La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: Vatican.ca Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2009
"Jesús, después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre"
Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2009
¡Queridos hermanos y hermanas!
Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que
constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia
nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que
la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor —la oración,
el ayuno y la limosna— para disponernos a celebrar mejor
la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder
de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta
los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los
caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae
la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón pascual). En mi
acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente
sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto,
la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que
el Señor vivió en el desierto antes de emprender su
misión pública. Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por
el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.
Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y
cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual
que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley
(cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar
al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús
orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio
fue un duro enfrentamiento con el tentador.
Podemos preguntarnos qué valor
y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de
algo que en sí mismo sería bueno y útil para
nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana
enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar
el pecado y todo lo que induce a él. Por
esto, en la historia de la salvación encontramos en más
de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las
primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al
hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De
cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de
la ciencia del bien y del mal no comerás, porque
el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn
2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que
“el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera
orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo
tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley
del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio:
PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus
consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece
como un medio para recuperar la amistad con el Señor.
Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de
vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al
pueblo reunido a ayunar “para humillarnos —dijo— delante de nuestro
Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su
favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de
Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se
arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo:
“A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se
aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9).
También en esa ocasión Dios vio sus obras y les
perdonó.
En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del
ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente
las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba
lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión
el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad
del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te
recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder
a Satanás, al término de los 40 días pasados en
el desierto, que “no solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de
Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como
finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad
del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán
desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol
de la ciencia del bien y del mal”, con el
ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en
su bondad y misericordia.
La práctica del ayuno está muy presente
en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21;
2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de
la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir
los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón
del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además,
una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas
las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el
alma de la oración, y la misericordia es la vida
del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna,
que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica
aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues
Dios presta oído a quien no cierra los suyos al
que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332).
En nuestros
días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un
poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en
una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el
valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio
cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar
físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una
“terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a
la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de
1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad
de colocar el ayuno en el contexto de la llamada
a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino
para aquél que lo amó y se entregó por él
y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I).
La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las
normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado
auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede
ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón
al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo
mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el
Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).
La práctica fiel del ayuno contribuye, además,
a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola
a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con
el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones
negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos”
(Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno,
escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone;
yo me castigo para que Él me socorra, para que
yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura”
(Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento
material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a
escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de
salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que
venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en
lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed
de Dios.
Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar
conciencia de la situación en la que viven muchos de
nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone
en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve
a su hermano que está necesitado y le cierra sus
entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?”
(3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el
estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al
hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al
escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás,
demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos
es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida
y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y
demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del
ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la
Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue,
desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en
la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm
15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar
a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había
recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que
redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico
cuaresmal.
Lo que he dicho muestra con gran claridad que el
ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para
luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos
por voluntad propia del placer del alimento y de otros
bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los
apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos
efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un
antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis,
cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus
in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras,
los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y
permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.
Queridos hermanos y hermanas, bien mirado
el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno
de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa
Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo
a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto,
que en cada familia y comunidad cristiana se valore la
Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y
para intensificar lo que alimenta el alma y la abre
al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en
un mayor empeño en la oración, en la lectio divina,
en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa
participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa
dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial
de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María,
Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por
liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que
se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”.
Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente
y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os
imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 11 de
diciembre de 2008
BENEDICTUS PP. XVI
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR