¿Qué son los cantorales del scriptorium del Monasterio de
Santa Fe?
En el ámbito de los trabajos de investigación (1)
que se están llevando a cabo sobre los fondos musicales
en Aragón, presentamos (2) hoy un corpus del repertorio cisterciense,
un conjunto de códices de especial importancia no sólo para
el estudio de los repertorios litúrgico-musicales utilizados en Aragón a
lo largo de los siglos, sino también para su estudio
en otras Congregaciones Cistercienses del resto de España.
El Císter,
en efecto, aparece muy pronto en Aragón (3) con la
fundación de Santa María de Veruela (Zaragoza), en 1146. Le
seguirán las abadías de Piedra, en 1194, y de Rueda,
en 1202, así como los monasterios femeninos de Casbas y
Santa Lucía, y otros. Pero el que más interesa a
nuestro propósito es el Real Monasterio Cisterciense de Santa Fe,
de cuyo scriptorium proceden los códices en cuestión, custodiados hoy,
por azares del destino, en la Cartuja "Aula Dei" de
Zaragoza (4).
PROCEDENCIA De cómo llegaron estos cantorales a la
biblioteca de la Cartuja "Aula Dei" conocemos lo esencial. En
el año 1835, este conjunto de libros tuvo la suerte
de salvarse del exilio y del despojo que siguió a
la Desamortización. Fueron, de hecho, a parar al Seminario de
San Carlos de Zaragoza, junto con otros de la Cartuja
y de otras órdenes religiosas. Cuando, en 1903, los Cartujos,
expulsados a su vez de Francia, pudieron regresar a su
Monasterio en tierras aragonesas, el Seminario les hizo entrega de
los Cantorales propios de su Orden así como los del
Císter.
En efecto, aparte de otros interesantes manuscritos y de
los libros litúrgicos propios de la Orden Cartujana, de los
que se hablará en un estudio aparte, al punto me
llamó poderosamente la atención una colección de 30 magníficos cantorales,
al parecer de la liturgia cisterciense, celosamente custodiados por esta
Comunidad. Se trata de un conjunto que abarca el año
litúrgico casi en su totalidad. Todos tienen, como más adelante
se verá, la misma procedencia: el scriptorium del hoy desaparecido
Real Monasterio de Santa Fe (5), de la Orden del
Císter, situado en la ribera izquierda del río Huerva, cerca
de Cuarte y Cadrete, no muy lejos de la ciudad
de Zaragoza. Fue fundado en 1223 por Miguel Zapata, quien
previamente había tenido en esos dominios un castillo. Se unió
al Císter aragonés en 1616. Sufrió saqueos en la guerra
de la Independencia y fue abandonado en 1835, como consecuencia
de la Desamortización.
CONTENIDO Uno de los principales valores de
este conjunto de cantorales consiste en que transmite un repertorio,
el cisterciense, casi completo, y de la misma época. No
es difícil hallar códices aislados o en grupo, y, en
su caso, fragmentos de la misma tradición. Sin embargo, el
hecho de que nuestro corpus transmita prácticamente todo el repertorio
cantable y que, además, todos sus elementos sean contemporáneos, le
añade una especial significación. (...)
La notación que aparece en
todos los cantorales es la conocida como cuadrada gregoriana, sobre
tetragrama. Todavía se mantiene en ella la concepción neumática, y
no se aprecia disgregación del neuma, que muy pronto aparecerá
por todos sitios. Básicamente, en un estudio comparativo con las
fuentes primeras, San Galo y Laon, se aprecia la correspondencia
entre ambas escrituras, con las salvedades de las distintas reformas
cistercienses de que hablaremos más adelante.
