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Autor: Pbro. Carlos Arturo Quintero Gómez, Secretario Ejecutivo de Comunicación del CELAM | Fuente: Celam.org La comunicación: un desafío para la formación sacerdotal
Ensayo del Pbro. Carlos Arturo Quintero Gómez, Secretario Ejecutivo de Comunicación del CELAM en el que se pregunta qué lugar ocupa la comunicación en la vida de los sacerdotes y su misión pastoral
La comunicación: un desafío para la formación sacerdotal
Quisiera comenzar preguntando: ¿Qué entiende usted por comunicación? ¿Qué lugar
ocupa la comunicación en su vida? ¿Qué lugar ocupa la
comunicación en su misión pastoral? ¿Qué lugar ocupa la comunicación
en el Seminario Mayor? Si su respuesta ha sido: no
tenemos mayor cosa en comunicaciones porque “no poseemos estaciones de
radio”, “no contamos con buenos equipos u ordenadores”, “en el
seminario nos han prohibido el uso de celulares”, “mi diócesis
no cuenta con un canal de televisión”, etc., le
ruego, volver a leer las preguntas y hacer un examen
de conciencia sobre la importancia de la comunicación y el
uso de los medios al servicio de la evangelización.
La gran
dificultad que yo descubro, en este itinerario comunicacional, es que
se ve y se siente, en algunos sectores de la
Iglesia y la sociedad, que la comunicación es algo accidental
y no esencial. El Papa Juan Pablo II, lo
había advertido en su Encíclica Redemptoris Missio: “generalmente se privilegian
otros instrumentos para el anuncio evangélico y para la formación
cristiana, mientras los medios de comunicación social, se dejan a
la iniciativa de los individuos o de pequeños grupos y
entran a la programación pastoral sólo a nivel secundario” (n.
37). Esta es una invitación y a la vez un
desafío que comporta el compromiso de obispos, sacerdotes, religiosos y
religiosas y de los laicos, quienes están llamados a
reconocer que la Iglesia es comunicación y que ella
cumple la misión de anunciar la Buena Nueva de la
Salvación, a Jesucristo, el Verbo de Dios hecho carne, comunicación
del Padre, la Palabra que da vida, el comunicador
por excelencia, en quien convergen el mensaje y el mensajero.
Como
invitación, el Papa nos ubica frente a una realidad: la
comunicación para la Iglesia es fundamental y como desafío me
pregunto ¿de qué manera puedo comprender el espíritu de la
comunión y comunicación en y para la Iglesia? Descubro que
puedo comprender los fundamentos antropológicos, filosóficos, éticos e incluso teológicos
de la comunicación, pero fácilmente puedo olvidarme de la dimensión
humana, de la riqueza relacional de los seres humanos; convertirme
en un sabio de la comunicación, en un consumidor de
doctrina, pero con una gran pobreza relacional, a la hora
de aceptar a los otros, de contemplar en el otro
la presencia de Cristo. Y es aquí donde fácilmente podemos
confundir comunicación con medios, comunicación con información, comunicación con conversación.
Para asumir un compromiso con la comunicación, se requiere de
un cambio de mentalidad, que Aparecida ha denominado “conversión pastoral”;
esto significa que comprender la comunicación es aceptar que el
ser humano es un ser para la comunicación, es aceptar
que los medios de comunicación ejercen un impacto fuerte en
la cultura de la humanidad, es aprender a diferenciar la
comunicación como proceso de relaciones, de la comunicación mediática; es
asimilar la comunicación como un camino hacia la comunión. Es
entender, como lo expresa el Documento Conclusivo de Aparecida, que
si bien los medios de comunicación son fundamentales para difundir
el anuncio, estos medios no deben sustituir las relaciones interpersonales
(DA 489)
Esta conversión pastoral exige que nos preparemos para
comprender los nuevos lenguajes, que nos formemos en conciencia crítica
frente al uso de los medios y que podamos responder
a los desafíos del mundo de hoy, desde la comunicación.
