La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Papa Benedicto XVI | Fuente: Vatican.va Familia Humana, Comunidad de Paz. Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz
Publicamos el mensaje que Benedicto XVI ha enviado para la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2008, con el tema «Familia humana, comunidad de paz».
Familia Humana, Comunidad de Paz. Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz
MENSAJE DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI PARA LA CELEBRACIÓN DE LA JORNADA MUNDIAL
DE LA PAZ
1 ENERO 2008
FAMILIA HUMANA, COMUNIDAD DE PAZ
1. Al
comenzar el nuevo año deseo hacer llegar a los hombres
y mujeres de todo el mundo mis fervientes deseos de
paz, junto con un caluroso mensaje de esperanza. Lo hago
proponiendo a la reflexión común el tema que he enunciado
al principio de este mensaje, y que considero muy importante:
Familia humana, comunidad de paz. De hecho, la primera forma
de comunión entre las personas es la que el amor
suscita entre un hombre y una mujer decididos a unirse
establemente para construir juntos una nueva familia. Pero también los
pueblos de la tierra están llamados a establecer entre sí
relaciones de solidaridad y colaboración, como corresponde a los miembros
de la única familia humana: « Todos los pueblos -dice
el Concilio Vaticano II- forman una única comunidad y tienen
un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo
el género humano sobre la entera faz de la tierra
(cf. Hch 17,26); también tienen un único fin último, Dios
»[1]. Familia, sociedad y paz
2. La familia natural, en cuanto comunión
íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre
un hombre y una mujer[2], es el « lugar primario
de ‘‘humanización´´ de la persona y de la sociedad »[3],
la « cuna de la vida y del amor »[4].
Con razón, pues, se ha calificado a la familia como
la primera sociedad natural, « una institución divina, fundamento de
la vida de las personas y prototipo de toda organización
social »[5].
3. En efecto, en una vida familiar « sana
» se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la
justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función
de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso
a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o
están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la
vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera
necesario, para perdonarlo. Por eso, la familia es la primera
e insustituible educadora de la paz. No ha de sorprender,
pues, que se considere particularmente intolerable la violencia cometida dentro
de la familia. Por tanto, cuando se afirma que la
familia es « la célula primera y vital de la
sociedad »[6], se dice algo esencial. La familia es también
fundamento de la sociedad porque permite tener experiencias determinantes de
paz. Por consiguiente, la comunidad humana no puede prescindir del
servicio que presta la familia. El ser humano en formación,
¿dónde podría aprender a gustar mejor el « sabor »
genuino de la paz sino en el « nido »
que le prepara la naturaleza? El lenguaje familiar es un
lenguaje de paz; a él es necesario recurrir siempre para
no perder el uso del vocabulario de la paz. En
la inflación de lenguajes, la sociedad no puede perder la
referencia a esa « gramática » que todo niño aprende
de los gestos y miradas de mamá y papá, antes
incluso que de sus palabras.
4. La familia, al tener el
deber de educar a sus miembros, es titular de unos
derechos específicos. La misma Declaración universal de los derechos humanos,
que constituye una conquista de civilización jurídica de valor realmente
universal, afirma que « la familia es el núcleo natural
y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser
protegida por la sociedad y el Estado »[7]. Por su
parte, la Santa Sede ha querido reconocer una especial dignidad
jurídica a la familia publicando la Carta de los derechos
de la familia. En el Preámbulo se dice: « Los
derechos de la persona, aunque expresados como derechos del individuo,
tienen una dimensión fundamentalmente social que halla su expresión innata
y vital en la familia »[8]. Los derechos enunciados en
la Carta manifiestan y explicitan la ley natural, inscrita en
el corazón del ser humano y que la razón le
manifiesta. La negación o restricción de los derechos de la
familia, al oscurecer la verdad sobre el hombre, amenaza los
fundamentos mismos de la paz.