Encontramos todos los neumas
propios de la grafía gregoriana: punctum, virga, clivis, pes, torculus,
porrectus, scandicus, climacus, y sus desarrollos. En esto se apartan
de las ediciones inmediatamente posteriores, donde el neuma desaparece en
beneficio de una escritura plana, en la que es difícil
percibir la intencionalidad rítmica del escritor. Todavía se percibe en
estos cantorales los agrupamientos neumáticos, o dicho de otro modo,
el corte neumático, base de toda la rítmica gregoriana. Es
éste un dato importante por cuanto ya en la misma
época, en otros sitios el canto gregoriano se iba reduciendo
a la yuxtaposición y sucesión de notas sueltas. Se diría,
por todos estos datos y otros, que se trata de
una copia de códices anteriores.
Hay, además, un elemento interesante,
que denota la influencia tridentina (10), aunque sea de una
mano posterior. En algunos de los cantorales, por ejemplo en
el número 25, correspondiente a las misas de Jueves Santo,
Viernes Santo, etc., una mano ha mutilado brutalmente los melismas
prolijos. Ha raspado la tinta, aunque todavía es perceptible el
diseño original porque la mancha permanece perfectamente visible. De este
modo, lo que antes constituía una pieza melismática, se ha
convertido en una pieza semiadornada, o en algunos casos, silábica.
En cuanto al uso de las tintas, los copistas utilizan
los colores negro y rojo para el cuerpo de escritura
y notación, respectivamente. Y el morado y sepia para el
relleno de algunas letras más destacadas
Hay, además, en los
cantorales gran profusión de páginas ricamente iluminadas, de letras iniciales,
algunas de ellas de gran belleza. Varias de ellas ocupan
el folio entero, como en el cantoral nº 17 (fol.
1r y 41r), con un formato de 88 x 64,
o en los n’ 23, 24 y 25, con un
formato de 83 x 60. Los autores parecen ser varios,
aunque hay una única concepción y, parece, una sola dirección.
Varias de ellas consisten en trabajos caligráficos de extrema perfección,
lo que supone un empleo larguísimo del tiempo y una
paciencia realmente "benedictina" (no 22 y 27). Unas son pinturas
al óleo (no 2, 17 y 2 l); otras son
acuarelas (no 9, 18 y 19), y otras son mezclas.
ORIGEN Se ha dicho ya que de su análisis se
desprende que proceden del Scriptorium del Real Monasterio de Santa
Fe. Sin embargo, lo que es cierto para la mayoría
no lo era tan claro, en un primer momento, para
5 de ellos. Así, los registrados con los números 1
al 5 omiten algunos salmos en los Nocturnos. Son los
mismos que omite la Orden de los Cartujos: salmos 35
y 42, en la feria II; 50 y 56, en
la feria III, etc. Esto hacía sospechar, en un primer
momento, que estos cinco cantorales pertenecían a la liturgia cartujana.
Sin embargo, varios elementos nos inclinan a pensar lo contrario:
- los versículos de Maitines y Laudes, así como el
número de alleluia de las antífonas del tiempo pascual, son
distintos al repertorio cartujano;
- los responsorios de Laudes y
Vísperas se cantan siempre como los responsorios prolijos;
- las
antífonas de Prima de los días feriales tienen notación musical;
- contienen también el Oficio de Completas.
Para dilucidarlo se
ha consultado un breviario antiguo cisterciense (11). En él, los
salmos de Maitines que se omiten en el Císter, también
se omiten en la Cartuja. Pero en los Cantorales del
Císter aparecen citados para que se busquen en otra parte
del mismo libro (para el salmo 35, remite a Laudes
de la misma Feria; para los salmos 42 y 56,
remite a Laudes de la Feria IV, etc.)
El contraste
de éste y otros elementos hacen pensar, con un grado
de probabilidad bastante alto, que estos 5 cantorales pertenecen también
al Scriptorium del Real Monasterio de Santa Fe, aunque de
fecha anterior.
Los cantorales restantes no ofrecen duda alguna sobre
su procedencia (12).
DATACIÓN De los datos que se desprenden
de su estudio codicológico y paleográfico, y según consta en
una inscripción del cantoral registrado con el no. 19, en
su folio 44r, son del "año 1616" fecha en la
que el Monasterio se unía a la Congregación Cisterciense de
Aragón (13).
