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Autor: Alejandro Llano Cifuentes, Director del Departamento de Filosofía de la Universidad de Navarra | Fuente: ConoZe.com Sociedad del conocimiento
Alejandro Llano Cifuentes analiza el paso hacia la sociedad del conocimiento, sus implicaciones y las transformaciones que ello conlleva.
Sociedad del conocimiento
Ni en los discursos políticos ni en la realidad ciudadana
se divisan signos de interés por la innovación
En esta temporada
pre-electoral, nuestras ciudades ofrecen un aspecto que hace dudar de
si nos encontramos ante urbes en construcción o ante ruinas
tras un bombardeo.
El cemento, el hormigón y el asfalto son
las cartas credenciales para presentarse a la reelección. Estamos donde
estábamos, no muy lejos de un embobamiento ante las obras
públicas que quizá hemos heredado de los romanos. En cambio,
ni en los discursos políticos ni en la realidad ciudadana
se divisan signos de interés por la innovación, no digamos
por la investigación y la enseñanza. Como se maliciaba Unamuno,
al español le gusta el bulto, la cosa mostrenca, lo
máximamente concreto, mientras que desconfía de los conceptos, sospecha de
las ideas y nunca ha manifestado especial amor por la
ciencia. Hasta en la Unión Europea, donde no abundan los
linces, se han dado cuenta de esta querencia hispana y
nos han recomendado que invirtamos la actual tendencia y gastemos
la mitad en infraestructuras y el doble en investigación.
Hace unos
días le pregunté a un colega riguroso y atento a
la realidad social qué explicación daba al hecho de que
las listas de los libros más vendidos de no ficción
ofrecieran títulos tan poco atractivos y, en cambio, pasaran sin
pena ni gloria ensayos de mucha mayor enjundia. Su respuesta
fue demoledora: "En España, la derecha no lee, y la
izquierda es intelectualmente masoquista". Que la derecha no lee es
algo que yo había comprobado desde hace tiempo. Pero, la
verdad, esperaba que -entre muchos males- los gobiernos de izquierda,
con sus proclamas a favor de la Ilustración, nos trajeran
un mayor interés por la cultura y crecientes inversiones en
fomento del saber. Pero, desgraciadamente, no ha sido así. Están
demasiado ocupados en manipular la opinión pública, en declarar culpables
de todo a aquellos a quienes no permiten ni alzar
la voz, y en confundir la modernización con las maniobras
de desprotección de los más débiles.
El anuncio del advenimiento de
la sociedad del saber corre el peligro de empantanarse en
el lugar común donde -como dice Bernardo Atxaga- chapotean la
mayor parte de nuestras palabras. Debemos convencernos de una buena
vez de que el fetichismo de la mercancía ha pasado
a la historia, y que la punta de lanza del
progreso social y económico se encuentra ahora en el avance
del conocimiento. La sentencia clásica decía que, a quienes maldicen,
los dioses les conceden lo que desean. Pues bien, hace
poco escuché de un experto internacional que lo peor que
hoy le puede suceder a un país es tener petróleo:
Irak, Venezuela, México, Ecuador, Rusia... En cambio, Finlandia no dispone
más que de árboles y nieve, pero está a la
cabeza de la innovación tecnológica y, no por azar, ocupa
el primer puesto en el informe PISA sobre calidad de
la enseñanza
Tenemos muchas universidades, quizá demasiadas. Pero la mayor parte
de las nuevas no son buenas. Muchas de ellas ni
siquiera pueden considerarse como auténticas instituciones de estudios superiores. No
tienen bibliotecas y, realmente, la investigación es una referencia que
no se localiza fuera de la fantasía. Hemos de volver
a apostar por las ciencias teóricas y por las humanidades,
porque el saber aplicado siempre se alimenta del conocimiento puro.
Entre las tres mil carreras que se ofrecen actualmente en
España, ha disminuido la proporción de las titulaciones dedicadas a
las matemáticas, al griego, a la física teórica o a
la historia. Y resulta penoso comprobar que la mayoría de
las familias -tan laxas en cuestiones éticas- prohíben a sus
hijas o hijos que estudien licenciaturas dedicadas, sin más, a
las ciencias o a las letras.
El paso hacia la sociedad
del conocimiento consiste, sobre todo, en darnos cuenta de que
la energía de los talentos humanos es incomparablemente superior a
la fuerza de la materia y de todas sus posibles
transformaciones.
En nuestro país tenemos un caudal impresionante de potencialidades
por estrenar, que no son otras que las respectivas inteligencias
y libertades de las mujeres y los hombres que integran
el mundo del trabajo. Liberemos esa tremenda fuente de energía
de las trabas burocráticas y de las estrecheces mercantilistas, pero
ante todo del pragmatismo de cortos vuelos que presenta como
utopía cualquier surgimiento de lo nuevo.
Un esquema económico basado en
la construcción, en el turismo, y en una inmigración caótica
tiene ante sí muy poco recorrido. El dinamismo interno de
la creación de riqueza encuentra actualmente su nacedero en la
innovación de conocimientos. Tal creatividad, elevada a la segunda potencia,
ya no está limitada ni esencialmente condicionada por las mercancías,
por sus intercambios, por las capacidades financieras, ni siquiera por
la disponibilidad creciente de información que deparan las nuevas tecnologías.
Lo más serio es, ahora mismo, la educación, el aprendizaje,
la investigación.
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