5. Por tanto, quien obstaculiza la
institución familiar, aunque sea inconscientemente, hace que la paz de
toda la comunidad, nacional e internacional, sea frágil, porque debilita
lo que, de hecho, es la principal « agencia »
de paz. Éste es un punto que merece una reflexión
especial: todo lo que contribuye a debilitar la familia fundada
en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo
que directa o indirectamente dificulta su disponibilidad para la acogida
responsable de una nueva vida, lo que se opone a
su derecho de ser la primera responsable de la educación
de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino
de la paz. La familia tiene necesidad de una casa,
del trabajo y del debido reconocimiento de la actividad doméstica
de los padres; de escuela para los hijos, de asistencia
sanitaria básica para todos. Cuando la sociedad y la política
no se esfuerzan en ayudar a la familia en estos
campos, se privan de un recurso esencial para el servicio
de la paz. Concretamente, los medios de comunicación social, por
las potencialidades educativas de que disponen, tienen una responsabilidad especial
en la promoción del respeto por la familia, en ilustrar
sus esperanzas y derechos, en resaltar su belleza. La humanidad es
una gran familia
6. La comunidad social, para vivir en paz,
está llamada a inspirarse también en los valores sobre los
que se rige la comunidad familiar. Esto es válido tanto
para las comunidades locales como nacionales; más aún, es válido
para la comunidad misma de los pueblos, para la familia
humana, que vive en esa casa común que es la
tierra. Sin embargo, en esta perspectiva no se ha de
olvidar que la familia nace del « sí » responsable
y definitivo de un hombre y de una mujer, y
vive del « sí » consciente de los hijos que
poco a poco van formando parte de ella. Para prosperar,
la comunidad familiar necesita el consenso generoso de todos sus
miembros. Es preciso que esta toma de conciencia llegue a
ser también una convicción compartida por cuantos están llamados a
formar la común familia humana. Hay que saber decir el
propio « sí » a esta vocación que Dios ha
inscrito en nuestra misma naturaleza. No vivimos unos al lado
de otros por casualidad; todos estamos recorriendo un mismo camino
como hombres y, por tanto, como hermanos y hermanas. Por
eso es esencial que cada uno se esfuerce en vivir
la propia vida con una actitud responsable ante Dios, reconociendo
en Él la fuente de la propia existencia y la
de los demás. Sobre la base de este principio supremo
se puede percibir el valor incondicionado de todo ser humano
y, así, poner las premisas para la construcción de una
humanidad pacificada. Sin este fundamento trascendente, la sociedad es sólo
una agrupación de ciudadanos, y no una comunidad de hermanos
y hermanas, llamados a formar una gran familia. Familia, comunidad humana
y medio ambiente
7. La familia necesita una casa a su
medida, un ambiente donde vivir sus propias relaciones. Para la
familia humana, esta casa es la tierra, el ambiente que
Dios Creador nos ha dado para que lo habitemos con
creatividad y responsabilidad. Hemos de cuidar el medio ambiente: éste
ha sido confiado al hombre para que lo cuide y
lo cultive con libertad responsable, teniendo siempre como criterio orientador
el bien de todos. Obviamente, el valor del ser humano
está por encima de toda la creación. Respetar el medio
ambiente no quiere decir que la naturaleza material o animal
sea más importante que el hombre. Quiere decir más bien
que no se la considera de manera egoísta, a plena
disposición de los propios intereses, porque las generaciones futuras tienen
también el derecho a obtener beneficio de la creación, ejerciendo
en ella la misma libertad responsable que reivindicamos para nosotros.
Y tampoco se ha de olvidar a los pobres, excluidos
en muchos casos del destino universal de los bienes de
la creación. Hoy la humanidad teme por el futuro equilibrio
ecológico. Sería bueno que las valoraciones a este respecto se
hicieran con prudencia, en diálogo entre expertos y entendidos, sin
apremios ideológicos hacia conclusiones apresuradas y, sobre todo, concordando juntos
un modelo de desarrollo sostenible, que asegure el bienestar de
todos respetando el equilibrio ecológico. Si la tutela del medio
ambiente tiene sus costes, éstos han de ser distribuidos con
justicia, teniendo en cuenta el desarrollo de los diversos países
y la solidaridad con las futuras generaciones. Prudencia no significa
eximirse de las propias responsabilidades y posponer las decisiones; significa
más bien asumir el compromiso de decidir juntos después de
haber ponderado responsablemente la vía a seguir, con el objetivo
de fortalecer esa alianza entre ser humano y medio ambiente
que ha de ser reflejo del amor creador de Dios,
del cual procedemos y hacia el cual caminamos.