LA TRADICIÓN LITÚRGICA DEL CÍSTER Los primeros cistercienses,
de finales del siglo XI y comienzos del XII, querían
seguir en todo la Regla de san Benito, huyendo de
los excesos de Cluny, donde cada día se cantaban 215
salmos, en vez de los 40 prescritos por la Regla.
Su reforma (14) iba en el sentido de la simplicidad,
palabra que se repetirá, una y otra vez, a propósito
de canto y de la liturgia.
En el pensamiento de
Esteban Harding, tercer abad del Císter, para recuperar la pureza
original del canto de la Iglesia, había que volver al
rito romano. Y así envió a sus chantres a Metz
(15). Esta ciudad había sido, en el siglo IX, uno
de los principales centros de difusión del canto romano en
el imperio carolingio. Esta versión mesina del canto se mantuvo
hasta la muerte de Esteban, en 1134. A su muerte,
los cistercienses quisieron refundir el repertorio litúrgico, revisando sistemáticamente cada
pieza según los criterios establecidos por la teoría. Una teoría
que había que elaborar para ello.
Esta reforma, cuyo principal
protagonista fue Guy d’Eu, tenía como base el canto gregoriano
y abarcaba dos aspectos fundamentales:
A) Ordenación musical, referente sobre
todo al modo de cada una de las piezas y
a sus características básicas:
- La ornamentación superflua y los
giros extraños quedaban excluidos. - La modalidad debía aparecer claramente
en cada pieza, sin ambigüedad ni mezcla de modos. -
En el interior de un modo, cada grado de la
escala sonora debía ocupar su rango jerárquico, gracias al cual
podía desenvolverse correctamente el discurso sonoro. De todo ello se
seguía una presencia exagerada de los grados principales, que manifestaban
de este modo su función polarizante en el desarrollo de
la obra. - El ámbito de cada modo no podía
sobrepasar los límites establecidos en la teoría.
B) Ordenación litúrgico,
en cuanto al uso de algunas de las formas musicales:
- Los cistercienses querían cantar el alleluia hasta Cuaresma, a
pesar de lo dispuesto en el sínodo de Aquisgrán en
816, que pedía omitirlo desde septuagésima. De igual modo suprimieron
oraciones, letanías, versículos, procesiones, sufragios de los santos, e incluso
de la Virgen María. - Los cistercienses, según les reprocha
Abelardo, abandonan la costumbre de los monjes para ajustarse, en
el Oficio de los 3 últimos días de Semana Santa,
a la práctica de la iglesia occidental, la cual celebraba
dichos Oficios según una fórmula arcaica muy extendida. Los cistercienses
se contentaron con celebrar dichos días como ferias ordinarias. -
La elección de los himnos. La Regla habla de ambrosiano
a propósito del himno de Vigilias (16), Laudes (17) y
Vísperas (18). Para los cistercienses eso significaba que se trataba
de un himno compuesto por san Ambrosio. Fueron a Milán
a investigar qué himnos eran esos. El resultado fue una
reforma un tanto singular del himnario que trajeron de Molesme.
A lo largo del año sólo utilizaban veintiséis, con melodías
distintas a las que se solían cantar en Francia. Así
desde el 1 de enero al 31 de diciembre, ya
fuera Navidad, Pascua, Todos los Santos, Viernes Santo o Feria
de Cuaresma, los cistercienses cantaban incansablemente, como en Milán, un
único himno Aeterne rerum conditor, suprimiendo himnos tan tradicionales como
Vexilla regis o Ave Maris Stella.
Pero hay una segunda
reforma, vinculada a san Bernardo, y que fue llevada a
cabo en la Orden Cisterciense entre 1142 y 1147. El
mismo san Bernardo escribía: Entonces yo mismo convoqué a algunos
hermanos nuestros, especialistas y diestros en el arte y ejecución
del canto, y de entre tantas y tan variadas cuestiones
y soluciones resultó el nuevo antifonario. Este volumen que presentamos
es, a nuestro parecer, perfecto en texto y en notación.