El decreto Conciliar sobre los medios de comunicación social, del
Concilio Vaticano II, Inter Mírifica, lo propone: “ha de formarse
oportunamente sacerdotes, religiosos y también laicos que cuenten con la
debida competencia para dirigir estos medios hacia los fines del
apostolado” (IM 15). Sin embargo, en los documentos del Magisterio
de la Iglesia todavía se siente el sabor mediático e
instrumentalista de la comunicación. Esto significa que no solo deberíamos
atender al uso de los medios de comunicación sino también
pensar en la inmersión en los diversos procesos de
comunicación que abarca el ser y quehacer de la Iglesia.
Este planteamiento vislumbra una nueva cultura comunicacional, en la
que observamos la manera como la comunicación permite tejer redes
de relaciones, en donde surgen nuevos comportamientos y maneras de
relacionarnos, gracias a los avances tecnológicos, al internet, al ciberespacio.
Una nueva cultura que solo se comprende si se le
analiza en su contexto, si se tiene en cuenta el
medio ambiente en el que se vive, el impacto de
los medios en la cultura misma y las redes sociales
que se van formando espontáneamente. Por lo tanto, la comunicación
no puede ser algo añadido, un fenómeno aislado de la
vida del ser humano y la sociedad. La comunicación es
una estructura de base, es transversal, atraviesa el entramado de
las relaciones, el espíritu de las organizaciones y fomenta la
comunión humana. Esta transversalidad, se constituye en un camino hacia
la comunión.
Los tiempos actuales, en su vertiginoso avance científico y
tecnológico, le plantean serios retos a la Iglesia universal, un
mundo globalizado, que ha traspasado las fronteras de lo local
y lo nacional, un mundo en el que la comunicación
misma “está unificando a la humanidad y transformándola -como suele
decirse- en una "aldea global", (RM 37) en donde los
medios de comunicación han acortado distancias y se han ido
convirtiendo en inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales.
Quizás no hemos descubierto aún en plenitud, sus alcances y
exigencias, pero este cambio de época exige un nuevo perfil
sacerdotal: un sacerdote formado con una visión holística del hombre
y la humanidad, un hombre de Iglesia, con una densa
formación eclesiológica y cristológica, en actitud de permanente escucha como
pastor de su pueblo, comprometido con los más pobres, en
comunión con el Obispo y con el Papa, dispuesto a
servir y a entregar su vida a imagen de Jesús;
un sacerdote, que sin poseer todos los carismas, los preside
en su comunidad, un hombre lleno de Dios, en continua
comunicación con el Padre, a través de la oración, con
una sólida espiritualidad mariana, conciliador, artífice de la unidad y
de la paz, proclamador de la Buena Nueva, un comunicador
y profeta de esperanza. Un hombre de excelentes relaciones, consciente
de que para ser un buen sacerdote, primero debe ser
un excelente ser humano. Y este perfil se forja en
el seno de la familia y en el Seminario Mayor,
corazón de la Diócesis, para lo cual, se requiere de
un proceso de discernimiento comprendido como la búsqueda de la
voluntad de Dios, para vivir conforme a esa voluntad y
configurarse personal y sacramentalmente con Jesucristo, camino, verdad y vida.
La
comunicación como proceso articulador de la formación en los seminarios No
hay duda que la formación en los seminarios mayores, responde
a unas necesidades pastorales en la Iglesia, que hay una
preocupación por la formación humana, espiritual, comunitaria, intelectual y pastoral.
Pero todavía se siente un vacío en la articulación de
la enseñanza misma. Quizás algunos puedan descalificarme, porque no tengo
título de pastoralista o de teólogo, aunque he sido formador
de Seminario Mayor y Vicario de Pastoral, enamorado de la
evangelización y comprometido con procesos de formación. Y he sentido,
que uno de los nodos que hace falta en esta
articulación de procesos pastorales en la Iglesia y en procesos
de enseñanza de los seminarios, tiene que ver con la
comunicación.
