La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: www.eduexperts.com | Fuente: www.eduexperts.com No Hay Tecnología que Reemplace a la Pedagogía
Las nuevas tecnologías han dado a la educación no presencial herramientas innovadoras, capaces de producir fuertes modificaciones prácticas y operacionales en la capacitación a distancia.
No Hay Tecnología que Reemplace a la Pedagogía
Todo proceso de enseñanza-aprendizaje debe de estar orientado fundamentalmente
por la pedagogía, entendida ésta como la “disciplina singular y
específica” que dispone de la “organización sistemática de conceptos y
principios referidos a la educación”, para la que se construye
“un cuerpo teórico cuyo propósito es iluminar la práctica educativa”
(Ander Egg, 1997).
Las nuevas tecnologías han dado a la
educación no presencial herramientas innovadoras, capaces de producir fuertes modificaciones
prácticas y operacionales en la capacitación a distancia. Sin embargo,
tales tecnologías no pueden por si mismas reemplazar a la
pedagogía sino que deben subordinarse a su servicio. El concepto
mismo de tecnología educativa refiere básicamente al manejo de instrumental
técnico “con el propósito de mejorar el proceso didáctico”.
En
este sentido, también se habla de tecnología educativa en relación
con “una forma de saber hacer didácticamente, con fundamento científico
de los métodos, técnicas y procedimientos que se utilizan” (Ander
Egg, 1997).
De uno u otro modo, queda claro que
la planificación de los procesos educativos se basa siempre en
métodos científicos teórico-prácticos de carácter pedagógico y no en las
cualidades tecnológicas de los elementos utilizados para tal fin.
En
otras palabras, el numen del proceso de enseñanza-aprendizaje radica en
la relación entre el alumno y el diseño pedagógico y
la práctica didáctica de los docentes.
La pedagogía entonces, “organiza
sistemáticamente los conceptos y principios referidos a la educación en
su conjunto”, lo que en educación a distancia se vincula
al diseño de materiales y procesos; mientras que la
didáctica los “operacionaliza e instrumenta poniéndolos en práctica en el
proceso de enseñanza-aprendizaje” (Ander Egg, 1997), función convergente con la
de las tutorías en las sistemas de formación no presencial.
Con antiguas o modernas tecnologías es entonces el factor humano,
son los profesionales de la educación, los responsables de los
procesos que orientan la incorporación y producción de conocimientos en
el estudiante a través de la construcción del aprendizaje significativo
que cada uno hace en su propio ser interior.
En
este contexto es que resulta imprescindible iluminar la cuestión de
las tutorías como eje fundamental del aprendizaje a distancia.
En
distintas ocasiones se ha insistido en señalar las diferencias entre
el aprendizaje libre y la educación a distancia, poniéndose como
pilares de esta última el diseño pedagógico de los materiales
y la orientación permanente de las tutorías.
Sin embargo, en
forma paralela a la constante incorporación de novedades tecnológicas que
mejoran las formas y las capacidades operativas, al tiempo que
facilitan la comunicación y plantean nuevas posibilidades al diseño de
materiales, se aprecia la persistencia de una gran cantidad de
fallas y carencias en la labor de los tutores.
“Yo
me he acostumbrado, salvo excepciones, a que el tutor no
sea alguien que me acompañe durante todo el aprendizaje, sino
quien aparece para corregir actividades, aprobarme o desaprobarme”, confiesa con
realismo y resignación una alumna que promedia su carrera universitaria
en la modalidad a distancia.
Lamentablemente esta es una experiencia
que se repite en cursos no presenciales de distinta índole
y procedencia, lo cual ha facilitado la percepción de una
imagen real de tutor que difiere de la propuesta, y
en gran medida consensuada, por los teóricos de la modalidad.
En este sentido, Gutiérrez Pérez y Prieto Castillo (1999) han
sido muy ilustrativos al señalar que en los hechos el
tutor “aparece en escena cuando viene el período de exámenes:
durante largos meses es un elemento decorativo y pocos días
antes de las pruebas comienza a sonar el teléfono o
la solicitud de entrevistas”.
Esta afirmación sugiere el desinterés de
parte de los estudiantes por recurrir a quienes tienen la
función de orientarlos en su aprendizaje. La experiencia nos indica
como altamente probable que esa falta de motivación para la
consulta radique en la ausencia de adecuada respuesta ante los
primeros intentos de comunicación y la carencia de una actitud
proactiva respecto de la interacción de parte de los docentes
tutores.
García Aretio (2002) asevera que la palabra “tutor” implica
el concepto de quien ejerce “la protección, la tutela, defensa
o salvaguardia” que en educación a distancia se materializa como
el fomento del “desarrollo del estudio independiente” y agrega que
“en la enseñanza a distancia, el esfuerzo en solitario del
alumno resulta generalmente insuficiente, por lo que se hacen necesarios
los apoyos a ese aprendizaje individual que permitan la superación
de los numerosos obstáculos que de orden tanto cognoscitivo como
afectivo se le van a presentar”.
En la práctica es
común la excesiva tardanza en responder las preguntas hechas por
los alumnos o la respuesta elíptica que remite a la
misma información original sin intento alguno de producir explicaciones complementarias
y, acaso con un displicente “venga a verme” que no
tiene en cuenta siquiera la distancia real entre los lugares
de tutorías presenciales y la ubicación física del alumno, que
en ocasiones da a la respuesta un toque entre tragicómico
e inmoral. Ello deja al estudiante en una situación de
total indefensión en la cual no se atreve a denunciar
ante la institución la falta de ética del profesor por
temor a que éste tome luego represalias y opta por
la vía práctica del estudio autónomo o la consulta externa
al sistema (en ocasiones inclusive arancelada mediante un profesor “particular”).
