalo o favor de Dios, puede acceder al mundo sobrenatural. Su espíritu le capacita para acceder a la vida sobrenatural. Vida espiritual y vida sobrenatural no es lo mismo. La vida espiritual con sus potencias de inteligencia, voluntad y afectividad, permiten al hombre llegar a la vida sobrenatural que es la misma vida de Dios. Permiten que el hombre pueda vivir la misma vida de dios. Pero el acceso a esta vida, la posibilidad de que el hombre pueda vivir la misma vida de dios no depende del hombre, de su inteligencia, de su voluntad o de su afectividad, sino que depende de Dios, de un favor de Dios. A este favor le llamamos gracia. El hombre accede al mundo sobrenatural, a la vida sobrenatural, porque Dios así lo permite, sin fijarse para nada en lo que ha hecho o no el hombre. Es un regalo de Dios. Gracia, en latín gratia y en griego charisma vienen a significar ese don gratuito de Dios que prepara al hombre para hacerle partícipe de la misma vida de Dios. Los padres de la Iglesia de Oriente lo expresan en términos por demás poéticos cuando dicen “El Espíritu santo, iluminando a aquellos que se han purificado de toda mancha, los hace espirituales por medio de la comunión con él. Y como los cuerpos límpidos y transparentes, cuando un rayo los hiere, se convierten ellos mismos en brillantes y reflejan otro rayo, así las almas que llevan al Espíritu son iluminadas por el Espíritu; se hacen plenamente espirituales y transmiten a los demás la gracia. De ahí (…) la semejanza con Dios; (…) convertirse en Dios”.16

Es la gracia por tanto, este favor de Dios que permite al hombre creer en los contenidos que le presenta el anuncio de la Palabra y también lo que permite al hombre asentir con su inteligencia y con su voluntad lo que estos contenidos le han presentado a su corazón.

Para el hombre de nuestros días es necesario hacerle ver que en el acto de fe todo depende de Dios, pero es necesario que él ponga las condiciones para que Dios pueda actuar. Condiciones que se resumen en acceder de cualquier forma al anuncio de la Palabra y estar dispuesto a aceptarla en el corazón. Aceptación que no significa renunciar al propio juicio para analizarla, criticarla y contrastarla. La fe no se opone a la razón porque forma parte de la razón misma.17 Con su inteligencia escruta y analiza lo que con la fe acepta. Pero el hecho de aceptarla no es un acto que depende sólo del hombre, sino es propiamente un acto gratuito de Dios que le da al hombre la posibilidad de creer, mientras el hombre se abra a esta posibilidad.

Completamos por tanto nuestra explicación de los tres elementos que conforman el acto de fe, como son el anuncio de la palabra, la apertura del corazón y la acción de Dios o gracia. Este acto de fe se hace sin embargo sobre unos contenidos específicos que pasaremos enseguida a explicar y que son precisamente los que posibilitan a un hombre el poder llamarse y ser cristiano, como lo señala el título del presente capítulo.


Los contenidos de la fe o a quien le crees la historia del queso Gruyere.
Una vez que hemos comprendido los elementos del acto de fe, estamos en disposición de captar los contenidos de la fe, como lo habíamos anunciado al inicio de este capítulo. El acto de fe se hace sobre unos contenidos muy específicos. Es un proceso delicado en el cual se le presentan a la persona unos contenidos sobre los que la mente y la voluntad deben dar su asentimiento, es decir, deben confirmar lo que se les presenta, de forma tal que se pueda dar el proceso antes mencionado de hacer bajar esos contenidos al corazón para lograr, con la ayuda de la gracia, la transformación de vida.

Los contenidos de la fe pueden ser muy variados así como variadas pueden ser las personas que me presentan dichos contenidos. Tomemos por ejemplo el caso del queso Gruyere. Si yo quiero saber por qué el queso Gruyere presenta algunos agujeros más o menos grandes, puedo escuchar diversas versiones, es decir, me presentarán distintas explicaciones de un mismo hecho. La persona común y corriente podrá decir que los agujeros se deben a los moldes en los que se vacía la leche cuajada en su proceso de elaboración. Un niño quizás me podrá dar como explicación a los agujeros el hecho de que los ratones roban el queso en la noche fabricando agujeros para después llevárselo a sus ratoneras. Un quesero me dirá que los agujeros se forman en el proceso de maduración. La maduración es el tiempo necesario de reposo para que la cuajada o leche con el suero, se asiente, se compacte y logre adquirir a través del tiempo el color, el sabor y la textura característica del queso. Generalmente el proceso de maduración se realiza en bodegas con un alto índice de humedad. El queso gruyere madura a una temperatura de 12° C, lo que favorece la formación de dióxido de carbono que es necesaria para que el queso forme los famosos agujeros.