8. A este
respecto, es fundamental « sentir » la tierra como «
nuestra casa común » y, para ponerla al servicio de
todos, adoptar la vía del diálogo en vez de tomar
decisiones unilaterales. Si fuera necesario, se pueden aumentar los ámbitos
institucionales en el plano internacional para afrontar juntos el gobierno
de esta « casa » nuestra; sin embargo, lo que
más cuenta es lograr que madure en las conciencias la
convicción de que es necesario colaborar responsablemente. Los problemas que
aparecen en el horizonte son complejos y el tiempo apremia.
Para hacer frente a la situación de manera eficaz es
preciso actuar de común acuerdo. Un ámbito en el que
sería particularmente necesario intensificar el diálogo entre las Naciones es
el de la gestión de los recursos energéticos del planeta.
A este respecto, se plantea una doble urgencia para los
países tecnológicamente avanzados: por un lado, hay que revisar los
elevados niveles de consumo debidos al modelo actual de desarrollo
y, por otro, predisponer inversiones adecuadas para diversificar las fuentes
de energía y mejorar la eficiencia energética. Los países emergentes
tienen hambre de energía, pero a veces este hambre se
sacia a costa de los países pobres que, por la
insuficiencia de sus infraestructuras y tecnología, se ven obligados a
malvender los recursos energéticos que tienen. A veces, su misma
libertad política queda en entredicho con formas de protectorado o,
en todo caso, de condicionamiento que se muestran claramente humillantes. Familia,
comunidad humana y economía
9. Una condición esencial para la paz
en cada familia es que se apoye sobre el sólido
fundamento de valores espirituales y éticos compartidos. Pero se ha
de añadir que se tiene una auténtica experiencia de paz
en la familia cuando a nadie le falta lo necesario,
y el patrimonio familiar -fruto del trabajo de unos, del
ahorro de otros y de la colaboración activa de todos-
se administra correctamente con solidaridad, sin excesos ni despilfarro. Por
tanto, para la paz familiar se necesita, por una parte,
la apertura a un patrimonio trascendente de valores, pero al
mismo tiempo no deja de tener su importancia un sabio
cuidado tanto de los bienes materiales como de las relaciones
personales. Cuando falta este elemento se deteriora la confianza mutua
por las perspectivas inciertas que amenazan el futuro del núcleo
familiar.
10. Una consideración parecida puede hacerse respecto a esa otra
gran familia que es la humanidad en su conjunto. También
la familia humana, hoy más unida por el fenómeno de
la globalización, necesita además un fundamento de valores compartidos, una
economía que responda realmente a las exigencias de un bien
común de dimensiones planetarias. Desde este punto de vista, la
referencia a la familia natural se revela también singularmente sugestiva.
Hay que fomentar relaciones correctas y sinceras entre los individuos
y entre los pueblos, que permitan a todos colaborar en
plan de igualdad y justicia. Al mismo tiempo, es preciso
comprometerse en emplear acertadamente los recursos y en distribuir la
riqueza con equidad. En particular, las ayudas que se dan
a los países pobres han de responder a criterios de
una sana lógica económica, evitando derroches que, en definitiva, sirven
sobre todo para el mantenimiento de un costoso aparato burocrático.
