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| Vigilancia cooperativa y acompañamiento social |
Seguir y ser seguido. Follow me, following you. En metáfora
bucólica: Twitter promoviendo al buen pastor en las comarcas de
la parcela digital. Intertextualidad, el yo como un texto que
remite a otros textos y al final, dicha trama retórica,
como un complejo caótico de significados. Y pienso en Twitter,
como también en la página de inicio de Facebook, donde
se concentran los estilos, los estados de ánimo, las amistades,
las imágenes, los textos… los significados. Y a todo esto,
¿cuál es el encanto de seguir al otro?
Escena 1: Hace
unos días, en mitad de clase, una alumna interrumpe molesta
y la compañera de banca la justifica: “profesor discúlpela. Pero
es que está estoqueando a su novio en Facebook y
ya vio que está platicando con la ex”.
Escena 2: En
Hi5: “ayer por la noche no tenía nada qué hacer
y que me pongo a googlear y que me topo
tu perfil en todos lados ¿qué haces todo el día?
¿A poco te da tiempo para actualizar todos tus perfiles?”
Escena
3: En Twitter: “¿cuántos mensajes sueles mandar en un día?,
¿5?, ¿10? ¡100! ¿Y a poco crees que los leen?”
“No sé, pero de vez en cuando me contestan.”
Escena 4:
En Blip: “Para los que se despertaron luchando contra demonios
y molinos de viento”. Segundos después responden comentando: “Me gusta”.
Pulgar arriba. “Muy atinado para un día como hoy” Variedades semánticas
digitales ¿En qué modo están cambiando las conductas humanas estas nuevas
redes sociales y herramientas de micro-blogging? ¿Cuál es el valor
de esta nueva forma de conexión social? ¿Qué tipo de
capital digital aportan? ¿Qué nuevos códigos de socialización estamos conformando
y aceptando al validar aplicaciones sociales como Twitter, Facebook, Hi5,
Blip, etc?
Sin lugar a dudas, en estos espacios de
comunicación social entre colectivos, confluyen y se entremezclan una serie
de prácticas sociales muy antiguas de asociación, cooperación, acción, control,
reputación e integración, pero ahora en modalidad digital.
La comunicación fluida
y permanente está a la vista de todos. Toda la
gente, todas sus cosas, todas sus emociones, gustos y saberes.
Basta teclear y un universo entero estará al alcance de
nuestra mano. Thomas Friedman denominó a esta aplanadora como in-forming,
en su ya clásico La tierra es plana. In-forming “es
la capacidad de crear y desplegar tu propia cadena de
suministro, una cadena de suministro de información, conocimientos y de
entretenimiento” (2007, p. 165). En las aplicaciones sociales, es el
sujeto mismo el que edita, crea, investiga, selecciona y elige
valiéndose de sus capacidades, medios y herramientas para optar por
lo más afín a él mismo. En esta óptica
googoolear o googlear es como un rastrear en la
propia memoria.
Buscar y rastrear para gente como Larry Page
y Eric Schmidt (Google) es una nueva clase de colaboración.
Una colaboración individual hecha a la medida. Una compleja forma
de emancipación y de expresión que se sustenta en la
búsqueda de aliados y colaboradores para conformar comunidades que superen
las fronteras nacionales y culturales.
En la lógica de Mark
Zuckerberg (Facebook), Jack Dorsey, Biz Stone y Evan Williams (Twitter)
publicar y compartir ideas, intereses y emociones es intercambiar afinidades,
hacernos transparentes. En ese mundo plano de Friedman, siempre podrán
rastrearnos, porque en la “era de la búsqueda superpropulsada, todo
el mundo es un famoso” (2007, p. 171), pero más
que un famoso, el sujeto se vuelve visible. De lo
que deriva, que de estas tecnologías de información se desprende
una nueva forma de mirar, de organizar, de conocer, de
regular, de valorar.
En estas aplicaciones sociales que explotan la
capacidad de internet por conectarlo todo, integrarlo y recombinarlo (Castells,
2001) surgen nuevas prácticas sociales, nuevas formas cognitivas, nuevos tipos
de aprendices.
Una red social así como una comunidad virtual, son
en sí mismas una comunidad de aprendices y de constructores
colaborativos de conocimiento. Por ende, como afirma Begoña Gros-Salvat “distribuir
significa compartir: la autoridad, el lenguaje, las experiencias, las tareas,
la herencia cultural” (2008, p. 66).
En estos espacios retóricos
y sociales, el usuario es el que hace el seguimiento
y el diagnóstico, la aplicación sólo proporciona la estructura. Es
pues una red social una comunidad de práctica un círculo
de aprendizaje en la que los participantes se implican en
procesos colaborativos, comparten experiencias y problemas.
Twitter como Facebook permiten
la difusión caótica, fragmentada, diversificada, descoordinada y multiplicada pero interconectada
a las diferentes contribuciones de los participantes.
Conectarse, interactuar, compartir,
distribuir quizá acerca a estas herramientas al concepto de Pierre
Lévy de la interfaz como una red cognitiva de interacciones
(1999).
Por ello, seguir, es conectar, sintonizar, provocar, inquietar, persuadir,
seducir, excitar, motivar, negociar significados, co-construir, integrar. Ver y ser
visto, el alimento de la pulsión oscópica.