Hemos visto que un mismo hecho ha tenido tres explicaciones diversas. ¿A quién le creo? Puedo creerle a las tres personas, a aquella que la he encontrado en l calle, al niño o al quesero. Por el contenido del hecho es lógico que yo dé más crédito, es decir, que yo le crea al fabricante de quesos, ya que es experto en esta materia.

Por lo tanto los contenidos de la fe están íntimamente relacionados con la persona que los presenta o que los representa. No es necesario que el quesero me tenga que venir a decir en persona el proceso de fabricación del queso. Basta que yo lo lea en un libro en dónde conste la firma del fabricante de quesos, o me lo diga otra persona que se ha basado en lo que ha leído o ha escuchado de un buen y experto fabricante de quesos.

Los contenidos de la fe en el caso que nos atañe se refieren siempre a aquellas verdades que puedan incidir en la vida de las personas. Saber que los agujeros del quedo Gruyere provienen de la formación de dióxido de carbono en su proceso de maduración, puede ser interesante para una persona, pero no cambiará, o cambiará poco el sentido de su vida. Es necesario por tanto que los contenidos de fe y la forma en que dichos contenidos se presenten puedan y tengan la posibilidad de cambiar la vida de las personas.

Los contenidos de la fe son varios, pero bien podemos resumirlos en lo que hasta ahora se ha considerado el resumen de la fe cristiana. Se trata de la predicación de San Pedro que bajo los efectos del Espíritu santo, y no bajo los efectos del alcohol como sus contemporáneos pensaban, nos presenta lo que es la quintaesencia de la fe cristiana. Escuchémoslo. “Israelitas, escuchen: A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen, a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles. Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él. En efecto, refiriéndose a él, dijo David: "Veía sin cesar al Señor delante de mí, porque él está a mi derecha para que yo no vacile. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua canta llena de gozo. También mi cuerpo descansará en la esperanza, porque tú no entregarás mi alma al Abismo, ni dejarás que tu servidor sufra la corrupción. Tú me has hecho conocer los caminos de la vida y me llenarás de gozo en tu presencia". Hermanos, permítanme decirles con toda franqueza que el patriarca David murió y fue sepultado, y su tumba se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como él era profeta, sabía que Dios le había jurado que un descendiente suyo se sentaría en su trono. Por eso previó y anunció la resurrección del Mesías, cuando dijo que no fue entregado al Abismo ni su cuerpo sufrió la corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos. Exaltado por el poder de Dios, él recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen. Porque no es David el que subió a los cielos; al contrario, él mismo afirma: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a todos tus enemigos debajo de tus pies". Por eso, todo el pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías». Al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?». Pedro les respondió: «Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo”. (Hch. 1, 22 – 38).

La presentación de la persona de Jesús es la síntesis de los contenidos de la fe. La Virgen, los santos, los ángeles, la Biblia misma, no tienen otro fin que presentar a Jesús como el Hijo de Dios y en Él creer para encontrar la salvación. Ser cristiano no es conocer la Biblia de memoria, asistir a las peregrinaciones del santo del lugar o decir muchos rosarios. Ser cristiano es creer en Jesús porque se ha hecho la experiencia de la fe en su persona. Su venida al mundo no es un hecho sucedido hace más de dos mil años. Es un hecho, un contenido de la fe, al cual se le da toda credibilidad, se le baja al corazón se deja que la mente y la voluntad sean penetradas por esta verdad para que transforme la vida entera. Nos lo dice en forma sintética pero poética Benedicto XVI. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.18

Creer en Jesús como Hijo de Dios, que bien podemos decir es la síntesis de todos los contenidos de la fe, requiere el fiarnos de quien lo ha dicho. Así como podemos creer diversas versiones sobre el origen de los agujeros del queso Gruyere, dependiendo de quién lo ha dicho, así también debemos preguntarnos quien ha dicho que Jesús es el Hijo de Dios. Y si Dios mismo ha dicho que Jesús es su Hijo, el contenido de la fe posee fuerza para ser creído.