Se ha de tener también debidamente en cuenta la exigencia
moral de procurar que la organización económica no responda sólo
a las leyes implacables de los beneficios inmediatos, que pueden
resultar inhumanas. Familia, comunidad humana y ley moral
11. Una familia vive
en paz cuando todos sus miembros se ajustan a una
norma común: esto es lo que impide el individualismo egoísta
y lo que mantiene unidos a todos, favoreciendo su coexistencia
armoniosa y la laboriosidad orgánica. Este criterio, de por sí
obvio, vale también para las comunidades más amplias: desde las
locales a la nacionales, e incluso a la comunidad internacional.
Para alcanzar la paz se necesita una ley común, que
ayude a la libertad a ser realmente ella misma, en
lugar de ciega arbitrariedad, y que proteja al débil del
abuso del más fuerte. En la familia de los pueblos
se dan muchos comportamientos arbitrarios, tanto dentro de cada Estado
como en las relaciones de los Estados entre sí. Tampoco
faltan tantas situaciones en las que el débil tiene que
doblegarse, no a las exigencias de la justicia, sino a
la fuerza bruta de quien tiene más recursos que él.
Hay que reiterarlo: la fuerza ha de estar moderada por
la ley, y esto tiene que ocurrir también en las
relaciones entre Estados soberanos.
12. La Iglesia se ha pronunciado muchas
veces sobre la naturaleza y la función de la ley:
la norma jurídica que regula las relaciones de las personas
entre sí, encauzando los comportamientos externos y previendo también sanciones
para los transgresores, tiene como criterio la norma moral basada
en la naturaleza de las cosas. Por lo demás, la
razón humana es capaz de discernirla al menos en sus
exigencias fundamentales, llegando así hasta la Razón creadora de Dios
que es el origen de todas las cosas. Esta norma
moral debe regular las opciones de la conciencia y guiar
todo el comportamiento del ser humano. ¿Existen normas jurídicas para
las relaciones entre las Naciones que componen la familia humana?
Y si existen, ¿son eficaces? La respuesta es sí; las
normas existen, pero para lograr que sean verdaderamente eficaces es
preciso remontarse a la norma moral natural como base de
la norma jurídica, de lo contrario ésta queda a merced
de consensos frágiles y provisionales.
13. El conocimiento de la norma
moral natural no es imposible para el hombre que entra
en sí mismo y, situándose frente a su propio destino,
se interroga sobre la lógica interna de las inclinaciones más
profundas que hay en su ser. Aunque sea con perplejidades
e incertidumbres, puede llegar a descubrir, al menos en sus
líneas esenciales, esta ley moral común que, por encima de
las diferencias culturales, permite que los seres humanos se entiendan
entre ellos sobre los aspectos más importantes del bien y
del mal, de lo que es justo o injusto. Es
indispensable remontarse hasta esta ley fundamental empleando en esta búsqueda
nuestras mejores energías intelectuales, sin dejarnos desanimar por los equívocos
o las tergiversaciones. De hecho, los valores contenidos en la
ley natural están presentes, aunque de manera fragmentada y no
siempre coherente, en los acuerdos internacionales, en las formas de
autoridad reconocidas universalmente, en los principios del derecho humanitario recogido
en las legislaciones de cada Estado o en los estatutos
de los Organismos internacionales. La humanidad no está « sin
ley ». Sin embargo, es urgente continuar el diálogo sobre
estos temas, favoreciendo también la convergencia de las legislaciones de
cada Estado hacia el reconocimiento de los derechos humanos fundamentales.
El crecimiento de la cultura jurídica en el mundo depende
además del esfuerzo por dar siempre consistencia a las normas
internacionales con un contenido profundamente humano, evitando rebajarlas a meros
procedimientos que se pueden eludir fácilmente por motivos egoístas o
ideológicos. Superación de los conflictos y desarme
14. La humanidad sufre hoy,
lamentablemente, grandes divisiones y fuertes conflictos que arrojan densas nubes
sobre su futuro. Vastas regiones del planeta están envueltas en
tensiones crecientes, mientras que el peligro de que aumenten los
países con armas nucleares suscita en toda persona responsable una
fundada preocupación. En el Continente africano, a pesar de que
numerosos países han progresado en el camino de la libertad
y de la democracia, quedan todavía muchas guerras civiles. El
Medio Oriente sigue siendo aún escenario de conflictos y atentados,
que influyen también en Naciones y regiones limítrofes, con el
riesgo de quedar atrapadas en la espiral de la violencia.