En algunos seminarios mayores, se cuenta con una cátedra
de comunicación, muchas veces reducida a técnica vocal, a medios
de comunicación, elocución y técnicas de comunicación y hasta oratoria,
pero ¿qué conexión existe con el pensum académico? En otros
seminarios, no existe ni siquiera esta cátedra o se la
piensa como un seminario alternativo, como algo accidental. El problema
no es la cátedra de comunicación, que debería existir. El
problema es ¿cómo estamos respondiendo en el proceso de formación
de los futuros sacerdotes, para ayudarles a comprender el fenómeno
de la comunicación y a enfrentarse a una nueva cultura
comunicacional? es importante que los seminarios mayores formen a los
futuros sacerdotales con un perfil comunicacional, que debe ser comprendido
como parte de su identidad sacerdotal.
Desde el Concilio Vaticano
II ya se insinúa esta necesidad: “es necesario que los
sacerdotes, los religiosos y religiosas conozcan cómo nacen las opiniones
y criterios, y así puedan adaptarse a las circunstancias del
hombre actual, ya que la Palabra de Dios se proclama
al hombre de hoy y estos medios prestan un eficaz
apoyo a esta proclamación. Los alumnos que muestren una especial
inclinación y capacidad en el uso de estos medios deben
ser preparados más específicamente. (CP 111). En los documentos posteriores
la Iglesia será más incisiva y esta formación se convierte
en un clamor, que quizás en muchos ambientes aún no
ha iniciado.
Esto significa que, aunque hoy reconocemos que la
Iglesia posee medios de comunicación propios, que los mensajes de
los Sumos Pontífices siguen penetrando en el medio comunicacional, que
se han hecho esfuerzos inmensos por consolidar una Pastoral de
la comunicación en las Conferencias Episcopales de América Latina y
el Caribe, que la comunicación es imprescindible para la evangelización,
persiste, en algunos sectores, la desconfianza frente a los medios,
el desconocimiento de la riqueza de medios impresos, estaciones de
radio y televisión, webs católicas, que se tiene en la
Iglesia y la débil concepción de la comunicación como “medios”,
olvidándose, como lo dice Puebla en el numeral 1065, que
“la comunicación surge como una dimensión amplia y profunda de
las relaciones humanas”.
La Congregación para la educación católica en 1986,
ofreció a los Seminarios unas “orientaciones” concretas sobre la formación
de los futuros sacerdotes, para el uso de los instrumentos
de la comunicación social, todavía con una mirada y una
perspectiva mediática, pero con la esperanza de facilitar su responsabilidad
educativa. Al respecto dice: “independientemente de los posibles desarrollos futuros
y de la variedad de situaciones, a todos los institutos
de formación sacerdotal se impone hoy con una gran urgencia
un común núcleo de cuestiones fundamentales, acerca de la conducta
personal de los receptores, del uso pastoral de los mass
media, y de la formación especializada para tareas particulares” (Presentacion
del Prefecto William W. Card. Baum) y deja a los
obispos y educadores la decisión de servirse de estas orientaciones,
según las circunstancias concretas y las necesidades locales.
El documento parte
de una reflexión teológica profunda: la comunicación es un don
de Dios y la presenta como un camino fundamental hacia
la comunión, consciente del fuerte influjo de los instrumentos de
la comunicación social en la sociedad. Nos recuerda que
en la Ratio Fundamentalis, n. 68 se pide expresamente la
formación de los futuros sacerdotes para el recto uso de
los medios de comunicación, con una triple finalidad: “que puedan
valerse por sí mismos, formar a los fieles en lo
referente a estos medios, y utilizarlos eficazmente en el apostolado”,
desafío que se retoma en el año 1972, en la
Encíclica Communio et progressio, que afirma: “los futuros sacerdotes y
los religiosos y religiosas, durante su formación en seminarios y
colegios, han de estudiar la influencia de estos medios de
comunicación sobre la sociedad humana y aprender su uso técnico.
