La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: MIguel Guerra, L.C. | Fuente: Gama - Virtudes y Valores Míralo
No importa dónde ni de qué condición sea la gente, ni el material con que haya sido elaborada: madera o diamante, fierro o cerámica, la cruz de Cristo está presente en todas partes.
Míralo
No
pocos la miramos con frecuencia. La vemos en los dormitorios
de las casas, en la cima de algunas colinas y
montañas; colgada del espejo retrovisor de los automóviles, o en
calcomanías con alguna frase que invite a la reflexión. La
encontramos pendiendo de cadenas de oro y de plata, de
mecates o hilos corrientes atados al cuello. No importa dónde
ni de qué condición sea la gente, ni el material
con que haya sido elaborada: madera o diamante, fierro o
cerámica… La cruz de Cristo está presente en todas partes.
Así
la divisamos sobre las cúpulas de las catedrales, en la
parte más alta de los templos y campanarios, como conquistadora
de todos los tiempos. A veces pasamos la vista rápidamente
sobre ella, continuando con lo que traíamos en mente, tal
vez un proyecto o un pendiente. Al manejar estamos atentos
del tráfico, y cuando pasamos a lado de un accidentado,
con la mano derecha nos santiguamos y sobamos el crucifijo
que traemos colgando… pero, ¿lo hacemos conscientemente?, ¿nos hemos dado
el tiempo alguna vez de observarla detenidamente? Mírala bien.
Mira la
cruz; contempla al crucificado: los brazos extendidos y forzados al
punto de ser dislocados. Sus manos clavadas sin piedad a
cada lado. Manos que trabajaron arduamente en Nazaret por más
de treinta años; ellas curaron a mucha gente, expulsaron demonios,
alimentaron a muchedumbres, partieron el pan y repartieron los peces,
hasta la Última Cena en donde con ellas lavó los
pies sucios de los apóstoles, e hizo del pan su
Cuerpo y del vino su Sangre.
Admira a Jesús: su rostro
ensangrentado y desfigurado por tantos golpes recibidos antes de ser
crucificado. Contemplemos ese rostro que cautivó a los apóstoles cuando
los llamó a seguirle, e hizo de las gentes discípulos
de su palabra. Rostro que miró con bondad a la
adúltera a quien perdonó, y al leproso que sanó. Observa
su boca abierta ligeramente en señal de cansancio y fatiga.
Su lengua seca y pegada al paladar por la deshidratación
susurrando con ternura: “tengo sed”. Sus ojos, apenas entreabiertos, descargando
una mirada de misericordia sobre la entera humanidad que lo
cargó con su pecado.
Mira la cruz; contempla su cuerpo: debilitado
por tanto latigazo, con el costado abierto y sangrando, adolorido,
frágil y tembloroso. En ese cuerpo, Dios se encarnó por
nuestra redención, y en un acto infinito de misericordia lo
transformó en pan para quedarse con nosotros hasta la consumación
de los tiempos. Con ese cuerpo también resucitó lleno de
gloria y majestad, dejándonos como herencia la esperanza gozosa de
la vida eterna.
Mira a Cristo: sus pies taladrados por los
clavos que sostenían todo el peso de su cuerpo. Son
pies que nunca estuvieron inactivos, que recorrieron toda Galilea, Samaria
y Judea en busca de las ovejas perdidas de Israel.
Con ellos llegó a las multitudes y les habló de
la salvación; con ellos caminó sobre las aguas y nos
dejó el ejemplo de la exigencia requerida para ser su
misionero. Así llegó hasta el calvario, y todo el peso
de la cruz lo llevó con Él, sobre sus pies.
Mira
la cruz, y cuando la mires, no veas sólo ese
trozo de leño que fue hecho sin cuidado, que infunde
gran temor a los condenados a la crucifixión, y que
no tiene en sí valor alguno de no haber sido
por Cristo. Más bien míralo a Él. ¿Qué te dice?,
¿qué le preguntas?, ¿qué te responde?
Si te dice algo, es
porque lo has observado bien… y si no, míralo con
más atención y pregúntale a Dios qué hace ahí.
Ojalá que
de ahora en adelante, cada vez que nos encontremos con
una cruz, la veamos desde esta óptica, y digamos en
lo más íntimo de nuestro corazón: ¡Gracias, Señor!
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Sr. Miguel Guerra, recibi el articulo de Miralo. Me agrado mucho lo que dice y tiene razón, pocas veces me detengo a observar la cruz, pero de ahora en adelante lo harè con más atención y meditare.
Gracias por abrirnos, los ojos para que no solo veamos la cruz, sino que la observemos.
Cuidese mucho