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Autor: Caterine Galaz | Fuente: Observatoriodigital.net El gran logro ético de Internet es el nuevo asociacionismo cívico
Entrevista a Begoña Román, secretaria ejecutiva de «Ethos Ramon Llull», de la Universidad Ramon Llull, quien habla de la ética en la era digital.
El gran logro ético de Internet es el nuevo asociacionismo cívico
¿Cómo pensar el ejercicio del «poder» en una sociedad en
Red? ¿Dónde apoyar una ética que fundamente un uso del
poder que no nos lleve a cometer los horrores del
siglo pasado? ¿Cuáles son los aspectos positivos y los peligros
de las Nuevas Tecnologías (NNTT) para la instauración o no
de un pensamiento único? Muchas de estas preguntas comenzaron a
aparecer ya desde la mitad del siglo pasado y actualmente
son numerosos los teóricos que intentan dar pistas sobre cómo
responderlas en el siglo XXI.
Entre ellos, Begoña Román, doctora
en filosofía y profesora de de la Universidad de Barcelona
y de la Universidad Ramon Llull, considera que la utilización
de las NNTT puede conllevar grandes peligros, pero a la
vez, posibilitar nuevas formas sociales que favorezcan la defensa de
los derechos universales. ¿Cuál es su visión respecto de la relación
entre poder y nuevas tecnologías?
Lo que ocurre con las nuevas
tecnologías, particularmente con Internet, es que el poder ya no
lo ocupa sólo quien posee un capital económico sino quien
posee información. En la sociedad de las tecnologías y de
la información, el poder lo tiene quien tiene acceso a
esa información, pero, sobre todo, quien tiene el poder de
divulgar esa información. Actualmente no creo que se hayan generado
nuevos centros de poder con las NNTT, son los mismos
pero con un poder más difuso. Si analizáramos más detenidamente
quién está detrás de esos centros de poder, no saldrían
focos nuevos, seguirían estando las grandes multinacionales y las grandes
subvencionadoras de los partidos políticos. Lo que ha pasado es
que se han perdido los nombres de quienes detentan ese
poder, están más en el anonimato. Y eso es lo
peor. Lo que pasa en sociedades virtuales es que hay
una información pero no se sabe quién la proporciona ni
quién responde de ella. En este sentido, cuando hablamos de
«sellos de calidad» para páginas de Internet, por ejemplo, se
insiste en que haya detrás de cada una de ellas
personas jurídicas o físicas que se hagan responsables de la
información que difunden. ¿En qué radica exactamente el peligro de esta
difusión?
Hay dos grandes peligros en este nuevo poder tecnológico. Primero,
la gran dependencia que tenemos respecto de la técnica. Si
una información actualmente no está colgada en Internet, casi no
existe. Uno de los peligros radica pues en la dependencia
respecto del sistema técnico, dependencia también respecto a los técnicos
gestores del sistema. Por ejemplo, los edificios inteligentes funcionan regidos
por un ordenador, no puedo abrir ni siquiera las ventanas
si hace calor: dependo del técnico de ese ordenador. Yo
sé adaptarme al clima, ahora, como en una especie de
nuevo destino, tengo que adaptarme al técnico. Es un peligro
la tiranía del técnico. La controversia entre Linux y Microsoft
es un caso claro. Ha reinado el que más cuota
de mercado, más monopolio, ha conseguido, no el mejor.
El
segundo peligro es el del anonimato de las fuentes de
que hablábamos antes, de quién se responsabiliza o quién está
detrás de una determinada tecnología, páginas Web o informaciones, que
imposibilita saber su objetividad, su veracidad, y con una capacidad
global de hacer mal. En los medios convencionales siempre detrás
hay un grupo con personalidad jurídica, pero detrás de muchos
mensajes de móviles, de mucha información que circula por la
Red, no siempre hay una persona que responda de eso.
Podemos ver que la información hoy está cargada de futuro,
cuando busca el bien; y de dinamita cuando busca el
mal o la normalización de conductas patógenas (pederastia, consumismo).
Hay algunos
teóricos que destacan que en el siglo pasado se vivió
una época donde el poder aparecía ligado a una razón
netamente instrumental y técnica, y que eso derivó en acontecimientos
nefastos… en este sentido ¿cree que todavía dependemos de esta
razón técnica?
Creo que seguimos con esa inercia de una razón
estratégico-instrumental que busca generar una especie de progreso económico y
técnico para una minoría. Todavía vivimos quizás la decadencia de
ese sistema, pero seguimos en él. Estamos en un tiempo
del «ya no», pero todavía no hemos generado un nuevo
sistema. Los desajustes ecológicos, por un lado, las reflexiones axiológicas
de hacia dónde tiende a caminar esa razón estratégico-instrumental, fueron
las grandes preguntas del siglo XX, sobre todo a raíz
de las grandes guerras. Tampoco podemos olvidar que los grandes
avances técnicos tienen una fuerte correlación con las grandes guerras.