Esta preparación es parte de su formación integral” (n. 111).
La
Ratio Fundamentalis centra su atención sobre todo en los medios
audiovisuales, pero hay que entender que después del Concilio Vaticano
II, solo se contaba con un documento explícito sobre la
comunicación, Inter mírifica, que tiene grandes vacíos pastorales, que posee
lineamientos para situarse frente a una realidad compleja que la
Iglesia no puede desconocer. Y aunque la actitud de la
Iglesia, en un comienzo fue de reserva y cautela, ella,
como Madre y Maestra se ha ido abriendo a nuevas
posibilidades y descubriendo las potencialidades de los mass media, comprendiendo
la riqueza de estos “maravillosos inventos”, sin embargo esta actitud
de cautela y hasta de rechazo, todavía se percibe en
algunos sectores eclesiales, que satanizan a los medios y los
ven como algo nocivos para la salud espiritual.
En 1972, Communio
et Progressio da un paso más en la reflexión pastoral
sobre la comunicación, que luego Aetatis Novae va a
retomar para hablar de la comunicación como proceso. En
este sentido las Conferencias Generales de Obispos en América Latina
y el Caribe, han reflexionado sobre estos mismos desafíos y
han hecho sus respectivas recomendaciones: desde Medellín, pasando por Puebla,
Santo Domingo, hasta Aparecida, los obispos han reflexionado sobre la
comunicación y sus implicaciones en el mundo de hoy y
sobre el uso de los medios de comunicación al servicio
de la evangelización.
No hay duda que los tiempos han cambiado
y que hoy frente a los avances tecnológicos la Iglesia
debe responder con sabiduría y prudencia. Hoy no sólo debe
mirarse el mundo de los medios de comunicación y la
cultura digital, sino revisar todo un panorama comunicacional, reconocer que
el hombre no puede vivir sin comunicación y que esta
se constituye en algo esencial. De esta manera, considero, que
en los Seminarios Mayores debiera hacerse una reflexión profunda sobre
el significado de la comunicación para formandos y formadores, lo
que implica formarse para el uso de los medios de
comunicación, pero también atreverse a pensar en el escenario de
las relaciones que se construyen internamente, camino hacia la comunión
y la fraternidad sacerdotal. Esto quiere decir, que en el
seminario todo lo que se vive y evidencia pasa necesariamente
por la comunicación: el proceso de discernimiento vocacional es comunicación,
en cuanto se vive una experiencia profunda de Dios y
a partir del testimonio, de la relación con los
otros, de la oración y del compartir fraternal, se construye
un camino hacia la decisión fiel en el seguimiento de
Jesús.
En el seminario, cada encuentro, en el comedor, en la
capilla, en las reuniones de grupos, en los sacramentos, en
la liturgia, en el deporte, en las clases, en el
apostolado, se puede constatar estos espacios y momentos de comunicación,
que construyen la comunidad. Las dimensiones de la formación en
los seminarios, poseen, aunque no se perciba, una gran riqueza
comunicacional. En las casas de formación estos momentos y espacios
de comunicación, se viven pero muchas veces no se perciben
como escenarios para la comunicación - comunión. Para entenderlo
mejor, pongo dos ejemplos que nos ayudarán a comprender ¿de
qué manera la comunicación ayuda a la construcción de la
comunidad - fraternidad? En el comedor, cuando los formandos y
formadores comparten la mesa, disfrutan, se ríen, hablan de sus
aspiraciones, conversan sobre sus temores y hasta aprovechan este espacio
para platicar sobre la familia, la realidad de la Iglesia,
la situación socio política o los últimos acontecimientos, además de
posibilitar el compartir la información, se tejen relaciones, nacen afinidades,
se conocen las personas, empezamos a compartir unos mismos ideales,
ponemos en la mesa común nuestras angustias y tristezas, nuestras
esperanzas e ideales. A este proceso se le llama comunicación,
que significa poner en común pensamientos, emociones, sentimientos, hacer del
otro un interlocutor válido y experimentar la corresponsabilidad en la
construcción de un mundo más humano.