No se cumple con lo que teoriza acertadamente Fainholc (1980)
respecto de la praxis tutorial que define como “la organización
del asesoramiento científico y pedagógico permanente y la corrección de
las posibles deficiencias personales (método de trabajo, defectos en el
aprendizaje, carencias de todo tipo); a la corrección rápida y
eficiente de los ejercicios, a la resolución de consultas y
dificultades, diagnósticos, etcétera”.
Son demasiado frecuentes las ocasiones en que
la devolución del tutor respecto de actividades prácticas se limita
a una calificación, sin que se tengan en cuenta las
necesidades de quien está solo frente a la información y
espera que aquella persona a quien se ha asignado el
rol de orientador contribuya a señalar aciertos y errores al
momento de encarar la tarea.
En muchas ocasiones no existen
presentaciones de los tutores al momento de que el alumno
se inscribe en un curso o materia. En otras, la
presentación es formal y estructurada. La mayoría de las veces
se espera que sea el alumno el que, ante la
necesidad concreta, recurra al tutormediante el planteo de la cuestión
a aclarar.
Llegada esta instancia, y salvedad hecha de algunas
excepciones, son demasiadas las respuestas escuetas y cortantes, la elíptica
autorreferencial que conduce al estudiante al punto de partida, la
ausencia de remisiones a bibliografía complementaria, la falta de explicación
complementaria, e increíblemente hasta los silencios, es decir la carencia
total de respuesta que bien puede calificarse como una de
las más claras muestras de desprecio por el otro.
Es
así como se puede llegar a la indiferencia mutua y
la asunción equívoca de roles.
Gutiérrez Pérez y Prieto Castillo
(1999) desprecian el vocablo “tutor” por el paternalismo que a
su entender implica y proponen en su reemplazo la construcción
del “asesor pedagógico”, pero coinciden en teoría respecto de gran
parte de su función, quitando la idea de tutela para
reemplazarla por la de acompañamiento de un proceso “para enriquecerlo
desde su experiencia y desde sus conocimientos”.
Citando a Holmberg
(1990) estos autores destacan como protagonista de ese rol docente
a la empatía, como capacidad del orientador para sentir como
suya tanto la incertidumbre, la ansiedad y la vacilación, como
así también la confianza y el placer intelectual por sus
propios logros que vive el estudiante.
La empatía como “capacidad
de un individuo para ponerse en el lugar de otro,
captar sus sentimientos, comprender sus reacciones y contemplar el mundo
desde las perspectivas de otra persona” (Ander Egg, 1997) es
una clave entonces para solucionar en parte las fallas comunicacionales
que actualmente presentan muchos sistemas de educación a distancia.
No
se trata de algo que pueden remediar las nuevas tecnologías
sino que depende de la voluntad y la capacidad humana
puesta al servicio de la educación, cuya columna vertebral
sigue siendo, con cambios teóricos y matices, la interacción entre
el docente y el aprendiz. Y no puede haber educación,
no puede tener lugar el proceso de enseñanza-aprendizaje, sin el
compromiso pleno de parte de ambos.
La importancia de los
materiales es radical en la formación no presencial, pero la
perfección de su diseño, accesibilidad y presentación, no reduce el
carácter imprescindible de la función tutorial que debe contribuir activamente
con la autogestión del aprendizaje que desarrolla el alumno, mediante
la crítica constructiva orientadora, que se revela constantemente superadora, motor
de una espiral ascendente en la construcción del conocimiento personal
y colectivo.
Bibliografía
Ander Egg, Ezequiel (1997): Diccionario de pedagogía.
Magisterio del Río de la Plata. Buenos Aires.
Fainholc, Beatriz
(1980): Educación a distancia. Librería del Colegio. Colección Nueva Pedagogía.
Buenos Aires.
García Aretio; Lorenzo (2002): La educación a distancia.
De la teoría a la práctica. Ariel Educación. Barcelona.
Gutiérrez
Pérez, F. y Prieto Castillo, D. (1999): La mediación pedagógica.
Apuntes para una educación a distancia alternativa. Ediciones CICCUS-La Crujía.
Buenos Aires.
Holmberg, Börge (1990): La empatía como una característica
de la educación a distancia: teoría y resultados empíricos. Ponencia
XV Conferencia Mundial del ICDE. UNA. Caracas.
Padula Perkins, J.
E. (2003): Una introducción a la educación a distancia. Fondo
de Cultura Económica. Buenos Aires. Fuente: " No hay tecnología
que reemplace a la pedagogía " por Jorge Eduardo Padula
Perkins.
Licenciado en Periodismo y Analista en Medios de Comunicación
Social, Universidad del Salvador. Miembro activo de la Red de
Estudiosos de la Educación a Distancia en el ámbito Iberoamericano
(REEDI) de la Cátedra UNESCO de Educación a Distancia (CUED).
Autor del libro “Una introducción a la educación a distancia”
próximo a ser editado (marzo de 2003) por el Fondo
de Cultura Económica de Argentina.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Dudas, consejos y asesorías sobre el uso ético de los medios de comunicación a la luz de la doctrina de la Iglesia y su aprovechamiento para el progreso de la sociedad
Ver todos los consultores