Las redes sociales
como modelo comunicativo fungen en parte como espejos, que como
dice Joan Ferrés i Prats (2008) devuelven al receptor su
propia imagen, lo que siente, lo que desea, lo que
teme, lo que le preocupa, sus esperanzas, sus deseos, lo
que piensa o lo que quiere pensar.
La visualización compulsiva
de códigos verbales y audiovisuales que se vive en Twitter
y Facebook integra lo concreto y lo abstracto, une lo
conceptual con lo emocional, lo simultáneo con lo lineal, lo
acelerado con lo trepidante, lo racional con lo reflexivo, lo
divertido con lo intuitivo, lo local con lo global.
Una
extraña intimidad personalizada, portátil y colectiva se entreteje en este
espacio social alternativo. Un “tengo frío” pesa tanto como un
“¿Cuál de los 9 tipos de personalidad eres?”, porque en
el fondo todas ellas son una extensión del corazón de
los nativos digitales. Como plantea Howard Rheingold (2004) no sólo
estamos ante un nuevo usuario, sino ante una nueva cultura,
nuevos modos de vida, nuevas formas de ver y ser
vistos. Este modo de compartir con los demás momentos puntuales
de la vida en tiempo real, no es un mero
intercambio de información, es un sentirse acompañado, una modalidad del
pienso en ti, del alguien se acordó de mí.
Seguir,
multiplica las oportunidades de establecer contactos; consolida la propia identidad
como miembros de un grupo en la mente de los
demás (Hidalgo, 2009); denota interés; reafirma una relación; simboliza compromisos
y lealtades; establece puentes de confianza; desarrolla conexiones internacionales; permite
la participación cívica para comunicar opiniones a públicos más vastos
(Buckingham, 2008); los hace presentes más allá del espacio conversacional.
Así pues, quien comparte conocimientos y estados de ánimo en
la red, obtiene mayores cantidades de conocimiento y oportunidades de
sociabilidad (Rheingold, 2004).
El mismo Carlos Scolari nos recuerda: “El hecho
de poder estar siempre disponibles, en cualquier momento y en
cualquier lugar, transforma la gestión de las actividades y la
regulación del ciclo vital social” (2008, p. 283). Estar y
ser visto obliga a los participantes de una red a
dejar de ser consumidores para pasar a ser prosumidores, usuarios
interactivos, algo más que simples espectadores, reproductores y difusores.
La
producción y distribución participativa que permiten Facebook y Twitter impulsan
la reciprocidad y la cooperación.
Por otra parte, Twitter y Facebook
ofrecen también a los “mineros de datos” un acceso extendido
a los modos de representación, lenguaje y producción social de
los otros. Ejerciendo con ello una especie de vigilancia cooperativa,
de autoridad coercitiva, una especie de vigilancia inversa como la
que plantea Andrew Hope (2005). Para ellos, seguir representa un
jugar al gato y al ratón, una diversión social amparada
en el pánico, del “¿quién estará viendo mi perfil?”
Conectar y
seguir, en términos de viralidad y contagio para esta acepción
de usuarios, pasa del “yo también”, del acompañamiento social a
un placer irreverente de autoridad normativa. Esta suerte de regulación
del actuar comunitario apela al vigía, al francotirador que se
entromete en los “estados” y “muros” a “comentar en términos
de coacción” para captar la atención de los demás e
ir minando el desprestigio y reconocimiento de los otros.
Mientras
que la vigilancia cooperativa establece mecanismos autorregulatorios de sana convivencia,
la vigilancia coercitiva intenta herir con una estocada, controlar en
modo sublime la conducta de los miembros. Basta sentirse vigilado
para que la aportación se reduzca. En cambio si la
visión se siente invisible, todo cambia, la publicación se hace
con esperanza de retorno de inversión. Para propagar ideas se requieren
conexiones y nodos libres afirma Joseph Jaffe (2006); así como
reclutas que retransmitan un mensaje para ampliar la audiencia y
coordinar las actividades con otros grupos. En la economía de
la reputación y la cultura de la exposición (Anderson, 2007),
los vigilantes coercitivos buscan frenar las acciones colectivas.
Pero es curioso,
en la ecología hipermedial de las redes sociales, estos mecanismos
de control y de presión social son los que ayudan
a mantener la confianza en las comunidades. La cooperación es
un juego de encuentros y de estrategias en busca de
la reputación; por ello, limpieza social, dilema y reciprocidad, siempre
van de la mano. La ley de los contribuyentes es
proporcional al número de observadores.
Finalmente, a todo esto, ¿por qué
y para qué seguirnos? Podríamos contestar: para experimentar nuevas manera
de percibir, de sentir, de escuchar y de ver (Morduchowicz,
et al, 2008); para reinsertarnos socialmente, hacernos visibles y estar
juntos (Martín-Barbero, 2008); porque el yo espectador se transforma en
un nosotros, en una comunidad de compromisos y sentimientos a
distancia (Pasquier, 2008); por dependencia a los afectos, a
la ilusión, para encontrar sentido a la realidad aburrida y
poco apasionante y evitar el Efecto Tamagochi (de qué pasará
con mi avatar y mi perfil mientras no estoy) (Valleur
y Matysiak, 2005); para vincularse, eludir preocupaciones, bajar la guardia
y vivir un poco de alegría (Schore, 2006) o quizá
por algo tan simple como dice Marco Silva: “Porque el
intercambio es justamente lo que crea la vida, lo que
llama la vida” (2005, p. 105).
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