El otro ejemplo es la
liturgia, en ella se vive una comunicación horizontal, con los
demás, con los hermanos, con quienes se comparte una misma
fe y una misma esperanza, en ella vivimos una comunicación
vertical, con Dios, entramos en sintonía con quien es comunión-comunicación.
La liturgia de las horas, la eucaristía, los cantos, los
ornamentos, los vasos sagrados, los gestos y actitudes en las
celebraciones, los signos y símbolos son una riqueza comunicacional que
muchas veces se trivializan por la costumbre, por la rutina
y se desvirtúan. Aquí encontramos otra dimensión comunicacional, con una
carga de significado tan profunda que permite al hombre elevarse,
extasiarse, dejarse seducir por Dios.
Y como si fuera poco, a
los dos ejemplos anteriores podemos agregar el proceso de discipulado
que se vive en la vida cristiana y que Aparecida
refiere como un camino de formación que comporta: encuentro con
Cristo, conversión, discipulado, comunión y misión. Este itinerario comienza
con un un encuentro íntimo y personal con Jesús, en
el que Cristo comunica su vida misma, el creyente asume
una actitud de acogida y de escucha de la Palabra
y comprende que su Maestro le llama a vivir un
proceso de conversión. Su actitud de escucha y de apertura
a la acción de Dios en la oración, en la
lectura asidua de la Palabra, en esa comunicación permanente con
Jesús, le hace reconocer, que cuanto recibe de Jesús, debe
compartirlo. Su compromiso misionero nace precisamente de ese encuentro que
se revitaliza en la comunidad, el discípulo se hace consciente
de su misión, como discípulo misionero, viviendo su responsabilidad
de bautizado, se hace evangelizador. Así, la misión es la
consecuencia lógica de su respuesta de amor al Dios de
la Vida. Sale a “comunicar”. Como evangelizador, comunica vida, esperanza,
fe, sabiduría y, como testigo, en su manera de actuar
y de vivir, muestra el rostro de misericordia de Jesús.
La
comunicación, esencial en el proceso de formación
En los seminarios mayores
la comunicación debe ser algo esencial, fundamental. Tres son las
razones que yo invoco para hacer de la comunicación un
elemento unificador, articulador y garante de las relaciones humanas:
1. La
comunicación humana hunde sus raíces en la comunicación divina: Dios
es comunión-comunicación, Dios se comunica con la humanidad, Dios habla
a la humanidad, como lo expresa la carta a los
Hebreos: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios
antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta
etapa final, nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2).
Él ha venido para comunicarnos la vida: “Yo he venido
para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10).
Jesús, se presenta ante la humanidad como el Camino, la
Verdad y la Vida, Él es el Verbo, la Palabra
de Dios hecha Carne, Toda esta dimensión teológica de
la comunicación, la podemos comprender con las palabras del Papa
Benedicto XVI, en su mensaje con motivo de la Jornada
mundial de las comunicaciones para el 2009, en la que
el Sumo Pontífice destaca nuestra participación en el amor comunicativo
y unificador de Dios, “que quiere hacer de toda la
humanidad una sola familia. Cuando sentimos la necesidad de acercarnos
a otras personas, cuando deseamos conocerlas mejor y darnos a
conocer, estamos respondiendo a la llamada divina, una llamada que
está grabada en nuestra naturaleza de seres creados a imagen
y semejanza de Dios, el Dios de la comunicación y
de la comunión”. 2. La comunicación mediática es una realidad y
la cultura digital hoy nos revela igualmente sus inmensas potencialidades.