Cualquier cantor, si es versado en su arte, lo comprobará
(19).
Y así fue. La reforma incluía una selección de
himnos más variada. Para las Horas Menores, se pudo elegir
el himno no en función de la hora sino de
la Fiesta o del Tiempo Litúrgico, dando un resultado bastante
atípico. Por eso se cantó, durante el tiempo de Pasión,
Vexilla regis en Tercia y Crux fidelis en Completas.
En
cuanto al antifonario, se realizaron muchas reformas melódicas, según la
teoría del canto cisterciense, aunque en realidad, todo el esfuerzo
se limitó simplemente a ajustar las melodías de Metz a
las líneas maestras del repertorio común. Las revisiones corrigieron muchas
repeticiones del repertorio anterior. También se añadió un importante número
de textos nuevos y melodías nuevas. Quizá lo más típico
del nuevo material introducido fuera la Salve Regina, y la
serie de antífonas destinadas a varios oficios nocturnos de la
Virgen, inspiradas en el Cantar de los Cantares.
Finalmente, entre
1180 y 1182 se produjo una nueva revisión del común
del leccionario nocturno, se reorganizaron los domingos de después de
Epifanía, y se purgaron 48 misas que se celebraban en
honor de varios santos, que disfrutaban de conmemoración en Laudes
y Vísperas.
Varios siglos después, en 1783, Agustín Vázquez, en
su Ilustración apologético al Breviario, Misal y Ritual Cisterciense de
la Congregación de San Bernardo en los reinos de Castilla
(20) afirma que, en cuanto al misal, no se ha
producido ninguna innovación, aparte de algunas antífonas, responsorios y colectas
de oficios particulares.
El Liber usuum o Consuetudines, obra de
san Bernardo y de san Esteban, se conservó en su
integridad hasta el siglo XVII. Prueba de ello es otro
Liber usuum muy posterior (21), que, en un análisis comparativo,
resulta idéntico al de los primeros cistercienses.
En fechas no
muy lejanas a la mencionada, 1649, los Cistercienses de la
Congregación de Castilla editaron el Liber Processionarius Sacti Ordinis Cisterciensis,
en cuyo prefacio se explicaban los motivos de las transformaciones
introducidas en un canto que "por su suavidad, facilidad, brevedad
y dulzura favorecería la gravedad de las procesiones y la
edificación del alma". La reforma, en realidad, iba en la
línea decadente que se generalizaría por todas partes, bajo la
influencia del Concilio de Trento (22).
CONCLUSIÓN El siglo XVII,
época de profundos cambios en la liturgia occidental, tiene una
influencia menor en el repertorio cisterciense, tal como aparece reflejado
en los cantorales estudiados. Hasta este siglo, el peso de
la tradición monástico del legado recibido por los antepasados es
aún tan fuerte que el mundo cisterciense se resiste a
abandonar unos usos que consideran profundamente enraizados en el mismo
origen del canto gregoriano. Y así, hasta este scriptorium del
Real Monasterio Cisterciense de Santa Fe llega, básicamente igual, la
reforma emprendida por los primeros cistercienses respecto a la ornamentación
superflua y los giros extraños que quedaban excluidos; a la
modalidad, que debía aparecer claramente en cada pieza; y al
ámbito de cada modo, que no debía sobrepasar los límites
impuestos.
La búsqueda de las fuentes primeras del canto litúrgico,
tal como aparece formulado en el siglo VI por san
Benito, conducirá finalmente a un repertorio reelaborado, el conocido como
cisterciense. Y es el mismo san Bernardo quien, en el
Prefacio al antifonario cisterciense, ofrece la razón última de estos
cambios: "En muchos sitios del antiguo antifonario hemos descubierto un
texto tan relajado y disoluto que, corrompido por tantos errores
o cuentos apócrifos, provocaba abultamiento y disgusto en sus lectores;
y los novicios, instruidos en la disciplina eclesiástica, tomaban aversión
al texto y a las melodías del antifonario, desdeñaban su
estudio, y no aportaban ya a las alabanzas divinas sino
indolencia y desidia (23).