En un plano más general, se debe hacer notar, con
pesar, un aumento del número de Estados implicados en la
carrera de armamentos: incluso Naciones en vías de desarrollo destinan
una parte importante de su escaso producto interior para comprar
armas. Las responsabilidades en este funesto comercio son muchas: están,
por un lado, los países del mundo industrialmente desarrollado que
obtienen importantes beneficios por la venta de armas y, por
otro, están también las oligarquías dominantes en tantos países pobres
que quieren reforzar su situación mediante la compra de armas
cada vez más sofisticadas. En tiempos tan difíciles, es verdaderamente
necesaria una movilización de todas las personas de buena voluntad
para llegar a acuerdos concretos con vistas a una eficaz
desmilitarización, sobre todo en el campo de las armas nucleares.
En esta fase en la que el proceso de no
proliferación nuclear está estancado, siento el deber de exhortar a
las Autoridades a que reanuden las negociaciones con una determinación
más firme de cara al desmantelamiento progresivo y concordado de
las armas nucleares existentes. Soy consciente de que al renovar
esta llamada me hago intérprete del deseo de cuantos comparten
la preocupación por el futuro de la humanidad.
15. Hace ahora
sesenta años, la Organización de las Naciones Unidas hacía pública
de modo solemne la Declaración universal de los derechos humanos
(1948-2008). Con aquel documento la familia humana reaccionaba ante los
horrores de la Segunda Guerra Mundial, reconociendo la propia unidad
basada en la igual dignidad de todos los hombres y
poniendo en el centro de la convivencia humana el respeto
de los derechos fundamentales de los individuos y de los
pueblos: fue un paso decisivo en el camino difícil y
laborioso hacia la concordia y la paz. Una mención especial
merece también la celebración del 25 aniversario de la adopción
por parte de la Santa Sede de la Carta de
los derechos de la familia (1983-2008), así como el 40
aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de
la Paz (1968-2008). La celebración de esta Jornada, fruto de
una intuición providencial del Papa Pablo VI, y retomada con
gran convicción por mi amado y venerado predecesor, el Papa
Juan Pablo II, ha ofrecido a la Iglesia a lo
largo de los años la oportunidad de desarrollar, a través
de los Mensajes publicados con ese motivo, una doctrina orientadora
en favor de este bien humano fundamental. Precisamente a la
luz de estas significativas efemérides, invito a todos los hombres
y mujeres a que tomen una conciencia más clara sobre
la común pertenencia a la única familia humana y a
comprometerse para que la convivencia en la tierra refleje cada
vez más esta convicción, de la cual depende la instauración
de una paz verdadera y duradera. Invito también a los
creyentes a implorar a Dios sin cesar el gran don
de la paz. Los cristianos, por su parte, saben que
pueden confiar en la intercesión de la que, siendo la
Madre del Hijo de Dios que se hizo carne para
la salvación de toda la humanidad, es Madre de todos. Deseo
a todos un feliz Año nuevo.
Vaticano, 8 de diciembre de
2007. Notas
[1] Decl. Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia
con las religiones no cristianas, 1.
[2] Cf. Conc. Vat. II,
Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 48.
[3] Juan Pablo II, Exhort. ap. Christifideles laici,
40: AAS 81 (1989) 469.
[4] Ibíd.
[5] Cons. Pont. Justicia y
Paz, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 211.
[6]
Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de
los laicos, 11.
[7] Art. 16/ 3.
[8] Cons. Pont. para la
Familia, Carta de los derechos de la familia, 24 noviembre
1983, Preámbulo, A.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Dudas, consejos y asesorías sobre el uso ético de los medios de comunicación a la luz de la doctrina de la Iglesia y su aprovechamiento para el progreso de la sociedad
Ver todos los consultores