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Autor: Alfonso Aguiló Pastrana | Fuente: Conoze.com ¿Qué es ser inteligente?
Alfonso Aguiló Pastrana nos ofrece una reflexión sobre la inteligencia, la voluntad y la virtud
¿Qué es ser inteligente?
Todos habremos oído alguna vez el clásico comentario, normalmente poco
objetivo y casi siempre acompañado de una discreta muestra de
orgullo, que la madre del adolescente perezoso, apesadumbrada ante sus
deficientes resultados académicos, suele acabar haciendo a su profesor: sabe
usted, si el chico es muy inteligente...; lo que pasa
es que es un poco vago...
Cuando oigo comentarios de ese
estilo, siempre pienso que, en el fondo, no es así.
Que esos chicos no son inteligentes.
Pienso, como Shakespeare, que fuertes
razones hacen fuertes acciones. Que ser inteligente, en el sentido
más propio de la palabra, proporciona una lucidez que siempre
conduce a un refuerzo de la voluntad.
No niego que ese
chico pueda tener un alto coeficiente de capacidad especulativa del
tipo que sea. Pero eso no es ser inteligente. Ser
inteligente es algo más que multiplicar muy deprisa, gozar de
una elevada capacidad de abstracción o de una buena visión
en el espacio, o cosas semejantes. Obtener una puntuación elevada
en un test, del tipo que sea, es algo que,
por sí sólo, arregla muy pocas cosas en la vida.
Entre
otras cosas, porque si ese chico fuera realmente tan inteligente,
como asegura su madre, es seguro que se habría dado
cuenta de que, así, con esa pereza y esa falta
de voluntad, no va a hacer nada en su vida.
Habría visto que si no se esfuerza decididamente por fortalecer
su voluntad, toda su supuesta inteligencia quedará absolutamente improductiva. Habría
comprendido que lleva camino de ser uno más de los
muchos talentos malogrados por usar poco la cabeza. Y hace
tiempo que se habría ocupado de cambiar.
De todas formas, aun
admitiendo que ese tipo de personas fueran inteligentes, debieran darse
cuenta de que el valor real del hombre no depende
de la fuerza de su entendimiento, sino más bien de
su voluntad. Que la persona desprovista de voluntad no logra
otra cosa que amargarse ante la lamentable esterilidad en que
quedan sumidas sus propias dotes intelectuales.
Quizá las personas más desgraciadas
sean las grandes inteligencia huérfanas de voluntad. Por eso se equivocan
radicalmente los padres que se enorgullecen tanto del talento de
sus hijos y en cambio apenas hacen nada por que
sean personas esforzadas y trabajadoras. Igual que esos hijos presuntuosos
que hacen tanta ostentación de su pereza como de su
gran inteligencia, y suelen luego acabar en situaciones personales lamentables.
O como aquellos profesores que sólo juzgan los conocimientos, como
si la enseñanza no fuera más que una gasolinera donde
se administran conocimientos a los alumnos y se comprueba posteriormente
su nivel de llenado.
Por otra parte, la voluntad es una
potencialidad humana que crece con su ejercicio continuado, cuando se
va entrenando en direcciones determinadas. Esta consolidación de la voluntad
admite una sencilla comparación con la fortaleza física: unos tienen
de natural más fuerza de voluntad que otros, pero lo
decisivo es la educación que se reciba y el entrenamiento
que uno haga.
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