La cultura tecno – líquida no niega esta posibilidad de que Dios haya dicho que Jesús es su Hijo. La cultura tecno – líquida deja que esta verdad quede relegada a la esfera del pensamiento personal y pone un límite a la posible influencia e incidencia que esta verdad pueda tener en la sociedad. Vistiéndose de pluralidad cultural y de una ambigua tolerancia deja a cada persona las consecuencias prácticas de este contenido de la fe, pero limitándola siempre a la esfera de lo individual.

Aceptar que Jesús es el Hijo de Dios no puede quedar reducido a la esfera de lo personal. Creer que Jesús es Hijo de Dios lleva necesariamente a expresarlo no sólo en lo personal, sino también en lo social. La profesión de fe es un acto no sólo personal sino público ya que la fe en Jesús como Hijo de Dios influye en toda la persona y por lo tanto en todo su actuar. El actuar de una persona no se reduce sólo a un campo de si vida o al campo privado. Más bien invade a toda la persona. Por el hecho de que la persona da a un contenido de la fe su asentimiento en su inteligencia y en su voluntad y por el hecho miso de que los contenidos de la fe son esenciales para dar un sentido a la vida, el acto de fe no queda reducido al ambiente personal, se derrama más allá hasta tener una incidencia en lo social. La persona que cree que Jesús es Hijo de Dios ve tocadas sus convicciones más profundas que lo llevan a un actuar en consecuencia con esas convicciones. Creer con el corazón19 y no poderlo expresar con los actos sería una incoherencia o nos hablaría de una imposibilidad psicológica o social.

Es una incoherencia porque el hombre necesariamente expresa con sus hechos lo que piensa en su corazón. Nuestros actos son fruto de nuestros pensamientos. Si el hombre se dice creer que Jesús es Hijo de Dios y no actúa en consecuencia, o tiene poca formación o no es coherente con lo que ha creído.

Si la persona cree pero no puede expresar en actos esa creencia por vicios inveterados que no puede superar o por una falla estructural en su persona que no le permite poner en práctica las consecuencias de lo que cree, entonces nos encontramos ante un problema psicológico que requiere una solución desde el punto de vista profesional.

Y por último, si la persona que cree que Jesús es Hijo de Dios y no lo puede vivir plenamente expresándolo con sus actos en sociedad y sin obstar ninguna incoherencia moral o problema psicológico, entonces nos encontramos ante una imposibilidad social, como bien podría ser un régimen totalitarista que prohibiera toda expresión social o popular de la fe en Jesús. Tal situación hoy la viven muchos cristianos en países donde el islamismo fundamental es la religión oficial o en países en dónde aún hoy el cristianismo es perseguido o visto con recelo.

Una vez superados estos obstáculos se debe tomar conciencia que la fe debe influir necesariamente en la vida de todos los días y en la vida social de los cristianos.


La sociedad líquida contra el acto de fe.
Nuestros hermanos cristianos en muchos países islámicos fundamentalistas o con fuertes regimenes totalitarios viven situaciones en que creer resulta un acto verdaderamente heróico. Asisten a situaciones que se asemejan a los primeros cristianos en tiempos de las catacumbas. Para ser coherentes con su fe no sólo deben esconderse, sino que están obligados a llevar una conducta totalmente distinta a la que sigue la sociedad que los rodea. El martirio, que para nosotros los occidentales puede parecer algo extraordinario, para ellos se presenta sencillamente como una consecuencia coherente con la fe que profesan.

Para nosotros los occidentales, muchas veces el acto de fe se ha convertido en un acto que queda encerrado en la esfera de lo privado. Creo porque voy a misa, Creo porque bautizo a mis hijos. Creo porque procuro estar bien con todos los demás. El acto de fe se encuentra en la periferia de nuestro ser. No toca ni nuestra mente ni nuestro corazón. O reducimos, quizás por ignorancia, el acto de fe a un acto privado. Benedicto XVI nos dice claramente que el aco de fe debe involucrar a toda la persona, tanto su esfera personal como su esfera pública. “Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso”.20 Testimonio y compromiso público son las consecuencias del acto de fe, si este acto es realmente verdadero y si nos decidimos a ser coherentes con él. Si el acto de fe, como dice Benedicto XVI, implica el querer estar siempre con Jesús, entonces debo entender que este querer estar con Jesús significa que quiero estar con él no sólo en la Iglesia, o en el silencio de mi cuarto cuando rezo en rosario, sino que quiero estar con Él cuando salgo a la calle, cuando estoy en mi trabajo, cuando me divierto, cuando estoy conectado en el Internet o chateo con mis amigos o los veo por facebook. Como consecuencia, iré por la calle y me comportaré como cristiano, en mi trabajo trataré de desarrollarlo de acuerdo a lo que me piden las leyes civiles si son justas, además de que trataré de poner en práctica lo que me pide Jesús en el trato con mis compañeros de trabajo. Con mis amigos, con mis parientes, en mis ratos de diversión trataré de comportarme como cristiano, llevando a Cristo a todas partes y comportándome como si Él me viera, como si Él estuviera a mi lado. Hacer el acto de fe no se reduce al sentimiento, lo hemos dicho, sino que debe traducirse en obras, en acciones, porque llevo a Jesús en todas partes.