Este es, en definitiva, el repertorio
que nos ha llegado a través de los cantorales del
Real Monasterio Cisterciense de Santa Fe (Zaragoza), testigo mudo de
siglos de búsquedas y vivencias.
Santa Fe: ms. 1 al
15 Santa Fe: ms. 16 al 30
Más detalles sobre
los códices de Santa Fe en la página web de
Amigos del Canto Gregoriano
NOTAS
1. La Cátedra de
Música Medieval Aragonesa, de la Institución ’Fernando el Católico" (C.S.I.C.),
está llevando a cabo, entre otros trabajos, dos importantes proyectos,
denominados: A) Proyecto ’Códices". B) Proyecto "Fragmentos’. En ambos casos
se trata de estudiar (catalogar, cotejar, analizar y, en su
caso, transcribir) toda la música medieval conservada en Aragón, sea
en forma de códices o de fragmentos. El formato de
trabajo utilizado es el CD ROM, cuyo diseño permite posteriormente
su estudio detenido con los medios informáticos y, en su
momento, su consulta a través de las redes informáticas de
comunicación, dada la dificultad de acceso a muchos de los
archivos y bibliotecas donde se encuentran depositados. 2. El objetivo
del presente trabajo es dar a conocer la existencia de
este corpus cisterciense, enmarcándolo en su contexto. No se trata,
pues, de un estudio definitivo, con resultados científicos, algo que
se hará en una segunda fase desde la Cátedra de
Música Medieval Aragonesa. 3. Acerca del nacimiento del Císter y
de su implantación en España, véase Alejandro MASSOLIIVER: Historia del
Monacato cristiano. II. De san Gregorio Magno hasta el siglo
XVIII. Ediciones Encuentro: Madrid, 1994; pp. 88ss. Sobre la implantación
en Aragón, AA.VV.: El Císter. órdenes religiosas zaragozanas. Institución "Fernando
el Católico". Excma. Diputación de Zaragoza: Zaragoza, 1987. Desde otro
punto de vista, puede leerse el reciente libro de Agustín
UBIETO, Leyendas para una historia paralela del Aragón Medieval. Institución
’Fernando el Católico". Excma. Diputación de Zaragoza: Zaragoza, 1998. 4.
Desde aquí quiero agradecer a Dom Carlos, Prior de la
Cartuja "Aula Dei", su confianza al pedir mi colaboración para
iniciar en el Canto Gregoriano a las jóvenes vocaciones del
monasterio. Fue así cómo entré en contacto con su rica
biblioteca, en la que "descubrí" este hermoso patrimonio musical. 5.
A lo largo de su historia, esta comunidad dio una
amplia lista de sabios y estudiosos en las diferentes ramas
del saber: Catedráticos en la Universidad de Huesca, Académicos de
las Artes y de la Lengua, Teólogos, Canonistas, especialistas en
Medicina Natural, etc. Entre los historiadores cabe destacar a fr.
Gualberto Fabricio de Bagdad (1499), quien, en el siglo X-V,
publicó Crónica del reino de Aragón, La esclarecida Crónica de
los muy altos y muy poderosos Príncipes y reyes cristianísimos
de los siempre constantes fidelísimos Reynos de Sobrarve, de Aragón,
y de Valencia y otros". Este monje, en efecto, obtuvo
el título oficial de cronista mayor del rey don Fernando.
