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Autor: Teresa Fernández | Fuente: Catholic.net Tiempo Pascual
Los cincuenta días que van desde el domingo de resurrección hasta el domingo de pentecostés
Tiempo Pascual
El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta
más importante para todos los católicos, ya que con la
Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión.
Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió
las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de
una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio
Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que
permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús
sube al Cielo.
La Resurrección de Jesús es un hecho histórico,
cuyas pruebas entre otras, son el sepulcro vacío y las
numerosas apariciones de Jesucristo a sus apóstoles.
Cuando celebramos la Resurrección
de Cristo, estamos celebrando también nuestra propia liberación. Celebramos la
derrota del pecado y de la muerte.
En la resurrección encontramos
la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo
y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos
puede preocupar?
Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues
podemos estar seguros de que, después de una corta vida
en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una
vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios
para siempre.
San Pablo nos dice: “Si Cristo
no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe” (I Corintios 15,14)
Si
Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el
aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que
fuera realmente Dios.
Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que
venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús
es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó
para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda
nuestra vida adquiere sentido.
La Resurrección es fuente de profunda
alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir
más con caras tristes. Debemos tener cara de resucitados, demostrar
al mundo nuestra alegría porque Jesús ha vencido a la
muerte.
La Resurrección es una luz para los hombres y cada
cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres
haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio
de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.
Debemos estar
verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En
este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas
las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra
fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo.
Con
el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual, en el
que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles
antes de subir a los cielos, durante la fiesta de
la Ascensión.
¿Cómo se celebra el Domingo de Pascua?
Se celebra
con una Misa solemne en la cual se enciende el
cirio pascual, que simboliza a Cristo resucitado, luz de todas
las gentes. En algunos lugares, muy de mañana, se lleva a
cabo una procesión que se llama “del encuentro”. En ésta,
un grupo de personas llevan la imagen de la Virgen
y se encuentran con otro grupo de personas que llevan
la imagen de Jesús resucitado, como símbolo de la alegría
de ver vivo al Señor.
En algunos países, se acostumbra
celebrar la alegría de la Resurrección escondiendo dulces en los
jardines para que los niños pequeños los encuentren, con base
en la leyenda del “conejo de pascua”.
La costumbre
más extendida alrededor del mundo, para celebrar la Pascua, es
la regalar huevos de dulce o chocolate a los
niños y a los amigos.
A veces, ambas tradiciones se combinan
y así, el buscar los huevitos escondidos simboliza la
búsqueda de todo cristiano de Cristo resucitado.
La tradición de los
“huevos de Pascua”
El origen de esta costumbre viene de los
antiguos egipcios, quienes acostumbraban regalarse en ocasiones especiales, huevos decorados
por ellos mismos. Los decoraban con pinturas que sacaban de
las plantas y el mejor regalo era el huevo que
estuviera mejor pintado. Ellos los ponían como adornos en sus
casas.
Cuando Jesús se fue al cielo después de resucitar, los
primeros cristianos fijaron una época del año, la Cuaresma, cuarenta
días antes de la fiesta de Pascua, en la que
todos los cristianos debían hacer sacrificios para limpiar su alma.
Uno de estos sacrificios era no comer huevo durante la
Cuaresma. Entonces, el día de Pascua, salían de sus casas
con canastas de huevos para regalar a los demás cristianos.
Todos se ponían muy contentos, pues con los huevos recordaban
que estaban festejando la Pascua, la Resurrección de Jesús.
Uno de
estos primeros cristianos, se acordó un día de Pascua, de
lo que hacían los egipcios y se le ocurrió pintar
los huevos que iba a regalar. A los demás cristianos
les encantó la idea y la imitaron. Desde entonces, se
regalan huevos de colores en Pascua para recordar que Jesús
resucitó. Poco a poco, otros cristianos tuvieron nuevas ideas, como hacer
huevos de chocolate y de dulce para regalar en Pascua.
Son esos los que regalamos hoy en día.
Leyenda del “conejo
de Pascua”
Su origen se remonta a las fiestas
anglosajonas pre-cristianas, cuando el conejo era el símbolo de la
fertilidad asociado a la diosa Eastre, a quien se le
dedicaba el mes de abril. Progresivamente, se fue incluyendo esta
imagen del conejo a la Semana Santa y, a partir
del siglo XIX, se empezaron a fabricar en Alemania, conejos
y huevos de chocolate y azúcar para regalar en la
Pascua.
Esto dio origen a una muy curiosa leyenda, cuento o
fábula, que se ha ido transmitiendo de generación en generación:
Es
el cuento de un conejo que vivía en el sepulcro
que pertenecía a José de Arimatea, donde depositaron el cuerpo
de Jesús, después de su muerte en la cruz.
El conejo, que estaba presente cuando lo sepultaron, vio cómo
la gente lloraba y estaba triste porque Jesús había muerto.
La
leyenda cuenta que el conejo se quedó ahí dentro cuando
pusieron la piedra que cerró la entrada, mirando el cuerpo
de Jesús y preguntándose quien sería ese Señor a quien
querían tanto todas las personas. Pasó todo un día y
toda una noche mirándolo, cuando de pronto, Jesús se
levantó y dobló las sábanas con las que lo habían
envuelto. Un ángel quitó la piedra que tapaba la entrada
y Jesús salió de la cueva ¡más vivo que nunca!
El
conejo entonces comprendió que Jesús era el Hijo de Dios
y pensó que tenía que avisar al mundo y a
todas las personas que lloraban, que ya no tenían que
estar tristes, pues Jesús no estaba muerto, sino que
había resucitado.
Pero como los conejos no pueden hablar, se le
ocurrió que si les llevaba un huevo, símbolo de la
vida, los hombres entenderían el mensaje de resurrección y alegría.
Desde
entonces, cuenta la leyenda, el conejo sale cada Domingo de
Pascua a dejar huevos de colores en todas las casas
para recordarle al mundo que Jesús resucitó y hay que
vivir alegres.
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