La cultura líquida en la que vivimos muchas veces nos va impidiendo ser consecuentes son nuestro acto de fe, especialmente en la sociedad. Nos dice que debemos respetar a otras religiones, a las personas que piensan distinto de nosotros o a las personas que no son creyentes. Y para respetarlas, para no herir sus sentimientos, hay que evitar toda manifestación externa del acto de fe, desde el llevar indumentaria que tenga que ver con la religión (el velo para las musulmanas o el velo para las monjitas) hasta quitar de los lugares públicos signos religiosos, como el crucifijo o nombres de las calles, pueblos o ciudades que recuerden a santos o a epopeyas de la vida cristiana. Y todo ello para no ofender a los que creen diversamente o no creen. El error de la cultura líquida está basado en la ley errónea del individualismo. Para ellos no existe la posibilidad de valores comunes y, enarbolando la bandera de las minorías nos presentan como un atropella a la individualidad aquellos valores personales o sociales. Según ellos, como nadie puede impedir nada a nadie, entonces es mejor callar y sacar de circulación toda manifestación externa de la fe. Es una postura que poco a poco va ganando terreno en occidente. La consecuencia es la lógica renuncia a ser coherente con el acto de fe y reducir el cristianismo a la esfera de lo individual.

Para que el acto de fe sea completo y coherente, nos dice el Papa Benedicto XVI es necesario dar testimonio y llevar a cabo una misión dentro de la Iglesia. No se trata de propagar a los cuatro vientos mi calidad de cristiano, pero sí de vivir como cristiano buscando dar ejemplo a los demás. Y este “los demás” incluye un campo amplísimo, desde la escuela, la Universidad, el trabajo el club deportivo o social que frecuento. Desde mis amistades más íntimas, hasta los encuentros fortuitos por la calle. Comportarme como cristiano puede ir muy en contra de aquello que la sociedad líquida está promoviendo como una falsa tolerancia. Para el habitante de la cultura tecno – líquida, todo aquello que no nazca de la espontaneidad, es algo forzado y retenido como poco genuino del hombre. Para el hombre tecno-líquido no existen valores fundamentales que puedan guiar toda la vida, pues todo está en continuo cambio, pues nada es eterno ni durable. Un valor por tanto no puede ser motor generador de un cierto estilo de vida, ya que estaría coartadno, según ellos, la libertad de amoldarse y adecuarse a los constantes cambios que caracterizan a mundo. Se da entonces lo que Joseph Ratzinger llamó la dictadura del relativismo: “A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”.21 Por tanto, el llevar el acto de la fe a todos los estratos de la vida es considerado como una actividad fundamentalista, algo que quita espontaneidad al hombre porque se programa para hacer algo o aquello en base a un valor ya definido en precedencia.

Este hecho nos lleva a pensar en un último obstáculo que la cultura tecno-líquida está imponiendo contra la fe. Se trata del problema de la libertad. El ser coherente con la fe, implica, como hemos venido diciendo en este capítulo, la posibilidad de que todas las acciones de la persona queden permeadas de esta fe, de esta adhesión cordial a los contenidos de la fe, que para el cristiano se reduce a Jesucristo. Cuando la persona hace un acto de fe, que en nuestro caso es hacer el acto de fe en la persona de Jesucristo, no se reduce simplemente a pensar que Jesucristo es el Hijo de Dios.22 Esta fe hemos estado explicando, lleva a la persona a una transformación de vida. Esto es posible ya que el hombre tiene la capacidad de elegir, de optar entre varias posibilidades y llevar dicha opción a todos los ámbitos de la vida. La capacidad de elegir no reduce la libertad de la persona, sino que la engrandece, ya que cada acción libre debe ser el reflejo de la opción fundamental, de una posibilidad que se ha elegido en precedencia. Quien elige abrir una puerta entre muchas que se le presentan, no podrá estar añorando el no haber abierto antes otras puertas. Por eso decimos que la libertad en el pasado obliga a una elección en el presente y libera el futuro, ya que ha sido también elegido en precedencia. Se es libre porque se ha podido elegir una opción entre otras muchas y se ha querido ser coherente con dicha opción.

