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Autor: Dr. Andreas Böhmler. | Fuente: http://www.iespana.es/revista-arbil/ Comunicación y política
La acción informativa no puede estar dotada de sentido si no se construye en el ámbito de la libertad. El Dr. Andreas Böhmler nos habla de los compromisos más profundos entre la ética y la política.
Comunicación y política
Tal actividad informativa significa educación, que es un
modo de libertad, y no otra cosa; es una oferta
de ganancia, no en el sentido de novedad (intelecto), sino
de participación (voluntad). Desencadena un acto de la voluntad por
el cual hay un compromiso más profundo con la vida.
Es cosa conocida que si pretende ser eficaz la información
debe lograr que el que la recibe se comprometa.
O
sea, vana es la acción informativa si no logra alcanzar
un cierto grado de identificación con o adhesión al «logos»
recibido. Dirigir, en este sentido, requiere comunicar de tal manera
que se logre una libre identificación entre dirigente y dirigido;
si no, no hay compromiso, o sea: actitud activa por
parte del dirigido. Más, el dirigido debe convertirse en dirigente
de alguna manera, si no, la información no mejora la
comunicación, o sea: la puesta-en-común.
A la vista de estos
presupuestos comunicativos resulta obvio que la información pública o «comunicación
de masas» implica una clara utopía, tipicamente democrática, es decir,
que todos sabemos lo mismo, que existe un saber compartido
por todos. La ilustración universal es una utopía a la
que la realidad se resiste: ser informado es poder, pero
no sólo para mal, sino también para bien.
La verdad
práctica consiste en no decir todo a todos, en todo
lugar y en todo momento. Un directivo tiene que ampliar
la información (cooperación) pero, al mismo tiempo, debe restringirla (competividad);
el bien de la institución (patria, empresa, familia) depende de
ello. La suposición ilustrada, que somos iguales todos en cuanto
mayores de edad, es una utopía que lleva a la
incomunicación.
La comunicación en la Ilustración es una pseudo-comunicación porque
uno que se cree mayor de edad no sabe escuchar.
Resulta así una sociedad de ruido porque todo el mundo
habla pero nadie escucha de verdad. Nadie escucha a nadie,
porque todos se sienten mayores de edad. Lo que todos
hacen es informarse para así ver como ganar la siguiente
baza. El resultado que todos podemos experimentar es la incomunicación
social en todos los órdenes.
Por supuesto, para comprometerme con
un mensaje tengo que poder entenderlo y, por tanto, presupone
cierta igualdad de saber. Pero, más allá de esta condición
límite empieza la utopía, es decir, en la democracia se
estipula de modo apriori, hecho no avalado por la experiencia,
que todos tienen una aptitud igual para todo tipo de
mensajes.
No obstante, al no ser verdad que todos tenemos
la misma educación intelectual y moral, resulta violenta y dañina
la información universal, no-diferenciada y adecuada a cada público/persona. Tal
aptitud para la información se provoca sólo en la medida
que ésta ocasiona aprendizaje positivo. Esto corre a cargo de
la «katharsis», o sea, aquí: la información correctiva-educadora.
Las exigencias
de una difusión masiva de información siempre corre el riesgo
de renunciar del carácter de autoridad (información correctiva-educadora), abandonándose al
juego del poder (potestad). Está en juego la dignificación o
humanización del trabajo (comunicación interna) y del consumo (comunicación externa).
El reto consiste entonces en darle a la información un
carácter personalizador en su esencial referencia a lo social. De
alguna manera, toda comunicación tiene que hacerse análogamente al modo
de comunicar del diálogo. Esta característica de la comunión familiar
habrá que buscar modos de aplicarla a las instituciones intermedias
de la sociedad: los partidos políticos, las empresas, etc...
Anterior
a toda tecnificación la comunicación es intrínseca a la esencia
del hombre; por tanto, está en la génesis de toda
configuración social, definida por un conjunto de signos y símbolos.
Existe una íntima compenetración entre comunidad, convivencia, comunicación y sociedad.
Sería vano intentar una teoría de la sociedad o de
la comunidad política o de una organización empresarial que no
tuviera como premisa básica la consideración de este fenómeno de
la comunicación. Hasta el punto de que lo que llamamos
sociedad no es solamente una red de estructuras políticas y
económicas, etc., es ipso facto un proceso de aprendizaje y
comunicación.
No obstante, visto desde esta perspectiva antropológica, el ideal
de todas las utopías socio-políticas parece ser la «comunicación mecánica».
Lo que el comunismo busca como sistema totalitario, el taylorismo
proclama como doctrina organizacional de la empresa: el «hormiguero». Todas
las relaciones y comunicaciones serían funcionales y estarían preestablecidas, fijas
e automáticas.
Desde esta perspectiva mecanicista, por tanto, la comunicación
no debería plantear ningún problema. Parece que durante más de
un siglo este mecanicismo comunicativo ha sido la gran tentación
de la empresa a la hora de formalizar su organización.
Según una terminología de Polo, en tal modelo social una
gran mayoría de la humanidad había que conformarse con el
papel de «homo habilis», -todos aquellos que realizan acciones operativas-.
Sólo unos pocos verdaderos hombres, -con categoría de «homo sapiens»-,
se ocupaban en establecer, mediante el mero uso lógico-formal y
científico-técnico de la razón, unas relaciones y comunicaciónes de producción
óptimas.
En tales consideraciones organizativas no caben conceptualmente problemas de
comunicación porque las personas, en su reducción a piezas mecánicas,
se consideraban finalizadas de modo exhaustivo en el logro de
la finalidad objetiva de la empresa: la «producción económica».
De
tal modo, de la misma manera que en la teoría
marxista, -Marx concibió al hombre como «ser específico» (Gattungswesen), es
decir, finalizado por la organización política-, la persona queda reducida
a una pieza funcional en orden a la supervivencia o
crecimiento de la organización económica, política, etc., en analogía a
la finalización de los individuos animales por la supervivencia y
crecimiento de la especie.
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