Por lo tanto, sí que se ha levantado una sospecha
respecto de la euforia tecnocrática de la razón instrumental del
siglo XIX y en el XX. El XXI se inicia
con una duda, saludable, respecto de esa racionalidad. Pero no
somos capaces todavía de generar una razón más comunicativa, más
ética, ¿por qué? Porque ese tipo de razón necesita de
un uso, de un hábito, y la habíamos recluido en
exceso en el ámbito privado. La ética del siglo XIX
y del XX había quedado recluida a lo personal casi
como lo religioso. Cuando nos movíamos en el ámbito de
lo mundial aparecía la política, con una razón estratégica y
desde la soberanía nacional. En estos momentos, precisamente las nuevas
tecnologías declararon obsoletas estas categorías individualizadas y sin fines, pero
aún no hemos generado unas nuevas. Uno de los grandes
desafíos, entonces, es generar una ética, una macro-ética mundial de
responsabilidad solidaria, como dijo Apel. ¿En qué apoyar esa ética?, cuando
también se ve un amplio secularismo, y una cierta idea
de que todo está permitido…
Ya a partir de la segunda
mitad del siglo XX está más claro que hay un
reto fundamental que es de orden ético, no religioso, pero
no a-religioso, ni contra-religioso. Tenemos que cimentar esta ética en
un concepto de justicia, de igualdad de oportunidades. Yo optaría
pues por una fundamentación comunicativa-dialógica, de la persona como un
ser capaz de defender argumentativamente sus intereses. Pero me bastaría
con que estuviéramos de acuerdo con un consenso fáctico más
modesto de que los derechos humanos son bienes universales prioritarios.
Mientras el universo de las personas no goce de esos
bienes prioritarios, todo lo otro resulta secundario. Yo fundamentaría esa
ética en unos derechos humanos, ya sean jurídicamente reconocidos o
no. ¿Pero la concepción de derechos humanos nace desde una perspectiva
occidental y hay países que aún no los suscriben, o
bien, los derechos pueden tener diferente valor de acuerdo al
contexto cultural en que se apliquen?
Sí, está claro. Un ejemplo
de ello es que todavía no nos ponemos de acuerdo
entre Estados Unidos y Europa, si el derecho a la
salud lo es o no. Para Estados Unidos no lo
es y 30 millones de sus ciudadanos no tienen asistencia
sanitaria universal como un derecho. Sería entonces bueno empezar por
algunas afirmaciones sobre el tema de los derechos humanos. La
primera, que los derechos humanos efectivamente tienen un origen histórico:
emergen en Europa, fruto de una guerra. Pero eso es
una cuestión contingente. El hecho de que de Europa salgan
los derechos humanos, no la hace superior en poder ni
«europeiza» esos derechos. Lo que hay que hacer es un
análisis más filosófico a nivel mundial respecto de qué tipo
de derechos estamos dispuestos a universalizar, y si estamos dispuestos
a asumir las consecuencias de universalizarlos. Si decimos, por ejemplo,
que el acceso a la vivienda digna es un derecho,
entonces habrá que estar dispuestos a que todo el mundo
tenga una casa, y a lo mejor el sistema no
da para todo el mundo, o habrá que reducir los
metros de vivienda. Habrá que replantearse en serio, cuáles son
los derechos que consideramos prioritarios, fundamentales, y asumir la universalización
de las consecuencias que implique universalizarlos. A partir de allí,
hacer un ejercicio de priorización. ¿Pero cómo llegar a esta priorización
con las diferentes visiones de valores que emergen de los
respectivos contextos culturales?
Creo que pasa por institucionalizar organismos mundiales, políticos
y éticos, además de dotarles de competencias concretas.
Pero ya existen
organismos internacionales que se han visto sobrepasados por los intereses
particulares de algunos países más poderosos, ¿qué legitimidad puede tener
nuevas organizaciones supranacionales?
Claro, es que ahí aparece un tema de
legalidad, de validez y legitimidad. Es que en una situación
como la que planteo, estaríamos todos de acuerdo en que
el derecho internacional es superior al nacional. Actualmente estamos de
acuerdo en la teoría, pero en la práctica no cedemos
porque seguimos con esta inercia de la política económica nacional.
Pero el hecho de que cada vez sea más difícil
mantener los argumentos de legitimidad en categorías obsoletas, es un
avance. Tengo la sensación de que este tipo de argumentos
que apelan a la soberanía nacional, cada vez más están
quedando obsoletos, y por ello, hay que institucionalizar nuevos organismos.