Si lo aplicamos al acto de fe, quien cree que Jesucristo es el Hijo de Dios, opta por esta verdad y por todas las consecuencias que ello implique, en su vida personal y en su vida pública. Frente a una opción que la vida le presente como puede ser el hacer trampa en un negocio o el llevarlo a cabo con honradez; o el copiar en un examen en la Universidad o no; el vivir la fidelidad en el matrimonio o la traición, la fe tendrá un lugar importante en la decisión. Si libremente se ha elegido creer y seguir a una persona, libremente se debe ser consecuente con esta libertad ejercida. La libertad nos da la posibilidad de elegir lo que hemos visto con la inteligencia y queremos seguir con la voluntad. Ella, la libertad, pone en marcha una serie de mecanismos para que después de haber visto con la inteligencia, un bien, la voluntad se mueve a conseguir ese bien, eligiendo unos medios para conseguirlo y descartando otros. Se da por tanto la libertad de elección y la libertad de ejecución. Es libre quien es consecuente con lo que ha elegido y decidido previamente y no quien cambia continuamente y se hace entonces esclavo de aquello que le impide ser coherente con su elección primera.

La cultura tecno-líquida concibe la libertad en una forma muy diversa oponiéndose a las consecuencias del acto de la fe. Para el hombre tecno-líquido no hay nexos o lazos fuertes. Todo, entre las personas se deja, como leíamos antes en Josph Ratzinger, a la medida de su propio yo y de sus antojos. La persona tecno-líquida se constituye en el centro del universo, de su universo y por loa tanto no establece relaciones fijas ni estables con nada ni nadie, porque todo depende del momento, del antojo, del gusto. Todo depende del instinto o de la pasión del momento. El acto de la fe, por la estabilidad que comporta y por las consecuencias a largo plazo que conlleva, se opone en proporción directa a la pseudo-libertad proclamada por los tecno-líquidos. Todo lo que sujeta la libertad del momento, según ellos, es considerado como fundamentalista.

Una vez conocidos los principales aspectos que comporta el acto de fe y la forma en que la cultura tecno-líquida se opone a ella, podemos pasar a analizar específicamente el acto de fe en la persona de Jesucristo y las dificultades que ello conlleva en nuestros días.



PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL O TALLER EN EQUIPO

¿De qué manera puedo ponerme en contacto con la Palabra de Dios?
¿Cuáles pueden ser las mejores disposiciones para ponerme en contacto con la Palabra de Dios?
¿Qué entiendo yo por el corazón de una persona?
¿Por qué podemos caer fácilmente en un sentimiento religioso y no en un verdadero acto de fe?
¿Cuáles son los peligros de caer en un mero sentimiento religioso?
¿Cuáles son las falsas esperanzas en las que yo o la comunidad en la que vivo, hemos puesto nuestra esperanza de vida?
¿Puedo decir que esas esperanzas me llevan a vivir las realidades últimas de mi existencia o me hacen vivir rodeado sólo de sucedáneos de la esperanza?
¿Puedo decir que he hecho verdaderamente una experiencia de la Palabra porque me he dejado transformar por ella?
¿Qué obstáculos encuentro en mi persona que no me dejan transformarme en lo que me pide la Palabra?
¿Soy coherente en sociedad con la fe que profeso en privado?
¿Por qué me falta más coherencia para expresar mi fe en sociedad?
¿Qué aspectos de mi vida social tendría que cambiar para ser coherente con la fe que profeso?
¿Cómo ejercito mi libertad en el acto de fe?
¿Puedo decir que soy una persona verdaderamente libre o más bien esclava de mis pasiones, de mis gustos, de lo que el mundo me presenta a cada instante, traicionando de esa manera mi fe y mis convicciones?