Los medios de comunicación no han de ser vistos
como instrumentos nocivos y perjudiciales para la vida de los
seres humanos, ellos son buenos en sí mismos. Pero tenemos
que ser conscientes, que si están al servicio del hombre,
deben velar por la promoción de la dignidad humana, por
la integración de los pueblos y por el afianzamiento de
las relaciones. Cuando sucede lo contrario, el hombre está o
se pone al servicio de los medios, los medios se
convierten en fines y el ser humano pasa a ser
un medio, se cosifica, se instrumentaliza, el hombre se vuelve
esclavo de los medios. Y estos medios deben ser usados
en el proceso de evangelización, por lo que se necesita
de una previa formación y conocimiento de las bondades de
estos medios.
Desde el discurso inaugural de Aparecida, el Papa Benedicto
XVI, habla de la importancia de los medios de comunicación
para la Nueva Evangelización: “no hay que limitarse sólo a
las homilías, conferencias, cursos de Biblia o teología, sino que
se ha de recurrir también a los medios de comunicación:
prensa, radio y televisión, sitios de internet, foros y tantos
otros sistemas para comunicar eficazmente el mensaje”. Es un gran
reto y desafío para la Iglesia saber utilizarlos. Hoy más
que nunca se exige el conocimiento de los nuevos lenguajes,
del mundo digital y de esta nueva cultura. Cómo ignorar
por ejemplo, ”el fácil acceso a teléfonos móviles y computadoras,
unido a la dimensión global y a la presencia capilar
de Internet, que han multiplicado los medios para enviar instantáneamente
palabras e imágenes a grandes distancias y hasta los lugares
más remotos del mundo”. Gracias a estos medios, la
Iglesia puede llegar a multitudes (EN. 45)
3. La comunicación social
debe ser entendida más allá de esa realidad mediática, como
proceso de relaciones. La comunicación hay que comprenderla como un
proceso de relaciones, esto quiere decir, que la comunicación va
más allá de los medios. Si nos quedamos con una
visión instrumentalista de los medios, esa visión mediática, impedirá ver
en el otro, a un hermano, con quien puedo compartir,
vivir la solidaridad, comprometerme. Se trata, como lo dice el
Papa Benedicto XVI de un anhelo de comunicación y amistad
que “tiene su raíz en nuestra propia naturaleza humana
y no puede comprenderse adecuadamente sólo como una respuesta a
las innovaciones tecnológicas”. Al entender la comunicación como un proceso
de relaciones, el hombre se hace sensible al reconocimiento del
otro, comprende su ser social por naturaleza, sabe que no
está sólo, que a su lado hay otros seres humanos,
como él, con cualidades y defectos, acepta que tiene una
misión en el mundo y que, en su diario vivir,
comparte con los suyos, alegrías y tristezas, éxitos y fracasos,
sueños e ideales. Esta cultura de amistad, de respeto y
de diálogo debería ser el punto de inicio del fortalecimiento
de una cultura solidaria.
Por lo tanto, en los Seminarios Mayores,
debería fortalecerse este proceso relacional, desde la cercanía, la empatía,
la sinceridad, el diálogo, el compartir, la fraternidad, como un
camino inicial para construir la fraternidad sacerdotal.
Conclusión
A lo largo de
lo sugerido por los documentos de la Iglesia sobre la
comunicación, siempre me he cuestionado: ¿por qué reducimos nuestro quehacer
pastoral de la comunicación, a los medios? ¿Por qué
no preocuparnos por el entramado de relaciones que se van
tejiendo en la Iglesia y que deben ser relaciones fraternas?
¿Por qué no intentar, mejorar nuestros canales de comunicación?.
Dialogar con
el obispo o con los sacerdotes, con una Superiora, con
el Rector del seminario o con los formadores, debiera ser
un signo de confianza, de acogida, de caridad pastoral; ser
capaces de dialogar y propiciar el diálogo entre los fieles,
superando todo asomo de resentimientos o envidias, superar la idea
de que “aquí mando yo” y entender que nuestra misión
es el servicio, que debemos preocuparnos por prepararnos para responder
a los desafíos del mundo de hoy, conociendo los nuevos
lenguajes, promoviendo una cultura del respeto por la vida y
la dignidad del ser humano.