Fueron varios diputados quienes le encargaron la obra citada, para
la que tuvo que recorrer archivos como S. Juan de
la Peña, San Victorián, Montearagón, Poblet y otros. Es cierto
que Lanuza, Carrillo y Juan de Molina pretendieron rebajar el
mérito de esta obra. Sin embargo, el cronista fray Jerónimo
de San José opina que "está trabajada con harto cuidado
y crédito por su mucha antigüedad, originales noticias y muchos
trozos excelentes que se hallan en ella. En efecto, su
mérito fue bastante para obligar a verterla en latín a
Micer García de Santa María, célebre literato, por cuyo trabajo
se hizo digno de recomendación de Zurita en los "Anales
de Aragón". Este mismo autor compuso asimismo, entre otras obras,
una historia sobre la Virgen del Pilar. Fr. Bartolomé Ponce
de León (s. XVI), escribió una biografía de don Pedro
de Aosta, obispo de Osma, y, en 1581, Clara Diana,
aplicación del concepto de belleza femenina a la Virgen. Fr.
Juan Crisóstomo Oloriz y Nadal (1711-1783), por su lado, pertenecía
a la clase más distinguida de Zaragoza y entró muy
joven en Santa Fe. Su sabiduría le llevó muy pronto
a las cátedras de la Universidad de Huesca, donde el
Císter tenía un colegio mayor para sus estudiantes. En 1737
la Real Academia le nombró Académico, y en 1739 se
le nombró calificador del Santo Oficio en el Reino de
Aragón. Fr. Isidoro Francisco Andrés (1708-1785), maestro en teología, Académico
de La Lengua Española, predicador del rey...
(Las NOTAS 6
a 9, están en la página de CONTENIDO).
10. En
lo que concierne a la liturgia y a la música,
la época tridentina y postridentina influirá considerablemente en la concepción
humanista. Ya desde 1575, el papa Gregorio XIII proyectaba la
edición de libros de canto gregoriano. Y el 25 de
octubre de 1577 encarga a Palestrina y a Zoilo "purgare",
"cortigere", "reformare’ el canto gregoriano. Se tratará de transformar el
canto gregoriano: la modalidad, la simplificación de las melodías litúrgicas
tradicionales, el lugar de los acentos en el texto. Las
nuevas ediciones que ven la luz a partir de Trento
abren el camino: al tratamiento libre de las melodías tradicionales;
a composiciones nuevas; a modificaciones: cortes de melismas, discursos rimados,
alteraciones, etc. Véase al respecto Edith WEBER: L-- Concile de
Trente et la musique. De la Réforme a la Contre-Réforme.
Librairie Honoré Champion: París, 1982. 11. Anexo de la biblioteca
de la Cartuja ’Aula Dei", n. 80. 12. Queda todavía
por determinar, como se ha dicho, la ’familia" de procedencia
de estos cantorales. En Berlín, Besançon, Cambridge, Grande-Chartreuse, Graz, Colonia,
Mainz, Metz, Montpellier, Oxford, París, Rouen, Troyes y el Vaticano,
entre otros, se encuentran códices de la liturgia cisterciense, de
primera época, que podrán completar toda la información que desearíamos
acerca del corpus de Santa Fe. 13. La idea de
formar una Congregación se había ido gestando a ritmo lento
entre los monasterios de la Corona de Aragón. Ya en
el año 1536 se reunía un Capítulo Provincial en Zaragoza,
al que se convocaba a todos los abades de la
península, aunque sólo acudieron los de Aragón y Navarra. Este
Capítulo fue el primer esbozo de la futura Congregación. También
el rey, Felipe II, quería la reforma de los monasterios
de Aragón, y para ello acudió al abad del Císter
con el fin de que nombrara comisario de la misma
al abad de Poblet. El 22 de febrero de 1603,
el papa Clemente VIII faculta al abad del Císter, Dom
Edmundo de la Cruz, a visitar los monasterios de la
Corona de Aragón, y el mismo Papa pide al rey
de España, Felipe III, que le reciba benévolamente. Su petición
fue en vano, pues el monarca era contrario al proyecto.
