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Autor: Benedicto XVI | Fuente: vatican.va Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2006
Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas
Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2006
El texto, fechado el 29 de septiembre de 2005, lleva
por título un versículo del Evangelio de San Mateo: "Al
ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas".
La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior
hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es
una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a
través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino
hacia la alegría intensa de la Pascua.
Incluso en el
"valle oscuro" del que habla el salmista mientras el tentador
nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria
en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene.
Efectivamente, hoy el Señor escucha también el grito de las
multitudes hambrientas de alegría, de paz y de amor. Como
en todas las épocas, se sienten abandonadas. Sin embargo, en
la desolación de la miseria, de la soledad, de la
violencia y del hambre, que afectan sin distinción a ancianos,
adultos y niños, Dios no permite que predomine la oscuridad
del horror.
En efecto, como escribió mi amado predecesor Juan
Pablo II, hay un "límite impuesto al mal por el
bien divino", y es la misericordia. En este sentido he
querido poner al inicio de este Mensaje la cita evangélica
según la cual Al ver Jesús a la gente se
compadecía de ellas. A este respecto deseo reflexionar sobre una
cuestión muy debatida en la actualidad: el problema del desarrollo.
La "mirada" conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre
los hombres y los pueblos, puesto que por el proyecto
divino todos están llamados a la salvación. Jesús, ante las
insidias que se oponen a este proyecto, se compadece de
las multitudes: las defiende de los lobos, aun a costa
de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las
multitudes y a cada uno, y los entrega al Padre,
ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación.
La Iglesia,
iluminada por esta verdad pascual, es consciente de que, para
promover un desarrollo integral, es necesario que nuestra "mirada" sobre
el hombre se asemeje a la de Cristo. En efecto,
de ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades
materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo,
las profundas necesidades de su corazón. Esto debe subrayarse con
mayor fuerza en nuestra época de grandes transformaciones, en la
que percibimos de manera cada vez más viva y urgente
nuestra responsabilidad ante los pobres del mundo. Ya mi venerado
predecesor, el Papa Pablo VI, identificaba los efectos del subdesarrollo
como un deterioro de humanidad. En este sentido, en la
encíclica Populorum progressio denunciaba las carencias materiales de los que
están privados del mínimo vital y las carencias morales de
los que están mutilados por el egoísmo... las estructuras opresoras
que provienen del abuso del tener o del abuso del
poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la
injusticia de las transacciones".
Como antídoto contra estos males, Pablo
VI no sólo sugería el aumento en la consideración de
la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu
de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad
de la paz, sino también el reconocimiento, por parte del
hombre, de los valores supremos y de Dios, que de
ellos es la fuente y el fin. En esta línea,
el Papa no dudaba en proponer especialmente, la fe, don
de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres,
y la unidad de la caridad de Cristo.
Por tanto,
la "mirada" de Cristo sobre la muchedumbre nos mueve a
afirmar los verdaderos contenidos de ese humanismo pleno que, según
el mismo Pablo VI, consiste en el desarrollo integral de
todo el hombre y de todos los hombres. Por eso,
la primera contribución que la Iglesia ofrece al desarrollo del
hombre y de los pueblos no se basa en medios
materiales ni en soluciones técnicas, sino en el anuncio de
la verdad de Cristo, que forma las conciencias y muestra
la auténtica dignidad de la persona y del trabajo, promoviendo
la creación de una cultura que responda verdaderamente a todos
los interrogantes del hombre.
Ante los terribles desafíos de la
pobreza de gran parte de la humanidad, la indiferencia y
el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste
intolerable frente a la mirada de Cristo. El ayuno y
la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone
de modo especial en el período de Cuaresma, son una
ocasión propicia para conformarnos con esa "mirada". Los ejemplos de
los santos y las numerosas experiencias misioneras que caracterizan la
historia de la Iglesia son indicaciones valiosas para sostener del
mejor modo posible el desarrollo.
Hoy, en el contexto de
la interdependencia global, se puede constatar que ningún proyecto económico,
social o político puede sustituir el don de uno mismo
a los demás en el que se expresa la caridad.
Quien actúa según esta lógica evangélica vive la fe como
amistad con el Dios encarnado y, como Él, se preocupa
por las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Lo mira
como un misterio inconmensurable, digno de infinito cuidado y atención.
Sabe que quien no da a Dios, da demasiado poco;
como decía a menudo la beata Teresa de Calcuta: la
primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo.
Por eso es preciso ayudar a descubrir a Dios en
el rostro misericordioso de Cristo: sin esta perspectiva, no se
construye una civilización sobre bases sólidas.
Gracias a hombres y
mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido en la Iglesia
muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales,
universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que
han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad
civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de
personas movidas por el mensaje evangélico. Estas obras indican un
camino para guiar aún hoy el mundo hacia una globalización
que ponga en el centro el verdadero bien del hombre
y, así, lleve a la paz auténtica.
Con la misma
compasión de Jesús por las muchedumbres, la Iglesia siente también
hoy que su tarea propia consiste en pedir a quien
tiene responsabilidades políticas y ejerce el poder económico y financiero
que promueva un desarrollo basado en el respeto de la
dignidad de todo hombre. Una prueba importante de este esfuerzo
será la efectiva libertad religiosa, entendida no sólo como posibilidad
de anunciar y celebrar a Cristo, sino también de contribuir
a la edificación de un mundo animado por la caridad.
En
este esfuerzo se inscribe también la consideración efectiva del papel
central que los auténticos valores religiosos desempeñan en la vida
del hombre, como respuesta a sus interrogantes más profundos y
como motivación ética respecto a sus responsabilidades personales y sociales.
Basándose en estos criterios, los cristianos deben aprender a valorar
también con sabiduría los programas de sus gobernantes.
No podemos
ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han
cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia,
ante problemas graves, han pensado que primero se debía mejorar
la tierra y después pensar en el cielo. La tentación
ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar
se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la
consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en
moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por eso,
mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con
razón: La tentación actual es la de reducir el cristianismo
a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del
vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado
una gradual secularización de la salvación, debido a lo cual
se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un
hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En
cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación
integral.
Teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo
mal que oprime al hombre, la Cuaresma nos quiere guiar
precisamente a esta salvación integral. Al dirigirnos al divino Maestro,
al convertirnos a Él, al experimentar su misericordia gracias al
sacramento de la Reconciliación, descubriremos una "mirada" que nos escruta
en lo más hondo y puede reanimar a las multitudes
y a cada uno de nosotros. Devuelve la confianza a
cuantos no se cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos
la perspectiva de la salvación eterna. Por tanto, aunque parezca
que domine el odio, el Señor no permite que falte
nunca el testimonio luminoso de su amor.
A María, "fuente
viva de esperanza", le encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que
nos lleve a su Hijo. A ella le encomiendo, en
particular, las muchedumbres que aún hoy, probadas por la pobreza,
invocan su ayuda, apoyo y comprensión. Con estos sentimientos, imparto
a todos de corazón una especial Bendición Apostólica.
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