Creo que las nuevas tecnologías no pueden evitarnos la institucionalización. ¿Por
qué?
Las nuevas tecnologías tienen que garantizarnos representatividad. Un cúmulo de
emails reclamando una manifestación o la dimisión de alguien, tiene
que ir respaldado por fuentes de información, y por tanto,
se requiere la institucionalización de la democracia. El peligro de
las nuevas tecnologías es que puede movilizar muy rápidamente a
mucha gente sin tomar una pausa y requerir un proceso
de análisis de las fuentes de información. Las nuevas tecnologías
tienen mucho que hacer a la hora de denunciar las
grandes injusticias y de reclamar más información. Pero de ahí
a suplir las instituciones políticas, no.
En ese sentido, el poder
ligado a esta institucionalidad, no va en contra del nacimiento
de un poder más difuso, o un contra-poder. ¿Las NNTT
podrían dar poder a quienes no detentan tanto poder?
Sí. De
hecho creo que sí que se puede hablar de que
las nuevas tecnologías permiten dar mayor cuota de poder a
quienes tienen menos cuotas de poder. Hay que aclarar que
los que «no» tienen poder, no tienen acceso a las
nuevas tecnologías, por lo tanto, la Red sólo mejora las
cuotas de poder de quienes tienen acceso a estas NNTT.
Pero, el poder tiene que ser proporcional a la responsabilidad.
Un ejemplo de esta mayor cuota de poder lo podemos
ver respecto del colonialismo musical o literario: uno no acaba
comprando los libros que quiere comprar, sino los libros que
las editoriales publican. Actualmente los escritores buenos no se ven
condenados al silencio porque pueden «colgar» sus escritos en la
Red, y en ese sentido, se les brinda más cuota
de poder que antes. Lo que no creo es que
se pueda suplir la democracia representativa institucionalizada mediante nuevas tecnologías,
porque siempre se requiere saber quién está detrás de la
información. Lo que me da miedo de la Red, insisto,
es la rapidez con la que una información se puede
divulgar, puede movilizar y hacer mucho bien, pero también, mucho
mal. ¿Cuál es su opinión respecto del tema de la distribución
de poder y el acceso a las nuevas tecnologías a
nivel mundial, sobre todo cuando los sectores más empobrecidos asisten
a una nueva brecha social, que es digital?
Me parece que
la brecha digital es otro reflejo más de una brecha
con mayúsculas. La brecha digital no es una nueva brecha,
es otra de las características de la gran brecha que
hay entre pobreza y riqueza. La brecha digital se podría
entender de dos maneras: una, como un reflejo más de
las grandes brechas de riqueza y pobreza, por lo tanto,
no creo que se solucione nada, trabajando la brecha digital
si no se trabaja la brecha social. No creo que
esta brecha social se solucione dando ordenadores a ciertos países;
no se pueden sustituir determinadas políticas previas a la brecha
digital. Segundo, la brecha digital seguirá siendo brecha porque muchas
personas no tienen estructurado el cerebro para acceder a la
información. Si las personas no tienen un cerebro estructurado, ordenado
y maduro para saber discernir respecto de la información recibida,
seguirá habiendo brechas. ¿Las comunidades virtuales, los nuevos movimientos sociales, o
el nuevo activismo político-difuso, pueden dar una idea de una
emergencia de una contra-opinión a la idea de pensamiento único
y hegemónico?
Creo que las nuevas tecnologías permiten democratizar el acceso
a la información, y su divulgación. Por ejemplo, si una
empresa mediática decide que no es noticia un suceso, una
persona que haya sido espectadora de ese suceso, puede hacer
que sea noticia simplemente «colgándolo» en la red, asumiéndose responsablemente
como fuente de información fidedigna. Entonces sí que se puede
hablar de contrapoder. Pero, por otro lado, hay que tener
claro que el poder tiende a perseverar en su ser,
por lo tanto, el poder quiere poder. Acceder a cuotas
de poder también en el contrapoder, lleva continuamente ese peligro.
El contrapoder que puede fomentar las nuevas tecnologías, puede posibilitar
el pluralismo, la diversidad de perspectivas, pero tendría que presentarse
abiertamente, con sus dudas para ganar legitimidad. Para ser un
contrapoder tendría que asumirse, paradójicamente, como poder, y asumir que
en ello, tiene el peligro de caer en el poder
que denuncia, y tendría que criticar desde una plataforma positiva,
mostrar sus cartas, sus propios intereses. No hay que pensar
que el contrapoder es la alternativa al poder. El contrapoder
es otro tipo de poder, que tiende a la misma
dinámica.
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