En los Seminarios Mayores y casas
de Vida Consagrada, debería haber espacio para la formación en
la comunicación, interés por conocer los medios de comunicación y
apoyo a la labor que realizan los comunicadores, periodistas, fotógrafos,
artistas, actores, actrices, publicistas, ayudándoles en su formación humana y
cristiana. En fin, ser capaces de detenernos un momento, mirar
a los ojos de las personas y escuchar con alegría,
a imagen de Cristo, que valoró el silencio, la acogida
y el respeto por el otro.
La Iglesia hoy hace énfasis
en la comunicación y la participación, toma conciencia de que
el ser humano no puede vivir aislado, su misión debe
realizarla en la comunidad. El bautizado tiene a Jesús, como
modelo de comunicador, que escucha, acoge y proclama, así el
discípulo está llamado a escuchar la Palabra de Dios, a
acoger a Jesús en su corazón, a proclamarlo ante sus
hermanos y a generar relaciones de comunión y participación. Considero,
que si en los seminarios mayores, la comunicación ocupa el
lugar que debe ocupar, no como un instrumento o simplemente
como un ´medio´, sino como una estructura de base, que
permea toda la vida del seminario, las relaciones que surgen
serán relaciones no de poder, sino de servicio, no relaciones
diplomáticas y funcionales, sino una relación de hermanos, no relaciones
de protocolo y convencionales, sino una relación de empatía, de
sinceridad y respeto, no una relación de coexistencia, sino una
relación de comunión. Todo esto implica generar canales de comunicación,
intensificar los momentos y espacios de comunicación durante el proceso
de formación y estimular en los seminaristas el uso de
los medios de comunicación y su inmersión en la cultura
digital, al servicio de la Nueva Evangelización.
Bibliografía
CONCILIO VATICANO II. Inter
Mirífica. Ed. BAC. Madrid, 1966 CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA. Orientaciones
sobre la formación de los futuros sacerdotes para el uso
de los instrumentos de la comunicación social. Ed. Vaticana. Roma,
1986 CONGREGACIÓN PARA LA DUCACIÓN CATÓLICA. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis. Ed
Vaticana, Roma, 1970 DOCUMENTO CONCLUSIVO, V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
y del Caribe. Centro de Publicaciones, Bogotá, 2007 JUAN PABLO II.
Redemptoris Missio. Disponible en internet: http//: www.vatican.va PONTIFICIA COMISIÓN PARA LOS
MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL. Communio Et Progressio. Disonible en internet:
http//: www.vatican.va QUINTERO GÓMEZ, Carlos Arturo. La comunicación a la luz
de Aparecida. Centro de Publicaciones, Bogotá, 2008
Autor: Pbro. Carlos Arturo
Quintero Gómez. Secretario Ejecutivo de Comunicación del CELAM
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Publicado por: Rafael Marín
Fecha: 2009-10-28 19:17:48
Me encantó este articulo que ayuda eficazmente y viene a iluminar una realidad en nuestra pastoral de evangelización,en nuestros grupos y movimientos en nuestras parroquias:La importancia de dialogar,escuchar,compartir,las diferencias de opiniones que al mismo tiempo son una riqueza.y el deseo que en las casas de formación y en la vida sacerdotal se aprenda a escuchar al otro y sentir que estamos prestando un servicio.saber comunicar porque nos sentimos amados por Dios y amamos al prójimo
Publicado por: Campos Huamán, Jorge Pbro
Fecha: 2009-10-26 12:10:39
Buen trabajo, y sobre todo en el Año Sacerdotal.
Hoy está faltando mucho la comunicación para formarnos humanamente y sobre todo el espíritu de fraternidad entre los sacerdotes: nos encontramos solos, con los últimos aparatos tecnolçogicos y ya no dialogamos entre unos y otros. Se deben romper hielos y estructuras,que menoscaba el diálogo. Sugiero escriba sobre la espiritualidad en y en la comunicación....
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