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Autor: + Rodrigo Aguilar Martínez, Obispo de Tehuacán | Fuente: Catholic.net Cuaresma en familia
Primer Domingo de Cuaresma y por otra parte es el Día Nacional de la Familia
Cuaresma en familia
Acabamos de vivir, el pasado miércoles, el Rito de la
Ceniza. Es importante que éste no sea un gesto aislado,
sino el inicio de un tiempo de gracia, el Tiempo
de la Cuaresma.
Pues bien, el próximo domingo tenemos dos celebraciones,
de origen muy diferente pero que se pueden armonizar: por
una parte es el primer Domingo de Cuaresma; por otra
parte es el Día Nacional de la Familia.
La familia es
el grupo primario donde hemos nacido y crecido. La familia
puede favorecer o entorpecer nuestro desarrollo, nuestra educación, según prevalezca
la integración o desintegración familiar. Una familia integrada, unida, en
que todos están pendientes unos de otros para ayudarse en
las diversas situaciones, es una familia que ayuda en la
educación de todos y cada uno; en cambio, una familia
desunida, desintegrada, que cada quien camina por su lado, con
constantes conflictos, es una familia que, por el contrario entorpece
y dificulta el desarrollo de la persona. En el VI
Encuentro Mundial de Familias, que tuvo lugar el pasado mes
de enero en la ciudad de México, reflexionábamos acerca de
la misión formadora de la familia en los valores humanos
y cristianos, lo cual podemos aplicar concretamente en la adecuada
vivencia de la cuaresma.
Pero hay factores que hacen remar contra
corriente en este sentido: Desde luego todos los signos de
desintegración familiar, de conflictos en la relación; a ello se
suma la valoración de lo individual –mis proyectos, mis derechos,
mi libertad-; el énfasis en lo material, en el placer;
la pérdida o la indiferencia del sentido de Dios; la
crisis económica que golpea y aturde. Sin embargo, no es
para desalentarnos, no hay familia perfecta, en la que no
haya ninguna situación negativa. Todos, en lo individual y familiar,
estamos en camino de desarrollo y mejoría.
La decisión de vivir
la cuaresma en familia es un apoyo valioso, pues no
lleva a hacer un alto en el camino para repensar
las decisiones y acciones. Dios no es ajeno a nuestra
vida, sino nuestro Creador y Padre; la Iglesia no es
la extorsionadora con ideas y prácticas superadas, sino la familia
de los hijos de Dios, de los hermanos de Cristo
Jesús; la cuaresma no es un tiempo anticuado y fastidioso,
de penitencias insulsas ya caducas, sino tiempo de gracia, de
revisión y conversión que nos lleva a la fiesta del
amor renovado.
Dios hizo buenas todas las cosas, especialmente al ser
humano –varón y mujer- los hizo “muy bien”, “a su
imagen y semejanza” y a quienes encomendó crecer y multiplicarse,
usando sabiamente de todo lo creado; pero Adán y Eva
sucumbieron a la tentación, queriendo ser como dioses. De ahí
que nosotros, como todo ser humano, nacemos y vivimos con
la inclinación a pecar. Pero Dios no nos abandonó, sino
que prometió enviar un Salvador. La Alianza que Dios estableció
con Noé, con Abrahám y sobre todo con Moisés, son
anuncio de la Alianza que realiza con nosotros por su
Hijo Jesucristo, quien para ello murió en la cruz y
resucitó, venciendo a la muerte.
Durante la cuaresma en familia, vamos
a ir viviendo estas diversas Alianzas de Dios con su
pueblo –especialmente los primeros domingos de cuaresma-, Alianzas que nos
llevan a la suprema Alianza de Jesucristo.
¿Qué podemos hacer en
familia para vivir la cuaresma? Muchas cosas, yo sugiero sólo
algunas:
1) Recuperar el sentido de un Dios que nos ama
como Creador y Padre, ante quien hemos de ser agradecidos.
Para ello cultivar constantemente la relación con Dios como Padre
Bueno; recitar muchas veces, con confianza, la oración que Jesús
nos enseñó, del “Padre nuestro”, disfrutándola, meditándola, practicándola. Cultivar la
actitud de ser agradecidos con Dios: por la vida que
nos concede, cada día como una novedad, el tener familia,
trabajo, el tener amigos, el poder ir saliendo adelante…
2) Recuperar el
sentido de nuestros pecados. Todos hemos pecado, reconocerlo es un
signo de valentía y humildad. Pero los reconocemos ante un
Dios que es lento para enojarse y generoso para perdonar,
clemente y compasivo. Ayuda saber pedir perdón y perdonar en
familia, lo cual no nos rebaja sino que nos ennoblece,
especialmente a los adultos, así los niños y los adolescentes
también aprenden a pedir perdón. Perdonar y pedir perdón en
familia, fortalece la cercanía y la confianza, que cada uno
se sepa digno y valioso.
3) Atrevernos a cultivar la actitud del
hijo pródigo, que se anima a regresar a la casa
paterna confiando en que su padre no lo rechazará. Promover
en la relación familiar a darnos tiempo para escucharnos, especialmente
escuchar a quien ha vivido una experiencia negativa y dolorosa.
También en familia, animarnos y prepararnos a la confesión individual,
especialmente en este tiempo de cuaresma.
4) Gozar la fiesta del
perdón y del reencuentro que Dios Padre organiza en beneficio
nuestro. El sacramento de la reconciliación es la delicia del
perdón que Dios nos regala; la Eucaristía es la fiesta
de Cristo Jesús que se ofrece en sacrificio a Dios
Padre y en banquete como Pan de vida eterna a
nosotros.
Los valores que implican estas actitudes, han de ir siendo
cultivados desde la más tierna infancia, con la convicción de
que nosotros los hemos experimentado y hemos gozado de sus
frutos y ahora anhelamos que los pequeños y los jóvenes
los vivan también. Tengamos en cuenta que los hábitos se
forman a través de frecuentes conductas. Los buenos hábitos no
son sólo fruto de estudio y reflexión, sino sobre todo
fruto de obras buenas que se aman, de esta manera
se convierten en convicciones que se expresan en los muy
variados momentos de la vida, alegres o adversos.
De esta manera
la penitencia cuaresmal –incrementando la oración, el ayuno y la
limosna- no es la fatiga de algo molesto y cansado,
sino el baño saludable que nos regenera en la condición
de hijos de Dios. La Cuaresma, así, nos lleva al
gozo de la Pascua, para compartir el paso de Cristo:
del dolor de la muerte en la Cruz a la
alegría de su resurrección.
+ Rodrigo Aguilar Martínez Obispo de Tehuacán
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