Poco después el nuevo abad de Císter, Nicolás Boucherat, convoca
un nuevo Capítulo en Zaragoza para la erección de la
Congregación, e informa de ello al rey. Esta asamblea se
reunió en Zaragoza el 27 de enero de 1613, bajo
la presidencia del arzobispo de la Ciudad, Pedro Manrique de
Lara. En ella se propuso la formación de una Congregación
con los monasterios de Aragón, Valencia, Mallorca y Cataluña, proposición
que fue aceptada. Paulo V la confirmó en su Breve
del 19 de abril de 1616. El documento expone, en
primer lugar, el motivo de la erección, que es procurar
la salud y la paz en los monasterios por medio
de la reforma necesaria. Al año siguiente, 1617, del 12
de febrero al 9 de marzo, se celebraba el primer
Capítulo Provincial de la Congregación en la ciudad de Zaragoza.
Con sus decisiones, acuerdos y determinaciones comenzó oficialmente su vida
la Congregación de Aragón. El Monasterio de Santa Fe aportará
también su experiencia a la nueva Congregación, proveyéndola de Vicarios
Generales a partir de 1652, con fr. José Corredor, Abad,
quien repetirá en 1672. Posteriormente, en 1733 será fr. Cristóbal
Ponte; en 1765, fr. Nicolás Catalán; y en 178 1,
fr. Martín Benedicto. 14. Véase al respecto la interesante obra
de Claire MAîTRE: La réforme cistercienne du plain-chant. Étude d’un
traité théorique. Citeaux. Studia et documenta. Volume VI: Brecht, 1995.
15. Ciudad que, como se sabe, dio nombre a una
de las notaciones musicales más conocidas (metense o mesina). 16.
Inde sequatur ambrosianum. Regla de san Benito, cap. 9. Edición
de García M. COLOMBÁS e lñaki ARANGUREN. B.A.C.: Madrid, 1979,
p. 101. 17. Et responsorium, ambrosianum, versus... op. cit., p.
105. 18. ...hymnus eiusdem horae post versum... op. cit., p.
109. 19. Obras Completas. B.A.C.: Madrid, 1984, tomo II, p.
591. 20. Impreso en Madrid en 1783. 21. Impreso en
París en 1643. 22. En lo que concierne al Císter,
el primer Capitulo General que se tuvo después de la
clausura del Concilio de Trento, el 21 de mayo de
1565, con 23 abades, trató de promover inmediatamente la aplicación
de los decretos tridentinos. Algunos abades fueron encargados de visitar
y reformar todos los monasterios de Francia, Italia, España. Poco
después, y respondiendo a una indicación de san Pío V,
el cardenal Jerónimo de la Souchiére, abad de Claraval y
postulado como abad del Cister, publicó el 1 de abril
de 1570 una lista de ’Ordenaciones’ en el espíritu del
Concilio de Trento. Sin embargo, los Capítulos Generales de 1601
y 1609 lucharon contra esta tendencia. En este último se
mandó reimprimir al comienzo del Misal el Liber Usuum, así
como un Ordinarium de 1515. Asimismo se publico un Ritus
servandus iuxta Ordinis consuetudinem y se suprimió la autorización de
utilizar el rito romano para la misa privada, otorgada en
1605. No obstante, las reformas animadas por el Concilio de
Trento se fueron abriendo camino y entraron finalmente en la
Orden Cisterciense. Pero hubo excepciones: la Congregación italiana adoptó el
misal romano y el breviario monástico de Paulo V. Algunos
monasterios italianos de la Común Observancia conservaron el breviario monástico.
Los cistercienses de la Congregación de Castilla, separados de la
jurisdicción del Capítulo General de la Orden por una Bula
del Papa Martín V, el 24 de octubre de 1425,
no siguieron este movimiento y conservaron, sustancialmente, todo el rito
cisterciense tradicional, no sin presiones, como narra Dom Agustín Vázquez,
en 1783 (op. cit.). La Congregación Cisterciense de Aragón, y
con ella el monasterio de Santa Fe, parece haber seguido
las mismas pautas, según se deduce del análisis de los
cantorales. De este modo pudieron conservar la tradición propia. 23.
Epistola S. Bernardi et tractatus. Edic. de F.J. GUENTNER. Corpus
scriptorum de musica: Roma, 1974, p. 25.
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