NOTAS
1 “Una cultura meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no científica la pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves”. Benedicto XVI, Discursos, 12.9.2008.
2 “La religión del pueblo latinoamericano es expresión de la fe católica. Es un catolicismo popular, profundamente inculturado, que contiene la dimensión más valiosa de la cultura latinoamericana. Entre las expresiones de esta espiritualidad se cuentan: las fiestas patronales, las novenas, los rosarios, y via crucis, las procesiones, las danzas y los cánticos del folclore religioso, el cariño a los santos y a los ángeles, las promesas, las oraciones en familia”. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, documento final, Epiconsa – Paulinas, Lima 2007, nn. 258 y 259.
3 Benedicto XVI, Motu proprio Porta Fidei, 11.10.2011, n. 1. Por la belleza y claridad de la exposición, es conveniente que leamos el primer número de este documento, en dónde Benedico XVI nos hace un resumen de lo que es la fe. “«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor”.
4 Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei verbum, 18.11.1965, n. n. 25
5 “El Sínodo ha vuelto a insistir más de una vez en la exigencia de un acercamiento orante al texto sagrado como factor fundamental de la vida espiritual de todo creyente, en los diferentes ministerios y estados de vida, con particular referencia a la lectio divina.” Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum domini, 30.9.2010, n. 86.
6 Misal Romano, Ordenación de las lecturas de la Misa, 4 y 9.
7 “El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor”. Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 17.
8 Benedicto XVI, Motu proprio Porta Fidei, 11.10.2011, n. 10.
9 “Comenzamos indicando que, en el resquebrajamiento de las estructuras y seguridades antiguas, la actitud de fondo de los monjes era el quaerere Deum  –la búsqueda de Dios. Podríamos decir que ésta es la actitud verdaderamente filosófica: mirar más allá de las cosas penúltimas y lanzarse a la búsqueda de las últimas, las verdaderas. Quien se hacía monje, avanzaba por un camino largo y profundo, pero había encontrado ya la dirección: la Palabra de la Biblia en la que oía que hablaba el mismo Dios. Entonces debía tratar de comprenderle, para poder caminar hacia Él”. Benedicto XVI, Discursos, 12.9.2008.
10 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesiæ in Europa, 28.6.2003, n. 10.
11 Mihàly Szentmártoni. IN cammino verso Dio, Riflessioni psicologico – spirituali su alcune forme di esperienza religiosa, Edizioni San Paolo, Milano 1998, p. 46 – 47.
12 Catecismo de la Iglesia Católica, n.143
13 Benedicto XVI, Motu proprio Porta Fidei, 11.10.2011, n. 10.
14 Sa. Gregorio, Hom. 29 super Evang.: ML 76, 1214.
15 Antonio Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2008, p. 112 – 113.
16 De Sp. Sancto, 9, 23 (SCh 17,328) en Luis F. Ladaria, Teología del pecado original y de la gracia, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1993, p. 153 – 154.
17“Gracias a la inteligencia se da a todos, tanto creyentes como no creyentes, la posibilidad de alcanzar el « agua profunda » (cf. Pr 20, 5). Es verdad que en el antiguo Israel el conocimiento del mundo y de sus fenómenos no se alcanzaba por el camino de la abstracción, como para el filósofo jónico o el sabio egipcio. Menos aún, el buen israelita concebía el conocimiento con los parámetros propios de la época moderna, orientada principalmente a la división del saber. Sin embargo, el mundo bíblico ha hecho desembocar en el gran mar de la teoría del conocimiento su aportación original. ¿Cuál es ésta? La peculiaridad que distingue el texto bíblico consiste en la convicción de que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la razón y el de la fe. El mundo y todo lo que sucede en él, como también la historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver, analizar y juzgar con los medios propios de la razón, pero sin que la fe sea extraña en este proceso. Ésta no interviene para menospreciar la autonomía de la razón o para limitar su espacio de acción, sino sólo para hacer comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y actúa en estos acontecimientos. Así mismo, conocer a fondo el mundo y los acontecimientos de la historia no es posible sin confesar al mismo tiempo la fe en Dios que actúa en ellos. La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia. Una expresión del libro de los Proverbios es significativa a este respecto: « El corazón del hombre medita su camino, pero es el Señor quien asegura sus pasos » (16, 9). Es decir, el hombre con la luz de la razón sabe reconocer su camino, pero lo puede recorrer de forma libre, sin obstáculos y hasta el final, si con ánimo sincero fija su búsqueda en el horizonte de la fe. La razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios. No hay, pues, motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización”. Juan Pablo II, Encíclica Fides et ratio, 14.9.1998, nn. 16 y 17.
18 Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 1.
19 “Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación”. (Rom 10, 9 – 10).
20 Benedicto XVI, Motu proprio Porta Fidei, 11.10.2011, n. 10.
21 Josph Ratzinger, Homilía en la Misa pro eligendo Pontifice, 18.5.2005.
22 El acto de fe en la persona de Jesucristo lo explicaremos con mayor detenimiento en el siguiente capítulo.





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